Luciana Peker: “Podemos pensar diferente, pero no estamos para competir a ver quién es más feminista”

Especializada en periodismo de género desde hace más de dos décadas, ella le pone el alma y el cuerpo a una lucha por la igualdad de derechos, y en su nuevo libro, La revolución de las hijas, habla de la generación sub 20 –de su propia hija– con quién comparte esta nota súper íntima y diferente a todas.
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Luciana Peker, una periodista desde hace más de veinte años dedicada a los derechos de las mujeres. Foto: Diego Soldini.

Viernes de tarde. Una adolescente baja corriendo por las escaleras y me recibe como si nos conociéramos de toda la vida. Jeans negros, campera blanca y zapatillas. Pelo corto, muy corto y teñido de un color azul-celeste. O turquesa. Es Uma, la hija de Luciana Peker. Tiene la mirada dulce, aguda, serena. Parece tímida, pero no se trata de eso. Uma es observadora. Mira y analiza. Uma siente todo el tiempo y se le nota. Madre e hija se miran y se admiran en silencio. Se acompañan, se abrazan, se acarician. Se transforman en cómplices y testigos de su propia historia. De esa historia que sólo ellas dos conocen y que las une con la fuerza de lo invencible. Y de lo inevitable.

¿Qué es ser feminista?

Ser feminista es luchar por la felicidad de todas. Luchar para que podamos ser más libres, más iguales, más diversas, más plurales… Más autónomas e independientes. No creo en las definiciones de manual, pero poder corrernos de los lugares ocupados por el patriarcado y el machismo que tanto daño nos hacen y encontrar nuestros propios espacios es lo más importante. Ser y sentirnos libres sin estar obligadas a adaptarnos a ningún otro molde más que el nuestro es el desafío.

Louann Brizendine, una neurobióloga que estudia el cerebro femenino y masculino, dice que a las mujeres nos educan para gustar y a los hombres para ganar. ¿Cuál es tu reflexión respecto a esto?

Es una muy buena definición. Los hombres realmente están educados para ganar, y quizás por eso siempre ganen más que nosotras, ocupen mejores puestos de trabajo y sean más ¿competitivos? Pero cuidado que también y por lo mismo tienen menos tolerancia a la frustración y sufren mucho por ese mandato que los condena y los persigue. Y nosotras, las mujeres, que somos educadas para gustar (que se parece bastante a ser queridas) sufrimos otro tanto. Porque eso lastima, duele. Y lo aclaro porque creo profundamente en el empoderamiento femenino, pero no me gusta hacerme la canchera. Y menos, la superada. Más de una vez sufrí por el hecho de no sentirme querida. Que uno luche por superar los mandatos que viene arrastrando de toda la vida no quiere decir que los tenga absolutamente superados. Algunas cosas cuestan más que otras, pero después siento que hay batallas que sí gané. Por ejemplo, no escribo para gustar. Ya no me importa si me reconocen en el “establishment” cultural, o si los varones me leen y me aceptan. Y otro lugar importante que sí creo haber conquistado es el de mi propia seguridad. Aceptar que no tengo un cuerpo ¿convencional? y aprender a quererme, cuidarme y respetarme sin depender de la mirada del otro fue muy importante para mí. Encontrar mi mejor versión fue lo más importante.

Siguiendo con el tema de los estereotipos y las etiquetas, ¿por qué creés que se asocia al feminismo con la insensibilidad? Como si ser feminista fuera sinónimo de ser una mujer “dura”.

Ser feminista es exactamente lo opuesto a ser insensible. Y en lo personal, soy todo lo contrario. Es más, hace algunos años me había autodefinido como periodista hipersensible, y lo escribía casi a modo de carta de presentación, pero después me arrepentí de eso. Porque me lastimaron mucho. De todos modos soy muy sensible y tampoco me interesa ocultarlo. Hace más de veinte años que trabajo y me dedico al periodismo de género y no dejo de emocionarme un solo día. Por otra parte, estoy convencida de que las muchas o pocas puertas que se nos van abriendo, se abren gracias a la sensibilidad del periodismo feminista.

El castigo al “despertar” de la mujer es ancestral. ¿Siempre será tan caro animarse a enfrentar al patriarcado?

Tener conciencia de la realidad no nos va a hacer más daño, al contrario. Y yo creo que siempre será difícil. No van a perdonarnos ser más felices. Pero lo más importante es qué hacemos nosotras con eso. Cómo y de qué manera seguimos luchando, sabiendo que del otro lado existe y siempre va a existir esa resistencia. La lucha de las mujeres ha despertado una crueldad que es evidente. Y lo veo. Y lo padezco. Y no es que no me duela. Me duele y mucho, aunque por supuesto el dolor no me va a detener. Y por eso mismo es que me gusta hablar del feminismo del goce y lucho por dejar de pagar un precio por nuestra libertad. Basta de pagar precios por tener hijos, por no tenerlos; por casarnos, por no hacerlo; por trabajar, por no trabajar… A mí me gustaría que los hombres realmente se relacionen con nosotras desde un lugar genuino respecto a las libertades ganadas, y no desde el castigo agazapado.

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Luciana Peker junto a su hija Uma. Puro amor y complicidad. Foto: Diego Soldini.

¿Cuáles son las diferencias más contundentes que encontrás entre la revolución de las hijas (o la sub 20) y la nuestra?

Creo que la diferencia entre ellas y nosotras es que hay cosas que ya no se discuten. Que no se piden ni se negocian; se toman, directamente. Y, por otra parte, son una generación sin uniforme y con una multiplicidad de voces.

Respecto a la multiplicidad de voces y la sororidad, ¿por qué creés que a veces esa hermandad es selectiva en lugar de colectiva? ¿Por qué todavía nos discriminamos y agredimos entre nosotras?

Yo creo que lo más peligroso de todo esto es lo que genera en el afuera. Vernos y sabernos enfrentadas les sirve a todos aquellos que nos quieren ver fragmentadas, desunidas. Pero lo que más me duele es la agresión entre nosotras. Eso es tremendo. Hay que hacer un pacto anticrueldad. Podemos pensar diferente, pero no podemos agredirnos entre nosotras. No estamos para competir a ver quién es más feminista que otra. Eso hay que entenderlo.

Si la vida te diera la posibilidad de volver a ese momento de tu vida en el que fuiste inmensamente feliz, ¿cuál elegirías?

El momento más feliz de mi vida es en el mar, con mis hijos (Benito y Uma). Recuerdo especialmente un verano en Bahía, Brasil, un lugar que me gusta mucho. Me recuerdo abrazada a mi hija, saltando las olas y rodeada de vida. A ese momento sí me gustaría volver…

¿Y si la vida te diese la posibilidad de borrar algún momento, lo harías?

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Sí, la verdad que sí. Pasé por momentos muy dolorosos en mi vida, y los borraría. Sinceramente, hubiese preferido no vivirlos. Yo no creo en eso de que uno aprende del dolor. Aunque hay dolores que no esquivaría. Benito, mi abuelo (así se llama también su hijo mayor), se murió en mis brazos, por ejemplo. Pero es un dolor diferente. Un dolor que va de la mano del amor. Pero ser víctima de violencia de género es otra cosa. La crueldad y la violencia por parte de los varones a veces es monstruosa y el daño que generan, irreparable. La sensación de desamor y desamparo no se compara con nada. Y yo lo pasé y no se lo deseo a nadie. Sinceramente, pasan los años pero mi cabeza y mi corazón todavía no logran entender cómo el otro pudo o se animó a ser tan cruel conmigo. Por qué. Para qué. Esos momentos los borraría, claro.

Y cuándo te acordás de esos momentos, ¿no te preguntás “quién era yo”?

Qué pregunta. No, la verdad que no. Porque yo de alguna manera sigo siendo la misma de siempre. Y porque no tiene que ver con ser más o menos inteligente, sino con tener la valentía de huir a tiempo de los lugares de maltrato y eso siempre es lo más complicado. Y por eso defiendo y acompaño a las mujeres. Porque yo necesito cuidar y ser cuidada. Quién era él, sí. Eso sí me lo sigo preguntando.

Luciana Peker hija
Uma, la inspiración para el libro “La revolución de las hijas” de Luciana Peker. Foto; Diego Soldini.

¿Qué le dirías a una mujer que está viviendo alguna situación de abuso y todavía no se anima a hacer la denuncia?

Que no tiene por qué ser abusada. Que tiene derecho a ser feliz y que no hay un solo camino. Que puede denunciar judicialmente, pero también puede no hacerlo. Que puede irse, que puede tomarse el tiempo necesario para tejer las redes de contención que considere necesarias. Pero que por favor hable. Que no se quede callada para siempre. Que ella tiene derecho a ser feliz. Y que no tiene la culpa de nada.

texto LUCIANA PRODAN.

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