Cada vez que una familia de un niño con discapacidad busca escuela, comienza una travesía compleja. No siempre se trata de un rechazo directo. Muchas veces, lo que reciben es una respuesta formal, breve, que resume todo: “No hay vacante”.
Esa frase, que puede parecer neutra, genera una herida profunda en quienes sólo están buscando que su hijo o hija pueda aprender, crecer y compartir junto a otros chicos.
Más allá de la voluntad
Es importante decirlo con claridad: en la mayoría de los casos, las instituciones no actúan con mala intención. No se trata de crueldad, ni de desinterés. Muchas veces, lo que ocurre es que no cuentan con los recursos, el personal especializado ni las herramientas necesarias para poder acompañar adecuadamente a cada alumno en su singularidad.
La inclusión requiere mucho más que una inscripción. Implica acompañamiento de la trayectoria educativa, trabajo en equipo, formación docente, apoyo profesional. Y esto, en muchos contextos, no está garantizado. Especialmente en instituciones que, con buena disposición, intentan acompañar pero se sienten solas frente a desafíos complejos.
Las familias, en el medio
En ese escenario, las familias quedan en una situación de gran vulnerabilidad. Porque no hay una sola respuesta para todos los chicos. Cada niño con discapacidad necesita un abordaje diferente, una mirada particular, un ritmo propio. Y encontrar una escuela que pueda ofrecer eso no es sencillo.
A veces hay cupo, pero no hay condiciones. A veces hay voluntad, pero no hay equipo. Y otras veces, hay un equipo dispuesto, pero se necesitan apoyos externos que son difíciles de gestionar o costear.
Todos ganamos con la inclusión.
Frente a esa complejidad, lo que más duele es la falta de articulación. Que todo quede librado a la suerte, a la insistencia, a la energía de una familia que ya viene sosteniendo mucho.
Hacia una red que sostenga
La inclusión escolar no puede depender únicamente de la buena voluntad. Necesitamos políticas públicas, redes de profesionales, herramientas tecnológicas y acompañamiento a las instituciones.
Se necesita acortar distancias entre las familias, las escuelas y los profesionales especializados. Brindar apoyo, compartir experiencias, ofrecer soluciones concretas. Porque incluir no es improvisar: es planificar, acompañar y construir comunidad.
Cuando una escuela dice que no puede, muchas veces está diciendo la verdad.
Pero esa imposibilidad no debe vivirse como un cierre, sino como un punto de partida para repensar el sistema.
Todos ganamos con la inclusión.
Los beneficios de una escuela inclusiva son múltiples y comprobados. No solo para el alumno con discapacidad, sino para todo el grupo. La diversidad enriquece, promueve la empatía, la creatividad y el pensamiento crítico. Enseña a convivir, a mirar al otro, a comprender que no todos aprendemos igual, y que eso está bien.
Por eso, cuando pensamos en educación inclusiva, no estamos hablando de una excepción ni de un esfuerzo individual. Estamos hablando del derecho de todos los niños a estar, a participar y a aprender en igualdad de condiciones, con el resto de sus compañeros.
La inclusión escolar no es una meta lejana. Es una construcción diaria, imperfecta, pero posible.
Y para lograrla, necesitamos menos culpa y más redes. Menos exigencia aislada y más acompañamiento compartido.
Porque ningún niño debería quedarse sin escuela por no encajar en un molde. Y ninguna escuela debería sentirse sola frente al desafío de incluir.
Fuente: Por Silvia Ballester, fonoudióloga MN 4447 MP 2530- MBA Salud Candidate.
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