Diciembre no agota por lo que hacemos, sino por los límites que no ponemos - Revista Para Ti
 

Diciembre no agota por lo que hacemos, sino por los límites que no ponemos

Entre despedidas, compromisos y mandatos silenciosos, diciembre acelera todo. Cómo aprender a decir que sí con coherencia —y que no sin culpa— para llegar al cierre del año con más calma y presencia real.
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Hubo un meme en marzo que decía algo así, “marzo dura tres meses y de septiembre a diciembre hay dos días”. Hay meses que avanzan con suavidad, casi sin avisar. Y hay otros, como diciembre, que entran a escena con un despliegue propio de final de temporada: exceso de brillo, exceso de ruido, exceso de gente, exceso de compromisos. 

De repente, la vida cotidiana se vuelve una especie de agenda múltiple donde conviven el acto escolar, la despedida del equipo de trabajo, el almuerzo con amigas, el intercambio de regalos, la foto grupal, la reunión del club, el último trámite antes de cerrar el año y ese famoso “tomemos un café antes de las fiestas” que se repite como si enero fuera una amenaza. 

Es un mes festivo, sí. Pero también es un mes agotador. 

Y mientras afuera todo se acelera, adentro empieza un murmullo: “¿Necesito realmente todo esto? ¿Estoy diciendo que sí por deseo o por obligación? ¿Cómo se pone un límite sin quedar como la que no quiere participar?” 

Estas preguntas aparecen en muchas sesiones de coaching, y aparecen siempre en diciembre. 
Porque este mes nos confronta con algo que solemos esquivar durante el año: los límites que no sabemos —o no nos animamos— a poner

La cultura del “estar para todo” 

Hay una fuerza colectiva que empuja a las personas, especialmente a las mujeres, a cumplir. 
Cumplir con la escuela, con la familia, con las amigas, con el trabajo, con las expectativas sociales. 

Diciembre toma ese mandato y lo eleva al cuadrado: “no podés faltar”, “es el último”, “da el presente aunque sea cinco minutos”, “tenés que estar”. 

Lo curioso es que muchas veces nadie lo dice explícitamente. Está en el aire, en el tono de los grupos de WhatsApp, en las fotos que se comparten, en la sensación de que, si no aparecemos, algo queda incompleto. 

Y ahí aparece una trampa silenciosa: confundir presencia con compromiso emocional
Estar físicamente no siempre es estar en vínculo. 
Cumplir no siempre es conectar. 

¿Por qué diciembre nos agota tanto? 

No es solo la cantidad de actividades. Es la carga emocional que llevan. 

  • Actividades escolares que implican expectativas familiares. 
  • Regalos que no son regalos, sino compromisos sociales. 
  • Despedidas múltiples del mismo grupo (la formal, la informal, la con las más cercanas). 
  • Encuentros que se hacen por tradición, no por deseo. 
  • Reuniones donde una ya sabe que va a estar pensando en la lista de cosas pendientes. 

Diciembre mezcla cansancio acumulado con presión social. Es una receta perfecta para la saturación. 

Y por eso muchas personas llegan a enero con un sentimiento paradójico: felices, pero drenadas. 
Celebraron… pero no descansaron. 

La señal que nadie quiere escuchar: el cuerpo 

Hay un detalle interesante: el cuerpo suele avisar antes que la mente

Cuando un compromiso nos entusiasma, el cuerpo se abre, se expande, respira. 
Cuando no, se tensa, se achica, se endurece. Incluso antes de que aparezca el pensamiento: “No tengo ganas”. 

En coaching trabajamos mucho con esta escucha corporal. 
La clave es sencilla y poderosa: 

Si tu cuerpo dice NO, pero tu cabeza dice “tenés que ir”, prestá atención. Ahí hay un límite que te estás saltando. 

El criterio más sano: coherencia 

Un cierre de año saludable no se define por la cantidad de actividades, sino por la coherencia entre lo que hacés y lo que necesitás. 

Un SÍ consciente debería ser un SÍ que te sostiene, no que te quiebra. 

Cuando vale la pena decir SÍ: 

  • Cuando el encuentro alimenta vínculos importantes. 
  • Cuando te vas a casa con una sensación de bienestar genuino. 
  • Cuando no te exige traicionar tu descanso. 
  • Cuando suma a tu manera de cerrar el año: con calma, con afecto, con presencia real. 
  • Cuando participar también es un gesto de autocuidado o cuidado afectivo. 

Y cuando es necesario decir NO: 

  • Si la invitación te deja sin aire apenas la leés. 
  • Si vas “para cumplir” y nada más. 
  • Si implica gastar energía que no tenés. 
  • Si la actividad existe por inercia, no por necesidad emocional. 
  • Si al volver a casa vas a estar más agotada que antes de salir. 

Un NO oportuno evita diez agotamientos posteriores. 

La parte difícil: decir NO sin sentir culpa 

La culpa es la gran protagonista de diciembre. 
Aparece disfrazada de responsabilidad, pero en realidad es un miedo socialmente aprendido: miedo a que se enojen, a quedar afuera, a parecer egoísta. 

Pero la culpa se debilita cuando entendemos algo simple: 
decir NO a un compromiso es decirle SÍ a tu salud emocional. 

No hace falta dar largos discursos. Un límite sano es claro, amable y conciso. 

Algunas frases que funcionan muy bien: 

  • “Me encantaría, pero este año necesito un cierre más tranquilo.” 
  • “Gracias por invitarme, esta vez voy a pasar.” 
  • “Prefiero vernos en enero, cuando podamos charlar con más calma.” 
  • “No me suma una actividad más en diciembre. Les deseo un hermoso encuentro.” 

El límite no hiere cuando se dice con respeto. 
Y quien te quiere, entiende. 

Repensar diciembre: menos ruido, más intención 

Quizás lo que nos agota no es diciembre, sino la idea de diciembre que heredamos: un mes saturado y automático, donde hay que estar sin preguntarse si queremos estar. 

Pero los cierres de ciclo pueden ser distintos. 
Más silenciosos, más íntimos, más elegidos. 

Lo interesante es que cuando empezamos a poner límites —aunque sea uno solo— aparece algo inesperado: alivio
Un alivio suave, genuino, que nos devuelve la sensación de que el tiempo vuelve a ser nuestro. 

Ahí es donde diciembre cambia de tono. 

No desaparecen las actividades, pero cambia la manera en que las transitamos. 
Pasamos del “tengo que” al “quiero…”. 
De la obligación a la coherencia. 
De la presencia vacía a la presencia real. 

La pregunta final para este año 

Antes de aceptar, correr, participar o cumplir, probá pausar y preguntarte: 

¿Qué versión mía quiero llevar a este cierre de año? 

La que llega agotada, fragmentada y desbordada. 
O la que llega presente, serena y fiel a lo que necesita. 

Esa elección —ni la agenda, ni la escuela, ni la familia— es tuya. 
Y cuando te animás a ejercerla, diciembre deja de ser una prueba y se convierte en un espacio de sentido. 

Porque el límite más importante no es hacia afuera. 
Es hacia adentro: 
permitirte priorizar tu bienestar sin pedir permiso. 

Fuente: Verónica Jaroslavsky, coach ontológica, especialista en crianza, vínculos, fertilidad y perinatalidad (@verocoach.ok)

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