En general, planificamos nuestras vacaciones como un descanso, como diversión o como paseo. Para nosotros, suelen ser un lujo o un premio que nos ofrecemos por haber cumplido con las tareas que el resto del año impone. Para el cerebro, en cambio, las vacaciones son una necesidad funcional.
Cuando descansamos o salimos de nuestro contexto habitual, cuando nuestros esquemas mentales se relajan, el cerebro también se toma vacaciones. Vacaciones de la rutina automática, de las preocupaciones repetidas, del apuro crónico, de los horarios rígidos, de la tiranía de los “deadlines” y del cumplimiento de las demandas de cada aspecto de la vida.
Para el cerebro, el descanso vacacional no es pasividad ni inercia, sino que significa regulación. Durante el resto del año, debido a la alta demanda de actividad, muchos cerebros viven en modo de “alerta extendida”.
Nuestro sistema cerebral está equipado con un modo de alerta que nos ayuda a afrontar las situaciones con la energía adecuada. Así, cuando algo se impone como actividad o decisión, el cerebro pone en marcha procesos de estrés agudo que activan la cadena de cortisol y produce estados de alerta momentáneos para que cumplamos con la cuestión puntual que se nos impone.
Luego, el sistema recupera su equilibrio. El modo de “alerta extendido”, en cambio, implica un flujo de cortisol sostenido. Una cadena química tóxica que compromete tanto nuestra salud física como mental y que nos mantiene activados en alerta constante. Las vacaciones abren el espacio para ponerle una pausa real a esta cadena.
Con menos demandas externas, sin tanta multitarea y con menos urgencias cotidianas, el eje del estrés tiende a bajar y favorece un equilibrio neuroquímico distinto, más compatible con experiencias cerebrales serotoninérgicas, que facilitan la presentación de sensaciones de calma, de satisfacción y de sentido de la vida.
Este nuevo equilibrio, nos acerca al bienestar que deja huella. Al que se convierte en recuerdos atesorados y que nos facilita el disfrute de lo vivido en vacaciones una y otra vez a través de la memoria. ¿Da lo mismo tomarse vacaciones que no hacerlo? No. La evidencia es bastante clara. El descanso prolongado mejora la atención, la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y la regulación emocional en los meses posteriores.
El cerebro, como cualquier sistema complejo, necesita períodos de baja demanda para recalibrar. Cuando no los tiene, funciona, pero peor. Su actividad se vuelve más rígida, más reactiva y menos creativa. Por eso, las vacaciones representan para nuestro cerebro una oportunidad de recuperación funcional y para nosotros, la oportunidad de tener un año con mejores vínculos, mejor desempeño en el trabajo o en el estudio y mayor habilidad para la resolución de problemas.
Salir temporalmente de los hábitos cotidianos y darle una pausa al cerebro mejora nuestra flexibilidad mental. Cambiar horarios, contextos, estímulos y rutinas obliga al cerebro a salir del piloto automático, estimulando procesos de neuroplasticidad.
Las vacaciones nos abren la puerta a generar nuevas asociaciones a nivel mental, a encontrar distintas formas de resolver lo cotidiano y a descubrir nuevas perspectivas para afrontar situaciones que creemos que ya no tienen solución. En general, no resolvemos nuestros problemas durante las vacaciones, pero volvemos a casa pensando distinto.
Cuando el cerebro se resetea, nuestra mente encuentra nuevos caminos. La vida familiar merece un capítulo aparte. Las vacaciones suelen implicar más vínculos, más tiempo compartido, más convivencia y esto incrementa la posibilidad del cerebro de mejorar la regulación emocional. Sabemos que el contacto afectivo amortigua el estrés, pero también sabemos que el incremento de contacto con la familia representa un desafío.
En vacaciones, contamos con menos espacio individual y eso puede generar mayor cantidad de fricciones. Pero aunque la mente nos señale una y otra vez que las vacaciones reducen nuestros momentos de intimidad o la posibilidad de dialogar a solas con nosotros mismos, para el cerebro se abre la posibilidad de gestionar mejor el tiempo y los recursos.
Sin las presiones del reloj, el cerebro se relaja y facilita la puesta en marcha de aspectos de la personalidad que durante el resto del año parecen dormidos. Nuestras posibilidades de interactuar con eficacia se incrementan y los roces familiares, que a veces se evidencian en vacaciones, se procesan en formas impensadas y se gestionan mucho mejor.
Para el cerebro, las vacaciones no son solamente descanso o premio. Significan regulación, flexibilidad y eficiencia. Este órgano que subyace a nuestra vida mental, no se apaga mientras descansamos. Aprovecha para recalibrarse y aunque sus procesos no se vean en las fotos de las vacaciones, el efecto del descanso se hará visible a lo largo de todo el año.
Fuente: Gabriela Gonzalez Alemán (MN 33343), Dra. en Genética del Comportamiento, Neurocientífica y fundadora de Brainpoints @brainpoints
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