A veces, el dolor porque alguien ya no está, se esconde en un pasillo de supermercado, en una costumbre que ya no tiene destinatario, en un gesto automático que el cuerpo todavía quiere repetir.
Eso fue lo que contó Saula Benavente a dos meses de la muerte de Luis Brandoni, en una entrevista con Fernando Marín para Proyecto 86, el ciclo de Infobae Studio. Y, entre tantas anécdotas posibles sobre un actor enorme, político, popular y querido, hubo una escena mínima que lo dijo todo: Saula recordó que, cada vez que viajaba, le compraba picantes a Beto.
“A Beto le encantaban los picantes”, contó. Por eso, en cada viaje, ella entraba a un supermercado y buscaba algo nuevo para llevarle. Una salsa, un frasco, un sabor distinto. Un regalo pequeño, doméstico, de esos que no necesitan ceremonia porque pertenecen al lenguaje secreto de una pareja.
Hoy, esa costumbre se volvió ausencia. “El hecho de no comprar ahora algo picante para él es doloroso”, dijo Saula. Y ahí, en esa frase simple, apareció una de las formas más verdaderas del duelo: no extrañar solamente a la persona, sino la vida que una había armado alrededor de esa persona.
Porque Saula también contó que había organizado sus días en función de los horarios de teatro de Brandoni. Las funciones, las rutinas, las casas, los viajes, los tiempos compartidos. “Me está costando desarmar esas costumbres”, reconoció.
La entrevista permitió mirar a Luis Brandoni desde un lugar distinto. No sólo como el actor inmenso, el hombre público o la figura que ya forma parte de la memoria cultural argentina. Saula habló de un Beto cotidiano, gruñón y divertido, sorprendido por su propia popularidad, capaz de no registrar del todo lo que generaba en los demás.
Recordó, por ejemplo, que una semana antes de su internación estuvieron en Punta Cana y, durante una escala en Lima, la gente se acercaba a pedirle fotos. Brandoni, lejos de darlo por sentado, le preguntaba por lo bajo: “Preguntales de dónde me conocen”. También contó que dejaba su teléfono fijo al alcance de todos y que podía atender periodistas a cualquier hora, incluso cuando estaban durmiendo.
Ese rasgo, entre ingenuo y generoso, también apareció en una anécdota que lo pinta entero. Cuando Robert De Niro llegó a la Argentina para filmar y quiso almorzar con él, Brandoni dijo que no podía: ese domingo tenía que ir a comer pastas a lo de Vittorio, su mejor amigo de toda la vida.
No era una pose. Era una manera de vivir. Para Beto, el domingo de fideos con un amigo estaba antes que cualquier estrella internacional. “Para él, Vittorio estaba primero que De Niro”, resumió Saula.
En esa elección también hay una forma de amor: la fidelidad a los vínculos de siempre, a los rituales, a la mesa compartida, a lo que no necesita brillo para ser importante.
Durante la charla, Saula también habló de los prejuicios que debió atravesar por la diferencia de edad entre ellos. Brandoni le llevaba 33 años y ella reconoció que, al comienzo, incluso se sorprendió de sí misma. Se consideraba una mujer moderna, libre, sin mandatos, pero de pronto se encontró incómoda ante la mirada ajena.
Le daba vergüenza que él le tomara la mano en la calle por el “qué dirán”. Hasta que empezó a preguntarse de dónde venía ese prejuicio. Y con el tiempo entendió que lo que la unía a Beto no tenía que ver con la edad, ni con la imagen, ni con lo que los demás pudieran interpretar.
“Fue la primera vez en mi vida que me involucré en una relación donde sentí que me abrazaban”, dijo. Esa frase, quizás, explica mucho más que cualquier definición. Saula encontró en Brandoni una forma de apoyo, de calma, de seguridad. Alguien en quien podía descansar.
También recordó con enorme cariño a Solita Silveyra, compañera de Brandoni en el último tramo de su carrera teatral. Contó que Solita fue fundamental para él y que, cuando lo notó más débil, le transmitió una frase que Saula todavía guarda como un gesto de amor y fidelidad: “Yo con Beto voy hasta el final; la obra se va a hacer mientras Beto quiera hacerla”.
A dos meses de su muerte, Saula no habla desde la solemnidad, sino desde la intimidad. Desde lo que queda cuando se apagan los aplausos: los perros, las tortugas, los gatos, las casas, los diarios, el desayuno, los horarios, los viajes, los frascos de picante que ya no compra.
También contó un sueño que compartía con Beto: tener algún día una vida más cerca de los animales. Ella fantaseaba con un burro y pavos reales. Él, aunque era difícil imaginarlo lejos de los escenarios, se sumaba a esa ilusión. Como pasa muchas veces en las historias de amor, algunas cosas se concretan y otras quedan pendientes.
“Con Beto hicimos muchísimo de lo que queríamos hacer, y otras cosas quedaron pendientes, como siempre pasa en la vida”, dijo Saula.
Tal vez por eso su testimonio conmueve. Porque no intenta convertir el amor en una postal perfecta. Habla de los distintos formatos que tuvo la relación, de los cambios, de los prejuicios, de la compañía, de la enfermedad, de los proyectos compartidos y de esa tranquilidad profunda de sentir que hizo todo lo que pudo.
Y en el centro de todo queda una imagen chiquita, casi invisible: una mujer que entra a un supermercado en un viaje y recuerda que ya no tiene que comprarle picantes al hombre que amó.
A veces, el amor se cuenta mejor así. No desde lo extraordinario, sino desde ese gesto simple que el duelo vuelve inmenso.


