Marina Vollmann: "Pensé que era menos inteligente, pero era disléxica" - Revista Para Ti
 

Marina Vollmann: "Pensé que era menos inteligente, pero era disléxica"

La conductora y escritora descubrió su diagnóstico de dislexia después de los 45 años, al acompañar el proceso de uno de sus hijos. En una charla íntima con Para Ti, habla de las heridas invisibles que deja crecer sintiéndose "menos capaz", la importancia del diagnóstico temprano y por qué hoy dedica su vida al bienestar socioemocional de chicos y adolescentes.
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Durante más de cuatro décadas, Marina Vollmann convivió con una sensación difícil de explicar: la de sentirse siempre un paso atrás. Le costaba leer en voz alta, memorizar contenidos y enfrentarse a situaciones que para otros parecían simples. Sin saberlo, cargó durante años con una culpa que nunca le correspondió. Creyó que era distraída, que no se esforzaba lo suficiente o que, simplemente, era menos inteligente que los demás.

La respuesta llegó mucho tiempo después, cuando acompañaba el diagnóstico de uno de sus hijos. En ese instante, su historia entera cobró sentido. Lo que había interpretado como una falla personal tenía un nombre: dislexia. Y junto con ese nombre llegó también una profunda reparación emocional.

Hoy, convertida en una de las voces más activas en la divulgación sobre neurodiversidad y bienestar socioemocional, Marina comparte su experiencia con un objetivo claro: que ningún chico tenga que atravesar la infancia creyendo que no es capaz. "Un diagnóstico tardío te repara el pasado, pero un diagnóstico temprano le salva el futuro a un chico", asegura. Una frase que resume una historia de dolor, resiliencia y transformación.

-Descubriste tu dislexia después de los 45 años. ¿Qué sentiste cuando finalmente pudiste ponerle nombre a una condición que te acompañó toda la vida? 

-Sentí un impacto enorme, pero la palabra exacta es alivio. Fue como si me hubieran sacado una mochila de cemento que cargué durante más de 40 años. 

Crecí en los años 80 y 90, una época donde la dislexia no estaba en el radar de nadie. Si te costaba leer en voz alta o confundías las letras eras “la vaga”, “la distraída” o, directamente, la que no tenía capacidad. Yo me comí ese personaje. Pasé toda mi etapa escolar y mis años de mayor exposición en la tele sintiéndome menos inteligente que el resto, escondiendo mi vulnerabilidad por miedo a que se dieran cuenta. Vivía con una culpa y una frustración tremendas. 

El diagnóstico llegó de rebote, a través de mis hijos. Cuando a mi hijo mayor le costaba el colegio y finalmente le detectaron dislexia, empecé a leer los síntomas y a mirar los tests. Me miré al espejo y dije: “Pará... esta soy yo”. 

Ponerle nombre a los 45 años fue una caricia al alma para esa Marina de siete años que lloraba frente al pizarrón. Entendí que mi cabeza no funcionaba mal, sino que procesaba la información de otra manera. Por eso escribí mi libro “Yo, disléxica” y por eso hoy me desvivo por la divulgación y el bienestar socioemocional. Un diagnóstico tardío te repara el pasado, pero un diagnóstico temprano le salva el futuro a un chico. Ningún chico debería pasar su infancia creyendo que no es capaz simplemente porque el sistema insiste en enseñarle a todos de la misma y única forma. 

-¿Hubo un momento puntual en el que “te cayeron todas las fichas”? 

-Sí, lo recuerdo bien. Fue un día exacto, en la cocina de mi casa, y todavía me dan ganas de llorar cuando lo pienso. Estaba sentada con el informe del diagnóstico de mi hijo en la mano. El profesional me había dado una lista detallada de cómo procesaba él la información, sus dificultades para automatizar la lectura, la confusión con ciertas letras, la fatiga extrema después de un día de escuela... 

En un momento levanté la vista, miré a mi hijo y me explotó la cabeza. Fue un click instantáneo y doloroso. Me di cuenta de que todo lo que decía ese papel sobre él era mi propia biografía. 

En ese segundo me vinieron encima todos los fantasmas de mi infancia. Me vi a mí misma temblando en el colegio cuando la maestra decía “Vollmann, lea en voz alta”. Me acordé del esfuerzo sobrehumano que hacía para memorizar los libretos en la tele porque leerlos de corrido me costaba el triple que a mis compañeros. Se me unieron los puntos de 40 años de frustración en un segundo. 

Ahí me cayeron todas las fichas juntas. Entendí que no era vaga, que no era distraída y que no era menos inteligente. Lloré mucho ese día, pero no de tristeza, sino de liberación. Fue el día en que dejé de culparme. Y también fue el día en que me prometí que mis hijos no iban a pasar por el mismo calvario que pasé yo. 

Un diagnóstico tardío te repara el pasado, pero un diagnóstico temprano le salva el futuro a un chico. Ningún chico debería pasar su infancia creyendo que no es capaz simplemente porque el sistema insiste en enseñarle a todos de la misma y única forma. 
"Un diagnóstico tardío te repara el pasado, pero un diagnóstico temprano le salva el futuro a un chico. Ningún chico debería pasar su infancia creyendo que no es capaz simplemente porque el sistema insiste en enseñarle a todos de la misma y única forma". 

-¿Qué cosas de tu infancia o adolescencia entendiste recién de adulta y luego de saber que eras disléxica? 

-¡Tantas cosas! De repente toda mi historia cobró sentido. Entendí, por ejemplo, por qué me costaba horrores retener las tablas de multiplicar, por qué copiaba mal del pizarrón o por qué leer de corrido era una tortura. De chica, la cartuchera era mi escudo: me la pasaba acomodando los lápices o pidiendo cosas prestadas para distraer y que la maestra no me hiciera pasar al frente. De adulta entendí que no era distraída; era una estrategia de supervivencia para esquivar la humillación. 

También entendí por qué terminaba los días escolares con un dolor de cabeza tremendo y totalmente agotada. El cerebro disléxico hace el triple de esfuerzo para procesar los mismos estímulos, es un desgaste energético brutal que nadie ve. 

Y en mi adolescencia y juventud, ya trabajando en los medios, entendí mi obsesión por la memoria. Como me costaba mucho la lectura fluida de los guiones, desarrollé una memoria auditiva y visual impresionante para compensar. Yo sobrevivía a base de estrategias propias, sin saber que lo que hacía tenía un nombre técnico. 

Lo más importante que entendí de grande es que la dislexia no te define ni te limita, solo te hace procesar el mundo de otra manera. Si de chica hubiera tenido un entorno que validara mi bienestar socioemocional en lugar de señalarme el error, me hubiera ahorrado décadas de sufrimiento. Por eso peleo tanto hoy: para que los chicos no tengan que esperar a ser adultos para entender que son valiosos y superinteligentes. 

-¿Cómo impacta emocionalmente crecer sintiendo que algo “cuesta más” sin saber por qué? 

-El impacto es devastador porque te rompe la autoestima en mil pedazos. Crecer sin saber por qué todo te cuesta el triple que al resto te genera una soledad inmensa. Como sos un nene y no tenés herramientas para entender la neurodiversidad, hacés la traducción más lineal y dolorosa posible: “El problema soy yo, soy burro, no sirvo”

Te instalás en el miedo constante. Miedo a que te expongan, miedo a fracasar, miedo a defraudar a tus papás. Vivís en un estado de alerta que es insostenible para la salud mental de un chico. Todo ese sufrimiento invisible se termina somatizando: aparecen los dolores de panza antes de ir al colegio, la ansiedad, los problemas de conducta o el aislamiento. 

Lo peor es que esa herida emocional no se borra cuando terminás la secundaria; te acompaña a la adultez. Te convertís en un grande que arrastra el “síndrome del impostor”, sintiendo que en cualquier momento se van a dar cuenta de que no sos capaz. 

Por eso insisto tanto en que la dislexia no es un problema de aprendizaje, es una condición que, si no se abraza a tiempo, se transforma en un problema emocional. Cuando a un chico le das un diagnóstico temprano, le estás dando una explicación, no una etiqueta. Le estás diciendo: “Tu cerebro es maravilloso, solo que aprende de otra manera”. Esa sola frase limpia la culpa, trae paz y le devuelve el derecho más sagrado de la infancia: el de crecer feliz. 

-¿Sentís que muchas veces la dislexia se confunde con falta de capacidad o desinterés? 

-¡Totalmente! Es el error más común y el que más daño hace. Todavía hoy entrás a un aula y escuchás: “Y... fulanito no rinde porque es vago, porque está en la luna o porque no le interesa la materia”. ¡Es una injusticia enorme! 

Lo que se lee como desinterés o falta de capacidad es, en realidad, agotamiento y frustración. Imaginen lo que es para un nene pasar horas haciendo un esfuerzo cerebral descomunal para decodificar letras que le bailan en el cuaderno, mientras ve que sus compañeritos terminan la tarea en cinco minutos. Llega un momento en que ese chico baja los brazos, se rinde y se desconecta. No es que no quiera; es que no puede más. La apatía es su mecanismo de defensa para que no lo sigan exponiendo al fracaso. 

La dislexia no tiene nada que ver con el coeficiente intelectual. Hay mentes disléxicas brillantes, ultra creativas, que resuelven problemas de formas que a nadie más se le ocurrirían. Lo que pasa es que el sistema escolar tradicional mide la inteligencia con una sola vara: la velocidad de la lectura y la escritura. Si no encajás ahí, te descartan. 

Por eso en mis contenidos y charlas repito siempre lo mismo: no miremos el síntoma, miremos al chico. Cuando un docente o un papá se capacita, la mirada cambia por completo. Dejás de ver a un alumno desinteresado y empezás a ver a un buscador de estrategias que solo necesita que le enseñen de otra manera. 

-¿Qué heridas deja en la autoestima un diagnóstico que llega tarde? 

-Deja heridas profundas que tardan años en sanar, porque lo que se lastima en la infancia es la identidad básica. Cuando pasás toda tu etapa escolar sintiendo que no podés, que fallás y que decepcionás a tus papás o a tus maestros, te armás una armadura basada en la inseguridad. Te convencés de que sos menos que el resto. 

La peor herida de un diagnóstico que llega tarde es el sentimiento de impostura que arrastrás hasta la adultez. Te convertís en un profesional, formás una familia, lográs un montón de cosas, pero por dentro seguís siendo ese nene asustado que piensa: 'En cualquier momento se van a dar cuenta de que soy un burro y que todo esto es mentira'. Es un nivel de autoexigencia y de estrés devastador. Vivís con miedo a ser descubierto. 

Cuando me diagnosticaron sentí mucha bronca por esa Marina chiquita. Pensé en todas las cosas que elegí no hacer, las carreras que no me animé a estudiar o las oportunidades que esquivé por puro terror a quedar expuesta frente a un texto. 

Por eso mi militancia con la dislexia y el bienestar socioemocional es tan visceral. El diagnóstico temprano no es solo un papel para que te den más tiempo en un examen; es un escudo que protege tu salud mental.  

-Después descubriste que tus dos hijos también son disléxicos. ¿Cómo atravesaste ese proceso como mamá? 

-Fue un tsunami emocional. Se te juntan el dolor más profundo de ver sufrir a tus hijos y la culpa de pensar si les heredaste esa dificultad. El proceso con mi hijo mayor arrancó cuando vi que la pasaba pésimo en el colegio. Se le caían las lágrimas frente al cuaderno y me decía: “Mamá, a mí no me sale”. Se me partía el alma. Reviví todo mi propio calvario de golpe. Cuando llegó su diagnóstico, y años después el del más chico, sentí que la vida me ponía en un lugar donde no podía flaquear. 

Lloré por la impotencia de ver que el sistema educativo seguía siendo tan rígido como en los ochenta. Pero enseguida muté en una mamá leona. Dije: “A mis hijos no los va a romper la escuela”

Ahí empezó el verdadero viaje de sanación familiar. Nos sentamos en la mesa y les expliqué que sus cabezas no funcionaban mal, sino que eran mentes brillantes que procesaban la información de otra manera. Empezamos a buscar estrategias juntos. El camino me obligó a estudiar, a formarme en bienestar socioemocional y a entender que mi rol no era ser su maestra en casa, sino su refugio seguro. 

Atravesar esto con mis dos hijos me transformó por completo. Me quitó el miedo a la vulnerabilidad y le dio un sentido enorme a mi vida. Hoy agradezco ese proceso porque me demostró que de la dificultad se puede salir fortalecido. Mis hijos me enseñaron que la docencia y la maternidad no se tratan de exigir que el chico encaje en un molde, sino de cambiar el molde para que ellos puedan brillar. 

-¿Qué herramientas emocionales sentís que son clave para acompañar hijos neurodivergentes? 

-La primera, y la más sagrada de todas, es la validación. Antes de mirar la nota del examen, tenés que mirar los ojos de tu hijo. Si un chico viene del colegio frustrado, llorando o enojado, lo último que necesita es que le digas “bueno, para la próxima estudiá más”. Necesita que lo abraces y le digas: 'Entiendo tu frustración, sé el esfuerzo enorme que hiciste y acá estoy con vos'. Un chico que no está en paz emocionalmente, no puede aprender absolutamente nada. El hogar tiene que ser el refugio donde se sientan a salvo del sistema. 

La segunda herramienta es desterrar la culpa y las etiquetas. Como mamás, muchas veces nos llenamos de mandatos y comparaciones: “¿Por qué el hijo de mi amiga lee de corrido y el mío no?”. Hay que soltar eso. La neurodiversidad te exige respetar los tiempos biológicos y singulares de cada hijo. No hay que etiquetarlos ni exigirlos para que encajen en un molde que les queda chico. 

Y la tercera es la paciencia amorosa combinada con el humor. Reírse de los errores quita un peso tremendo. En casa jugamos mucho con eso. Si nos equivocamos al leer o confundimos las letras, nos reímos juntos. El humor desarma la frustración y les enseña que equivocarse es parte del camino, no un fracaso personal. 

-¿Qué errores sigue cometiendo el sistema educativo en chicos con dislexia? 

-El error más grave y que me sigue doliendo en el alma es la falta de formación docente. Los maestros hacen malabares y están desbordados, no hay que culparlos a ellos, sino a un sistema que los tira adentro de un aula sin darles herramientas sobre neurodiversidad. Al no haber capacitación, se siguen cometiendo errores de base que destruyen la salud mental de un chico. 

Se sigue usando la exposición pública como castigo indirecto. Hacer leer en voz alta frente a todo el grado a un nene con dislexia es un acto de crueldad invisible. A ese chico se le acelera el corazón, le transpira la mano y se bloquea por completo.  

Los maestros hacen malabares y están desbordados, no hay que culparlos a ellos, sino a un sistema que los tira adentro de un aula sin darles herramientas sobre neurodiversidad.
"Los maestros hacen malabares y están desbordados, no hay que culparlos a ellos, sino a un sistema que los tira adentro de un aula sin darles herramientas sobre neurodiversidad".

Otro error tremendo es confundir las adecuaciones con dar ventajas. La Ley de Dislexia está para cumplirse, pero no por burocracia, sino por equidad. Darle adecuaciones a un chico disléxico no es regalarle nota; es ponerle los anteojos al que no ve bien para que pueda leer en igualdad de condiciones. 

El sistema actual sigue midiendo la inteligencia con la vara de la memoria y la velocidad, ignorando que estas mentes procesan de forma más lenta pero con una creatividad y una lógica brillantes. Si seguimos evaluando a todos los chicos con el mismo molde rígido, vamos a seguir perdiéndonos de talentos espectaculares y llenando las aulas de frustración. 

-¿Cómo puede una familia detectar señales tempranas? 

-Hay que afinar el ojo y, sobre todo, escuchar la intuición de mamá o papá, que rara vez falla. La dislexia da señales mucho antes de que el chico empiece a escribir en primer grado. Son pequeñas alarmas cotidianas a las que tenemos que prestarles atención sin desesperar, pero con compromiso. 

Por ejemplo, en la etapa del jardín, una señal muy clara es cuando les cuesta un montón aprender las rimas, las canciones o los días de la semana. También suele aparecer un retraso en la adquisición del habla o esa típica confusión persistente para nombrar las cosas por su nombre, como decir “detrás” cuando quieren decir “delante”, o confundir arriba y abajo. 

Ya cuando arrancan la primaria, el cuerpo y la conducta hablan un montón. Hay que encender las alarmas si ves que tu hijo evita sistemáticamente todo lo que tenga que ver con libros o letras, si se cansa o le da dolor de cabeza leer un párrafo cortito, o si copia mal del pizarrón y se olvida las cosas. El cerebro disléxico hace un esfuerzo tan descomunal para decodificar que el chico termina el día agotado físicamente. 

La señal más grande, la que a mí me hizo reaccionar, es la brecha entre lo que el chico comprende y lo que puede plasmar en el papel. Si vos le contás un cuento y el nene te hace un análisis brillante, súper inteligente y creativo, pero después le pedís que te escriba tres palabras y se traba o confunde las letras, ahí hay algo. No es desinterés, es una forma distinta de procesar. 

-¿Por qué el diagnóstico a tiempo cambia tanto la vida de un chico? 

-Porque le salva la infancia. Un diagnóstico a tiempo es la diferencia entre un chico que crece feliz, sabiéndose capaz y valioso, y un chico que crece roto, creyendo que no sirve para nada. 

El diagnóstico temprano no viene a ponerle una etiqueta al nene; al contrario, le saca una etiqueta invisible y espantosa que el sistema o él mismo ya se habían puesto. Cuando a un chico de siete u ocho años le explicás con amor qué es la dislexia, le devolvés la paz. Le estás diciendo: “Tu cabeza funciona bárbaro, sos súper inteligente, solo que tu cerebro procesa la información por un camino diferente”. Esa sola frase desarma la culpa y la frustración en un segundo. 

Cambia su vida en lo académico porque le permite al colegio activar las adecuaciones necesarias: darle más tiempo en los exámenes, tomarle de forma oral o no exponerlo a leer en voz alta. Pero, sobre todo, le cambia la vida en lo emocional. Evitás que desarrolle ansiedad, fobia escolar o depresión infantil. 

Siempre digo que un diagnóstico tardío te repara el pasado y te ayuda a perdonarte, pero un diagnóstico a tiempo le construye el futuro a un hijo. Le da las alas que necesita para saber que puede ser médico, artista, científico o lo que sueñe, porque la dislexia no es un techo, es simplemente una forma distinta de ver el mundo. 

-Hoy ya no hablás solo de dislexia, sino también de bienestar socioemocional. ¿Por qué sentiste esa necesidad? 

-Porque me di cuenta de que la dislexia era solo la punta del iceberg. Cuando arranqué este camino con mis hijos, mi obsesión era que entendieran las letras, que el colegio les hiciera las adecuaciones y que se cumpliera la ley. Pero a medida que me metía más en las aulas y hablaba con miles de mamás que me escribían desesperadas, entendí una verdad tremenda: no sirve de nada que un chico aprenda a leer de corrido si en el proceso afecta su salud mental. 

La dislexia, o cualquier otra neurodivergencia, no viaja sola; viaja con las emociones. Si un nene va al colegio con la panza cerrada por los nervios, si llora antes de entrar o si siente que no encaja, el cerebro se bloquea. Un chico que no está en paz emocionalmente, no puede aprender nada.  

Así sentí la necesidad urgente de abrir el abanico. El sistema educativo actual está obsesionado con los contenidos cognitivos y las notas, pero se olvida de registrar qué les pasa a los chicos por dentro. Necesitamos educar las emociones. 

Hablar de bienestar socioemocional hoy es mi forma de abrazar a todas las infancias, no solo a las disléxicas. Es recordarles a los papás y a los docentes que la prioridad absoluta es que los chicos crezcan sanos, sintiéndose seguros, valorados y alojados. Si logramos que un nene esté bien con quién es, el aprendizaje viene solo. La felicidad de nuestros hijos no puede ser el precio que pagamos por su educación. 

-¿Creés que hay una crisis silenciosa de salud emocional en las escuelas? 

-Sin duda, pero diría que ya dejó de ser silencios porque está gritando en la cara de todos nosotros. Lo que pasa es que el sistema prefiere mirar para otro lado o etiquetar el problema como un “asunto de conducta”. Hoy entrás a un aula y ves chicos con niveles de ansiedad altísimos, ataques de pánico, fobia escolar, desgano crónico o una agresividad que no es más que dolor reprimido. Los chicos nos están hablando a través de sus cuerpos y de sus crisis. 

Ell mundo cambió y la velocidad a la que viven los chicos hoy es vertiginosa. Sin embargo, la escuela sigue atrapada en un formato de hace un siglo. Les exigimos que rindan, que memoricen, que cumplan con estándares altísimos de autoexigencia, pero les damos pocos espacios para tramitar su frustración, sus miedos o su vulnerabilidad. 

Esta es la verdadera emergencia educativa de nuestra época. No podemos seguir hablando de calidad de aprendizaje si primero no hablamos de calidad de vida dentro de la escuela. O empezamos a registrar emocionalmente a los chicos, a capacitarnos en bienestar socioemocional y a entender que el aula tiene que ser un lugar de cuidado y pertenencia, o vamos a terminar de romper a una generación entera. Sanar la salud emocional de las escuelas es urgente, porque un chico roto hoy es un adulto roto mañana. 

-Bullying, ansiedad, adicción a redes, ludopatía… ¿qué es lo que más te preocupa? 

-Me preocupan todas, porque en el fondo son síntomas de una misma enfermedad: la tremenda soledad y desconexión que sienten los chicos hoy. Pero si tengo que elegir lo que más me desvela, es cómo las apuestas online y las redes sociales se están devorando la salud mental de una generación entera a la vista de todos. 

La ludopatía juvenil y la adicción a las pantallas no son un problema de falta de voluntad. Son trampas diseñadas por algoritmos para atrapar a chicos que están aburridos, ansiosos o frustrados. El teléfono se convirtió en el chupete electrónico de los adolescentes. Entran ahí buscando un refugio o un segundo de dopamina porque no soportan el vacío de la realidad, y terminan atrapados en deudas o con una ansiedad patológica que los destruye. 

Y el bullying, que siempre existió, ahora con las redes no termina cuando suena el timbre de la escuela; persigue al chico dentro de su propia cama las 24 horas del día. Es una tortura sin fin. 

Lo que me desespera es que los adultos muchas veces miramos esto de afuera como si fuera un problema tecnológico, cuando en realidad es un problema de bienestar socioemocional. Un chico que tiene una autoestima fuerte, que se siente alojado por sus padres, que sabe registrar y hablar de su frustración, tiene muchísimas más defensas frente a estas adicciones o frente al acoso. 

Dejemos de echarle la culpa solo a los teléfonos. Las pantallas vinieron a llenar un vacío que los adultos y la escuela no estamos sabiendo ocupar. Si no les enseñamos a los chicos a conectarse con sus emociones, a aburrirse en paz, a mirarse a los ojos y a encontrar valor en el mundo real, los algoritmos van a seguir eligiendo por ellos. Y el precio que estamos pagando es su propia infancia. 

-¿Qué rol tienen hoy las redes sociales en la autoestima adolescente? 

-Tienen un rol central y, muchas veces, es feroz. Yo trabajé como modelo y estuve muy expuesta en la tele durante los 90. Sé perfectamente lo que es la presión por el cuerpo, la mirada del otro y la exigencia de encajar en un ideal. Pero en mi época, cuando se apagaba la cámara o te ibas a tu casa, esa presión aflojaba; tu casa era tu refugio. Hoy, con las redes sociales, la exposición es total, las 24 horas del día, los siete días de la semana. No hay descanso. 

El gran peligro actual es que los chicos ya no se comparan con el compañero de banco o con el famoso de la revista; se comparan con vidas editadas y cuerpos con filtros inalcanzables que los algoritmos les escupen en la cara todo el tiempo. Es una fábrica de insatisfacción crónica. La autoestima de un adolescente, que de por sí se está construyendo y es súper frágil, pasa a depender de la validación de un like o de un comentario de un desconocido. Si tu valor como persona se mide en interacciones digitales, estás al horno. 

Las redes generan una ilusión de hiperconectividad, pero la realidad es que los chicos están más solos que nunca. Viven pendientes de mostrar una felicidad de cartón para esconder una vulnerabilidad y una ansiedad que los desbordan. 

Tenemos que enseñarles a los chicos a disociar lo que ven en una pantalla de su valor real como seres humanos. Hay que recordarles, mirándolos a los ojos, que son valiosos por lo que son, con sus imperfecciones, sus talentos y su autenticidad, y no por lo que el algoritmo de turno decide premiar. 

-¿Sentís que a veces los adultos minimizan el sufrimiento emocional de los chicos? ¿Qué señales deberían alertar a las familias? 

-Se minimiza muchísimo. Todavía se escucha a adultos decir frases como “¿De qué se va a estresar si solo tiene que ir a la escuela?” o “Son cosas de la edad, ya se le va a pasar”. Minimizar el dolor de un chico es una forma de desamor invisible. Para un nene o un adolescente, que sus amigos lo dejen de lado, que le vaya mal en un examen o que le bailen las letras en el cuaderno por la dislexia, es el fin del mundo. Si nosotros, que somos su refugio, les decimos que eso no importa, los dejamos completamente solos. 

Las familias tenemos que estar muy atentas a tres tipos de señales de alerta: 

  • Cambios bruscos de conducta: Si un chico era muy conversador y de repente se encierra horas en su habitación, o si era súper tranquilo y empieza con explosiones de ira de la nada, ahí hay un dolor reprimido. 
  • El cuerpo habla (somatización): El dolor de panza o de cabeza sistemático antes de ir al colegio, los problemas para dormir o el desgano crónico. El estrés y la angustia infantil van directo al cuerpo. 
  • Aislamiento y desconexión: Cuando dejan de disfrutar las cosas que antes les encantaban —como ir a jugar al fútbol, juntarse con amigos o hacer arte— y prefieren quedarse pegados a las pantallas como zombies. El teléfono muchas veces es un anestésico para no sentir el vacío. 

-¿Cómo se construye una adolescencia más sana emocionalmente? 

-Se construye con dos ingredientes: tiempo de calidad y presencia real. Los adultos vivimos corriendo, tapados de laburo y de preocupaciones, pero construir una adolescencia sana exige apagar nuestras propias pantallas para encender la mirada hacia nuestros hijos. Un adolescente sano emocionalmente no es el que no tiene problemas, sino el que sabe que, cuando el mundo se pone hostil, en su casa hay una red de contención. 

Para lograrlo, tenemos que aprender a escuchar sin juzgar ni dar sermones de inmediato. Cuando tu hijo adolescente te cuenta algo que le pasa, lo primero que hacemos los padres es saltar con el dedito levantado a decirle qué hizo mal o cómo solucionarlo. ¡Error! En esa etapa, lo que ellos necesitan es que validemos su mundo emocional.  

También se construye habilitando la vulnerabilidad en casa. Si nosotros como papás nos mostramos siempre perfectos, infalibles y superpoderosos, les armamos un estándar inalcanzable. Está bien que tus hijos te vean llorar, que les digas “hoy tuve un día difícil” o “me equivoqué en esto y pido perdón”. Eso los humaniza. 

Una adolescencia sana se edifica sobre la base de una autoestima que no dependa de un like en Instagram ni de un diez en el boletín. Depende de saberse amado por lo que uno es, con sus luces, sus sombras, su dislexia o sus ritmos particulares. Si les garantizamos ese refugio de amor incondicional en casa, les estamos dando el mejor pasaporte para que salgan al mundo fuertes, seguros y felices. 

Si nosotros como papás nos mostramos siempre perfectos, infalibles y superpoderosos, les armamos un estándar inalcanzable. Está bien que tus hijos te vean llorar, que les digas “hoy tuve un día difícil” o “me equivoqué en esto y pido perdón”. Eso los humaniza. 
"Si nosotros como papás nos mostramos siempre perfectos, infalibles y superpoderosos, les armamos un estándar inalcanzable. Está bien que tus hijos te vean llorar, que les digas “hoy tuve un día difícil” o “me equivoqué en esto y pido perdón”. Eso los humaniza". 

-¿Cómo nace la guía que están desarrollando? 

-Nace de la pura necesidad y del termómetro de la realidad. Cuando saqué mi libro Yo, disléxica, me explotaron las redes sociales con mensajes de mamás desveladas y, sobre todo, de muchísimos docentes que me decían: “Quiero ayudar a mis alumnos pero no sé cómo, no tengo herramientas”. Me di cuenta de que el libro abría el corazón y sanaba, pero que hacía falta un paso más: una herramienta técnica, práctica y directa para el día a día en el aula y en casa. 

Así nació la idea de esta guía, que la estamos armando en comunidad, trabajando codo a codo con profesionales de la salud, psicopedagogos y organizaciones como Argentinos por la Educación. No queríamos hacer un manual médico aburrido de cien páginas que nadie lee. Queríamos un mapa de ruta, un ABC súper dinámico y bajado a la tierra. 

Esta guía viene con estrategias concretas de adecuación, pautas sencillas para detectar señales de alerta temprano y, fundamentalmente, dinámicas para trabajar el bienestar socioemocional del grupo. Es la herramienta que a mí me hubiera salvado la infancia si mi maestra la hubiera tenido, y es el puente que hoy necesitan los docentes para dejar de ver un problema de conducta y empezar a ver a un chico que solo necesita aprender de otra manera. 

-¿Qué herramientas concretas quieren ofrecerles a las familias? 

Queremos darles un mapa de ruta claro para desarmar la angustia en casa. La guía viene con herramientas súper prácticas que se enfocan en tres pilares fundamentales que cambian la dinámica familiar: 

  • El termómetro emocional diario: Una herramienta visual sencilla para que los chicos, al volver de la escuela, puedan identificar y expresar cómo se sienten (si tienen la panza cerrada por los nervios, si sienten frustración o si están en paz). Antes de abrir la mochila para hacer la tarea, hay que estabilizar la emoción. 
  • Estrategias de estudio sin sufrimiento: Ofrecemos pautas para transformar la hora de la tarea en un espacio seguro. Técnicas para usar apoyos visuales, mapas conceptuales, audiolibros o el dictado por voz del celular. Les enseñamos a los padres cómo acompañar respetando el cerebro disléxico, sin quemarles las pestañas haciendo que lean textos eternos de forma tradicional. 
  • El manual de la Paciencia Amorosa: Tips muy concretos para manejar las crisis de frustración en casa. Cómo responder con validación cuando el chico se enoja y revolea el cuaderno, y cómo usar el humor para restarle dramatismo al error. 

Con esta guía queremos empoderar a los padres. Que dejen de sentirse culpables o desorientados y que entiendan que su rol más importante no es ser los maestros particulares de sus hijos en la mesa de la cocina, sino su refugio seguro. Si la casa es un lugar de paz y validación, el chico va a tener la fuerza necesaria para enfrentar cualquier desafío en el aula. 

-¿Qué aprendiste trabajando junto a docentes, especialistas y familias? 

-Aprendí que nadie se salva solo y que el dolor se transforma cuando se trabaja en red. Yo venía con mi experiencia de mamá y con mis propias heridas de la infancia, pero cuando te sentás a escuchar a los demás, la cabeza te hace un click enorme. 

De los docentes aprendí a tener una empatía gigante. Muchas veces los padres, desde la desesperación, nos enojamos con el colegio. Pero cuando trabajás con ellos te das cuenta de que están desbordados, que el sistema los deja solos y que tienen unas ganas locas de ayudar a los chicos, pero les faltan herramientas. Aprendí que los maestros no son el enemigo; son nuestros mejores aliados. 

De los especialistas aprendí la base científica, a entender cómo funciona ese cerebro disléxico que es brillante, creativo y que procesa de otra manera. Me ayudaron a ponerle palabras técnicas a lo que yo sentía en el cuerpo. 

Y de las familias aprendí que el amor de una mamá o un papá es la fuerza más poderosa del mundo. Cuando ves a miles de padres moviéndose, armando guías, leyendo y luchando por sus hijos, entendés que no estás sola en el desvelo de las tres de la mañana. 

El mayor aprendizaje de esta red es que el bienestar socioemocional es un trabajo en equipo. Si el especialista hace el diagnóstico, el docente aplica las adecuaciones en el aula y la familia abraza y valida en casa, ese chico florece. No importa la dificultad que tenga: florece. Lograr que esa cadena funcione es lo que me mueve todos los días. 

-¿Qué importancia tiene que estos temas también se trabajen desde el Estado? 

-Tiene una importancia absoluta, porque la salud emocional y la inclusión educativa no pueden ser un privilegio de quienes pueden pagarlo. Si la única forma de que un chico disléxico reciba un diagnóstico temprano y sus adecuaciones es yendo a un especialista privado o a un colegio particular con recursos, le estamos fallando como sociedad a miles de familias. El Estado es el único que puede garantizar la equidad a gran escala. 

Por eso me parece tan valioso e indispensable lo que se está haciendo ahora en la Ciudad de Buenos Aires con el plan Buenos Aires Aprende y el programa Ser Docente. Es la primera vez que se pone la lupa con tanta fuerza en la trayectoria del maestro, actualizando los planes de estudio desde el ingreso mismo a los profesorados. ¡Ahí es donde hay que meterse! Si transformamos la formación de los futuros docentes desde la base estatal, la neurodiversidad y el bienestar socioemocional dejan de ser una 'buena voluntad' de un maestro aislado y se convierten en la regla para todas las escuelas. 

La educación del futuro se diseña desde ahí: con un Estado presente que entienda que el bienestar emocional de un chico es la base obligatoria para cualquier aprendizaje.

"La educación del futuro se diseña desde ahí: con un Estado presente que entienda que el bienestar emocional de un chico es la base obligatoria para cualquier aprendizaje".

-¿Qué prejuicios siguen existiendo alrededor de la dislexia? 

-¡Un montón! El prejuicio más arraigado y destructivo sigue siendo asociar la dislexia con una falta de capacidad intelectual o con la vagancia. Es una ignorancia total que le rompe la autoestima a un chico. La dislexia no tiene nada que ver con el coeficiente intelectual. 

Otro mito enorme es creer que la dislexia es un problema de la vista o que solo consiste en dar vuelta las letras, como confundir la “b” con la “d”. ¡Va muchísimo más allá de eso! La dislexia es una condición neurobiológica, una forma diferente en la que el cerebro procesa el lenguaje escrito y la fonología. No es que el chico ve mal el pizarrón; es que su cerebro hace un esfuerzo energético descomunal para decodificar lo que está leyendo. 

Y el tercer prejuicio, que me da mucha bronca, es el de pensar que las adecuaciones escolares (como darles más tiempo o tomarles examen oral) son beneficios o ventajas que se les da a los chicos para hacérsela más fácil. No es una ventaja, eso es equidad. Es el equivalente a ponerle anteojos al compañero que tiene miopía para que pueda ver el pizarrón en igualdad de condiciones. 

-¿Por qué todavía hay tantos adultos que descubren su diagnóstico tarde? 

-Porque venimos de una escuela de la invisibilidad y el castigo donde la neurodiversidad directamente no existía en el radar de nadie. Cuando a los adultos de hoy nos costaba leer de corrido en la escuela, no se buscaba una causa neurobiológica, se asumía un problema de voluntad o de inteligencia. 

Muchos de nosotros éramos chicos muy inteligentes que, para sobrevivir a la humillación pública de que la maestra te hiciera leer en voz alta, desarrollamos estrategias de compensación brutales. Camuflamos tanto nuestro dolor que pasamos por debajo del radar. Te recibías, trabajabas, hacías tu vida, pero arrastrando una culpa y una sensación de insuficiencia espantosa. 

Hoy, la gran puerta de entrada al diagnóstico para los adultos son nuestros propios hijos. Es una locura que hayamos tenido que esperar tantos años para entender que nuestras cabezas no funcionaban mal, sino que procesaban de otra manera.  

-¿Qué le dirías a alguien que siente vergüenza o frustración por tener dificultades de aprendizaje? 

-Le diría que no está roto, que no es menos que nadie y esa culpa que siente no le pertenece. Sé perfectamente lo que es sentir ese nudo en la panza, esa vergüenza paralizante. Pasé décadas escondiendo mi dislexia por puro terror a que se dieran cuenta de mi dificultad. Pero deben entender una verdad gigante: el valor como persona no se mide por la velocidad con la que se lee, ni por un diez en un boletín, ni por lo que un sistema escolar rígido dice que está bien. 

 
   

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