No se trata de una reseña cinematográfica (hay muchas y muy buenas), sino de una propuesta para regresar a la reflexión más genuina sobre la condición humana, aprovechando una nueva versión de La Odisea. Cuando hablamos de arteterapia, enfocamos las cinco dimensiones de la psicoterapia integrativa (biológica, cognitiva, ecológica, social, espiritual) como el telescopio que, mirando lejos, toca el corazón del sujeto con películas, poemas, cuentos, pinturas, danza, teatro. Arte.
Se acaba de estrenar, a mediados de julio, la nueva aparición de un clásico que tiene casi 3.000 años. La inmortal obra de Homero vuelve a dialogar con el presente en la gran pantalla. Las siguientes líneas no podrían considerarse spoiler, ya que la historia épica de Odiseo es conocida hace siglos. La novedad, en todo caso, está en la mirada que nuestro tiempo le suma a Homero desde la óptica del multipremiado director de cine Christopher Nolan.
Recomendación: ¡no se la pierdan! ¿De qué viene la Odisea? El original es un extenso poema de 12.000 versos. Desarrolla la azarosa vuelta a casa de Odiseo (llamado Ulises en la versión romana). Habla de exilio y regreso. De infortunios y caprichosas intervenciones de los dioses del Olimpo, que actúan a favor, o en contra; a veces son más amables con los pequeños humanos, y, otras veces, más vengativos y crueles.
Las deidades rondan las experiencias de los hombres, se camuflan con ellos, los guían o les proponen encerronas complejas. La mitología griega no tiene altares de divinidades perfectas, sino de dioses cercanos, presumidos, engañosos, que se inmiscuyen en la vida cotidiana, que rivalizan entre ellos y con los comunes mortales.
En ese contexto mítico-religioso, la epopeya narra un largo viaje, plagado de adversidades, de imprevistos, de desafíos ante situaciones extremas: todas como consecuencia de una ofensa contra el patrón de las aguas. El héroe es un navegante, y tropezar con la ira del dios del mar es tener muy mala suerte… Ha participado en la Guerra de Troya durante 10 años, y ya desea volver a su reino, Ítaca. Reunirse con su esposa y su hijo. Penélope lo espera y Telémaco crece sin el apoyo de su padre.
Pero la guerra ha terminado y Odiseo no desembarca en su isla porque el mar se arremolina en su contra y le interpone sirenas, antropófagos, vientos desfavorables, hechiceras, monstruos, el descenso al mundo de los muertos y el peligro de perder la memoria y la conciencia. Le llevará otros 10 años tocar suelo familiar. La soberbia se castiga por una bravuconada que pretende poner por todo lo alto la gloria de su nombre propio, aparece en Odiseo un gesto de orgullo y soberbia descomunales.
Ya a salvo y en su embarcación, grita ser el autor de la ceguera producida al gigante, asume ser quien lo hirió, sin calcular las consecuencias de la “hybris” (la desmesura de la arrogancia). Este hecho conduce al héroe a mil peripecias producto de las maldiciones del dios del mar, Poseidón, que le hará la vida imposible hasta que purgue los delitos cometidos contra uno de sus hijos, el cíclope Polifemo.
Allí se inician los diez años de padecimiento en el oleaje que lo acerca y lo vuelve a alejar de Ítaca. Pero, ¿por qué esta narración épica sigue siendo tan actual? ¿Por qué nos interpela en pleno siglo XXI? Tal vez, porque aunque en contextos históricos -aparentemente- muy diversos, el alma humana sigue intacta.
Los retoques de la civilización y la cultura, así como algunas formas de lidiar con los otros, con las leyes o el poder, apenas han cambiado en estos tres siglos el mapa emocional humano. Todos sentimos el peso de la nostalgia (palabra que significa “dolor por estar lejos de casa”) que se acrecienta en el exilio, conocemos nuestras reacciones desmedidas cuando nos dejamos ganar por la “hybris” que nos encoleriza y torna prepotente nuestras decisiones, sufrimos en la inseguridad, somos vulnerables ante el destino que nos arroja a la intemperie, nos apasionamos y perdemos el rumbo, prometemos lo inalcanzable y mentimos, desafiamos a dios y a la naturaleza…
¿Cómo no comprender las contradicciones de Odiseo? Evidentemente todavía impacta en la psicología humana el mismo repertorio de actitudes y emociones (culpa, ira, vanidad, hostilidad, miedo, soledad, engaños, procrastinación, abandono, violencia, saqueos, irresponsabilidades varias, pasiones contra la dignidad del sujeto, afrentas e injusticias) como si no mediara el tiempo entre aquellas criaturas y nuestro presente.
¿Cómo negar la modernidad de un mito que ha sobrevivido tres siglos? ¿Cómo no advertir que los pueblos sometidos ante la barbarie sufrieron ayer como pueden sufrir hoy? El orgullo desmedido acarrea consecuencias: la hybris se castiga. Y Odiseo pagó con su vagabundeo errante y sorteando amenazas. Pero no todas son noticias funestas en esta obra: también en el Olimpo se premian las virtudes. Y la versión del cineasta C. Nolan lo deja muy en claro.
Las leyes del mundo griego
Cuando visité Atenas por primera vez me sorprendió ver una costumbre natural y puntual: en los bares y restaurantes reciben al viajero con un “botellón de los dioses”, una cortesía de agua fresca para aliviar los efectos del árido paisaje rocoso. La amabilidad y el sentido de hospitalidad son dos puntos clave de la ley de Zeus, el supremo dios. Ser hospitalarios, recibir al desconocido con actitud de servicio, proteger a quien se encuentra lejos de su hogar.
La palabra de raíz latina (hospitalidad) nombra tanto al huésped como al anfitrión en el acto de dar la bienvenida, la atención, la comodidad. Es la regla sagrada: refugio y alimento. En la Grecia clásica ofrecer lo mejor al desconocido que toca la puerta era ley: podría ser un dios disfrazado de mendigo, el propio Zeus probando la eficacia del trato al huésped. La otra ley, ser fiel a la vida virtuosa: la capacidad de agradecer, ejercitar el bien, la belleza, la verdad, la bondad, la nobleza, la justicia.
Homero lo pone en las palabras de Penélope frente a su marido (al que aún no ha reconocido debajo de los trapos de anciano que lo cubren): “Si un hombre es amable por naturaleza, amable en las acciones, sus invitados difundirán su fama en toda la tierra y la gente lo alabará desde su corazón". La vida y el cine El arte es una expresión humana que funciona como espejo, por eso fascina y aterra. Produce catarsis. Purifica y eleva.
La psicología se nutre del arte para atravesar los laberintos humanos y regresar a la homeostasis saludable del cuerpo y el alma. Cada lector, espectador, consumidor de obras artísticas resuena más, resuena menos según su postura ante el tema, o su sensibilidad o las emociones en empatía con la obra. El efecto del arte en cada persona es único y a la vez plural.
Puede evolucionar en el tiempo. Puede fijarse. Siempre deja aprendizajes. El texto de Homero es una de esas creaciones que nos permiten volver a indagar nuestra conciencia. Odiseo es eterno porque la condición humana es la misma ayer y hoy. En la vida como en el cine: dudamos, soñamos, caemos, purgamos deudas, volvemos a caer y en cada experiencia el aprendizaje hace un bucle de mayor conciencia y más coherencia.
En la Edad Media, Dante Alighieri enviará a Odiseo al Infierno de su Divina Comedia por ver en el arquetipo del héroe la representación de los peligros de la inteligencia humana que no respeta la guía moral y divina. Sin embargo, con menos severidad, podemos ver en Odiseo a un hombre sometido a los reclamos de su tiempo, que se aparta para reflexionar y asume sus faltas.
Odiseo pudo elegir la inmortalidad junto a la bella ninfa Calipso, pero opta por el regreso a casa, y esa decisión es posible cuando acepta la intermediación de Atenea, recupera la memoria, acepta quién es, se quita todo ropaje y máscara, escucha a los dioses, asume sus errores, asume su lugar en Ítaca y recupera el único poder valedero: la identidad reestablecida, la integridad como sujeto.
El triunfador de Troya se despoja de las artes de la guerra y vuelve a ser un hombre común: su casa, su esposa, su hijo, su perro (Argos, el longevo y fiel custodio que esperó por 20 años el regreso del amo para despedirse de él antes de morir). Hoy, el fabuloso director que es Nolan viste al valiente y aventurero héroe con sus mejores escudos y lanzas, su astucia y su sentido de aventura, pero es en la desnudez de la conciencia cuando nos muestra al verdadero Odiseo.
Cuando reconoce su humanidad, cuando deja de ser Nadie (como quiso nombrarse al engañar al cíclope). Y asume su identidad, superada la hybris, en la madurez que ofrece la experiencia. Odiseo puede ser todos y cada uno de nosotros, porque el arte tiene la virtud de proponernos suspender la incredulidad de la ficción y de pactar con la obra. En este caso, reversionando la odisea humana de vivir a conciencia: un viaje de aprendizaje que dura toda la vida.

