Qué aspectos entran en juego cuando elegís a tu pareja (¡qué ves cuando me ves!)

¿Qué le pasó a Mara que de lejos vio a ese chico y se sintió atraída? ¿Cómo puede ser que a Juan le presentaron a Paola y al darle la mano quedara flechado? ¿Preguntas vanas? No, ya que no hay respuestas lógicas. Y porque a nadie le gusta que los amigos le digan “¿qué le viste?”; o peor, “¿te diste cuenta por qué elegiste a ése o esa?”, Luis Buero, psicólogo social, guionista y autor del libro “Los Celos”, nos llama a reflexionar sobre la elección de pareja.

La elección de pareja no es por azar. Foto: 123RF


Empecemos por romper algunos mitos, o al menos, uno: nada en la vida es menos natural que la elección de pareja. Es fundamental que quienes sufren de celos excesivos entiendan lo fantasmal que nutre todos nuestros sentimientos y el del Otro/a….hasta el punto de ponerlos en duda. Y si, nos parece que ella o él nos encandilan…porque si…les notamos un brillo especial, y hablamos de amor a primera vista como si ese fenómeno fuera una reacción biológica elemental, como la de los animales de verdad.


Pero la elección de objeto de amor viene con condiciones (condicionantes) que tienen que ver, entre tantas cosas, con las imágenes parentales, también con nuestra estructura psicológica, y con la sociedad en la que vivimos y sus estereotipos y mandatos, y por si esto fuera poco, con la época en la que nos tocó nacer y crecer.
En la Edad Media no nos habríamos hecho tantas preguntas, y probablemente hace nada más que cuarenta años, tampoco, pues aquellos ideales del “para toda la vida” hoy están en declive y los amores son mucho más líquidos.


Por empezar hoy los matrimonios son uniones de dos individualidades que conllevan proyectos propios, caminos separados que intentan armonizar –no sin costos- con el objeto pareja compartido. Cada integrante, de esos dos, guarda en su inconsciente una representación de ese objeto pareja idealizado (generalmente distinto porque sus novelas familiares son diferentes), con parámetros que se van a desplegar en la cotidianeidad y que son la reproducción (para bien o para mal) de lo vivido en la infancia ante la primera pareja conocida (papá y mamá).


Pero se requiere, para que la unión subsista, que haya un zócalo consciente compartido en cuanto a las reglas de respeto mutuo de los proyectos individuales, y además, la necesidad de crear proyectos vitales propios, de la pareja, que se renueven cada vez que se van cumpliendo.

No es lo mismo amor que enamoramiento


Eso sí. Aquí vamos a diferenciar enamoramiento, de amor. En el enamoramiento se experimenta un sentimiento de éxtasis y puede producirse esa sensación de completitud provocada por el otro. Es la versión narcisista (infantil) de nuestro amor, donde (como Narciso frente al lago) uno busca encontrarse consigo mismo a través de otro. ¿Se encuentra finalmente a alguien, salvo a una versión de uno mismo?


En el amor, si luego del enamoramiento se llega a esa etapa, ya uno se ha dado cuenta que el otro no es la versión en el otro sexo de uno mismo, ni es ese ser perfecto que imaginamos, ni tan bueno ni tan maravilloso, y mucho menos, el alma gemela. Pero tal vez se lo elige igual, inventando nuevos modos de encuentro. Claro que ya no se trata de un sentimiento hipnótico que nos lleva. Y el tema es si vamos a poder convivir o no con lo nuevo que vemos en ese otro, lo distinto, lo propio de él o ella e inesperado.


Si aquí cada uno de los integrantes de la pareja se preguntara: “¿puedo yo vivir sin esta persona?” y la respuesta fuera “sí”, entonces es probable que puedan construir un vínculo de amor con independencia, sin celos enfermizos, ni apegos destructivos. Y no es preciso hablar de autonomías negociables porque existirá en ellos el entender que entre los integrantes de una pareja hay espacios no compartibles, personales, que van desde su cuenta de e-mail y facebook hasta sus vocaciones, sueños personales y otros afectos.


Pero también el reclamo afectivo “sintomatizado” como celos puede ser hoy, como ya dijimos en páginas anteriores, un mecanismo de defensa social del amante ante el amado que manifiesta no querer comprometerse y verbaliza sus relaciones en gerundio (estamos saliendo, nos estamos conociendo, vamos viendo…durante años).

Estos seres, generalmente obsesivos, que escapan a toda demanda y van con la falsa pancarta de “yo no necesito nada, no me falta nada, pueden morirse todos” resultan fatalmente atractivos para esas mujeres (tal vez histéricas) que sacrificialmente luchan por demostrarles que están equivocados. Unos y otros tienen varias cosas en común: el goce en la insatisfacción y el deseo vivido como imposible o insatisfecho.


Pero hay algo más que los une (¿no el amor sino el espanto, diría Borges?) y es un síntoma de nuestro tiempo: el rechazo hacia la feminidad, tanto en ellos como en ellas. Pero esto, bueno, claro, ya es otra historia.

Cómo es el amor de pareja


Por ahora nos ocupa otra preguntita: ¿existe realmente eso que llamamos amor de pareja? Y si es real, ¿de qué está hecho ese sentimiento?. Oh, L`amur, L’amore, the love!
¡Oh, el amor! Cierta estadística asegura que las dos palabras más utilizadas en todo el planeta son Okey y Coca-Cola, pero yo, desde que soy chico, no hago más que escuchar la palabra “amor” en varios idiomas, y metida en los discursos más variados y diferentes. La he leído en slogans promocionales de políticos en democracia y de militares durante dictaduras, la he visto repetida hasta gastarla en  canciones, poemas, cuentos, discursos, películas, telenovelas, marketing y como ya dije en el párrafo anterior, hasta le han otorgado un día (SAN VALENTIN) dedicado exclusivamente a los enamorados.


¡Todos hablan de amor de pareja! Pero, ¿alguno sabe qué es? Un diccionario antiguo me cuenta que el amor de pareja es una pasión del ánimo que atrae un sexo hacia el otro. Wikipedia, más moderno, lo relaciona sin aclaraciones con el apego, mientras que el cantante Andrés Calamaro hace tiempo nos previene cantando que no se puede vivir del amor.


En otro ámbito, para algunos psicoanalistas, “amar es dar lo que no se tiene a alguien que no es “(Lacan) y para el Dr. Enrique Pichón Riviere (quien introdujo la Psicología Social en el país) cada encuentro es un reencuentro, y la necesidad es el elemento fundacional del vínculo. Pero, ¿a quién reencontramos al formar pareja y qué necesidad buscamos satisfacer? Sin embargo aún nos nacen otros interrogantes sobre qué es el amor: ¿necesidad, deseo, demanda? Y podríamos seguir preguntando: ¿es solo una pulsión sexual dirigida a un otro contingente y sustituible? ¿Es un imaginario, una ilusión óptica, una auto-hipnosis temporaria, es el eclipse de la razón?; ¿o es un afecto genuinamente humano y nace “del corazón?”

Difícil definir el amor


Otro diccionario de la Real Academia habla de sentimiento intenso que el ser humano experimenta que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro con otro ser.


De esta definición vamos a tomar palabras que nos pueden ayudar a entender algo sobre el amor (y por ende, sobre los celos) : 1) Es un sentimiento intenso, es decir, se debe experimentar así. 2) Parte de una falta, de una insuficiencia, si las dos personas no sienten esa falta, esa necesidad de unirse a un otro, (o si uno de los dos no percibe ese vacío que incita a buscar a otro) no se producirá la llamada “pareja”.
Sin embargo esto nos presenta una primera incógnita: ¿cómo es posible armar una pareja uniendo dos faltas, dos insuficiencias?.Sin embargo, esto ocurre y es eficaz,… al menos por un tiempo. No nos une lo que tenemos sino lo que nos falta.


Pero también entra en juego lo social: Jaques Lacan afirmaba que sólo es susceptible de enamorarse quien escuchó hablar del amor. La realidad humana es una realidad del lenguaje (cultural), y lo que el lenguaje nombra y legaliza sanciona como posible cierto tipo de experiencias humanas. En el film Mi Tío de América, de Alain Resnais, el profesor Henri Laborit explica cómo muchas veces mantenemos diálogos y posturas frente a una pareja que son copia de escenas vistas en el cine, en películas, y yo agregaría, también en telenovelas.


Por otra parte, hay un objeto pareja inconsciente, una modalidad de interpretar la pareja humana que uno trae en su mochila y que tiene que ver con cómo fue la relación de sus padres (objetos primordiales) y todo lo que fue viviendo y aprendiendo durante su vida en el medio social en el que creció.


Otro aspecto interesante en este intento de definir la elección de objeto sexual y de amor, y de demostrar que de natural no tiene nada, es que los diccionarios se refieren a la atracción entre los seres como algo que se da producido por una lógica biológica, igual que en el resto del reino animal. Pero en el mundo de lo humano eso no ocurre, la elección del objeto de amor no es natural, lo repetimos, y nadie se enamora de cualquiera. El ser humano es selectivo, hay condiciones (condicionantes) para ese amor, insistimos. De manera que, volviendo a la misma palabra, la elección está “condicionada” por su propia novela familiar que contiene entre tantas cosas, el paso por el mito del Edipo que transitó cada sujeto. ¿Podríamos decir que una pareja es la unión de dos amores de transferencia correspondidos?


Esto también se complica si nos internamos en las conjeturas de Freud, el que nos hablaba de un amor tierno y de un amor sexual, o mejor dicho, de una corriente tierna y de otra sexual del amor, que muchas veces no confluyen en el mismo partenaire. Pero esperen un rato para volver a esto.

Otras voces sobre lo inefable


También sobre el amor y la elección de objeto han teorizado la filosofía, la antropología, la sociología, las neurociencias, etc…
Pero por una razón u otra, cuando hablamos de amor nos referimos a algo que siempre obedece al espíritu de una época. A los modos y costumbres. Desde mucho tiempo atrás y hasta hace cuarenta años (en los 60 ó 70 del siglo 20) la pareja se pensaba como una unión a largo plazo, “para toda la vida”, como imitación a los matrimonios de nuestros padres y abuelos. Los separados o divorciados eran vistos como gente rara.

Ahora, en el siglo 21, los extraños son aquellos que sostienen un vínculo que perdura en el tiempo. El amor se presenta como algo más lábil, líquido, absolutamente solo por hoy, mañana no sabemos. Son otros los modos de enamoramiento, y no incluyen aquellos grandes ideales del pasado, que están en retirada. Por eso el final de los cuentos: “y fueron felices y comieron perdices, y a mí no me dieron porque yo no quise”, entra en discusión. ¿Qué pasó entre Cenicienta y El Príncipe al día siguiente del casamiento? ¿El Príncipe sería amarrete? ¿Cenicienta colgaba sus bombachas húmedas en las canillas de la ducha? ¿Sintieron celos, ella ante las doncellas del palacio, él por el pasado sexual de la joven?

¿Qué hace que tal o cual estén en pareja? Foto: 123RF


¿ Y los dioses griegos?


Busquemos pistas en los mitos de la antigüedad. De Afrodita, la diosa del amor, los griegos sostenían dos versiones: la celeste o celestial y tierna, y por otro lado, la vulgar o genital (del mismo modo en que algunos hombres ven a las mujeres hoy, atrapados en alguno de los dos estereotipos).
Por su parte, Eros, el dios del amor erótico, era hijo de Poros (la abundancia) y Penia (la pobreza). Nosotros, cuando nos enamoramos de alguien, ¿qué nos atrae? Lo que hay de abundante en el otro o lo que carece, lo que no tiene?

También las malas lenguas cuentan que había una princesa llamada Psique ( ‘alma’, ‘mente’) que era mortal pero muy linda. Afrodita estaba celosa de la belleza de la mortal Psique, pues los hombres estaban abandonando sus altares para adorar, en su lugar, a una simple mujer, y así ordenó a su hijo Eros que la hiciera enamorarse a Psique del hombre más feo del mundo. Claro que el propio Eros se enamoró de Psique, y se la llevó a su lecho. Pero la telenovela griega de Eros y Psique fue arruinada por la acción de las celosas hermanas de Psique, quienes por envidia lograron que Psique le sea infiel a Eros. Este, celoso, la echó del Olimpo y desde entonces Psique vaga por el mundo terrenal buscando su amor. Psique, entonces, insisto, es un alma o una mente que vaga por la tierra buscando el amor perdido. ¿No vemos aquí la representación mitológica de nuestro destino?

Otros mitos griegos. Aristófanes, histórico autor de comedias, propone en El Banquete, de Platón, que en su origen el ser humano fue un ser completo (el mito del Andrógino). Estas criaturas eran redondas, con cuatro brazos, cuatro piernas, dos caras en la cabeza y, por supuesto dos órganos sexuales. Estaban unidos por el vientre. Eran sumamente fuertes y enfrentaban a los dioses, por eso Zeus los debilitó dividiéndolos y al partirlos en dos quedaron separados en un ser masculino y otro femenino.

Desde ese entonces hombres y mujeres irían por el planeta nostálgicos buscando su ser complementario. De allí también podríamos argüir que nos llega aquello de hablar de la “media naranja” y el “alma gemela” que ansiamos reencontrar. Alcibíades, en el mismo banquete, se refiere a las virtudes ocultas y joyas preciosas del alma de su ex amante Sócrates, que éste niega. ¿Qué ve Alcibíades en Socrates?: “Agalma” dirán los griegos, el objeto precioso del deseo…del que mira. No del ser mirado.

Freud vuelve al avispero


Freud introduce el concepto de Pulsión, representante psíquico de los estímulos intra-somáticos. No son estímulos externos de los que puedo huir, sino internos y empujan desde el cuerpo. Y nos afirma que también detrás de la idealización, la sublimación, hay una búsqueda de carácter sexual.


En sus genial y voluminosa obra se refiere también a una degradación generalizada de la vida amorosa, cuando para el sujeto no confluyen la corriente tierna y la corriente sexual en un mismo objeto (él es el padre ideal de mis hijos, ella es la madre ideal de mis hijos, pero yo me caliento solo con otros u otras).


Y sobre la particular elección de objeto en los hombres descubre que el hecho de que una mujer pertenezca a otro (que haya un tercero perjudicado) y que sea una mujer “fácil” (que puede ser rescatada por él) son dos condiciones sumamente atractivas para el sujeto masculino (ambas como resplandores de la figura materna, y del mito del Edipo freudiano). Pero la “madre” y la “puta” en definitiva son una misma persona para un sujeto, la madre por un lado, y la mujer (madre) que prefirió al padre sobre su hijo, como objeto sexual.

Otras formas de la elección de objeto según Freud:

Se ama conforme al tipo:

a)      Narcisista (en el otro/a veo….)

  • Lo que yo soy (Yo actual)
  • Lo que yo fui (Yo ideal)
  • Lo que yo quisiera ser (Ideal del Yo)

b)      Anaclítico (en el otro/a, veo a mi…)

  • Madre Nutricia.
  • Padre protector.


También Sigmund Freud en la Conferencia 33 sobre la feminidad nos anticipa que si bien una mujer puede elegir un objeto de amor siguiendo el tipo paterno, reproducirá sin embargo en el vínculo el tipo de ligazón madre-hija que vivió en su etapa pre-edípica. Y le adjudica a la feminidad un alto grado de narcisismo, una necesidad de la mujer de ser amada, más intensa que la de amar.

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En los grupos también se vislumbra aquellos que eligen parejas que representan al revés, a sus madres y padres nada protectores y muy poco nutricios. Es decir, estragantes por exceso o por defecto.

Para Freud la normalidad se presentaría cuando en un mismo objeto de deseo recaen nuestras aspiraciones sexuales y tiernas. Desde ese punto de vista, el o la infiel es alguien que se engaña a sí mismo, porque sobre una sola persona (y nada más que una en un lugar y tiempo dado) confluirían las dos corrientes.


También Freud interpreta el enamoramiento como un éxtasis de libido investida sobre un objeto que empobrece al yo y vuelve a ese objeto como un ideal. Y universaliza el concepto de Transferencia, enseñándonos que todos los objetos de amor se insertan o alinean en una serie (en la que aparecerán como sustitutos parciales de las imagos parentales y del yo). El empobrecimiento del yo nos indica que nos volvemos satélites del objeto de amor del que “dependemos” emocionalmente, en el mejor de los casos, solo por un tiempo.


Pero no cualquier objeto se presta a esa idealización, solo aquellos que pueden introducirse en ese recorrido edípico mencionado anteriormente. En síntesis nos atraen esos seres que se articulan a nuestra falta en ser, y los elegimos un objeto de amor porque ya los hemos perdido estructuralmente antes (al nacer, con la primera experiencia alucinatoria de satisfacción, etc…).


Para Lacan el amor es ese sentimiento que logra que el goce condescienda con el deseo. Ese sentir que nos saca del “yo me arreglo solo”, de la ilusión auto-erótica del que dice no necesitar a nadie, y lo empuja a la elección de objeto, a buscar afuera lo que le falta adentro, dicho de la manera más burda.


Y las palabras se suman para nombrar lo innombrable, “agalma”, objeto a; corrientes libidinales tiernas y sexuales que confluyen en un sujeto causa preciosa de nuestro deseo, amantes y amados cuya inversión de posición constante crea la metáfora del amor.


“Amar es dar lo que no se tiene a alguien que no es”, ¿qué es lo que no se tiene, qué es lo que no es? El falo, la completitud.


Lo que he intentado resumir aquí es la idea de que el amor de pareja es una mezcla de deseo, fantasmas, proyecciones, transferencias de conflictos infantiles y vínculos anteriores, ideales impuestos, y un intento constante de convencer al otro que tiene lo que me completa para seguir ignorando lo que me falta.


De allí este mensaje para celosos angustiados, a fin de que entiendan que no hay un objeto naturalmente predeterminado para ninguna pulsión, y que son ellos los que convierten lo casual y contingente en necesidad.


Si comprendemos que somos quienes sostenemos la llave de nuestra propia cárcel, sentiremos que estamos en la antesala de la libertad. Solo nos falta un paso hacia adelante, y es hora de darlo. Ahora, ya, ¿cuándo si no?.


En La Feminidad (Conferencia 33) de S. Freud, se refiere a ciertas condiciones de la elección de objeto en la mujer. En ese texto indica que si bien la mujer elige a un hombre como pareja siguiendo el tipo paterno, la ligazón con él se asemeja al tipo de vínculo que desarrolló tempranamente con su madre. “El marido, que había heredado al padre, entra con el tiempo en posesión de la herencia materna”.

Por último, a muchos lectores aún les queda siempre la duda: ¿qué es el amor de pareja? Yo, en cambio me pregunto: ¿existe realmente otro?
¿No será acaso que solo nos vinculamos con nuestros objetos internos (representaciones inscriptas de nuestra mente de imagos parentales y otras identificaciones, ideales culturales, etc…) y el otro, ese otro-pareja es solamente un actor ocasional convocado a cumplir el personaje fantasmal que le adjudicamos en nuestras vidas?


Mi impresión es que si la realidad que percibimos es solo psíquica, el otro no existe; quiero decir, el otro al que llamamos nuestra pareja no es quien realmente vemos y supuestamente amamos, el otro es solo un invitado involuntario (¿inocente?) a participar como personaje de nuestra obra de teatro mental, inconsciente o no. Ese otro al que tocamos, no existe como tal, insisto, es un ser convocado a ocupar parcialmente el lugar de nuestros amores primordiales, esos objetos cuyas imágenes andan haciendo un tour pulsional por nuestra memoria y corazón, sin que pudiéramos darle otra vuelta de tuerca aún a la aceptación de lo perdido, de que no hay vuelta atrás y solo nos queda caminar hacia adelante aferrados a nuestros legítimos deseos.


Y es a esos personajes, nuestras parejas, a los que erróneamente hemos de demandarles (celos mediante) el amor, el reconocimiento, o lo supuestamente no recibido por quienes nos trajeron a este mundo.
El “avivarnos” de que nada es lo que parece, (y el obrar en consecuencia) es el gran trabajo del celoso, y cuando logra despertar su maestro interno puede lograr decir, como escribió Alejandro Jodorowsky: “lo que más te falta en el mundo es lo que tú has venido a darle”.

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