En un país acostumbrado a vivirlo todo con intensidad, hay momentos en los que algo —o alguien— logra atravesarlo todo. La Abuela Lalala fue eso. Su nombre era Cristina Mariscotti. Pero para miles de personas, fue mucho más que eso. Fue una presencia cálida, cercana, casi familiar.
No era una celebridad, no tenía un discurso armado ni buscaba viralizarse. Era simplemente ella: genuina, amorosa, presente. Y quizás por eso conectó tan fuerte.
Durante el Mundial 2022, mientras millones de argentinos se aferraban a la ilusión, su figura empezó a circular. Entre cábalas, nervios y festejos, su ternura se volvió refugio. No hacía falta conocerla para sentir que sí.
Porque en su manera de vivir cada partido había algo universal: el amor sin medida, la entrega total, la emoción sin filtros.
La despedida de Cristina Mariscotti, la mujer detrás de la Abuela Lalala
Cristina Mariscotti murió a principios de marzo de 2026, a los 79 años, luego de haber sufrido una insuficiencia cardíaca. Según trascendió, falleció días después en el Hospital Santojanni.
La noticia conmovió especialmente porque detrás del fenómeno viral había una mujer profundamente querida por su entorno. Aunque no tuvo hijos ni nietos, su vida estuvo atravesada por los vínculos con su familia, sus sobrinos y su círculo cercano.
Y quizás ahí está una de las claves de por qué su historia resonó tanto: porque ese amor cotidiano, real y sin artificios fue exactamente lo que transmitió en cada aparición.
El fenómeno que no se puede explicar solo con likes
Podríamos decir que fue viral. Que sus videos circularon por todos lados. Que las redes hicieron lo suyo. Pero eso sería quedarse en la superficie.
La historia de la Abuela Lalala creció porque tocó una fibra mucho más profunda. En un contexto de ansiedad, incertidumbre y necesidad de alegría colectiva, su presencia trajo calma. Y también esperanza.
No era solo lo que hacía, sino lo que generaba: una sonrisa inmediata, una identificación automática, una emoción compartida.
En tiempos donde todo parece pensado para gustar, ella simplemente era. Y eso —hoy más que nunca— es lo que más conmueve.
Un símbolo inesperado del Mundial más emocional
El Mundial de Qatar 2022 no fue solo fútbol para la Argentina. Fue catarsis, unión, desahogo. Y en ese escenario, la Abuela Lalala se convirtió, sin proponérselo, en un símbolo.
Representó a las familias que se juntaban a ver los partidos, a las abuelas que preguntaban por la Selección, a esos rituales pequeños que hacen grandes los recuerdos.
Fue parte de ese clima donde todo importaba más. Donde cada gol se gritaba con el alma. Donde creer no era ingenuo, sino necesario.
Por qué su historia queda mucho más allá de su ausencia
La noticia de su muerte duele, pero también invita a mirar más allá. Porque lo que dejó no se mide en reproducciones, sino en lo que despertó. La Abuela Lalala nos recordó algo simple, pero poderoso: que la emoción genuina sigue teniendo lugar.
Que lo espontáneo todavía puede conmover a millones. Y que, incluso en medio del ruido, hay historias que logran hacerse espacio desde lo más humano.
Lo que la Abuela Lalala nos deja (aunque no lo hayamos notado)
Quizás no lo pensamos en el momento, pero su historia dejó algo. Nos hizo frenar. Nos hizo sonreír. Nos hizo compartir.
Nos conectó con nuestros afectos, con nuestros recuerdos, con esa parte más sensible que muchas veces queda en pausa.
Y en un mundo que va rápido, donde todo dura poco, eso no es menor.
Porque a veces, lo que más necesitamos no es extraordinario
La Abuela Lalala no hizo nada extraordinario. Y, sin embargo, lo fue todo.
Porque en su forma de sentir, de expresarse y de vivir cada momento, había algo que muchos estaban buscando sin saberlo: autenticidad, ternura, verdad.
Por eso su historia no termina.
Porque hay personas que, sin proponérselo, dejan huella.
Y porque hay momentos —como aquel Mundial— en los que un país entero decide creer. Y encuentra, en los lugares más simples, una razón para hacerlo.


