La historia de Patricia Rivero es especial... Tanto que llegó al teatro. Su abuelo tenía un circo criollo —o circo teatro— donde trabajaba junto a su esposa e hijos recorriendo pueblos. Patricia no llegó a conocer esa vida directamente, pero sí creció escuchando las historias familiares sobre ese universo ambulante hecho de teatro, humor y supervivencia.
Ella nació después, en el parque de diversiones itinerante que tenían sus padres y sus tíos. Vivió allí hasta los seis años y, aunque más tarde sus padres dejaron esa vida, sus tíos y primos siguieron con el parque. Patricia volvía cada verano durante la adolescencia, trabajaba allí y recuperaba algo de ese mundo fascinante que nunca dejó de habitarla emocionalmente.
Ahora, toda esa memoria vuelve convertida en teatro con “El brillo nómade”, la nueva obra escrita por Fabián Díaz y dirigida por Lucie Bach.

La obra —que se estrena el 7 de junio en Teatro Los Pompas Club de Arte— mezcla teatro, danza, música y una estética profundamente sensorial para contar la historia de una mujer atravesada por el desarraigo, la memoria y el deseo de volver a abrazar la magia de ese mundo errante que la vio nacer.
—Naciste en un parque de diversiones itinerante y venís de una familia profundamente ligada al circo y al espectáculo popular. ¿Qué recuerdos de esa infancia sentís que todavía viven en vos hoy?
—Recuerdos que viven en mí de esa época, es sobre todo siendo yo prácticamente la más chica de todos los primos, siempre escuchar contar las anécdotas del circo que yo no llegué a vivir, de mi abuelo que era muy gracioso. Entonces mis tías contando esas cosas, mi tía Nelly memorizaba las obras de teatro mientras cocinaba.

Esa es una imagen que tengo. Después, cuando iba y me pasaba los veranos en el parque de mis tíos, trabajaba en el parque y dormía ahí. Hacía vida de parquera en los veranos de mi adolescencia.
El olor a la tierra húmeda cuando humedecíamos el piso para que la gente pudiera entrar. El momento en que el parque abría. En la obra decimos: ‘Las puertas del parque de diversiones se abren’. Y ahí hay una explosión de música. Siempre rogando que no llueva, pero tampoco que haga demasiado sol para que la gente venga al parque.

Ese momento de abrir el parque lo voy a llevar siempre conmigo. Es fascinante. Nos bañábamos, nos cambiábamos y cada uno se ponía en su lugar. Y ahí empezaba el show.
También recuerdo la vuelta al mundo. Para mí era gigantesca. Y nos sentíamos especiales porque podíamos subir gratis a los juegos. Había una sensación de vértigo, pero también de pertenencia. Todo eso quedó muy grabado en mí.
—“El brillo nómade” toma elementos de tu propia historia. ¿Cómo fue ver tu vida transformada en una biografía ficcionada arriba de un escenario?
—El 90% de las cosas que aparecen en la obra surgieron de conversaciones con Fabián. Hace muchos años que yo decía que quería hacer algo con esta historia. Hace muchísimo que recopilo fotos, recortes, recuerdos.

Y ahora verla en escena es un vértigo tremendo. Creo que quiero y no quiero al mismo tiempo. Es un deseo que se cumple, pero también siento que después me va a faltar algo.
Es una contradicción. Un placer y un temor. Porque hay una exposición muy grande. Mi vida está ahí. Y uno piensa: ‘¿Cómo será recibida? ¿Qué vida tendrá la obra?’.
Pero también hay algo de despojarse. Entender que esto ya no es solamente mío. Es una obra poética, ficcionada, colectiva. Y eso también es hermoso.

—Hay algo muy poético en crecer entre luces, viajes y espectáculos ambulantes. ¿Qué creés que te dejó ese universo en términos de identidad y sensibilidad artística?
—Siempre me atrajeron el teatro, el dibujo, la pintura, el humor. Ese mundo me quedó adentro. Pienso mucho en mis abuelos, en mi padre, en mis tíos recorriendo pueblos en los años 30 y 40 con el circo-teatro. Aprendían obras que se hacían en Capital y las llevaban por todos lados.
Es entrenarse todo el tiempo para dar un espectáculo. Y esa cosa de entretener al otro, de decirle ‘vení, pasá, vení a esta fantasía’, me parece profundamente creativa.
Yo creo que soy artista por eso. Me gusta pensar que está en mi ADN. Y quiero seguir exprimiéndolo hasta el último día de mi vida.
—La obra habla mucho del desarraigo y de la necesidad de pertenecer. ¿Te costó alguna vez adaptarte a una vida “normal” después de haber crecido en movimiento constante?
—Sí, cuesta adaptarse. Yo recuerdo que para mí era algo hermoso contar de dónde venía, pero mi padre me decía: ‘No cuentes mucho porque la gente piensa que somos gitanos’.
Había prejuicios. Mucha gente les tenía miedo a los circos o a los parques itinerantes. Y cuando me instalé definitivamente, recuerdo sentirme una nena con guardapolvo y los ojos enormes, tratando de entender cómo funcionaban ciertas cosas. Los cumpleaños en casas me parecían rarísimos.
Costaba encajar. Costaba sentir pertenencia. Yo siempre fui sensible y vulnerable, entonces esa niñita anduvo bastante barrilete.

—En la obra aparecen distintas etapas de una misma mujer representadas por cuatro actrices. ¿Qué sentiste al verte reflejada en otras versiones de vos misma?
—Me da mucha ternura. Sobre todo cuando veo a la joven. Porque ahí está una etapa donde hice mucho esfuerzo por ir hacia lugares que no eran realmente los míos. Las miro y recuerdo exactamente en qué momentos estaba yo en esas edades.
También me da pudor. Porque hay algo de protagonismo que tampoco quiero del todo. Por eso insistí en que no fuera un monólogo, sino una obra coral. Pero las veo y las quiero. Veo a esas distintas versiones de mí y siento ternura por todas.
—El parque de diversiones suele asociarse con magia y felicidad, pero también puede esconder cierta melancolía. ¿Qué lado menos conocido de ese mundo querían mostrar con esta obra?
—Para quienes viven ahí, no todo es magia. Hay mucho sacrificio. Hay que armar y desarmar casillas, baños, cocinas. Hay chicos que cambian constantemente de escuela. Hay incertidumbre económica. Mi tía contaba que una vez dijo: ‘Si hoy no viene nadie, no tenemos para comer’.
Pero también hay una enorme voluntad de supervivencia. De defender esa forma de vida. Mi abuelo dejó todo porque pasó un circo y se enamoró de ese mundo. Y yo creo que fue el más libre de todos.

—¿Cómo fue el proceso de reconstruir recuerdos familiares y emocionales junto a Fabián Díaz y Lucie Bach?
—Con Fabián tuvimos cinco encuentros larguísimos. Yo le llevaba fotos, recortes, grabaciones de mi tía, playlists de la época, anécdotas familiares. Le conté cosas muy íntimas. Y él, con una pluma muy amorosa y poética, escribió esta obra.
Después apareció Lucie Bach y fue increíble porque ella también tiene familiares circenses en Francia. Entonces hubo una conexión muy profunda. Ella encontró el lenguaje visual y emocional de la obra. La música, la luz, las distintas edades del personaje. Todo empezó a cobrar sentido.
—La puesta mezcla teatro, danza, música y una estética muy sensorial. ¿Qué experiencia emocional creés que se lleva el espectador cuando termina la función?
—Yo creo que la obra conecta enseguida con la infancia de cada espectador. Los sonidos del parque, la música, el universo visual… todo invita a entrar en una especie de alucinación poética.
Y espero que cuando termine la función cada uno pueda pensar en su propia historia. En su propia infancia. En el paso del tiempo. Ojalá salgan un poco más sensibles, un poco más livianos.

—¿Sentís que hoy existe una nostalgia colectiva por esos espectáculos populares itinerantes?
—Sí, creo que hay una nostalgia generacional. Pero también siento que sería hermoso que esos espectáculos vuelvan a recorrer pueblos. El teatro presencial tiene algo humano irremplazable. No es lo mismo verlo en una pantalla.
Me ilusiona mucho pensar que esta obra pueda viajar. Que pueda ir a distintos pueblos. Porque mucha gente no tiene acceso al teatro. Y el encuentro humano sigue siendo necesario.

—Si pudieras hablar con esa nena de seis años que tuvo que dejar atrás el parque de diversiones, ¿qué le dirías hoy?
—Le diría que siga siendo auténtica. Que no trate tanto de encajar. Y que todo eso que parecía raro, distinto o fuera de lugar, en realidad era un tesoro.

