Ariana Harwicz: una escritora que estremece

Es una de las escritoras argentinas con mayor proyección internacional, autora de obras tan breves como potentes. En “Degenerado”, su nueva novela, construye la voz de un hombre acusado de femicidio que se defiende cuestionando los valores de la sociedad. En una charla con Para Ti advierte: “Hay un estado de tensión entre los géneros, una pseudoguerra no declarada”.

Ariana Harwicz nació y creció en Buenos Aires, pero en 2007, con 30 años, decidió mudarse a Francia, en principio a estudiar francés y Literatura Comparada en La Sorbona. Luego de una breve estadía en París, cambió de rumbo y se afincó en Saint Satur, un pueblito medieval de 1500 habitantes donde fue madre y encontró el espacio propicio para gestar sus libros, unas novelas breves e inquietantes que ya desde la primera, “Matate, amor”, han dado que hablar y la han situado como una autora a tener en cuenta dentro del panorama de la literatura argentina actual.

En “Degenerado”, su nueva novela, Ariana Harwicz construye la voz de un hombre acusado de femicidio que se defiende cuestionando los valores de la sociedad. Foto: Ale Carra.

“Cada uno tiene sus propios mitos, pero yo creo que no hubiera podido escribir nunca si me quedaba acá. Quizás porque estaba demasiado cerca de mis padres, demasiado cerca de mi historia, de mi infancia… Como si hubiera necesitado alejarme del relato de mi país, de este relato político, de mi adolescencia… Algo que después tuvo un efecto en mi prosa. Me dio un extrañamiento que afectó la escritura. O sea: hoy creo que me fui para escribir. Pero bueno, en principio me fui para aprender francés y vivir allá”.

Ariana viajó a la Argentina para presentar Degenerado (Anagrama), su nueva novela, y Para Ti charló con ella, una mujer ecléctica. “Pasé por muchos ámbitos universitarios: estudié cine, hice guión cinematográfico,  después estudié arte dramático e hice dos años de dramaturgia. También hice Filosofía, pero no terminé”, enumera.

-¿Trabajaste como guionista o cineasta en Argentina?

-Fui profesora en escuelas de cine, tenía cátedras de guion cinematográfico, filmé e hice documentales. Pero lo que odiaba de eso, y lo sigo odiando, es que es un arte colectivo. El cine y el teatro son artes colectivos, dependés de otros para el financiamiento y hay que trabajar sí o sí en equipo. Y yo soy muy solitaria. Mi ideal eran los pintores del siglo XIX que se iban a pintar al medio de un bosque, o a un pueblo alejado, y pintan solos y no necesitan más que las pinturas, un lienzo y ellos mismos. Pero yo no tengo destreza para pintar.

-¿Y eso lo tenías claro desde chica?

-La cosa de la soledad, sí. Pero no es que de chica supiera que iba a ser escritora, para nada. Algo relacionado con el arte sí, seguro, ¿pero qué? Por eso me ponía a hacer cine, teatro, también hice danza… Después, cuando fui a vivir a Francia, estudié Literatura y estuve coqueteando, a veces con buenos resultados y otras no tanto, pero siempre coqueteando con la escritura que no era ni cinematográfica, ni teatral ni literaria y las tres a la vez. Como que no me lo propuse, mi escritura ya era eso: producto de mirar películas y tomar apuntes, de leer y escribir obras de teatro.

-Todos tus libros están escritos en primera persona. ¿Te interesa moverte en ese límite entre la ficción y la autobiografía?

-En el cine me gusta la cámara subjetiva. En la pintura me gustan los retratos; me gusta mucho Frida Kahlo, que ahora está de moda en el mal sentido. Me gusta también Lucien Freud, los retratistas subjetivos. Siempre fue por ahí mi interés. Y en literatura siempre me gustó la primera persona. Pero cuando escribo eso no es algo consciente, ni producto de un plan, me sale escribir en primera persona, ya está en mí.

-Todas tus novelas son, además, breves, ¿eso también es intencional o las historias que se te ocurren o te interesa narrar ya vienen con esa forma?

-Yo las haría más cortas todavía. Muchas veces digo “terminé”, y son cincuenta páginas de Word. Hay mucho trabajo de depuración. Amo corregir. Es como los arreglos en la música. Amo los arreglos: la cadencia, el acento, el ritmo. Trato de extraer todo lo que para mí sobra y dejar la mínima expresión. Me gusta jugar con ese límite en el que si saco una palabra más ya no se entiende nada.

Ariana viajó a la Argentina para presentar Degenerado (Anagrama), su nueva novela, y Para Ti charló con ella. Foto: Ale Carra.

-¿La idea que tenías sobre la maternidad cambió después de que fuiste madre?

-No tenía una idea sobre la maternidad. Mi primera novela, Matate, amor, la empecé cuando mi primer bebé tenía nueve meses. La escribí mientras él dormía, en esos cortes. Dando la teta. Esa novela tiene intrínsecamente que ver con la experiencia de estar sola en el campo con un bebé recién nacido. La estructura, el ritmo y la desesperación del personaje están dados por cómo estaba yo, hay un contagio de la vida a la escritura, de mi estado de ese momento. Estaría mintiendo si dijera que no. De hecho, la escribí porque estaba desesperada. Si tuviera que decir algo sobre la maternidad, diría que antes de eso la idealizaba. Si estás tomando un café y ves a una madre con su hijo en la mesa de al lado, lo que ves es una escena de amor y decís “quiero eso”. La intimidad de la maternidad no se ve. Lo mismo pasa con las parejas, el inside no lo ves. Lo interesante de la maternidad es lo que sucede entre cuatro paredes. Eso es lo que me propuse contar en Matate, amor, en Precoz y en La débil mental.

-De tu estilo han dicho que es “revulsivo, salvaje, áspero, provocador, arriesgado…”, ¿viene con vos o es una búsqueda estética?

-No me propongo provocar, eso sería horrible. Aparte no hay manera. Todo tipo de bravuconadas, de rebeldías, el mercado las aplaude y le encanta porque las vende. Por eso yo no quiero, no estoy de acuerdo con la idea de provocación. Sí me interesa construir y escribir sobre personajes que están al límite, que viven al límite, marginales que odian la ideología que les pretenden inculcar como ideología dominante, que van a contrapelo, eso sí me interesa, pero provocar por provocar no, para nada.

-En una nota reciente dijiste que el hombre actual está a la defensiva, porque sabe que cualquier movimiento que haga puede jugarle en contra, ponerlo en evidencia y ser linchado por eso.

-Sí, nada bueno puede surgir de ahí. Porque esos mismos hombres en la intimidad dicen otras cosas, los he escuchado. Hay una doble moral. Aunque en las nuevas generaciones es distinto. Ayer estuve en una reunión familiar, un hombre grande dijo algo desagradable y un chico de 14 saltó y le dijo “no seas machirulo, deconstruite”. Yo confío en que algo bueno va a salir de todo eso, está instalado en el lenguaje ya. En los hombres de 40, 50, 60 ya no. Esos suelen tener un discurso para el afuera, para aparentar, pero cuando la cámara se apaga su discurso es otro. Hay un estado de tensión entre los géneros, una pseudoguerra no declarada. No está solucionado el problema. Para nada.

Ir Arriba