"Cuestión de tiempo", Lo único que sabemos es lo que nos sorprende: que todo pasa, como si no hubiera pasado". Silvina Ocampo
“Cuando tenga tiempo, le mando un mensaje”, se dijo Silvia a sí misma mientras lavaba los platos con guantes de goma color naranja. Nunca había tenido tiempo para nada, mucho menos para ella, y sin embargo, hacía tantas cosas con él.

Su marido le había pedido que le planchara la camisa, “si tenés un ratito libre amor, no me la dejas bien lisita?”. Un ratito libre, pensó. Su madre, joven anciana, le decía cada vez que veía a los nietos/as - algo que ocurría muy seguido - “¡Cómo crecen, pensar que eran unos bebés/as!”.
Ella misma repetía comentarios a su hija mayor, la que llevaba años en pareja: “¿y para cuándo el casamiento? ¡Mirá que se te va a pasar el arroz!”. Los platos seguían llegando a la bacha junto con fuentes y ollas de un domingo de asado a las apuradas. Porque todos llegaban tarde a sus actividades, o tenían el tiempo justo. A ella no le alcanzaba. No le alcanzaba el día para hacer lo que había que hacer. No le alcanzaba la vida para todo lo que quería SER. Se consoló con la misma justificación de siempre: ya iba a encontrar el momento para mandar ese mensaje. En algún futuro lejano, cuando tenga tiempo…
Tiempo de sobra: Cuando era chica recuerdo quejarme con mi mamá por no tener “nada que hacer”. El aburrimiento a veces nos inspiraba a encontrarle la vuelta al día. Vivíamos meses en el exterior y no teníamos horarios escolares o actividades extracurriculares. Quedaba armar la casita en el árbol o salir a juntar piedras. Una vez recreamos un supermercado con los envases vacíos de la cocina. Era el “no tiempo”. Como si todo transcurriera en completa quietud. Y parecía no pasar nada, pero en realidad era mucho lo que hacíamos con ese presente. Era la infancia de antes. Ahora todo es YA e INMEDIATO, porque no hay tiempo de espera.
El tiempo actual, en nuestra concepción occidental, está regido por el pasado, el presente y el futuro. Sucede de forma lineal; vamos de principio a fin: nacemos, crecemos, nos morimos. Pocas veces nos detenemos en los pasos que damos al crecer, porque nos tironea la memoria de “un tiempo mejor” o el fantasma del olvido. Y por otro lado miramos hacia adelante, a la zanahoria que se asegura en posicionarse cada vez más lejos. Se instala en el propósito que nunca llega, aquel que se dilata o queda envilecido por el miedo a la muerte.
El no tiempo: se refiere a la negativa de lo que hacemos, frente a lo que “hay que” hacer. Respondemos “no tengo tiempo para esas cosas”, como si atender lo que hay en frente nuestro fuera una carga. “Uy! tengo que regar las plantas, tengo que sacar turno con el médico, tengo que llamar a mi abuela”. Hay que, hay que y hay que. Tal vez la planta te esté mirando y pidiendo un poco de agua, un poco de amor y eso es lo que nunca se acaba. Dar es el acto presente del no tiempo. Supongo que de ahí el dicho de: “no hay tiempo para el amor” que se traduce en “siempre hay tiempo para el amor”.
El tiempo pasa- dice la canción - y nos vamos poniendo viejos. Los mayores miran hacia atrás y comentan: “Aaah, eterna juventud, ¡lo que daría yo por tener tu edad!” Y automáticamente buscan la forma de desacelerar el tiempo para evitar el fin de los fines. Porque por más religión que practiquemos, queremos que nunca se termine. Aplicamos todas las variantes posibles para detener ese envejecimiento.

A veces lo hacemos con la estética, la hiperactividad, la vestimenta o el método Wim Hof. Nada sirve, no se puede evitar lo inevitable. Es imposible ir a destiempo. Cuando somos jóvenes sucede a la inversa. Se apuran las etapas, se queman como papeles en el fuego, porque buscamos ese mañana prometedor de “cuando sea grande, exitoso/a o millonario/a”. Pero ¿Qué pasa con envejecer? ¿Hay lugar para la sabiduría y la experiencia? ¿Qué nos nutre del pasado?
Son tiempos difíciles, ¿Cuándo han sido fáciles? Y, ¿Cómo los evitamos? La clave pareciera venir con el famoso “todo pasa”. Esa mirada futurista de que ya vendrán tiempos mejores. ¿Mejores que qué? O con el “va a estar todo bien”; o “el tiempo lo cura todo” en el que creemos poner paños fríos a una película que inventamos en nuestra mente sobre lo que fue y lo que vendrá, como si eso fuera la solución.
Y en realidad el tiempo soy yo, sos vos, somos todos/as, en un mismo lugar: EL PLANO TERRENAL Y CÍCLICO. Y ahí cada paso que damos, cada mirada, cada palabra que decimos va marcando un presente, constante e inigualable.
El tiempo es “oro”; y hoy se valora en función de su rentabilidad. Si somos eficientes, hacemos un buen uso del tiempo, ponemos plazos para demostrar la productividad y exponemos nuestro rendimiento con una planificación premeditada donde existen objetivos a cumplir, entonces podremos “aprovechar el tiempo”. La agenda se llena de cosas para hacer y las creamos como si fuéramos robots.
Nunca llegamos a cumplir con todo, y caemos en la frustración, o aún peor, nos volvemos absurdamente controladores: “¡Necesito que el día tenga más horas!” La locura del hacer, hacer y hacer, para “hacer un buen uso del tiempo”. Porque la contraparte es el clásico pensamiento de que si no hago nada, PIERDO EL TIEMPO. Me pregunto a dónde se irá si se pierde. Porque volver, no vuelve.
“Se te pasó el tren” debatimos entre amigas, para consolar o para castigar a quienes no supieron ver las oportunidades que se les presentaron. ¡Cuánto más agradable sería decir: “¡nunca es tarde!” Porque en definitiva El TIEMPO ES AHORA. Ahora bien… ¿Cómo entender que el tiempo es ahora cuando queremos planificar y necesitamos recordar? ¿Cómo lo medimos? ¿Por la velocidad de la luz? ¿O por la energía disponible? Creo que no es cuestión de tiempo, es cuestión de cómo vibramos en el presente.
Hay otras formas de concebir el tiempo. Los Pueblos Originarios no lo interpretaban de forma lineal y abstracta como las Culturas Occidentales. Sino como un tiempo cualitativo, intrínsecamente ligado a los ritmos de la naturaleza. Tenían una visión más cíclica, relacional y espiritual del tiempo. Para muchos de ellos el tiempo estaba comprendido en visiones: los/as Ancestros/as pueden hablar, el futuro puede mostrarse simbólicamente y el presente se amplía en la experiencia espiritual.
En el Idioma Quechua (de los Incas) las palabras ñawpa (ñaupa) “delante” y qhipa “detrás” aluden respectivamente a lo que ha sido visto (pasado) y a lo que no se ha visto y por lo tanto permanece desconocido (futuro). Para explicarlo en criollo: delante está el pasado y detrás está el futuro. Entonces mientras hoy nos basamos en una línea de progreso, un reloj, un proyecto y una historia archivada; antes usaban los ciclos de la naturaleza, buscaban la armonía, el futuro era misterioso y la memoria era oral y viva.
Esta semana me tocó dar un taller sobre Silvina Ocampo. Soy una gran lectora de sus cuentos y su poesía, y me fascina su historia de vida. Uno de los que más me trajo a esta temática es “Cornelia frente al espejo”. Si bien es bastante dramático y gótico (como la mayoría de sus cuentos) me impactó por esta cuestión del tiempo detenido en el espejo. Similar a aquel que invita a Alicia a explorar sus sueños y fantasías en la obra de Lewis Carroll. En Cornelia el tiempo se detiene entre pasado y futuro teniendo una conversación con ella misma. Allí se enfrenta con la tediosa necesidad de vivir en el presente, ir a lo más profundo de ella misma, como si eso le costara la vida, (algo que efectivamente sucede).
¿Cuántas veces nos convencemos con la creencia de que “no me da el tiempo”? ¿y nos parecemos al conejo de “Alicia en el país de las maravillas”, detrás de ese reloj que nunca se detiene? Porque vivir en el presente parece un sueño al mejor estilo Junguiano (Carl Gustav Jung).
El psicólogo sostenía que el ser humano puede experimentar el tiempo de forma atemporal a través de la sincronicidad. ¿Alguien vivió estos días varios “déjà vu”, o señales sincronizadas con otras personas o elementos de la naturaleza? ¡Yo tuve muchas! Creo que finalmente puedo empezar a entender el tiempo como algo cíclico.
Jung además consideraba que el individuo, al ser consciente de su "ser completo", luego de haber pasado algún tipo de transformación en su vida, puede ser simultáneamente joven y viejo. Entonces no hay edad, solo existencia y la única manera de medirla es vibrando en una alta frecuencia magnética. Somos parte de un todo donde no existe el tiempo sino la conexión con el ahora.
Estamos atrapados/as en el pasado o tentados/as por el futuro imaginario. ¡Y les estamos enseñando a nuestros/as Hijos/as a ser conejos/as! Mejor usemos una frase que me encanta, dicha por el Maestro Oogway, la tortuga de Kung Fu Panda:
“The past is history, the future is a mystery. Today is a gift, that’s why we call it the PRESENT”
“El pasado es historia, el futuro es un misterio. Hoy es un regalo, por eso lo llamamos PRESENTE".
Y el regalo/presente está en frente nuestro. Es la forma en la que vivimos, pensamos y sentimos. Respiremos.
Fuente: Emilia Zavaleta, @sermulanas
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