El regreso de “El diablo se viste a la moda” no es solo un guiño a la nostalgia. Es, quizás, una excusa perfecta para revisar algo que durante años leímos de una sola manera: el poder de la imagen en las mujeres.
Durante mucho tiempo, y con razón, analizamos la moda, la estética y la belleza como dispositivos del mandato patriarcal, como exigencias, como presión, como un ideal imposible de sostener que llegaba desde afuera y se instalaba adentro, silenciosamente, hasta volverse indistinguible de los propios deseos.

Pero hoy, algo cambió. No porque el sistema haya desaparecido, sino porque las mujeres ya no lo habitan del mismo modo.
Hoy la imagen también es elección. Y eso, hay que decirlo, incomoda a más de uno.
Vestirse ya no es obedecer: es decidir qué narrativa habitar
Hay mujeres que eligen un traje estructurado, otras, un jean gastado, otras, un vestido rojo que no pasa desapercibido. Lo interesante no es la prenda, es la intención detrás.
Desde la psicología, sabemos que la imagen no es superficial: es un lenguaje simbólico, una extensión del yo, una forma de posicionarse en el mundo antes de abrir la boca. Vestirse es, en muchos casos, una toma de poder silenciosa y completamente deliberada.

No se trata solo de cómo me ven, se trata de cómo decido ser leída. Y ahí aparece algo nuevo, algo que me parece central nombrar: ya no es solo adaptación. Es autoría.
El rojo: deseo, poder y la decisión de irrumpir
El rojo no es un color neutro. En psicología del marketing y de las emociones, el rojo activa respuestas concretas y medibles: acelera el pulso, capta la atención de forma inmediata, genera excitación y una sensación de urgencia que ningún otro color replica con la misma intensidad. Es el color del deseo, pero también del liderazgo, de la acción, de la presencia que no se deja ignorar.

No es casual que el imaginario de Miranda Priestly esté construido sobre tonos intensos, decisiones sin disculpas y una presencia que ocupa el espacio sin pedir autorización previa.
El rojo no pide permiso. El rojo irrumpe. Y quizás por eso, durante años, se nos enseñó a usarlo con cautela. A reservarlo para ocasiones especiales. A no exagerar.
Hoy muchas mujeres lo usan como declaración cotidiana. No para ser vistas. Sino porque ya no están dispuestas a esconderse.
¿Empoderamiento o consumo? La tensión que no podemos ignorar Ahora bien, sería deshonesto de mi parte no nombrar la otra cara.
La industria de la imagen también construye pertenencia. Y la pertenencia, muchas veces, tiene precio de acceso. Hay marcas que funcionan como códigos de entrada a determinados círculos., que ordenan, con elegante crueldad, quién pertenece y quién queda afuera. Que convierten el deseo en aspiración permanente, en una carrera donde la llegada siempre se corre un poco más lejos.

No todas las mujeres pueden acceder a ese universo, no todas quieren hacerlo. Y es importante decirlo sin romantizar lo que también es, en parte, un mecanismo de exclusión.
Pero también es cierto algo que se omite con frecuencia en ese análisis: muchas de esas marcas fueron creadas, sostenidas y transformadas por mujeres. Mujeres que le hablaron a otras mujeres en distintos momentos históricos, que tradujeron revoluciones culturales en telas, cortes y colores, que entendieron que una prenda bien construida podía decir lo que una época entera estaba tratando de articular.
La moda no es solo consumo, es también narrativa colectiva. Y cuando está en manos de mujeres que saben lo que están haciendo, tiene la capacidad de volverse un lenguaje compartido entre mujeres que, con o sin el mismo acceso económico, reconocen en ese lenguaje algo propio.
Las mujeres detrás de cada imagen
Hay algo que suele quedar completamente invisibilizado en esta conversación: la enorme cantidad de mujeres que sostienen la industria de la imagen desde adentro.

Diseñadoras que construyen identidad visual desde cero, estilistas que piensan cada detalle como una decisión comunicacional, fotógrafas que eligen el encuadre, la luz, lo que entra y lo que queda fuera, editoras que deciden qué narrativa merece ser contada, productoras, creativas, directoras de arte.
Mujeres que piensan qué se muestra, cómo se muestra y, sobre todo, por qué. Porque una imagen nunca es ingenua. Siempre está diciendo algo. Siempre hay una decisión detrás, y cada vez más frecuentemente, esa decisión la toma una mujer.
Incluso cuando parece decir "solo moda".
Más allá de los zapatos rojos
Durante años, el símbolo condensó todo en un objeto: los zapatos. El lujo. La marca. La aspiración materializada en cuero y taco.

Pero hoy la pregunta es otra y me parece más interesante:
¿qué estamos diciendo cuando elegimos cómo mostrarnos?
¿Desde dónde lo elegimos?
Porque el verdadero cambio no está en lo que usamos, está en desde dónde lo usamos. Ya no se trata solo de encajar en un molde ni de rebelarse contra él en un gesto reactivo que en el fondo sigue siendo definido por el mismo molde. Se trata de algo más complejo y más maduro: habitar la propia imagen con conciencia. Saber qué estás diciendo cuando te ponés algo, conocer tu intención.
Eso, desde la psicología, es autonomía. Es subjetividad. Es identidad.
Y el poder, el verdadero, no está cosido en ninguna etiqueta.
Está en la mujer que decide ponérsela.
Fuente: Natalia Pino Roldán — Psicóloga (M.P. 360) | Género, vínculos y salud mental

