"A los 40 aprendí que no tengo que llegar a ningún lado": reflexiones para arrancar el 2026 - Revista Para Ti
 

"A los 40 aprendí que no tengo que llegar a ningún lado": reflexiones para arrancar el 2026

La presión por “llegar” a algún lugar atraviesa el trabajo, el cuerpo, los vínculos y la vida entera. ¿Y si no hubiera una meta final? Una reflexión honesta sobre soltar el mandato del “debería” y empezar a habitar el presente sin sentirse incompleta.
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Hay una conversación que tengo conmigo misma desde hace años. Empieza siempre igual: "¿Ya deberías estar...?" Y lo que sigue cambia según el día. ¿Ya deberías estar en otro trabajo? ¿Ya deberías tener la casa propia? ¿Ya deberías haber resuelto tu relación con tu cuerpo? ¿Ya deberías saber quién sos?

La pregunta viene con fecha de vencimiento incorporada. Como si la vida fuera una carrera con meta visible y yo estuviera llegando tarde. A los 40, algo se rompió. O mejor dicho: algo se detuvo.

La ilusión del "lugar al que llegar"

Marina tiene 43 años y trabaja en marketing. Durante toda su treintena persiguió una versión de sí misma que siempre estaba un paso adelante. "Sentía que cada logro era apenas un check en una lista interminable. Ascendí, me casé, tuve hijos, compré el departamento. Y seguía sintiendo que faltaba algo, que todavía no estaba ahí. ¿Dónde era ahí? No tenía idea."

Lo que Marina describe tiene nombre: la trampa del destino imaginario. Esa sensación de que existe un punto de llegada donde finalmente vas a estar completa, resuelta, en paz. Donde vas a sentir que ya está, que alcanzaste, que merecés descansar. El problema es que ese lugar no existe.

"Un día mi hija me preguntó si yo era feliz", cuenta Marina. "Y me quedé muda. Porque no sabía si lo era. Había estado tan ocupada tratando de llegar que nunca me había preguntado si me gustaba donde estaba."

Los lugares donde más nos presionamos

La presión por estar "más allá" aparece en todos lados:

En el trabajo: La escalera corporativa que nunca termina. El emprendimiento que tiene que "despegar ya". La sensación de que si no crecés, retrocedés. Como si quedarte en un lugar que te gusta fuera conformismo y no elección.

En las relaciones: La pareja que tiene que evolucionar constantemente. La amistad que tiene que ser intensa o no vale. La idea de que si tu vida social no es vibrante, algo está mal. Como si los vínculos tranquilos fueran aburridos y no maduros.

Con el cuerpo: La transformación permanente. El peso ideal que se mueve cada temporada. La ropa que "algún día te va a entrar". Como si tu cuerpo fuera un proyecto en obras y no tu casa.

En la maternidad: Si no tenés hijos, cuándo. Si los tenés, si estás criando bien. Si trabajás mucho, si trabajás poco. Como si hubiera una forma correcta de habitar esta decisión que es infinita y cambiante.

Vivimos comparándonos con una versión idealizada de nosotras mismas que construimos con retazos de redes sociales, mandatos familiares y fantasías sobre cómo debería ser la vida. Esa versión no existe. Perseguirla es agotador.

El día que dejé de correr

Para mí fue un martes común. Estaba en el subte, volviendo de una reunión que no había salido como esperaba, y me descubrí pensando: "Bueno, el año que viene lo intento de vuelta." El año que viene. Siempre el año que viene. ¿Y este año? ¿Este martes? ¿Esta versión de mí que está acá, ahora, cansada pero entera?

Decidí hacer un experimento. Durante un mes, cada vez que me descubría pensando en términos de "cuando logre X voy a poder Y", me preguntaba: ¿qué puedo hacer con esto que ya tengo?

No fue mágico. Fue incómodo. Porque implicaba soltar la fantasía de que más adelante todo iba a encajar. Implicaba habitar esto: mi trabajo que está bien pero no es glamoroso, mi cuerpo que cambió y no va a volver, mis vínculos que son menos pero más honestos, mi casa que no es la del Pinterest pero es donde duermo tranquila.

Lo que aprendí cuando me quedé quieta

1. Que el cansancio es información, no debilidad
Si estás agotada de perseguirte a vos misma, es porque probablemente estás corriendo en círculos. No es que te falte fuerza. Es que la dirección es falsa.

2. Que los logros no te completan
Llegué a varios "lugares" que me había propuesto. Y del otro lado no había plenitud: había otra meta inventada. El problema no era que no lograba. El problema era creer que lograr algo iba a llenarme.

3. Que decir "esto es suficiente" no es resignación
Es discernimiento. Es saber que podés querer más y a la vez estar en paz con lo que hay. Las dos cosas conviven.

4. Que la quietud no es lo opuesto al crecimiento
Creces también cuando te quedás. Cuando profundizás en lugar de expandir. Cuando elegís conscientemente no moverte.

Las preguntas que cambian todo

En lugar de preguntarte '¿dónde debería estar?', preguntate '¿dónde estoy eligiendo estar?' Es un cambio de tres palabras que devuelve el poder.

Otras preguntas que ayudan:

  • ¿Qué pasaría si ya no tuviera que demostrar nada?
  • ¿Qué estoy persiguiendo que en realidad no quiero?
  • ¿De quién es esta meta: mía o de una versión de mí que ya no soy?
  • ¿Qué me estoy perdiendo por estar mirando hacia adelante?

Dejar de perseguir la meta imaginaria no significa abandonar los deseos. Significa dejar de condicionarlos. Significa poder querer algo sin que ese deseo te invalide el presente.

Podés querer cambiar de trabajo y estar agradecida con el que tenés. Podés querer una pareja y disfrutar tu soledad. Podés querer bajar de peso y no odiarte mientras tanto. Las dos cosas juntas, sin contradicción.

Lo que se cae es la idea de que vas a empezar a vivir "cuando". Cuando logres X. Cuando resuelvas Y. Cuando finalmente llegues.

La pregunta que me cambió diciembre

¿Y si ya estás donde tenés que estar? ¿Y si este lugar, con todo lo imperfecto que es, es el correcto para vos hoy?

No tenés que llegar a ningún lado. Podés elegir moverte, podés elegir crecer, podés elegir cambiar. Pero no porque estés incompleta acá. Sino porque estás viva y las personas vivas se mueven.La diferencia es enorme.

Para este año que empieza

No te voy a decir que sueltes tus metas. Te voy a decir que revises si son tuyas. Si te expanden o te agotan. Si te acercan a vos o a una versión inventada de vos.

Y después, si querés, intentá algo: durante una semana, cada vez que te descubras pensando en términos de "cuando yo sea/tenga/logre", anotalo. Al final de la semana, mirá la lista y preguntate: ¿cuántas de estas cosas necesito realmente para estar en paz?

Quizás descubras, como yo, que ya estás bastante cerca.

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