El tintineo de las copas de fondo y el murmullo que se apaga lentamente abren paso a una atmósfera íntima. Coni Marino se acomoda cerca del público, casi sintiendo la respiración de quienes la miran a pocos centímetros. Acaba de estrenar A propósito de los besos, un espectáculo de café concert que combina monólogos de humor con la calidez del bolero. Para una actriz que pisó los escenarios más imponentes de la avenida Corrientes y grabó ficciones diarias que recorrieron el mundo, este regreso a lo cercano no es un refugio, sino una elección vital.
Nacida en Buenos Aires el 16 de enero de 1968, Coni lleva más de 30 años de recorrido artístico delineado por una versatilidad singular, a punto de cumplir cuatro décadas sobre las tablas. Formada con maestros de la talla de Luis Rossini y Ricardo Bartís en actuación, y bajo la tutela de Marcelo Velazco en canto, su sensibilidad interpretativa convive con una mente analítica: también es Licenciada en Sociología por la Universidad de Buenos Aires. Pasó por hitos teatrales como Cats y Nine, protagonizó clásicos como La dama duende y hoy brilla en la obra dramática de época Nicandro y Alda en el Patio de Actores. Paralelamente, su rostro quedó grabado en la memoria colectiva gracias a sus trabajos en productoras emblemáticas como Pol-ka y Telefe.

Coni pertenece a esa estirpe de artistas con fundamento, de las que no esperan a que el teléfono suene, sino que gestionan su propio movimiento interno. En una charla profunda y cercana, analiza las transformaciones de una industria que extraña las telenovelas de la tarde, explica por qué la docencia es su otra mitad y revela cuál es el verdadero secreto para mantenerse vigente sin quedar atrapada en los laberintos del algoritmo.
—Coni, hoy te encontrás muy conectada con espectáculos íntimos y un formato de café concert que combina monólogos y música, además de mantener una actividad muy intensa en la docencia y el teatro dramático. ¿Cómo describís este momento de tu vida y qué te da el contacto directo con el vivo que quizás otros formatos no permiten?
—Bueno, es verdad que a mí me gusta mucho hacer géneros como el jazz concert, en donde estás en contacto muy directo con la gente. En este momento estoy cantando boleros en el espectáculo que acabo de estrenar, aunque en otra época he cantado mucho jazz y tango. Comprendo tu pregunta y referís a esta sensación que definitivamente es muy distinta a cantar en lugares pequeños, con las personas muy cerca, donde se escucha hasta la respiración. Es una cosa que a mí me gusta mucho.
Yo disfruto de los diferentes formatos, la verdad que los disfruto mucho y si me tenés que hacer elegir, no sé bien con cuál quedarme. El género de café concert, en donde mezclo canciones con monólogos, me encanta. Amo ese género, lo conozco, te permite la interacción con el público y hasta podés hacer un chiste si escuchás algo o contestar a lo que sucede en la sala. Esa apertura, ese intercambio tan fresco, sucede en ese tipo de eventos.
Cuando uno está haciendo una obra de teatro con un sentido dramático de principio a fin, no te podés ir del personaje, no se puede romper la cuarta paredes y entonces es otro tipo de trabajo. A mí me gustan los dos, pero decís bien que es una cosa muy placentera estar abierto a la mosca que vuela o al comentario de alguien, que siempre sucede en esos espacios. Es realmente la cuarta pared eliminada y eso me encanta.

Los huevos en la canasta y la soberanía artística
—Muchas veces se asocia la vigencia de un artista con su nivel de exposición en la pantalla. Sin embargo, vos elegiste construir un camino muy sólido desde la independencia, el teatro y la música. ¿Fue una transición orgánica o una decisión consciente para ganar soberanía sobre tus propios proyectos?
—Es una muy buena pregunta. Yo creo que ambas cosas: por un lado fue una decisión consciente y también fue lo que pasó. Es una profesión complicada. Yo tuve épocas de mucha vigencia en la pantalla, pero nunca lo viví como un camino al que le tenía que seguir frenéticamente el paso. La verdad es esa. Yo siempre me preocupé muchísimo por intentar ser una gran artista.
No digo que lo haya logrado porque sigo en búsqueda y en camino, pero desde el primer día que me subí a un escenario, esa fue mi obsesión, y ya pronto voy a cumplir 40 años arriba de las tablas. Puse mucho el foco ahí. Me ha pasado en épocas en las que me surgía televisión durante muchos años seguidos (hice novelas, novelas, novelas, pantalla, pantalla) y yo iba con todo el compromiso, me formaba, trataba de ser la mejor en eso que estaba haciendo, pero nunca terminé de poner todas las fichas ahí. Yo seguía siempre, paralelamente, con proyectos independientes que me pusieran en cuestión, que me interpelaran, que me movieran internamente.
Siento que conviven ambas cosas. Cuando algún artista jovencito me pide un consejo, le digo: "Vos tenés que tener huevos en una canasta que tengas ganas de cuidar". Y también tenés que ser inteligente, porque si te sale algo comercial, algo que te sirve por un montón de cuestiones, tenés que entregarle toda tu energía, pero eso no quiere decir que uno no le ponga calorcito a los huevos de su propia canasta.
Creo que un poco hay un camino que uno dibuja por las cosas que se van dando, pero hay un gran camino que se diseña por las cosas que uno decide, por los lugares que uno no abandona, y en lo personal jamás dejé de tener proyectos que me movieran por dentro. Yo empecé con Drácula, dejé la carrera de sociología y entré a la obra, y al año de estar ahí ya tenía proyectos independientes que ahora capaz no me gustarían tanto, pero en ese momento me volaban la cabeza. Creo que ese es el espacio en donde uno va a seguir explorando y creciendo, no quedarse quieto, no quedarse cómodo. Es un poco y un poco.

Enseñar para aprender
—Estás muy dedicada a dictar talleres de canto y entrenamiento actoral. ¿Qué encontrás hoy en el rol de transmitir tu experiencia a otras generaciones y cómo influye el ver los procesos de tus alumnos en tu propia búsqueda como artista?
—Fui descubriendo a lo largo de los años que amaba enseñar. Creo que es un espacio de enorme crecimiento porque cuando uno tiene que enseñarle algo a otro, tiene que ahondarlo mucho más; si no, no lo podés explicar en profundidad ni podés contestar las preguntas que surgen un montón. Para mí son las dos patas: estar arriba del escenario me hace mucha mejor maestra y ser una buena maestra me hace mejor actriz, porque se alimentan mutuamente. El acto de enseñar lo disfruto muchísimo. Cada vez que a un alumno le va bien, le sale un proyecto o concreta un logro, me da felicidad.
Tengo muchas artistas que están cantando, haciendo giras, grabando discos, y amo ayudarlas, enseñarles todo lo que aprendí en tantos años, pensar junto a ellas, prepararlas no solo vocalmente, sino emocionalmente, físicamente, y alertarlas de las batallas que van a tener que dar. Yo digo que soy como la tía, a mí me gusta mucho hacer ese acompañamiento. Es de mucho crecimiento para las dos, porque yo siento que al estar en el escenario les puedo transmitir un montón de cosas que no entiende alguien que no está ahí arriba. Por otro lado, el hecho de enseñar me llena de vivencias y aprendizajes que nutren muchísimo a mi actriz, te obliga siempre a leer, a indagar, a explorar y a contestar dudas. Es un motor maravilloso. Hoy en día siento que son las dos patas que me sostienen artísticamente.

La nostalgia de la telenovela y la identidad cultural
—La televisión actual en Argentina sufrió una transformación rotunda y los grandes espacios para las telenovelas o los programas unitarios que supieron marcar épocas hoy casi no existen en los canales de aire. ¿Cómo ves esta realidad de la industria y de qué manera sentís que afecta al colectivo de actores?
—Sí, es verdad que la televisión como espacio para las telenovelas (un género que yo adoro, que creo que era parte de nuestra cultura popular) era una gran fuente de trabajo para técnicos y actores, y también de muchísimo consumo. Yo lamento mucho que no se esté haciendo. Voy conociendo gente que mira telenovelas turcas por YouTube porque es un género que hace bien, donde uno se toma un ratito y sabe que entra en una historia de amor. Es como dejar de contarle cuentos a un niño el hecho de que no haya telenovelas.
Me parece que es una pena, que habría que defenderlas. Hay países que, a pesar de las plataformas (como Brasil, Turquía, Colombia, México), siguen apostando a sus producciones. No sé bien qué pasó acá que se ha llenado de programas de panelistas; entiendo que eso es barato, pero nosotros antes exportábamos. Yo hice muchas novelas con Andrea del Boca, hice muchas novelas de Cris Morena. Son industria, se han exportado. A mí a veces me escribe gente de Rusia que me vio allá porque se siguen consumiendo las novelas de Andrea del Boca, o me mandan pedacitos de ficciones desde Italia o Israel.
Entonces digo: era industria, era generador de trabajo y de identidad cultural, porque también exportás tu cultura. Es una lástima, realmente, y tengo en mi fantasía más profunda la creencia de que van a volver, porque hay gente consumiéndolas.
Hoy en día me paran por la calle por novelas que hice hace 10 o 15 años, como las de Cris Morena, que se siguen viendo y las descubren las nenas y las adolescentes. Hay un público que sigue buscando el género, aunque sea en YouTube. Insisto, quiero creer que hay una moda con el estallido de las plataformas y quedó una mirada de que acá no es negocio, pero me parece que es un error. Sí puede ser negocio, capaz hay que repensarlas en otro formato, pero creo que van a volver. Yo extraño mucho esa fuente de trabajo y extraño ese producto hermoso, porque es muy divertido hacer novelas.

El embudo de las plataformas y el refugio del teatro
—Hoy el consumo migró fuertemente hacia el streaming y las plataformas internacionales. Frente a este nuevo paradigma, ¿cómo es para una actriz de tu trayectoria reconfigurar el oficio cuando las ficciones ya no se piensan para el living familiar de todas las noches, sino para el algoritmo de un celular o una tablet?
—Es verdad. Yo francamente no estoy haciendo productos de streaming en este momento. En pandemia hice streaming con shows de café concert que vendí, pero actualmente no estoy en ninguna plataforma. Me gustaría, porque se está trabajando muy parecido al cine, tiene mucha calidad, se hacen cosas excelentes acá y hay muy buenos realizadores y técnicos audiovisuales. Se relaciona mucho con lo que hablábamos antes.
A mí me pasó lo que le está sucediendo a actores que capaz no hacían tanto teatro: yo hice teatro toda mi vida y estoy muy aferrada a él en el sentido de que es el lugar donde puedo actuar, promover poética y hacer proyectos. Ahora tengo una obra preciosa, Nicandro y Alda, que es muy romántica, la gente la disfruta mucho, se conmueve y agradece la ternura. El teatro es un encuentro increíble. Y tengo la otra propuesta que acabo de presentar, A propósito de los besos, que tiene humor y donde la gente se ríe. Es algo que yo necesito. El tema es que, al volcarse todo el mundo a las tablas porque no hay otra cosa, se satura el mercado y empieza a patinar todo el mundo en una situación muy complicada, porque no hay trabajo en otros formatos.
Los espacios de plataforma son un embudo para muy poca gente. Entonces, todos los actores se vuelcan al teatro y se arman obras hermosas con profesionales excelentes que duran apenas dos meses en cartel. Eso implica todo un esfuerzo que va deprimiendo el negocio cuando hacés teatro comercial, y deprime los espacios cuando hacés teatro independiente, porque las salas están saturadas y no hay lugar para mostrar lo que hacemos.
Estaría bueno que se democratice, ya que lo que predomina son las plataformas, que haya más acceso. Pero ahora lo que hay es esto y creo que tenemos que ser creativos, resistir. Se está apostando a salas muy pequeñas donde ya 50 espectadores es un montón, con valores de entradas accesibles, y los teatristas independientes seguimos remando hasta que vuelva a abrirse lo audiovisual, que nos permita actuar también en otros espacios.

—Mirando el camino recorrido, desde aquellas jornadas intensas en los estudios de televisión hasta tu presente actual donde convivís con la música, el cine independiente y tus talleres, ¿qué balance hacés de este viaje de reconversión y qué consejo le darías a los nuevos artistas que arrancan en una industria tan cambiante?
—Es interesante. Yo creo que todos los artistas de este país en particular tenemos que tener una capacidad de reconversión permanente. Como consejo les diría que no se aferren a nada, sino que busquen crecer en todo lo que se les presente y también en todo lo que decidan hacer por cuenta propia. Creo que hay que congeniar esas cosas y, sobre todo, estar muy disponible y saber que se puede aprender mucho de cualquier experiencia y de cualquier formato. Te enseña cantar arriba de un escenario con 10 personas abajo y también te enseña, como fue mi caso, estar en el Ópera City haciendo función para 2000 espectadores; te enseña hacer una película independiente y una película grande. Cada cosa tiene mucho para que el actor y el cantante se sigan formando, enriquece un montón. Siempre y cuando uno le sepa pedir a cada cosa lo que tiene para darle. Ese sería mi consejo.

