La escena todavía no ocurre, pero ya concentra toda la tensión: la cápsula Orión atravesando la atmósfera a una velocidad extrema, envuelta en calor y sin margen de error. A 24 horas del amerizaje de Artemis II, la NASA reconoce que hay un punto clave donde no existe alternativa.
La advertencia es directa: si el escudo térmico falla, no hay plan B. Y es justamente esa etapa —la reentrada— la que más inquieta a quienes siguen de cerca la misión.
El momento más crítico del regreso
Después de completar su recorrido alrededor de la Luna, la nave inicia el tramo final hacia la Tierra. La cápsula alcanza una altitud aproximada de 122 kilómetros antes de separarse de su módulo de servicio.
A partir de ahí, comienza la caída controlada. Orión se precipita a una velocidad cercana a los 40.000 kilómetros por hora. En ese instante, el aire frente a la nave se comprime de forma violenta y genera temperaturas que superan los 2700 °C.
Se forma entonces una capa de gas sobrecalentado que envuelve la cápsula. Durante esos minutos, las comunicaciones se interrumpen por completo. Es el tramo más tenso: no hay contacto con la tripulación mientras atraviesan el calor más extremo.
“No hay plan B”: qué preocupa a la NASA
El punto más sensible es el escudo térmico. Toda la protección de la nave depende de ese único sistema, diseñado para soportar el impacto térmico de la reentrada.
El administrador de la NASA, Jared Isaacman, lo expresó sin rodeos durante una conferencia de prensa: “En cuanto a lo que me quita el sueño, mi presión arterial estará elevada hasta que estén en paracaídas en el agua frente a la costa oeste”.
También explicó que la energía acumulada durante el lanzamiento debe disiparse de forma segura en este último tramo. Cualquier falla en ese proceso podría comprometer la misión.
La preocupación no es teórica. Durante Artemis I, la nave no tripulada registró una pérdida de material en su escudo térmico, lo que encendió las alertas para esta nueva etapa.
El descenso final y el amerizaje
Si la nave supera el momento más crítico, el descenso continúa con una secuencia precisa. Primero se despliegan dos paracaídas de frenado que reducen la velocidad.
Instantes después, se abre el sistema principal de paracaídas, que permite que la cápsula descienda de forma controlada hasta alcanzar una velocidad cercana a los 27 kilómetros por hora.
El punto final está previsto frente a la costa de San Diego, en California, donde la nave amerizará con la tripulación a bordo.
El rol clave de los trajes de seguridad
Durante todo este proceso, los astronautas vuelven a usar sus característicos trajes naranjas. No son un detalle menor: están diseñados específicamente para situaciones de despegue y reentrada.
En caso de emergencia, estos trajes pueden proporcionar oxígeno, agua y alimento, además de aislamiento térmico y flotabilidad.
Lo que vieron antes de volver
Antes de iniciar el regreso, la tripulación sobrevoló la cara oculta de la Luna, una región que nunca apunta hacia la Tierra.
Desde allí, los astronautas describieron patrones geométricos, formaciones sinuosas y tonalidades inesperadas en la superficie lunar. Imágenes y observaciones que contrastan con la tensión del tramo final.
Porque si el viaje hacia la Luna estuvo marcado por el asombro, el regreso concentra toda la exigencia técnica. Y, como reconocen desde la NASA, hay un momento en el que todo depende de que una única pieza funcione a la perfección.

