La historia de amor entre Analía Franchín y Sebastián Eskenazi no nació de un flechazo inmediato, sino de un encuentro que marcó un antes y un después en la vida de ambos. Se conocieron hace más de una década, en un evento social del ámbito empresarial porteño al que Franchín asistió por trabajo.
Ella, reconocida periodista y una de las figuras más queridas por el público; él, empresario de perfil reservado, perteneciente a una de las familias más influyentes del país.
Ese primer contacto fue cordial, casi circunstancial, pero abrió la puerta a un vínculo que se fue construyendo con tiempo, conversaciones y una conexión que sorprendió a ambos. Al poco tiempo, comenzaron a verse con más frecuencia, hasta que lo que había empezado como un encuentro casual se transformó en una relación formal.

Para entonces, ya tenían la certeza de que estaban frente a un compañero de vida. La pareja dio un paso más cuando, en 2009, decidieron casarse, sellando su historia con una ceremonia íntima y muy cuidada, acorde al estilo bajo perfil que siempre mantuvieron.
Luego se instalaron juntos en un barrio residencial de la zona norte, donde consolidaron su día a día lejos de la exposición mediática, priorizando la vida familiar y el trabajo de cada uno.
En ese marco, nació el gran amor de sus vidas: Benicio, su hijo, quien llegó en 2010 para completar la familia y, como Analía ha mencionado más de una vez, para darle una dimensión totalmente nueva a su historia. La maternidad la transformó profundamente, y el apoyo de Eskenazi fue clave en esa etapa. Juntos formaron un equipo sólido, con roles bien marcados pero siempre complementarios.
Analía Franchín y Sebastián Eskenazi: un amor que se construyó puertas adentro
Hoy, mantienen una relación estable y madura, alejada de los rumores y del ojo mediático. Ella continúa con su carrera en medios, con la espontaneidad y la lucidez que la caracterizan; él sostiene su perfil reservado dentro del mundo empresarial.

A pesar de las agendas cargadas, la pareja logró construir una dinámica que prioriza la familia, el bienestar cotidiano y los momentos compartidos con su hijo.
Su historia es la prueba de que, aun en el mundo de la exposición permanente, el amor puede vivirse lejos del ruido. Con discreción, con respeto y con un compañero que acompaña sin invadir.
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