Hay algo que insiste en aparecer en distintos espacios que compartimos y que forman parte de nuestras conversaciones cotidianas: adolescentes que no logran regular lo que sienten y adultos que no saben cómo intervenir sin quedar atrapados entre la culpa y la duda.
La escena ya no sorprende, pero sí preocupa. Porque no se trata solo de chicos que “no toleran un no”, sino de una dificultad más profunda: la pérdida de referencias claras en quienes deberían sostener ese límite. Los datos empiezan a darle forma a esta percepción.
Según UNICEF Argentina, en los últimos años aumentó el malestar emocional en adolescentes, junto con dificultades en la regulación de sus emociones.
En paralelo, un informe de Argentinos por la Educación señala que 6 de cada 10 docentes identifican problemas de conducta y baja tolerancia a la frustración como uno de los principales desafíos en el aula. El Observatorio de la Deuda Social de la UCA, por su parte, advierte déficits en habilidades socioemocionales desde edades tempranas.
Lamentablemente, no son episodios aislados: configuran un mapa, un clima de época. Durante años, la crianza se reconfiguró con una intención valiosa: dejar atrás el autoritarismo. Así se promovió la escucha, el diálogo, el respeto por la singularidad.
Sin embargo, en ese movimiento necesario, algo quedó desdibujado: la función adulta de poner límites. Evitar el exceso derivó, muchas veces, en evitar la presencia, la contención amorosa del límite. Y ahí es donde empieza a abrirse un vacío.
El límite no es solo una norma externa, sino una experiencia emocional que organiza. No se trata únicamente de decir “no”, sino de sostener emocionalmente lo que ese “no” genera: enojo, frustración, desacuerdo. Y eso implica algo que hoy resulta especialmente incómodo: aceptar que el otro no esté de acuerdo en ese momento.
Porque poner un límite no solo afecta al adolescente; también confronta al adulto con sus propios miedos, su historia y su necesidad de validación. En este punto, aparece una confusión frecuente: equiparar empatía con permisividad.
Acompañar una emoción no implica habilitar cualquier conducta. Decir “entiendo que te enoja” no obliga a cambiar la decisión. Sin embargo, cuando esa distinción no está clara, el límite se vuelve frágil. Se dice, pero se retira. Se intenta, pero se negocia.
Y así pierde su función estructurante. La consecuencia no es menor. Cuando la frustración se evita sistemáticamente, no desaparece: se acumula sin elaboración. Y lo que no se aprende a transitar en lo cotidiano, irrumpe luego con más intensidad. La tolerancia a la espera, a la pérdida o al desacuerdo no se enseña con explicaciones, sino a través de la experiencia.
Sin ese entrenamiento, cualquier límite se vive como una amenaza. También es necesario mirar a los adultos en su propio contexto. Porque no estamos por fuera de la incertidumbre, sino profundamente atravesados por ella.
Vivimos en una cultura que promueve el bienestar inmediato, que cuestiona la autoridad y que, al mismo tiempo, exige resultados emocionales para los que muchas veces no hay herramientas. En ese escenario, sostener un límite requiere más que intención: requiere posición. La autoridad, en este sentido, no es sinónimo de imposición, sino de responsabilidad.
Es la capacidad de ofrecer un marco, de sostener una palabra y de no retirarse frente al conflicto. No para anular al otro, sino para alojarlo dentro de un límite que le permita organizarse. Tal vez el desafío no sea corregir a los adolescentes, sino revisar qué lugar están ocupando los adultos. Porque cuando el límite se diluye, no aparece más libertad.
Aparece más desborde. Y en ese desborde, lo que queda en evidencia no es solo la dificultad de los chicos, sino la ausencia de un otro que pueda sostener.
Fuente: Por Lic. Susana Nuevo. Máster Coach. Miembro de la Asociación Argentina de Coaching Ontológico Profesional (AACOP). Licenciada en Psicología Social. Psicodramatista. Profesora Nacional de Matemática y Física.


