Juliana Awada conoció la Patagonia hace más de tres décadas y sintió que había encontrado un lugar diferente a todos los demás. Tenía 22 años cuando viajó acompañada por su madre para visitar a su hermana mayor y a su cuñado, el arquitecto Alberto Rossi.

El impacto fue inmediato. El paisaje, el silencio, el lago y la inmensidad de la naturaleza la dejaron sin palabras. Desde aquel primer viaje supo que quería regresar una y otra vez.

“Es un área muy protegida y es complicadísimo encontrar algo así. Aquí quisiera pasar el resto de mis días, mi futuro, mi vejez”, expresó Juliana al hablar sobre la casa que convirtió en uno de sus proyectos de vida.
La casa que Juliana Awada imaginó para su vejez

Más que una propiedad de vacaciones, la vivienda fue pensada como un refugio permanente. Un lugar en el que Juliana pudiera reunirse con su familia, cultivar sus alimentos, cocinar, contemplar el lago y disfrutar de una vida conectada con los ciclos de la naturaleza.
Desde el comienzo, tuvo claro que no quería una casa ostentosa ni desconectada de su entorno. Buscaba una arquitectura serena, sostenible y capaz de integrarse en el bosque sin imponerse sobre él.

La primera condición que le puso a su cuñado, responsable del diseño, fue contundente: no se podía talar ningún árbol para construirla.
Ese pedido terminó definiendo toda la arquitectura.
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Una construcción diseñada alrededor de los árboles

En lugar de despejar el terreno y adaptar la vegetación a los planos, el equipo trabajó al revés: estudió la ubicación de cada árbol y diseñó la casa respetando lo que ya existía.
Para conseguirlo, el arquitecto Alberto Rossi -cuñado de Juliana-, de Estudio Du, proyectó distintos volúmenes separados. Los sectores de la vivienda fueron conectados mediante pasillos que funcionan como puentes entre los árboles.
La estrategia permitió reducir el impacto de la obra y preservar el bosque. También fue necesario realizar un estudio ambiental, debido a las estrictas normas de protección que rigen en esa zona de la Patagonia.
De esta manera, la naturaleza no quedó relegada al jardín. Se convirtió en el punto de partida del proyecto y en la verdadera protagonista de cada ambiente.
Una casa lista en un año y tres meses
Para materializar sus ideas, Juliana reunió a un equipo integrado por profesionales de su confianza.
Su cuñado se ocupó del proyecto arquitectónico; su amiga, la interiorista Daniela Galitó, trabajó en la ambientación; y las paisajistas Martina Barzi y Josefina Casares participaron en el diseño de los espacios exteriores.

La coordinación permitió que la obra avanzara rápidamente. La vivienda estuvo terminada en apenas un año y tres meses.
“Las cosas, cuando se hacen en equipo y con amor, se ven de otra manera”, reflexionó Juliana sobre el proceso.

Inspiración nórdica y una fachada negra
La estética de la casa nació de las referencias de la arquitectura nórdica. Juliana quería líneas simples, materiales resistentes y una paleta que acompañara los colores del paisaje patagónico.
Por eso eligió una piel exterior negra, pensada para que los volúmenes se perdieran visualmente entre los troncos, las sombras y la vegetación.

La fachada fue revestida con paneles de fibrocemento, un material resistente a las condiciones climáticas que no necesita pintura ni un mantenimiento constante.
Los techos también forman parte de la propuesta sostenible: recolectan el agua de lluvia, que luego se aprovecha para el riego del jardín y la huerta.
Ventanales que convierten el paisaje en decoración
En el interior casi no hay cuadros ni adornos. Los grandes ventanales enmarcan el lago, las montañas y el bosque, como si el paisaje fuese una obra en permanente transformación.
Las paredes están revestidas con madera de roble de Eslavonia y los ambientes combinan texturas naturales en tonos neutros. La intención fue crear espacios cálidos, serenos y sin excesos.

“Me gusta la belleza de las cosas sencillas. Todo es muy armonioso, sin ostentaciones e integrado en la naturaleza. Siento que representa mi esencia”, explicó Awada.
La decoración incluye sofás de cuero vacuno, linos teñidos a mano, alfombras de lana, mesas realizadas con madera quemada y lámparas creadas a partir de vasijas de barro.

También aparecen piezas de artesanía del norte argentino, textiles hechos a mano y objetos que Juliana fue reuniendo durante sus viajes.
La cocina, el verdadero corazón de la casa
La cocina negra fue concebida como el eje central de la vivienda. Es el ambiente en el que Juliana cocina, recibe amigos y reúne a su familia.
Allí guarda, entre otros objetos especiales, una vajilla realizada en un taller de Buenos Aires que brinda trabajo a personas con discapacidad.
El espacio fue pensado para ser vivido y compartido. No funciona únicamente como una cocina, sino como el centro afectivo y cotidiano de la casa.
El huerto y el invernadero de Juliana Awada
El proyecto no terminó en la arquitectura. Juliana también creó una huerta y un invernadero que reflejan su interés por la horticultura, las flores y la alimentación consciente.
En los cajones de cultivo planta rúcula, lechuga, espinaca, acelga y col rizada. También produce frutos como frutillas, grosellas y arándanos.
En el jardín crecen hierbas aromáticas que utiliza para cocinar, entre ellas romero, orégano, salvia y menta.
“Me da mucha satisfacción plantar las semillas, ver el crecimiento, el proceso, cosechar y cocinar”, contó.
El invernadero funciona además como taller: allí guarda las herramientas, trabaja con flores y arma arreglos con las rosas que cultiva.
Mate frente al lago y cenas alrededor del fuego
La vida en la casa está marcada por pequeños rituales.
Por las tardes, Juliana disfruta salir con el mate y contemplar el lago. Durante las noches, el fogón se transforma en un punto de encuentro para escuchar música, conversar y cenar al aire libre.

También suele remar, pescar y recorrer el agua cuando el lago está calmo.
“Hay un silencio sepulcral en este lugar. Cuando te metés en el agua a remar con la barca, con un mate, sentís toda la paz de esta naturaleza inmensa y la belleza de este paisaje”, expresó.
Aunque pasaron décadas desde aquella primera visita a la Patagonia, Juliana asegura que la sensación permanece intacta. Cada vez que regresa vuelve a sorprenderse con el paisaje.

La casa resume esa relación: fue diseñada sin destruir el bosque, se abastece parcialmente con los recursos del entorno y propone una forma de vida sencilla, familiar y conectada con la naturaleza.

No es solamente el refugio patagónico de Juliana Awada. Es la casa que eligió para imaginar su futuro y el lugar en el que, algún día, desea transitar su vejez.

