Crianza: amo a mis hijas pero odio mi maternidad (o lo que nadie te contó) – Revista Para Ti
 

Crianza: amo a mis hijas pero odio mi maternidad (o lo que nadie te contó)

Una reflexión en primera persona sobre el lado B de la maternidad que nadie te cuenta. Por Johanna Gambardella (@mami.tasking)
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Me hicieron creer que la maternidad era perfecta. Que llegaba a tu vida para coronar el estado de plenitud. Que para ser feliz y exitosa había que traer gente al mundo. Que podía tener todo bajo control. Que sería sencillo tener hijos y mantener al resto de mi vida de pie. Pero la realidad es que te convertís en madre y con eso llega un tsunami de emociones que destiñen ese color rosa que tan perfecto imaginaste.

Porque la maternidad trae consigo muchos momentos hermosos e increíbles y tener hijos es de las cosas más espectaculares que podrás experimentar en tu vida. Te empuja a una transformación sin igual y te alienta a ser mejor persona. Pero, así como te permite conocer sentimientos que son indescriptibles, no todo es tan sencillo como parece.

El amor por los hijos y la maternidad, ¿pueden separarse? Sí. Pueden. Amo a mis hijas con locura, no podría vivir sin ellas. Lo que definitivamente no amo es a la maternidad. Ese rol que te pone entre la espada y la pared constantemente en el que los momentos donde lo que una se imagina y lo que realmente sucede pocas veces logran sinergia.

Rutinas interminables, la presión del entorno, las propias frustraciones, el poco tiempo libre, el carácter de los hijos que terminan siendo una lotería y hasta la pérdida completa de nuestra identidad. ¿Acaso no es normal no sentirse a gusto con lo que se espera de nosotras siendo madres? ¿Acaso porque elegimos ser madres sin poder dimensionar el lado B, eso nos imposibilita a expresarnos abiertamente?

Hay una realidad.  ¿Puedo amar a mi carrera, pero no disfrutar de estudiar? SÍ ¿Puedo amar a mi profesión, pero estar en un trabajo tóxico? SÍ ¿Puedo amar a mi pareja y sentir que no es la persona para mí? Sí

Entonces puedo amar a mis hijos, pero no disfrutar de la maternidad. La única diferencia de la maternidad con todos los ejemplos anteriores, es que la responsabilidad de ser madre no cambia cómo puede una cambiar de carrera, trabajo o pareja cuando las cosas no nos agradan tanto. Quizás por eso nos genere tanta frustración, ¿no? Y quizás por eso amemos tanto a nuestros hijos, porque pese a que muchas veces no disfrutamos del camino los seguimos eligiendo antes que a nada, incluso antes que a nosotras mismas.

Ahora bien, me creí el cuento. ¿pero fue culpa mía o de la sociedad? Nunca pregunté demasiado, ahí hago mi mea culpa. Pero lo que me mostraban era digno de película de Hollywood y no me generaron dudas.

Familias sonrientes por la calle, series y películas con sociedades estereotipadas. Cuentas de instagram con niños peinados y casas ordenadas. Profesionales con recomendaciones de crianza efectiva sin pantallas, sin azúcar y sin gritos. Leyes laborales que te hacen creer que a los 2 meses de tu hijo vas a sentarte en tu silla a ser productiva como siempre. Vuelvo a preguntar. ¿La culpa fue mía o fue de la sociedad?

Si cuando buscas “maternidad” en google y la primer definición que aparece es “Estado o circunstancia de la mujer que ha sido madre - la maternidad es una experiencia maravillosa”, como podemos entrever el lado b que descubrís al sumergirte a esa experiencia.

Si cuando buscás “maternidad” en un banco de imágenes, solo te encontrás con fotos de embarazadas felices y madres plenas con niños sonrientes, ¿cómo podemos imaginarnos lo que nos espera en las tinieblas de la realidad?

Me subí a la maternidad sin saber una parte fundamental que nadie me contó, por eso ahora la que cuenta el lado B que aparece cuando te convertís en madre, soy yo. Porque siento que necesitamos hablar de esto para que todos puedan visibilizar el esfuerzo titánico que hay detrás de los hijos.

Maternidad es entregarte por completo como mujer para abocarse a tus hijos, incluso perdiéndote en el camino. También es llorar de impotencia y frustración. Es apretar con fuerza desmedida los dientes cuando en realidad necesitás gritar o dar un portazo para descargar la ira acumulada de que las cosas no se den como una espera.

A veces es angustia. Es atravesar muchos momentos en silencio y soledad y tener culpa de encerrarte en el baño para tener unos pocos minutos de calma.

Otras veces es sufrir por la presión del entorno. Es entender que no importa lo que hagas siempre estará mal para alguien. Es luchar con las exigencias propias y del resto. Es anhelar hijos perfectos que terminan siendo simples mortales.

Maternidad también es a veces arrancar el día con optimismo y a los 10 minutos desear el momento de ir a dormir. Es sentir culpa al gritarles y no entender porque resulta todo tan complicado. Es sentir que tu pareja llega a ser tu enemigo.

También es cansancio extremo. Son noches eternas en soledad con un entorno que no llega a ponerse en tus pies pero que tiene tiempo para resaltar tu cara de agotamiento en vez de ofrecer ayuda. Es no tener ganas de hacer cosas para vos. Es querer que solo pase el tiempo para que todo se calme un poco.

Es sentir que nunca estarás a la altura. Es creer que jamás serás lo suficientemente buena ni para vos ni para nadie. 

Puede que muchas personas lean estas líneas y sientan que reniego de mi maternidad, hasta por momentos yo lo creo.

Pero la realidad es que amo a mis hijas y no las cambiaría por nada. Además del inmenso cariño y la conexión espectacular que tenemos, sería injusta con ellas si no reconozco que me regalaron una versión mía más madura que puede ver todo desde un punto de vista más interesante y empático.

Y al final de cuentas para ser sincera, con todas las cartas arriba de la mesa, entendí que puedo permitirme estar harta de a ratos, porque eso no es sinónimo de estar haciendo las cosas mal, sino todo lo contrario, es el resultado de mi presencia y mi compromiso con el rol que elegí tomar.

Fuente: Johanna Gambardella, publicista (@mami.tasking)

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