8M | Cómo vivimos: Darling y el coraje de empezar de cero en otro país
 

8M | Cómo vivimos: Darling y el coraje de empezar de cero en otro país

Darling Johanna Atencio Fornaris
En este especial por el 8M, la historia de Darling Johanna Fornaris Atencio, una inmigrante venezolana que llegó a la Argentina con una valija y convirtió el desarraigo en un nuevo comienzo: trabajo, familia y una fuerza que no se negocia.
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Hay mujeres que no hacen ruido cuando se rompen, sino que aprenden a sonreír mientras sienten una presión en el pecho que no se va. Que contestan mensajes a la madrugada para saber si su mamá sigue respirando del otro lado del continente. Que trabajan doce horas seguidas y, cuando cierran la puerta de casa, recién ahí se permiten llorar.

Este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, las historias no siempre tienen que hablar de grandes conquistas públicas. A veces el poder femenino es más silencioso: es levantarse cuando no querés, mandar dinero cuando apenas te alcanza, congelar botellas de agua porque todavía no tenés heladera, dormir en una colchoneta sin decirle a nadie que te duele la espalda.

El poder de algunas mujeres es sostener. Darling Johanna Atencio Fornaris vive en un departamento chiquito y cálido de Belgrano. Allí, entre esmaltes, limas y risas con clientas, funciona su estudio de uñas. Allí también vive Draco, un Sharpay que heredó de su hija y que hoy es su compañía y su abrazo. El espacio es pequeño, pero en esas paredes cabe una vida entera: la que dejó en Venezuela y la que reconstruyó en Argentina.

Darling Johanna Atencio Fornaris
Darling Johanna Atencio Fornaris

Migrar no fue una aventura. Fue una necesidad. Fue cerrar una casa, despedirse de una madre, guardar la historia en una maleta de 23 kilos y prometer que el sacrificio valía la pena. No solo por ella. También por los que quedaron.

Darling no habla desde el heroísmo. Habla desde la intemperie. Desde el miedo de no estar cuando su mamá colapsa. Desde el cansancio de trabajar sin descanso. Desde la culpa de tomarse un café rico mientras piensa si en su casa, allá, hay café. Desde la decisión de ser madre por encima de todo. Desde el amor que se negó para proteger.

Este 8M su historia no busca aplausos. Busca memoria. Porque el poder de las mujeres migrantes no siempre está en lo visible: está en seguir cuando todo se desarma. Está en elegir calidad de vida sin dejar de extrañar. Está en reinventarse a los 40, en aprender un oficio nuevo, en empezar de cero con dignidad.

Hay mujeres que no hacen ruido cuando se rompen. Pero el mundo se sostiene, muchas veces, sobre sus hombros. Y Darling es una de ellas.

Darling Johanna Atencio Fornaris
Darling en videollamada con su familia.

“Me hace falta mami”: el testimonio de Darling, en primera persona

— ¿Ccómo recordás tu infancia?

— Venezuela. Todo en Venezuela. Fue la niñez más hermosa de mi vida. Linda, linda. Unos padres maravillosos… Perdón que llore, pero con lo que estoy pasando con mami… Mami es maravillosa. Unos padres excelentes.

— ¿De qué parte de Venezuela sos?

— Nosotros somos de Maracaibo. Igual vivimos un tiempo en Valencia de Venezuela.

Papi tenía como un mini supermercado. A papi le roban todo y decidimos regresar otra vez… y ahí empezó el calvario de nosotros, a luchar. Mami luchó mucho. Papi tenía que viajar cada tres meses a Puerto Ordaz para poder sustentar la familia.

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Darling es manicura.

— ¿Cómo era tu mamá en ese rol?

— Una madre maravillosa, luchadora y trabajadora. No vi nunca en la vida una mamá así. Mami se dedicó a nosotros cuatro.

— Hoy, además, estás atravesando un momento durísimo con ella. ¿Qué le pasó?

— Mami hace como 4 semanas colapsó de un pico de estrés… perdió la memoria. Ya la está recuperando, pero no nos reconocía a ninguno. Ahora gracias a Dios poquito a poco ya está recordando… Ya es distinto.

— ¿Qué fue lo más difícil de vivir eso desde lejos?

— Lo más difícil de todo esto… es estar lejos. Estar pendiente en la madrugada… que te llamen y vos decís: “¿Y qué hago si estoy tan lejos?”. Ayudándolas monetariamente, porque no puedo hacer más. Si yo me regreso, menos hay dinero para ayudar.

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Darling junto a Drako

— En un momento dijiste algo que me quedó: “Esa es la vida del venezolano”.

— Sí. Esa es la vida del venezolano. No es migrar: es todo lo que acarrea esto. Es salir de tu país con una maleta de 23 kg… todo tu trabajo, toda tu vida va en esa maleta.

— ¿Qué pasa cuando llegás a otro país con esa historia encima?

— Tenés una profesión y cuando llegás… tenés que hacer lo que consigas, porque si no, no tenés como subsistir o ayudar a la familia o pagar un alquiler.

— ¿Sentís que hay prejuicios con eso?

—Sí. La gente dice: “Estos chicos delivery…”. No. Muchos son profesionales. Y eso sí tiene la familia venezolana: te obligan a estudiar. Esa es la herencia. No es una casa, no es una cuenta con dinero. Son tus estudios y la educación de casa. El respeto.

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Darling ejerciendo su profesión.

— ¿Qué querías ser cuando crecías?

—Arquitecta. Pero una carrera muy costosa para mis papás. Y a los 19 años me enamoré y salí embarazada… y desde ahí empezó la lucha. Pero la lucha más hermosa de mi vida.

— Hablás mucho de esa maternidad real, sin romanticismos.

— Son días que vos llorás, días que colapsás, días que decís: “¿En qué me metí?”. Él nunca me contestó… se borró desde el día uno. Yo decía: “¿Qué hago yo?”. Y después dije: “Sí puedo. Soy mujer… puedo con esto y con mucho más”.

— ¿Cómo fue criar a tu hija sola?

— Soy madre soltera. Me hice cargo de mi hija yo solita. En Venezuela… “presenté” a mi hija yo sola: le di mis apellidos. Nunca dejé de trabajar.

— ¿Y el amor? ¿Te volviste a enamorar?

—Yo me bloqueé. Yo decía: “O soy mujer o soy madre”. Me daba terror… escuchaba eso de “si tenés una nena…” y me bloqueé fuerte. El amor que yo podía recibir era de mi familia y de mi hija, nada más.

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— Después tu hija viene a la Argentina y ahí aparece otro dolor.

— Sí. Primero sufrí migración de hijo y después migración de familia. Kimberly [su hija] se va… y se me destrozó el mundo. Yo no dormía hasta que me decía: “Mami, estoy en casa”.

— ¿Y cuándo te tocó a vos migrar?

— Después tuve que emigrar y dejar a mi mamá, a mis hermanos… eso fue otro dolor más grande. Vos trabajaste por todo lo que tenés y salís con una maleta de 23 kg… y la verdad: no te traés nada, porque tu corazón lo dejás allá.

— ¿En Argentina cómo empezaste de cero?

— Yo llegué el 14 de septiembre de 2018. Vine a ver a mi hija. Me iba a regresar, venía de vacaciones… pero se complicó todo. Y me quedé. Yo no quería estar sin hacer nada. Kimberly me dijo: “¿Mami, te enseño a hacer uñas?”. Me enseñó en una semana. La semana siguiente me buscó trabajo y ahí empecé.

Trabajaba desde las 9 hasta que cerraba el local. Hacía los dos turnos. Eso es migrar. Es fuerte. No tenés descanso.

Vivía en una colchoneta, no había heladera. Congelaba botellitas de agua en el trabajo y me las traía. Esa es la vida del venezolano: dormir en una colchoneta hasta que te esforzás a trabajar día a día para salir adelante.

— Tu casa también cambió cuando tu hija se fue de Argentina. Y ahí aparece Draco.

— Sí. El día que ella se va, yo me quedo sola con él. Yo me senté y dije: “Dios mío, me quedé sola otra vez”. Y él… buscó una pelotica y me la puso en las piernas. Como “calmate”. Yo lo abracé y sentía el corazón acelerado. El día que mi hija se fue, quien me calmó fue Draco.

— ¿Qué te sostiene cuando sentís que no podés más?

— Dios. Y la familia. Pero también esto: el trabajo. Hay veces que digo “no me quiero levantar”, y después digo: “Hay gente que necesita”. Te partís en pedazos, pero seguís.

Darling Johanna Atencio Fornaris
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— ¿Y qué pasa con ese llanto que no se ve?

— La gente me ve con sonrisa… pero cuando cerrás la puerta de casa… hay momentos que siento una presión en el pecho. Me hace falta mami. Me hace falta un abrazo. Pero no tenés tiempo de llorar: te tomás un café, un vaso de agua y seguís.

— ¿Qué soñás hoy para tu futuro?

— Me gustaría tener un estudio pequeño, bien bonito, con más espacio para atender. Me he puesto a ver localcitos… pero da miedo no llegar a fin de mes. Igual, sí: sería un proyecto bonito.

— Y si tu país cambia, ¿te imaginás volver?

— Sí. Mi país es bello. Si Venezuela empieza a cambiar… yo me regreso. Quisiera disfrutar un café con mi mamá.

Fotos: Chris Beliera

 
 

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