Tenían nombre. Tenían cuerpo. Tenían dolor. Pero durante más de un siglo, la historia decidió recordarlas solo como “casos médicos”.
Anarcha Westcott tenía 17 años cuando su vida cambió para siempre. Después de un parto de 72 horas, quedó con una lesión devastadora que la dejó con dolor constante e incontinencia. Lo que vino después no fue alivio: fue el inicio de una serie de intervenciones que nadie eligió por ella.
Como ella, Lucy y Betsy también fueron sometidas a cirugías experimentales. No una vez. Varias. Sin anestesia. Sin consentimiento. Y sin posibilidad de decir que no.
El “avance médico” que se construyó sobre cuerpos esclavizados
En el siglo XIX, mientras la medicina avanzaba, la esclavitud seguía vigente en Estados Unidos. Y eso no es un detalle menor. Los cuerpos de las mujeres afrodescendientes esclavizadas eran considerados propiedad. Su salud no importaba por ellas, sino por lo que representaban: trabajo, reproducción, valor económico.
Por eso, cuando desarrollaban lesiones como la fístula vesicovaginal —una de las complicaciones más traumáticas del parto—, eran llevadas a médicos para “ser reparadas”. No para aliviar su sufrimiento. Sino para devolverles funcionalidad.

Resituar la historia de James Marion Sims: lo que no se contó
Entre 1845 y 1849, James Marion Sims llevó adelante una serie de cirugías experimentales en su hospital de Montgomery, Alabama. Su objetivo era corregir una lesión que afectaba principalmente a mujeres esclavizadas: las fístulas vesicovaginales, una conexión anormal entre la vejiga y la vagina provocada por partos traumáticos.
Pero ese problema médico no puede entenderse sin el contexto. Las condiciones de vida de estas mujeres —trabajo forzado, desnutrición y violencia sexual ejercida por hombres blancos— aumentaban las probabilidades de embarazos y partos extremadamente difíciles, que muchas veces derivaban en estas lesiones.
Sims no trabajaba en un vacío: era médico en el sistema de plantaciones de algodón de Alabama, donde casi la mitad de la población era afrodescendiente esclavizada. En ese contexto, la medicina no era solo una práctica de cuidado, sino también una herramienta económica.
La lógica era clara: la muerte o enfermedad de una persona esclavizada implicaba una pérdida de capital. Curarla, en cambio, significaba conservar ese valor. Por eso, los propietarios dependían de los médicos para mantener a las personas esclavizadas “aptas”, tanto para trabajar como para ser vendidas o aseguradas. Incluso, algunos médicos compraban personas esclavizadas para experimentar con ellas o revenderlas después de tratarlas.
A partir de 1808, cuando se prohibió la importación de esclavos, el cuerpo de las mujeres afrodescendientes adquirió aún más valor dentro del sistema: su capacidad reproductiva se volvió clave para sostener la mano de obra esclava. En ese marco, eran vistas no solo como fuerza de trabajo, sino también como medio para garantizar la continuidad del sistema, e incluso como objeto de explotación sexual.
Cuando una mujer esclavizada desarrollaba una fístula, su “valor” disminuía: no podía trabajar ni reproducirse en las condiciones esperadas. Por eso, sus dueños la llevaban a Sims para intentar “repararla”. Así fue como el médico tuvo acceso sistemático a los cuerpos de estas mujeres.
Sims sabía que no podía experimentar con mujeres blancas: las normas sociales de la época las protegían. Las mujeres afrodescendientes esclavizadas, en cambio, quedaban fuera de esa protección. Esa desigualdad estructural fue la que hizo posibles estas intervenciones: procedimientos invasivos, dolorosos y no probados, realizados con el aval de sus propietarios, pero sin el consentimiento de ellas.
Cirugías sin anestesia: el dolor como método
James Marion Sims, el médico que luego sería llamado “padre de la ginecología moderna”, realizó decenas de operaciones sobre estas mujeres.
La más conocida: Anarcha, quien fue intervenida más de 30 veces. Lo más impactante no es solo la cantidad. Es cómo.
Las cirugías se hacían sin anestesia, incluso cuando ya existía. La creencia racista de la época sostenía que las personas afrodescendientes sentían menos dolor. Ellas gritaban. Se resistían. Se sostenían entre sí para soportarlo. Y además, eran obligadas a asistir en las operaciones de otras.
De pacientes a asistentes: sobrevivir como se podía
Cuando los médicos dejaron de ayudar a Sims por los repetidos fracasos, él entrenó a las propias mujeres esclavizadas para que colaboraran en las cirugías.
Sí: pacientes operando pacientes. No era vocación. Era supervivencia. En ese espacio donde se mezclaban hospital y campo de experimentación, ellas no solo soportaban el dolor: también sostenían el sistema que las lastimaba.
Los nombres que sobrevivieron al silencio
Lucy, Betsy y Anarcha.Durante años, fueron apenas una nota al pie en la historia de la medicina. Sin embargo, sus nombres quedaron registrados en las memorias de James Marion Sims, aunque su historia real fue mucho más compleja —y dolorosa— de lo que durante décadas se contó.
Las intervenciones comenzaron en 1845. Lucy, una joven afrodescendiente esclavizada de 18 años, fue la primera en ser operada. El procedimiento se realizó sin anestesia y no tuvo éxito. Para llevarlo a cabo, fue inmovilizada, colocada desnuda sobre manos y rodillas, mientras doce médicos observaban. La recuperación fue lenta: tardó tres meses en reponerse completamente.
Después vino Betsy, también de 18 años, quien atravesó el mismo procedimiento y las mismas consecuencias.
La tercera fue Anarcha. Tenía 17 años cuando llegó a manos de Sims, luego de un parto traumático que provocó la muerte de su bebé y le dejó una fístula vesicovaginal. Su cuerpo se convirtió en el centro de repetidas intervenciones: fueron necesarias 29 cirugías fallidas a lo largo de cuatro años hasta que, en 1849, Sims logró desarrollar una técnica que consideró “exitosa”.
Con ese avance, el médico perfeccionó su método, cerró su hospital en Alabama y se trasladó a Nueva York.
Ellas, en cambio, volvieron a las plantaciones. A sus dueños.
Después de cinco años de dolor y experimentación.
El relato oficial: quién fue nombrado y quién no
En 1852, Sims publicó sus descubrimientos en una revista médica. Allí describió su procedimiento quirúrgico con detalle. Pero omitió algo fundamental.
En las ilustraciones, aparece operando a una mujer blanca, cubierta, asistido por una enfermera blanca. No hay mención alguna a Lucy, Betsy ni Anarcha: las mujeres afrodescendientes esclavizadas sobre cuyos cuerpos desarrolló su técnica. El reconocimiento fue para él.
Incluso tras su muerte, en 1893, los elogios reforzaron esa narrativa. En un obituario de la época se destacaba su “gran descubrimiento”, comparándolo con hitos históricos y celebrando la cura de una enfermedad hasta entonces considerada incurable, junto con la introducción de nuevas técnicas quirúrgicas. Ellas no aparecían en ese relato.
Las verdaderas protagonistas: resignificar la historia
Más de un siglo después, la historia empezó a contarse de otra manera.
Tres años después de que la estatua de Sims fuera retirada, la artista y activista afroamericana Michelle Browder inauguró en Montgomery una instalación con tres figuras de metal: Lucy, Betsy y Anarcha.
Las llamó “Las Madres de la Ginecología”.
Su obra no solo busca reparar el pasado, sino también interpelar el presente. En sus palabras, también representa las desigualdades actuales en salud materna y el impacto del racismo sistémico, que hace que las mujeres afrodescendientes tengan entre dos y tres veces más probabilidades de morir durante el parto.
La historia de estas mujeres estuvo oculta durante más de 150 años.
Mientras tanto, el avance médico se celebraba sin cuestionar su origen.
Hoy, resignificar esa historia no es solo un acto de memoria.
Es una forma de entender que el progreso también puede construirse sobre desigualdades profundas.
Y que nombrarlas —por fin— es parte de hacer justicia.
El reconocimiento que llegó demasiado tarde
Durante décadas, el nombre que quedó fue el de Sims. Publicó estudios, recibió honores, tuvo estatuas. Pero omitió algo clave: nunca mencionó a las mujeres sobre cuyos cuerpos construyó sus descubrimientos.
Recién en los últimos años, esa narrativa empezó a cambiar. En 2018, tras protestas, su estatua fue retirada de Nueva York. Y la historia comenzó a reescribirse desde otro lugar: el de ellas. Hoy, Anarcha, Lucy y Betsy son reconocidas como lo que siempre fueron: Las verdaderas madres de la ginecología.
Después de ocho años de movilizaciones sociales, en la primavera de 2018 la Comisión de Diseño Público de la ciudad de New York aprobó la retirada de la estatua de James Marion Sims del Central Park.
Las movilizaciones realizadas por mujeres afroamericanas y latinoamericanas consiguieron que la estatua de James Marion Sims, figura central de la medicina de Estados Unidos en el siglo XIX y que había sido considerado como “padre de la ginecología norteamericana”, fuese retirada 124 años después de que fue erigida en el centro de Manhattan y 94 años después de que fue reubicada al frente de la Academia de Medicina de New York.
Estas movilizaciones comenzaron cuando la activista afrodescendiente de 81 años Viola Plummer puso en evidencia que Sims había realizado cirugías experimentales sin anestesia ni consentimiento a mujeres esclavizadas, después de leer el libro de la escritora afroamericana y especialista en bioética Harriet A. Washington “Medical Apartheid: The Dark History of Medical Experimentation on Black Americans from Colonial Times to the Present” publicado en 2007.
Por qué esta historia importa hoy
No es solo pasado. Es una pregunta incómoda que sigue vigente: ¿Quién paga el costo del progreso?
Esta historia interpela, incomoda y obliga a mirar más allá de los relatos oficiales. Nos recuerda que detrás de muchos avances hay historias invisibilizadas, cuerpos silenciados y voces que recién ahora empiezan a escucharse. Y también deja algo claro: nombrar es reparar.

