Lo que aprendiste a callar para que todo funcione - Revista Para Ti
 

Lo que aprendiste a callar para que todo funcione

Aprender a callar lo que sentís no es fortaleza: es una forma de adaptación que muchas mujeres incorporan desde chicas. Cómo ese silencio impacta en la autoestima y en el vínculo más importante: el que tenés con vos misma.
Natalia Pino Roldán
Lifestyle
Natalia Pino Roldán
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Hay una habilidad que las mujeres desarrollamos con una precisión impresionante: saber exactamente cuándo no hablar.  No es cobardía. Es entrenamiento. 

Desde muy chicas aprendemos que expresar lo que nos pasa, el cansancio, el enojo, el miedo, la insatisfacción, tiene un costo. Que hay vínculos que se sostienen sobre nuestra capacidad de no incomodar. Que el amor, en muchas versiones que nos enseñaron, se parece sospechosamente a la renuncia. 

Y entonces callamos. Con una elegancia que a veces nosotras mismas confundimos con fortaleza. 

El vínculo que te pedía que desaparecieras 

En dieciocho años acompañando mujeres en procesos terapéuticos, hay una frase que escuché con demasiada frecuencia: "No quiero hacer un problema de esto." 

Detrás de esa frase hay una historia entera. La de alguien que aprendió que sus necesidades son, por defecto, un exceso. Que pedir es cargar al otro. Que, si el vínculo tambalea, algo hiciste mal. 

Eso no es una característica personal. Es el resultado de haber crecido en una cultura que enseña a las mujeres a medirse en función de cuánto sostienen a los demás, y a desconfiar de sus propios límites como si fueran caprichos. 

La consecuencia no es solo el silencio. Es algo más profundo: la dificultad de saber, genuinamente, qué querés. Porque cuando años de práctica te entrenaron para leer las necesidades ajenas antes que las propias, eventualmente perdés tu propio mapa. 

Cuando el vínculo más dañado sos vos con vos misma 

Hablamos mucho de vínculos tóxicos en relaciones de pareja, en familias, en amistades. Y es necesario hablar de eso. Pero hay un vínculo que muchas veces queda afuera de esa conversación: el que tenés con vos misma. 

La autoestima no es un rasgo de personalidad con el que se nace o no se nace. Es algo que se construye, o se destruye, en función de cómo fuiste tratada y de cómo aprendiste a tratarte. Y cuando el mensaje recibido, desde la familia, desde la pareja, desde el entorno, fue que tu valor depende de tu utilidad para otros, la forma en que te hablás internamente suele ser brutal. 

Exigente. Implacable. Sin la misma compasión que le darías, sin dudarlo, a cualquier otra persona. Eso es violencia también. Más silenciosa, más difícil de nombrar, pero igual de real. 

Lo que cambia cuando te permitís escucharte 

No estoy hablando de un proceso mágico ni rápido. Estoy hablando de algo concreto: de empezar a notar cuándo callás algo que importa, y preguntarte por qué. 

De revisar qué vínculos te piden que seas menos para que el otro esté más cómodo. De entender que poner límites no es agredir, que expresar lo que necesitás no es ser difícil, que un vínculo que no te tolera entera no es un vínculo que te sostiene: es uno que te contiene siempre y cuando no ocupes demasiado espacio. 

La autoestima real no se construye sola ni de un día para el otro. Se construye en procesos, en conversaciones, en el trabajo de desarmar las narrativas que te dijeron que eras demasiado o demasiado poco. 

Pero empieza, siempre, con una decisión pequeña y radical al mismo tiempo: la de tomarte en serio. 

Una última cosa, te propongo algo pequeño y poderoso. 

Tomá un papel, o las notas del celular, y respondé estas tres preguntas con lo primero que aparezca. Sin editar. Sin pensar demasiado. 

1. ¿Qué es lo último que callaste esta semana... y por qué lo callaste? 

2. ¿Cómo te hablás cuando cometés un error? ¿Usarías esas mismas palabras con alguien que querés? 

3. ¿Hay algún vínculo en tu vida que funciona mejor cuando vos ocupás menos espacio? 

No hace falta que las respondas para nadie. Solo para vos. 

Porque la autoestima no empieza en un retiro de fin de semana ni en una frase motivacional. Empieza en ese momento preciso en que decidís prestarte atención. En que te tratás con la misma seriedad con que tratarías a alguien que te importa. 

Eso, que parece tan simple, para muchas mujeres es el acto más disruptivo de su vida. 

Fuente: Natalia Pino Roldán — Psicóloga (M.P. 360) | Género, vínculos y salud mental 

 
 

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