Hay lugares que no se explican. Se sienten. Y la Antártida es uno de ellos. Pero no es el frío lo que más le impactó a Drea León, creadora de contenido relacionado con viajes. Tampoco los icebergs gigantes ni los animales salvajes. Fue el silencio.

Un silencio absoluto, profundo, imposible de encontrar en cualquier otro lugar del mundo. Un silencio que no es ausencia de sonido, sino presencia de algo más grande. Algo que te atraviesa, que te obliga a frenar, a mirar, a estar.

Después de días navegando en un velero, cruzando el temido Pasaje de Drake, entendió que este viaje no iba a ser solo una aventura extrema. Iba a ser un viaje hacia adentro. Acá su relato en primera persona:

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"Cuando entendí que no era un viaje más"

“Me avisaron cuatro días antes que me iba a la Antártida. Así empezó todo. Sin demasiado margen para procesarlo. Preparé el equipo a contrarreloj, alquilé ropa especial para temperaturas extremas y me fui a Ushuaia.

Sabía que no iba a ser un viaje convencional. Pero no dimensionaba cuánto. Desde el momento en que me subí al velero, algo cambió: dejé de ser pasajera. Pasé a ser parte de la tripulación.

Yo soy creadora de contenido y siempre estoy a la espera de que de que me lleguen propuestas así. Siempre estoy planeando aventuras nuevas. Ahora, por ejemplo, estoy planeando irme al Amazonas sin agua, sin comida y sin tienda en una experiencia de supervivencia.

La verdad es que la indumentaria que hay que llevar a la Antártida es bastante particular porque el frío es extremo. Por más que estábamos en temporada de verano, el clima en la Antártida cambia constantemente, puede cambiar de una hora a otra y de repente podés estar rodeado de hielo.

Es un clima bastante impredecible, hay que estar muy preparado para temperatura de que te pueden llegar a los -40, -50 grados. Así que alquilé la ropa y ya estaba preparada para partir en un barco con 60 personas de todas partes del mundo a bordo.

El Drake: el ruido antes del silencio

Cruzar el Pasaje de Drake es enfrentarte a lo impredecible. Olas enormes, viento constante, guardias nocturnas, el cuerpo en tensión. Turnos de 8 horas, vigías en plena madrugada, atada con arnés mirando la oscuridad.

Ahí todo es ruido: el mar, el viento, la cabeza. Pero también es el comienzo de algo. Porque para llegar a ese silencio del que todos hablan… primero tenés que atravesar el caos.

Se suben al velero personas que en su mayoría siempre tuvieron el sueño de llegar a la Antártida, algunos manejan un velero chico, otros simplemente lo hacen por hobby. A mí me gusta mucho navegar, estoy haciendo cursos de timonel y me empecé a interiorizar un poco más con la navegación, pero nunca me imaginé que la primera vez iba a estar a cargo del timón, yendome a la Antártida y cruzando el pasaje de Drake, que es uno de los más peligrosos del mundo, con olas de hasta 14 metros, vientos extremadamente fuertes de 120 km/h... Todo un desafío.

Dicen que para llegar a la Antártida hay que pagar un peaje y ése es pasar por el pasaje de Drake. Así que, obviamente, tenía miedo. Yo ya había viajado a la Antártida el año pasado, pero en un crucero. La experiencia en velero es completamente diferente porque esto es un velero escuela. En el crucero vos vas disfrutando, comiendo en el restaurant del barco, tenés spa, piscina... Acá es otra experiencia completamente distinta. Formás parte de la tripulación.

Estás en todas las actividades y tareas del barco que tiene que ver con bajar y subir velas, timonear, estar a disposición del capitán, hacer las vigías que son obligatorias, tenés clases de sailing, en donde se nos indica lo que tenemos que hacer, se nos presentan las zonas del barco en las que vamos a trabajar, cuáles son nuestras tareas.

El capitán está en la cabina, siempre atento al curso del barco, por supuesto, porque con vientos tan fuertes el barco realmente necesita mantener un curso muy exacto. No podés distraerte ni 2 minutos del timón, así que nos vamos turnando, tenemos turnos de 8 horas, de las cuales trabajamos cuatro y descansamos ocho, después volvemos a trabajar cuatro y así estamos 24 horas.

La noche que algo hizo click

Hubo un momento que no me voy a olvidar más. Era de madrugada. Estaba de guardia. El mar se movía fuerte, el frío era intenso, y el cielo… completamente cubierto por la Vía Láctea.

Ahí, en medio de todo eso, entendí algo: no tenía a dónde escapar. No había celular. No había distracciones. No había ruido externo que me sacara de ahí. Solo estaba yo. Y eso, al principio, incomoda. Pero después… ordena.

Estás atada con un arnés de seguridad durante horas y ahí te empieza a jugar la cabeza y la resistencia, te estás poniendo a prueba, pero una vez que entendés que estás ahí por algo, se vuelve una experiencia completamente removedora, sanadora para mí.

A nivel personal de crecimiento, te deja muchísimas enseñanzas desde el trabajo en equipo, en el barco, porque todos estamos a cargo de un velero del año 1911, que que tiene una historia. En el segundo día ya sos parte del barco, y sentís que si hay alguien fallando en el equipo, fallamos todos. Es un equipo reducido: los camarotes los compartimos de a 4 a 5 personas.

Nos llevó 5 días cruzar el Drake. Tuvimos una ida bastante tranquila, el mar estuvo plano en las primeras en los primeros dos o tres días, que fue algo bastante atípico. Esto no suele pasar en el Drake.

Fuimos a la Isla Decepción que es una caldera volcánica, que tiene partes sumergidas en el agua y zonas que quedan afuera y se puede caminar. No había una gota de nieve ahí. Eso me llamó la atención. Vi menos icebergs en el recorrido que el año pasado. Fue un verano que llovió mucho y eso hace que la temperatura del mar aumente.

Llegar a la Antártida: el silencio absoluto
Y entonces llegás. Y lo entendés. El silencio en la Antártida no es normal. No se parece a nada. Es tan profundo que casi se siente físico. Buscás un sonido. Cualquier cosa. Y no hay.

Solo algún desprendimiento lejano de hielo. Nada más. Ese silencio te obliga a habitar el momento de una forma que no estamos acostumbrados. Sin apuro. Sin estímulos. Sin escape. Y ahí es donde todo cobra sentido.

Todo es más intenso cuando estás presente
Icebergs gigantes, pingüinos, ballenas, focas leopardo. Todo es impactante. Pero lo que cambia no es lo que ves. Es cómo lo ves. Sin distracciones, todo se amplifica. Todo se vuelve más real.

Empezás a ver una cantidad de hielo enorme, majestuosa, icebergs del tamaño de rascacielos, gigantes. Montañas en el medio del océano... Mirás por la ventana y no lo podés creer.
El silencio en la Antártida es algo impresionante, parece que no estás en la Tierra, es un silencio muy profundo, buscás en el silencio una gota de sonido de algo y no lo hay, a no ser algún desprendimiento.

19 días sin internet: lo que no sabía que necesitaba
Estuvimos 19 días sin conexión. Los primeros días agarraba el celular por inercia. Después dejé de hacerlo. Y empecé a notar cosas que antes no veía.
Charlas más profundas. Momentos más presentes. Tiempo real. Hasta que volvió la señal, cerca de Cabo de Hornos. Y con ella, volvió el ruido. Y ahí fue cuando pensé: qué bien me hizo este silencio.
Cero Wi-Fi, cero internet, conectados con lo que estábamos haciendo, con el presente, y entonces tampoco sabíamos lo que estaba pasando en el mundo y eso fue muy loco.

Vivimos el contraste cuando llegamos a Cabo de Hornos, porque es uno de los mares más difíciles de navegar del mundo. Ese momento me marcó. Me tocó timonear en Cabo de Hornos. Un sueño para cualquier navegante. Y ahí estaba yo, haciéndolo.
Sentí orgullo. Pero también algo más profundo: la certeza de que somos capaces de mucho más de lo que creemos. Y en ese momento llegó la señal al barco, empezamos a internet y fue muy loco ver el contraste: todos cambiamos -de alguna manera- nuestras actitudes porque estábamos pendientes del teléfono. Para mí en ese momento fue como "wow, qué bien que no habíamos tenido antes internet": haber estado desconectado te hace apreciar todo más.
Mujeres en el fin del mundo
En el barco conocí historias increíbles. Mujeres de todas partes del mundo que decidieron dejar todo para vivir esta experiencia. Y mujeres como Roseline, la ingeniera argentina a cargo de la sala de máquinas, haciendo un trabajo durísimo en un entorno extremo. Ella maneja un motor de tractor y se encarga de todo. Es un orgullo. Algo que hace un tiempo atrás era impensado para una mujer.
Leíamos, veíamos películas viejas, de barcos, hablábamos de barcos... Era un barco de 1911 yendo a la Antártida con una ingeniera a bordo, con mujeres al timón de todas partes del mundo, de España, de Australia, de Rusia, que fueron a ponerse a prueba.

Fue increíble, terminás armando unos lazos maravillosos. El timón para mí, por ejemplo, era de madera, antiguo, me pesaba. Yo veía a mis compañeros hombres mover el timón, tenían otra fuerza y yo estaba sola con el timón tratando de moverlo, tenía que hacer mucha más fuerza. Y la ingeniera me decía lo mismo: "tengo que destornillar una tuerca y no tengo la fuerza que tiene un hombre para hacerlo, pero me la rebusco, quizás tengo que usar herramientas más grandes, pero lo puedo hacer".
Lo más loco de todo esto es que esta experiencia está abierta para quienes la quieran vivir. Es una experiencia que me va a quedar para toda la vida.

