Un dato que expuso el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) encendió la alarma: la mujer argentina promedio tiene 87 cm de cintura y 100 cm de cadera. Sin embargo, esas proporciones no se corresponden con la mayoría de los moldes que usan las marcas locales para fabricar sus prendas.
La creadora de contenidos Luli, de El Ropero Off, lo sintetizó en un posteo viral:
“El drama del probador no es tuyo, es de los moldes. El talle más común es el que menos se encuentra y, en la mayoría de las etiquetas, esas medidas aparecen como XL”.
Esta contradicción no es menor. Mientras que la ley de talles buscó garantizar que la industria se adapte a la diversidad corporal, la realidad muestra que gran parte de la producción sigue respondiendo a moldes alejados de la fisonomía real.
¿Qué pasa cuando no encontramos nuestro talle?
El problema no se queda en lo técnico. Como señala Luli, cuando no hay prendas que calcen, las consumidoras suelen:
- Buscar en otras marcas.
- Culpar a su propio cuerpo.
- Cambiar hábitos de alimentación o ejercicio para “entrar en la ropa”.
El impacto emocional no es menor: Argentina es uno de los países con más casos de trastornos de la conducta alimentaria en la región. Frente a este panorama, Luli insiste en algo clave: “Diseñar para cuerpos reales no es militancia body positive, es lógica de mercado”.

Diseñar para los cuerpos reales no es un acto de militancia ni de caridad: es pura lógica de mercado
Con la idea de ahondar en las conclusiones del estudio del INTI y ponerlo a contraluz de lo que se ve realmente a la hora de ir a comprar ropa en locales de las principales marcas, la palabra de Luli de El Ropero Off:
-Tenemos una Ley de Talles para evitar que las marcas produjeran ropa que no se ajusta a las medidas reales, ¿qué pasó en el medio?
-La Ley de Talles en Argentina tiene un detalle clave que suele pasarse por alto: no establece una cantidad mínima de talles que las marcas deban producir. Lo que sí planteaba era la creación del SUNITI, el Sistema Único Normalizado de Identificación de Talles de Indumentaria. La idea era realizar un estudio serio sobre los cuerpos argentinos para armar una tabla de talles realista y que cada marca adaptara sus moldes a esos parámetros.
El INTI finalizó ese estudio antropométrico en 2022. El paso siguiente debía ser transformarlo en una tabla oficial, pero eso nunca ocurrió. Se había conformado un consejo consultivo para avanzar, aunque quedó frenado.
En 2021 llegó la reglamentación, necesaria para implementar la ley, pero la aplicación en la práctica nunca se concretó. Con la Ley Bases se sumó más confusión: en un principio parecía que la Ley de Talles había sido derogada, pero como no apareció en el anexo, sigue vigente, aunque sin aplicación. Quedó en un limbo.
Hoy tenemos el estudio —muy valioso porque, por primera vez, mide cuerpos reales y no estándares importados—, pero sin tabla oficial ni aplicación práctica. Entonces, las marcas siguen diseñando según sus propios criterios y los consumidores continúan sin entender por qué un jean no entra o por qué un talle común aparece como XL.
En resumen: la Ley existe, pero nunca se transformó en una política activa. Lo que falta no es la norma, sino la decisión de aplicarla.
-¿Cómo es posible apoyar la industria nacional de indumentaria cuando los talles no respetan las dimensiones de las usuarias?
-La verdad es que apoyar a la industria nacional cuando no respeta los cuerpos de quienes consumimos resulta casi imposible. ¿Cómo voy a comprar algo que no me entra, solo por ayudar a una economía que de por sí ya es adversa? Y si no lo haría en un contexto de consumo pujante, mucho menos ahora, en plena pérdida de poder adquisitivo. Es inviable.
Dentro de esta crisis, las marcas tienen una oportunidad enorme: tomar el estudio del INTI, analizarlo y empezar de cero con sus tablas de talles. Diseñar para los cuerpos reales no es un acto de militancia ni de caridad: es pura lógica de mercado. Si la mayoría de las personas no entra en tu ropa, no hay venta posible.
Pero también hay que decir algo más incómodo: muchas marcas no quieren que ciertas corporalidades usen su ropa. Lo digo con todas las comillas, pero lo “gordo” sigue siendo un límite. Ahí ya no hablamos de un problema técnico de talles, sino de una decisión política y estética. Porque no siempre el único objetivo de las marcas es vender: muchas veces eligen sostener un posicionamiento aspiracional, aunque eso implique dejar afuera a gran parte del público.
En definitiva, apoyar lo nacional sí, pero no a costa de nuestros cuerpos. La industria no puede pedir solidaridad mientras siga diseñando ropa que nos excluye.pos.
-¿Qué podemos hacer como consumidoras?
-Como consumidoras tenemos un rol, pero no podemos cargar con toda la responsabilidad. Lo primero es presionar para que la Ley de Talles se implemente de verdad y se termine con el SUNITI. Eso nos daría una referencia clara y común: saber exactamente qué talle somos, y evitar que en una marca seamos un número, en otra dos más y en la siguiente tres menos. Sin esa base, todo se vuelve confuso.
Después está la parte de la elección. Ahí sí podemos incidir de manera positiva: optar y visibilizar a las marcas que realmente trabajan con diversidad de cuerpos. Y cuando digo diversidad no hablo solo de sumar centímetros, sino de contemplar distintas formas y proporciones reales, y de mostrarlas en sus campañas.
Apoyar a esas marcas es clave, porque cada vez que elegimos una prenda que respeta la diversidad, estamos votando con el bolsillo y marcando un camino para el resto de la industria.
En definitiva, el cambio estructural tiene que venir de las marcas y del Estado, pero como consumidoras podemos empujar: exigiendo la aplicación de la ley y eligiendo a quienes ya están haciendo las cosas de otra manera.

-¿Cuál es tu visión de cómo sería posible revertir esta situación?
-Para revertir esta situación, lo primero es usar la información que ya tenemos. No es que falten datos: el estudio del INTI está disponible y puede servir como base para rediseñar las curvas de talles. Lo que falta es decisión de las marcas para tomar esa información y aplicarla.
También es fundamental que las marcas miren alrededor y entiendan el contexto. Estamos en un momento de crisis, en el que el poder adquisitivo cayó muchísimo, y aun así se sigue pidiendo que apoyemos la industria nacional. Bueno, si de verdad quieren que la gente consuma, tienen que ofrecer productos pensados para un público diverso. Y eso implica no solo ampliar talles, sino también mejorar la moldería y la confección, porque no se trata únicamente de sumar centímetros, sino de diseñar para cuerpos reales.
Del lado de las consumidoras, en la medida de lo posible, podemos elegir y visibilizar a las marcas que ya están trabajando de manera respetuosa con la diversidad. Apoyarlas es una forma de marcar un rumbo y demostrar que sí existe un mercado para esas propuestas.
En resumen: la salida está en que las marcas usen la información, asuman el contexto y piensen de verdad en un público más amplio. Y nosotras, mientras tanto, acompañar y reforzar a quienes ya están dando esos pasos.
-¿Esta situación se plantea en producciones a gran escala? ¿O ves a pequeños y medianos emprendedores trabajar con otro tipo de talles?
-No todo es igual en el mercado. Muchos pequeños y medianos emprendimientos se toman este tema muy en serio. Reconocen la falta enorme que existe, pero también que hay un público con ganas de vestirse, de expresar su estilo y de encontrar ropa que lo incluya. Por eso ofrecen variedad: cada uno con su identidad de diseño, pero con la intención clara de llegar a las personas que el sistema deja afuera.
Apostar a lo local es clave. El problema es que justamente esas marcas son las que más están sufriendo la crisis: algunas tuvieron que achicarse y otras directamente cerrar. Por eso, en la medida en que podamos, es fundamental elegirlas y sostenerlas.
Lo interesante es que no lo hacen solo por una cuestión económica —aunque ampliar talles sí abre el mercado—, sino también por convicción: porque creen en una moda más justa e inclusiva. Muchas veces trabajan con curvas más amplias y, si no tienen tu talle, incluso ofrecen confeccionar la prenda a medida. Hay un interés real en vestir a todas las personas.
En definitiva, sí: las grandes escalas suelen reproducir los moldes más excluyentes, pero en los emprendimientos chicos hay una oportunidad y un compromiso que vale la pena acompañar.
-Muchas marcas se excusan en los costos elevados. Pero, ¿cuánto de verdad hay en ese “argumento” cuando, en realidad, terminan quedándose con la ropa sin vender porque las mujeres no entran en sus talles?
-Muchas marcas se escudan en que ampliar talles es “muy caro” o que “no se venden”. Sin embargo, la realidad del mercado dice otra cosa: cuando vas a una liquidación, los talles más chicos son los que más sobran. Y los más grandes… se venden primero. Eso debería decirles algo: mercado hay, solo falta reconocerlo.
Otra excusa clásica es que esos talles “no se muestran”. Y ahí está el problema: no se puede vender lo que no se ve. Podés tener hasta un XXL, pero si todas tus prendas aparecen en modelos extremadamente delgadas, ¿por qué alguien se molestaría en entrar al local o probarse algo que claramente no está pensado para su cuerpo? Ampliar la curva de talles es urgente, pero comunicarlo es fundamental.
El fondo del asunto, muchas veces, no es económico sino estético o aspiracional: a algunas marcas no les interesa que sus prendas se vean en cuerpos “gordos” —y lo pongo entre comillas porque seguimos hablando de cuerpos diversos—. Prefieren quedarse con un remanente antes que mostrar que sus productos también funcionan para todos los cuerpos.
En definitiva: hay mercado, hay necesidad y hay oportunidad. Lo que falta es decisión y honestidad: diseñar para la diversidad y comunicarlo.
-Más allá del mercado y la economía, ¿cómo afecta que los talles no estén pensados para los cuerpos reales de las personas? ¿Y qué responsabilidad tiene la industria sobre esto?
El tema de los talles no es solo un problema de moda o de ventas: tiene un impacto concreto en la salud emocional y en el bienestar de las personas. Los datos lo muestran claramente: gran parte de quienes no encuentran su talle sienten frustración, tristeza o enojo con su propio cuerpo. Algunas incluso modifican hábitos de manera riesgosa, como restringir comida o hacer ejercicio en exceso. Esto no es un detalle menor, sobre todo en un país como Argentina, que está entre los que tienen mayor incidencia de trastornos de conducta alimentaria en Latinoamérica.
Por eso, diseñar talles que respondan a la realidad de los cuerpos no es solo lógica de mercado: es una responsabilidad social de la industria. Cada prenda que no entra o que excluye a un público no solo genera frustración, también puede reforzar sentimientos de culpa o inseguridad corporal. Invertir en diversidad de talles, comunicarlo y mostrar cuerpos diversos en campañas no es únicamente una estrategia de venta: es cuidar a las personas que consumen tu ropa.
En definitiva, la industria de la moda tiene un rol enorme en cómo nos vemos y nos sentimos con nuestros cuerpos. Adaptarse a la diversidad de formas y talles no es un capricho: es un acto ético y socialmente responsable.
-Cuando todo parece estar en desventaja, ¿dónde están las oportunidades que la industria de la moda suele pasar por alto?
-Lo que hoy se percibe como una desventaja —como la crisis económica— también puede convertirse en una oportunidad histórica para que la industria se replantee cómo produce y comunica. Si las marcas aprovechan los datos que ya existen sobre los cuerpos reales, pueden diseñar talles más inclusivos y, al mismo tiempo, abrir un mercado que hasta ahora estuvo desatendido.
Adaptarse a la diversidad no es solo una cuestión ética: también es una estrategia de crecimiento. Una marca que reconoce la variedad de cuerpos y la refleja en su comunicación puede conectar mejor con sus consumidoras, generar fidelidad y diferenciarse de la competencia.
En definitiva, este puede ser el momento para que la industria deje de ignorar la realidad y empiece a ver la diversidad como un valor agregado, no como un problema. Quien lo haga bien no solo va a ganar en ventas, sino que también va a contribuir a construir una moda más justa, inclusiva y cercana a la vida de las personas.
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