Es Nochebuena y también el cierre de Las elegidas 2025. Una fecha que invita a hacer balance, a mirar el camino recorrido y a compartir lo aprendido. En ese espíritu, Patricia Jebsen -Pato para todos, “mamá corpo” en redes- se sienta a conversar con Para Ti sobre su historia, su presente y el vínculo inesperado que construyó con distintas generaciones a través de TikTok.
Con más de 30 años de trayectoria en compañías líderes, pionera del e-commerce en la Argentina y una agenda que hoy combina charlas, mentorías y contenido digital, Pato se volvió una referencia para quienes buscan entender el mundo del trabajo sin solemnidad ni frases hechas. Sus consejos nacen de la experiencia, de los errores y también de haber atravesado momentos personales y profesionales complejos.
Todo empezó casi por casualidad, usando la cuenta de TikTok de una de sus hijas. Hoy la siguen personas de la generación X, millennials y Gen Z, que encuentran en sus videos respuestas concretas a preguntas que rara vez se explican: cómo liderar, cómo equivocarse, cómo pedir ayuda y cómo animarse a ocupar lugares para los que, a veces, nadie te prepara.
En esta charla extensa y honesta, Patricia repasa su infancia atravesada por la dislexia, su recorrido académico, los despidos que marcaron un antes y un después, la maternidad en clave corporativa y el giro que la llevó a transformar su experiencia en una conversación colectiva.

El aprendizaje temprano y la dislexia
- De chiquita, la vida te puso frente a un desafío enorme que te lo dijo nada menos que una maestra o una docente, cuando quiso orientarte a que dejaras de lado algo que vos querías hacer. En ese momento, la dislexia aparecía casi como un bloqueo. Un bloqueo, pero que a la vez abría otros caminos para vos.
-A ver, primero: yo repetí primer grado. Sí. O sea, repetir primer grado para una mamá que era docente era terrible. Mi mamá era docente de alemán, yo iba a un colegio alemán, que era un colegio donde habían ido mis papás y mis abuelos. Era muy tradición. Yo soy la mayor, y viste que las mayores cargamos con la espada y la mochila.
A pesar de repetir, seguimos en el colegio y a los 12 me detectaron la dislexia. ¿Por qué? Porque la psicopedagoga del colegio dijo: “Esta chica no está para asistir a un colegio trilingüe”. Y mi mamá, de nuevo, en una época donde no se conocía la dislexia… hoy tenemos ADD, dislexia, algo, ¿no?
En ese momento no. Era “mala leyendo”, punto, chau. Te hacían bullying, era así.
La cuestión es que fui a una psicopedagoga, que quedaba en Olivos. Me acuerdo que mi mamá, yo tenía 12, me mandaba sola en colectivo. Me llevó una vez y me dijo: “Son unos kilómetros, el camino es este. Subís al 168 en Acassuso y bajás en Olivos”.
Fui un año que recuerdo como un año de juegos, porque era a través de juegos que te detectaban cosas. Cuando terminé, le dijo a mi mamá: “Mirá, su hija es muy inteligente, pero tiene dislexia”. Entonces, mis papás dijeron: “Listo, seguís en el colegio”. Era una época en la que tampoco te preguntaban mucho.

- ¿Sufrías por eso?
-Sufría bastante porque me llevaba muchas materias. No sé si sufría… la verdad es que yo la pasaba bien. Amaba ir al colegio. Soy muy sociable, me encanta estar con gente. El ámbito académico siempre me encantó, pero me costaba muchísimo. Me la pasé todos los años estudiando.
Me acuerdo patente una vez en Bariloche, de vacaciones, estudiando los verbos irregulares en inglés, de memoria, subiendo el Tronador con mi vieja caminando al lado. Esas cosas. La que más sufrió fue mi mamá, y mi papá pagando clases particulares. Pero terminé el colegio como pude.
- Sabiendo esa condición, ¿no había consideraciones de los docentes en los contenidos? ¿Algún tipo de adaptación?
-No existía. De hecho, querían que yo me fuera del colegio. Les parecía que era un estorbo. Era otro momento. Tampoco creo que hubiese sido el mejor colegio para mí: lo trilingüe implicaba una carga muy fuerte. Quizás hoy hubiese ido a uno con otra intensidad.
Pero lo recontra agradezco, porque en muchos trabajos entré por los idiomas. No puedo decir que la decisión de mis padres estuvo mal. Del colegio, sí, me hubiese gustado más acompañamiento.
De hecho, en alemán había tres niveles: A, B y C. Yo estaba en el A, el más avanzado, y en cuarto casi repito. Ahí mi mamá aflojó y me dijo: “Andate a la C”. Quinto y sexto los hice ahí y la pasé mucho mejor. En el mismo colegio podías tener distintas intensidades.

Elegir carrera, animarse y equivocarse
-¿Cómo elegiste tu carera universitaria?
-Yo quería ser piloto. No había mujeres piloto en Argentina en ese momento. Después pensé en ser azafata, pero mi mamá me decía: “Vas a viajar mucho, los chicos…”. Después terminé viajando toda la vida, pero bueno. Los mandatos. Uno va torciendo y termina llegando a donde quiere.
Hice un test vocacional en San Isidro, de la municipalidad, y me salió Relaciones Públicas. No sabía qué era. Leí los folletos —no estaba en muchas universidades— y decidí estudiar en la UADE. Amé mi carrera. Mi grupo de amigas es el de esa época: cumplimos 30 años de amistad.
El otro día, en la UADE, una chica me dice: “Sos la influencer que pusimos en nuestra tesis”. Nos sacamos una foto, le mostré mis estadísticas. Después subí un TikTok para saber si habían aprobado… y sí, aprobaron. Es impresionante.
En segundo año hice un freelance con mi papá. Él tiene un estudio económico-jurídico. Ninguna de nosotras tres trabaja con él. Hay un mandato ahí. Él siempre tuvo claro que no era una empresa para sus hijos. Está bueno hacer tu propio camino.
Después entré a trabajar en la UADE por la bolsa de empleo. Como hablaba idiomas, recibía alumnos de intercambio, sobre todo de Alemania. Me quedé casi cuatro años, terminé en prensa y comunicación, que era lo que quería. Conseguí una beca y me fui a Alemania a hacer un posgrado. Fui la única argentina, en alemán, no en inglés. Todos me decían: “¿Cómo vas a hacer?”. Y yo: no sé, me relajo.
Me sirvió mucho irme tan joven. Te destetás de tus costumbres, de tu casa, de todo: cómo se toma el colectivo, cómo se come, cómo administrar la guita. Vivía en Oestrich Winkel, cerca de Frankfurt, un pueblito mínimo.
Trabajé en tres empresas allá, hice pasantías. Después volví y entré a trabajar en Novartis. Estuve tres años y me rajaron.

-¿Cómo transitaste ese episodio?
-No una, sino dos veces me rajaron en mi vida. La primera por performance. En ese momento se te cae la autoestima. Hoy, con el tiempo, entiendo que lo que me dijeron tenía sentido, pero en el momento no lo ves.
Hubo dos episodios clave. Uno, una presentación que acepté sin tener el know-how y salió mal. El otro, un viaje a Australia con médicos. Los llevé de paseo, salió todo bárbaro, fotos, prensa, cartas de agradecimiento… pero mi jefa no estaba contenta. Dos días antes de casarme por civil me dio un feedback demoledor. No lo escuché. Volví de la luna de miel y al mes me echaron.
Cuando te echan, primero se te cae la autoestima. Después vienen las preguntas: “¿Por qué no vi las señales?”. Yo estaba recién casada, con deudas. Me puse a buscar trabajo, era el 99, un momento difícil.
- ¿Qué hiciste en ese momento?
-Lo primero que hice fue ayudar a un médico con marketing, casi ad honorem. Yo no puedo estar en casa. No soy ama de casa. Me gusta que esté linda, pero no me genera valor… siento que pierdo el tiempo. Es ingrato: si está ordenado nadie te dice nada, si está desordenado te critican. Es así.
Empecé a buscar laburo y conseguí en Siemens, donde tenían un puesto que se llamaba Center of Competence, que era como un área centralizada para toda Latinoamérica. Tenía desde México hasta Argentina, 17 países. Fue un recontra desafío. Viajaba todo el tiempo, me la pasaba arriba de un avión.
Maternidad, trabajo y un golpe inesperado
- ¿Ya tenías a las nenas?
-No. Nacieron en el 2000 y en el 2002. Las tuve mientras laburaba en Siemens. Y una cosa que siempre digo: creo que Siemens fue una de las predecesoras del home office. En el 2000 negocié laburar desde casa seis meses después de que nació Agus, porque yo quería dar la teta seis meses.
- ¡Qué bien!
-Sí, la verdad, divino. Bastante rupturista para la época. Había guardería en la planta, pero como yo viajaba no me servía, entonces me pagaron una cerca de casa. Me pusieron un fax. Tenía internet dial-up. Laburaba desde casa, tenía proveedores que venían y yo los recibía en bata, dando la teta.
Lo hice así con las dos chicas. Y en 2004, cuando Cami tenía dos años y Agus cuatro, se enferma mi marido. Yo estaba en Perú, me llaman y me dicen: “Gorda, me duele la cabeza”.
- Pensaste que quizás exageraba…
-Claro. Pero me habló muy serio. Lo atiende un médico, el doctor César Gnocchi, un crack. Me dijo: “Señora, estuve leyendo toda la noche y su marido tiene esto”.
- ¿Cómo se enfermó así?
-Seguramente en una clínica u hospital... él era visitador médico en ese momento. No es común. Se salvó por ese médico. A mí me dijeron: “Su marido es un paciente psiquiátrico”. Éramos muy jóvenes, las chicas muy chiquitas.
El dolor de cabeza se le fue cuando le hicieron la punción lumbar. Te juro que se salvó por ese médico. Si no, no se hubiese salvado. A mí me dijeron: “Su marido es un paciente psiquiátrico, lo vamos a internar”. Y yo decía: “Hace una semana éramos una familia normal”.
Éramos muy jóvenes, yo tenía 32, él 33. Las chicas eran muy chiquitas.
La primera decisión fue armarle un cuarto en el medio de la cocina, un cuarto de servicio, porque yo no podía viajar y dejarlo solo. Cuando volvió a trabajar, dijimos: “Tenemos que resolver esto", porque yo todavía viajaba.
Era otra época. No renunciabas. Hoy hubiese renunciado y me quedaba en casa, pero en ese momento no se hacía. Entonces me puse a buscar laburo. Hablé con una head hunter, Susana von der Heide, y me dice: “Mirá, hay una startup que busca alguien de prensa y comunicación”. Yo además estaba haciendo un posgrado. Estaba pasadísima.

Reinventarse: MercadoLibre y liderazgo
-¿Cómo siguió tu vida laboral y tu familia a partir de entonces?
-Entré a trabajar para MercadoLibre, para crear el sector de prensa y comunicación de MELI, que no existía. No sabían ni qué tenían que hacer, pero como querían cotizar en bolsa necesitaban empezar a hablar con los medios.
En ese momento el dueño era eBay y en ese momento necesitaban visibilidad.
Estuve diez meses y me ofrecieron la gerencia comercial. Llegué a casa y le dije a mi marido: “Me ofrecieron una gerencia comercial”. Y él: “Pero vos no sos comercial”. Y yo: “Me hago”. Fue re importante, porque si no hubiese pasado por ahí, no hubiese llegado a gerenta general. Si me quedaba solo en comunicación, me quedaba encasillada. Para liderar una empresa tenés que tener pata comercial. Las skills se aprenden.
Eso lo cuento en mi libro (N. de R.: Pensar diferente, recientemente lanzado). Cuando me lo ofrecen, yo digo: “Primero, no sé. Segundo, hay gente en el equipo que es mejor que yo y está esperando ese lugar”. Entonces dije: “Les voy a preguntar si están de acuerdo en que yo sea su jefa”.
Me dijeron: “¿Estás loca?”. Pero yo pensaba: si dicen que sí, se involucran; si dicen que no, evito un palo en la rueda. Les pregunté y dijeron que sí.
Y además fui honesta: “Hay cosas que no sé, no soy analítica, los necesito”. Tenía cracks en el equipo. Hoy, con distancia, uno es número uno en Centroamérica, otro tiene dos empresas… todos cracks.
Estuve dos años y me vienen a buscar del Grupo Clarín. En ese momento tenían CMD, Compañía de Medios Digitales, una especie de incubadora de startups. Tenían un proyecto que competía con MercadoLibre, Más Oportunidades. No funcionó. Puede fallar.
Me fui porque estaba inquieta, sentía que en MercadoLibre ya no podía crecer más. En ese momento MELI todavía era chico. No me arrepiento: los cambios también me hicieron crecer.
- Escuché que decís que necesitás siempre una motivación porque decís que te aburrís rápido…
-Tengo una curva de tres años. La tengo clarísima.

TikTok, agenda y la reinvención
- ¿Es por búsqueda de adrenalina? Porque el común de la gente, cuando algo más o menos le cierra, se queda.
- Un día mi hija me dice: “Ma, mostrá tu agenda de viajes”. Yo tenía la agenda en papel, con todos los viajes marcados. Los viajes de los directorios, los viajes por charlas, todo. Yo necesito ver el año entero, tener un overview. Hacen un TikTok de eso.
Ese TikTok explotó. La gente preguntaba si yo era narcopolítica. “¿Qué es narco? ¿Es política? ¿A qué se dedicó?”. Viste esos comentarios: “¿A qué se dedica la señora?”. Divinos los chiquitos de TikTok. “La señora, la vieja”. Entonces Agustina me dice: “Ma, vení, hay que contestar esto”. Contestamos y ese video tuvo 7 millones de vistas. Una locura.
- Qué locura. ¿Qué hace ella hoy?
-Hoy trabaja en Quilmes, es corpo, pero siempre hizo mucho contenido. En ese momento tenía 10 mil seguidores, hoy tiene 150 mil. Ella hacía TikTok como mucha gente: get ready with me, joda del sábado, cosas así.
En casa todos usábamos TikTok, yo también. Pero era una red para divertirte, filmar al gato, subir boludeces. No había una idea detrás, no había un hilo de contenido. Era como Instagram: subís vacaciones, el primer día de clases de tu hijo, listo.
A mí siempre me gustaron las redes porque creo que las entendés cuando las usás. Cada red es distinta, el contenido es distinto.
En un momento me echa de su TikTok. Me dice: “Ma, no. No vamos a estar todo el día hablando. Además te hacen mil preguntas”. “¿Qué estudiaste?”, “¿Por qué estudiaste eso?”, “¿Qué hiciste?”. Yo contestaba una o dos, pero la chica llegaba de laburar y yo estaba: “Tenemos que contestar esta pregunta”.
Me dijo: “Basta. Se terminó. Hacé tu TikTok”.
Le digo: “Pero nadie me va a seguir”.
“Te van a seguir”. Y ahí nació.
Empecé a hacer contenido contestando preguntas. Básicamente eso: ¿qué estudiaste?, ¿te echaron alguna vez?, ¿cómo se lidera un primer equipo?, ¿cómo te preparás para una entrevista?
Empecé a contestar, contestar, contestar. Empecé a hacer ping pong con gente porque dije: “Tengo que acercar el mundo del trabajo a los jóvenes”. Esa es mi meta.

- TikTok te armó la agenda.
-Sí, me armó la agenda. Exacto. Empecé a juntarme con CEOs amigos. El año pasado nos invitaron a un crucero con todos CEOs. Yo les decía: “Todos tranquilos…”. Me querían matar. Estaba el número uno de Renault, el número uno de Telefe.
Yo agarraba un lápiz y decía: “Ping pong”. Después lo veían los de prensa de las empresas y decían: “¿Cómo subiste eso?”. Los quería matar a todos. Pero es orgánico. Funciona.
Hace un año armé un equipo. Al principio hacía todo sola, pero no se puede. De repente tenía 800 marcas escribiéndome. Tenés que negociar, armar propuestas. Pasaron cosas locas: tipo squad de L’Oréal. Yo decía: “¿Qué carajo me contratan a mí para esto?”. Y me decían: “Porque queremos +50, porque lo que significás para los jóvenes. No te buscan por lo estético, por ser perfecta, te buscan por otras cosas”.
- ¿Tus charlas están orientadas a…?
-Tengo varias. Una es Errores y oportunidades, donde cuento errores que cometí en mi vida y qué aprendí. Otra tiene que ver con jóvenes y mundo del trabajo, generaciones, qué está pasando. Después doy charlas de e-commerce, porque es lo que hice toda la vida. Estuve en PepsiCo hablando de consumo, comportamiento, tendencias. Lo adapto según la empresa: una pyme, una multi, lo que sea.

- Y mentoreás, aconsejás, transmitís… pero ¿a dónde recurrís vos cuando necesitás ayuda?
-A amigos, gente que conozco. No me cuesta nada pedir ayuda. Si no sé algo, pido ayuda. No me da vergüenza.
También a mi familia: mi marido, mis hijas, mis hermanas, mi viejo, en su momento mi mamá. Pedir ayuda no me cuesta y reconocer que no sé algo tampoco.
Eso es clave. Muchas veces ocultamos lo que no sabemos y después nos podemos meter en problemas.

- Como lo que te pasó en Novartis.
-Exacto. Mejor decir que no sabés. Mejor pedir ayuda. Y sobre todo en los equipos: muchas veces tenés gente que sabe más que vos. La clave es rodearte de gente mejor que vos.
Y creo mucho en los equipos diversos, pero diversos de verdad. En general uno contrata gente parecida a uno porque es más cómodo: mismo colegio, misma facultad, mismo barrio. Zona de confort.
Pero cuando contratás gente distinta, esa gente te hace crecer. Te pincha. Te dice: “Esto no”, “por acá no”.
Hoy tengo un equipo muy divertido. Tengo equipo para redes, tengo manager, porque cuando trabajás con marcas grandes hay mil cosas: contratos, facturación, aprobaciones, palabras que sí, palabras que no.
Al principio hacía todo yo y me quería morir.

Cuando comunicar deja de ser un plus y se vuelve una habilidad clave
- En una entrevista, Mario Pergolini afirma que hoy hay que educar en torno a la educación, a la comprensión de textos para mejorar el uso de la tecnología, sobre todo de la IA. Y leí que vos solés ponderar las habilidades blandas en una persona, algo que anteriormente no se tenía tan presente en la selección de personal.
-Sí, sobre las soft skills. Hoy se necesita la combinación de duras y blandas, pero cada vez más las blandas. Antes buscabas al ingeniero, al periodista, al diseñador técnicamente bueno. Hoy tenés cinco ingenieros, pero hay uno que comunica mejor, que lidera mejor, que escucha, que es creativo. Tomás a ese.
Ya no competimos por el título ni por el promedio. A nadie le importa. Importa si tuviste experiencia profesional. Por eso empujo tanto a los jóvenes a trabajar. Cualquier cosa, pero trabajar. “Me falta una materia y no consigo laburo”. ¿Y qué hiciste cinco años? ¿Solo estudiaste?
Los primeros años somos inútiles. Nos pagan para aprender. No sabés ni llegar a la oficina. Hay un montón de cosas que se aprenden laburando.
Si no, llegás a los 30 diciendo: “Hace 10 años laburo de algo que no me gusta”. Y reencauzar después es mucho más difícil.
- Contaste un ejemplo muy bueno del INBA…
-Sí, fui jurado de un hackatón. Dos días desarrollando una app, un modelo de negocio increíble. Pero cuando tenían que presentar, no sabían contar lo que había hecho, se ponían muy nerviosos.
Ganó el equipo que tenía a alguien de marketing y comunicación que presentó espectacular. La idea no era tan distinta, pero la forma de comunicar marcó la diferencia. Siempre es así. En una presentación, en redes, en política, en cualquier lado. Es el pitch. La gente no sabe comunicar, le da miedo.

- Y eso se conecta con la autoestima…
-Total. Mi mamá siempre trabajó mucho mi autoestima. Me decía: “Nunca le digas a tus hijos que son tontos. No son eso. Son lo que creen que pueden ser”. Se pueden equivocar, les puede ir mal, se van a pegar palos. Pero si confían en ellos, van a intentar. Ese fue uno de los mejores consejos que me dio.
La relación entre dislexia y autoestima
- ¿La dislexia fue una traba laboral?
-Te cuento algo que me pasó hace poco. Mes de la mujer. Me invitan a un evento con influencers. Llego y me dicen: “Después de vos habla Stephanie Demner”. Imaginate. Me dan un texto larguísimo para memorizar. Yo no puedo. A los disléxicos nos cuesta la memoria. Me puse nerviosa, taquicardia, transpirando.
Paré y dije: “Tengo dislexia. Necesito frases cortas”. Me ayudaron, pusieron carteles grandes y salió. Yo siempre lo digo. No me hago la que no tengo dislexia. Tengo. Punto. ¿Cómo lo resolvemos?
No somos supermujeres ni superhombres. Somos personas con debilidades. Tener dislexia me tocó a mí. Lo importante es acompañar desde la autoestima.

Escribir Pensar diferente: de la comunidad al libro
La idea de escribir Pensar diferente (Ediciones Urano), que lanzó en noviembre de 2025, no surgió como un proyecto buscado, sino casi como una resistencia inicial. Patricia cuenta que fue Erica Marino, de la editorial, quien la contactó hace alrededor de un año y medio con la propuesta. “Primero ni la escuché. Dije no, no, no”, recuerda. El síndrome del impostor apareció de inmediato y hasta llegó a suspender una primera llamada. Recién después de un encuentro personal, algo cambió: “Me dijo que era re linda la comunidad que tenía, que el mensaje era súper positivo, y me preguntó por qué no escribíamos un libro”.

La falta de un método o de una idea clara también fue parte del proceso. “No sé ni cómo empezar, no tengo ni idea”, admite. Frente a esa duda, la respuesta editorial fue concreta: “No importa, yo te voy a ayudar”. Así empezó un libro que, según cuenta, se convirtió rápidamente en uno de los más leídos en Argentina.
En Pensar diferente, Patricia vuelve sobre su experiencia con la dislexia, pero sobre todo pone el foco en la autoestima y el acompañamiento. Aunque muchas lectoras le dicen que es un libro “para madres”, ella aclara que el mensaje central va más allá. “Lo primero que le diría a una madre con un hijo con dislexia es que lo deje tranquilo. La madre no puede hacer nada para cambiar eso”, afirma. Acompañar, para ella, implica crear las condiciones correctas: el colegio adecuado, apoyos si hacen falta, y sobre todo no bajar expectativas. “Puede estudiar en la universidad. No es que no puede. Lo que tiene que hacer es buscar algo que le guste”.

Esa mirada también atraviesa su experiencia laboral actual. Patricia no oculta la dislexia ni intenta disimularla. “Yo lo digo enseguida: tengo dislexia, punto. ¿Qué vamos a hacer?”, explica. En situaciones de exposición, como trabajos con marcas o eventos, aprendió a pedir lo que necesita y a encontrar soluciones prácticas. “No somos súper mujeres ni súper hombres. Somos personas con nuestros quilombos, y ese me tocó a mí”.
El libro retoma ese recorrido personal, pero con una intención clara: que quien lea sienta que puede. “Más allá de la dislexia, lo importante es que la nena sienta que puede hacerlo”, sostiene. Para Patricia, ese es el verdadero eje de Pensar diferente: vivir con lo que toca, pedir ayuda cuando hace falta y construir confianza desde ahí.

Ph: Diego Garcia @fotos_diego
Video y edición de video: Cande Casares @visual.knd
Producción: Lucila Subiza @lucilasubiza
Make up y pelo: Nahuel Puentes @nahuelito405 para @sebastiancorreaestudio
Agradecimientos: Esta nota se realizó en las oficinas de Teamworks, un coworking con tres sedes en Caba @teamworks.co
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