"Qué nos sucede con las noticias": la mirada de la Dra. Verónica Molina Gerstner sobre el impacto emocional de la tragedia en Venezuela - Revista Para Ti
 

"Qué nos sucede con las noticias": la mirada de la Dra. Verónica Molina Gerstner sobre el impacto emocional de la tragedia en Venezuela

La médica cardióloga y especialista en psicotraumatología Verónica Molina Gerstner reflexionó sobre el impacto emocional que generan las imágenes del terremoto en Venezuela. Entre la angustia, la empatía, la necesidad de ayudar y la convivencia con momentos de celebración como el Mundial, habló de trauma colectivo, autorregulación y memoria emocional.
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Lo que ocurre en Venezuela conmueve, duele y atraviesa. Las imágenes de los rescates, los testimonios de quienes perdieron todo, la búsqueda desesperada entre los escombros y la tarea incansable de los rescatistas no solo informan: también impactan emocionalmente en quienes las miran desde lejos.

En medio de un presente marcado por el Mundial, la alegría compartida del fútbol y ese sentimiento de unión que aparece cuando una selección convoca a todo un país, la tragedia venezolana nos enfrenta a una realidad difícil de procesar: la vida puede contener, al mismo tiempo, celebración y pérdida, encuentro y desolación, esperanza y dolor.

Sobre este doble movimiento reflexionó la Dra. Verónica Molina Gerstner, médica cardióloga y especialista en psicotraumatología, quien compartió una mirada sensible sobre cómo nos afecta lo que vemos, escuchamos y sentimos frente a una catástrofe colectiva.

“Lo que está sucediendo en Venezuela sigue siendo muy preocupante y sobre todo nos invita a entrar en contacto con una experiencia de trauma colectivo que está ocurriendo en este presente”, expresó.

El impacto emocional de mirar una tragedia desde lejos

La especialista puso el foco en una pregunta clave: qué nos pasa cuando miramos las noticias. Porque no se trata solo de consumir información. Cada imagen de una persona rescatada, cada relato de una familia que busca a alguien, cada escena de destrucción o de ayuda activa algo en nuestro mundo interno.

“Podemos reconocer qué nos sucede cuando miramos estas noticias, cuando vemos tanto los relatos de experiencias de rescate, de encuentros, como toda la ayuda que está movilizándose en el mundo para acompañar al pueblo venezolano”, señaló Molina Gerstner.

Según explicó, estas escenas pueden despertar angustia, tristeza, miedo, impotencia o una profunda necesidad de ayudar. También pueden generar lo contrario: desconexión, bloqueo emocional o sensación de irrealidad.

Y esa reacción, lejos de ser indiferencia, muchas veces es una forma de defensa.

Cuando el dolor colectivo convive con la alegría

Uno de los puntos más profundos de su reflexión tiene que ver con la convivencia de emociones aparentemente opuestas.

Mientras Venezuela atraviesa una situación crítica, el mundo también está pendiente del Mundial. Para muchos argentinos, el fútbol trae alegría, pertenencia, encuentro y una sensación de identidad compartida.

“Estamos en un momento donde por un lado estamos todos atentos a lo que sucede en el fútbol, en el Mundial. Es un evento que también trae alegría, trae conexión con los compatriotas”, expresó.

Y agregó que esa experiencia puede reunirnos “más allá de las diferencias políticas, religiosas, culturales o sociales”.

Pero, al mismo tiempo, esa celebración convive con “la muerte, la pérdida y la desolación” que deja el terremoto.

“Como la vida también nos ofrece este doble mapa: por un lado, estar en la celebración y en el juego, y por otro lado la muerte, la pérdida y la desolación”, reflexionó.

Esa frase resume una vivencia muy humana: no siempre sentimos una sola cosa. A veces nos reímos y nos angustiamos el mismo día. Celebramos un gol y, minutos después, una noticia nos parte el alma. La vida emocional no es lineal: es compleja, contradictoria y profundamente humana.

La importancia de autorregularnos frente a las noticias

Frente a tragedias de gran magnitud, Molina Gerstner destacó la importancia de no quedar “a la deriva de las noticias”.

La sobreexposición a imágenes dolorosas puede generar saturación emocional. Mirar una y otra vez escenas de rescate, destrucción o sufrimiento puede llevarnos a un estado de alerta permanente, angustia intensa o incluso desconexión.

“Quizás nos sobrepasa lo que vemos en esas imágenes y el sufrimiento humano que ahí vemos”, advirtió.

Por eso, la especialista propone registrar qué sentimos y encontrar formas de autorregulación. Esto no significa mirar para otro lado ni negar el dolor ajeno. Significa poder acompañar emocionalmente sin destruirnos en el intento.

Sentir, emocionarnos, llorar o conmovernos también habla de nuestra capacidad empática. Pero si el impacto nos supera, puede ser necesario pausar, respirar, hablar con alguien, limitar la exposición o buscar una forma concreta de ayudar.

Cuando nos desconectamos del dolor

La médica también invitó a observar algo que muchas veces genera culpa: la desconexión. A veces, frente a una tragedia enorme, una parte nuestra se apaga. No podemos mirar más, no podemos sentir más, no podemos procesar más. Y esa desconexión también merece ser escuchada.

“Poder sentir y encontrar nuestra capacidad de procesar esas emociones o darnos cuenta también, percibir cuándo nos desconectamos. Y ese es un momento para reflexionar: ¿por qué me desconecto?”, planteó.

Esa pregunta abre una puerta. Quizás nos desconectamos porque el dolor es demasiado grande. Porque toca una historia propia. Porque nos recuerda pérdidas familiares. Porque activa memorias antiguas. O porque, simplemente, nuestro sistema emocional necesita protegerse.

El trauma colectivo y las memorias familiares

En su reflexión, Molina Gerstner también propuso mirar más allá del presente. Las tragedias colectivas, explicó, pueden resonar con historias familiares de guerras, migraciones forzadas, terremotos, pérdidas o desplazamientos.

“Podemos pensar en las historias de trauma colectivo de las que vienen nuestros anteriores”, señaló.

Y recordó, por ejemplo, terremotos históricos en la Argentina, como los de San Juan o Mendoza, además de contextos de inmigración forzada y guerras.

No todos los traumas colectivos tienen el mismo origen. No es igual una catástrofe natural que una violencia provocada por el ser humano. Pero en ambos casos pueden aparecer el miedo, la pérdida, la desprotección, la incertidumbre y la necesidad urgente de sobrevivir.

Por eso, lo que ocurre lejos también puede tocar algo cercano. Una imagen de personas huyendo, una familia que lo pierde todo o un niño esperando ser rescatado pueden activar memorias emocionales propias o heredadas.

El impulso de vida en medio de los escombros

En medio de tanto dolor, la especialista también rescató algo profundamente humano: la fuerza de vida.

Molina Gerstner se refirió a esas imágenes en las que personas atrapadas, incluso niños, siguen ayudando a los rescatistas, orientándolos para llegar a otros, aun cuando ellos mismos siguen esperando ser salvados.

“Ese impulso de vida, ese impulso de cuidado, de ayuda, eso está en nosotros y nos hace humanos. Es un lugar tan valioso, un tesoro que cuidar”, expresó.

Y quizás ahí aparece una de las claves más luminosas en medio de la tragedia: incluso cuando todo parece perdido, las personas buscan cuidar, sostener, acompañar, señalar un camino, ayudar a otro.

Esa humanidad que se abre paso entre los escombros también nos conmueve porque nos recuerda algo esencial: no estamos hechos solo de miedo. También estamos hechos de vínculo, de solidaridad, de compasión y de deseo de vivir.

Mirar con empatía, sin quedar atrapados en el horror

Lo que pasa en Venezuela duele. Y es importante permitirnos que duela. Pero también es necesario aprender a mirar sin quedar atrapados en el horror.

Podemos informarnos, sentir, rezar, ayudar, compartir recursos confiables, acompañar a quienes están cerca de la comunidad venezolana y, al mismo tiempo, cuidar nuestro propio mundo emocional.

Porque la empatía no implica rompernos. Implica permanecer humanos.

En palabras de la Dra. Verónica Molina Gerstner, estas experiencias nos invitan a reconocer qué nos sucede, a registrar nuestras emociones y a seguir caminando juntos.

En tiempos donde la alegría y el dolor conviven, tal vez el desafío sea ese: no negar ninguna de las dos cosas. Poder celebrar lo que une, conmovernos ante lo que duele y cuidar, en medio de todo, ese impulso de vida que todavía nos salva.

Más info: www.traumatrifocal.com/ IG: @icft_draveronicamolina

 
   

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