El regreso de El diablo viste a la moda 2 vuelve a poner en escena a mujeres poderosas, exitosas, exigentes. Mujeres que llegaron. Mujeres que, en apariencia, rompieron el famoso techo de cristal. Pero la pregunta incómoda sigue vigente: ¿y si el límite más difícil de romper no fuera el que nos impide llegar, sino el que nos autoimponemos?
Durante años, el techo de cristal fue una metáfora clara, una barrera invisible que impedía a las mujeres acceder a posiciones de liderazgo. Hoy, ese techo parece haberse agrietado. Hay más mujeres en puestos de decisión, más referentes, más historias que inspiran. Sin embargo, algo persiste.
En mi recorrido para escribir El desafío del hacer, encontré una constante en líderes y protagonistas de distintas industrias: el verdadero límite no siempre está afuera. Muchas veces se transforma. Se vuelve más sutil, más interno, más difícil de identificar.

Aparece en preguntas silenciosas como, por ejemplo, “¿estaré a la altura?”, “¿podré sostener este lugar sin resignar quién soy?”, “¿qué costo personal tiene tomar esta oportunidad?”.
Ese límite que muchas veces nos autoimponemos aparece en tensiones invisibles, entre el desarrollo profesional y la vida personal, entre la autoexigencia y el disfrute, entre el mandato externo y el deseo propio.
Una de las ideas que atraviesa el libro es que quienes logran transformar su realidad “se la juegan”, es decir, toman decisiones alineadas con lo que son, no solo con lo que se espera de ellas. Con lo que les importa y motiva en ese momento personal y profesional. Y ahí hay una clave poderosa, porque hay más oportunidades también de resignificar el valor que creamos con lo que hacemos.
Mirar ese límite que muchas veces nos autoimponemos también puede abrir un proceso interno de autoconocimiento. Cada rol, cada etapa y el contexto tienen su complejidad; aun así, hay preguntas que vale la pena hacernos. Qué queremos, qué nos motiva, qué estamos dispuestas a sostener y qué no, son algunas de ellas.
En muchas historias aparece algo en común: el coraje de cuestionar creencias propias. De dejar de mirar exclusivamente hacia afuera y empezar a escucharse. Ese movimiento, aunque incómodo, es profundamente transformador.

Hoy, las mujeres no solo buscamos llegar. Buscamos llegar siendo nosotras mismas. Y eso cambia todo.
Tal vez el mayor desafío sea animarnos a construir nuestro propio camino sin reproducir estructuras que no nos representan. Liderar sin perder sensibilidad. Crecer sin desconectarnos.
La buena noticia es que algo sí cambió, y ya no estamos solas. Hay redes, hay conversaciones, hay modelos diversos. Y, sobre todo, hay una nueva conciencia.
El techo de cristal, en su versión actual, no siempre se ve. Pero cuando empezamos a hacernos preguntas honestas, a incomodarnos, a elegir con propósito, empieza a resquebrajarse.
Porque, al final, el verdadero desafío no es solo llegar más alto. Es hacerlo en coherencia con quienes somos. Y desde ahí, transformar no solo nuestro propio camino, sino también el de quienes vienen después.
Fuente: Juliana Maiz Casas trabaja en el desarrollo de personas y equipos, acompañando procesos de liderazgo, aprendizaje y transformación organizacional. A lo largo de su trayectoria ha impulsado iniciativas vinculadas al crecimiento profesional, la innovación y la creación de valor en distintos ámbitos laborales. En El desafío del hacer, su primer libro, reúne reflexiones y experiencias que invitan a pensar el liderazgo desde la acción, el propósito y el aprendizaje continuo.

