La noticia sacudió al país por completo este viernes por la mañana. Carlos Alberto "El Indio" Solari, una de las figuras más influyentes de la historia del rock nacional, falleció a los 77 años en su casa de Parque Leloir, en el partido bonaerense de Ituzaingó. Sus momentos finales transcurrieron en la exclusiva propiedad donde pasó gran parte de su vida familiar junto a su esposa Virginia y su hijo Bruno, buscando el hermetismo y la tranquilidad que la masividad le disputaba a diario.
Hacía aproximadamente diez años que el cantante convivía con el mal de Parkinson. En ese contexto de cuidado y reserva, ese lugar funcionó como su hogar, sino como la fortaleza definitiva para resguardar su intimidad y mitigar las complejidades de una exposición pública que siempre le resultó difícil de sobrellevar.
Luzbola: un estudio de grabación propio dentro de la propiedad
Uno de los espacios más importantes y emblemáticos de la casa fue Luzbola, el estudio de grabación privado donde el músico trabajó minuciosamente en sus distintos proyectos artísticos. En este búnker musical continuó componiendo, grabando y desarrollando material tanto para su consagrada carrera solista como para Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado y sus proyectos experimentales.

Según distintas entrevistas concedidas a lo largo de las últimas décadas, el estudio se transformó en un espacio fundamental de su día a día. Pasaba allí largas horas dando rienda suelta a la creatividad, aumentando aun más el legado que fuera muestra de su talento.
Ovejeros alemanes y sistemas de vigilancia: la obsesión por la seguridad
Con el paso de los años, Solari manifestó en varias oportunidades su profunda preocupación por la seguridad y por las dificultades logísticas que le generaba la enorme popularidad alcanzada desde su etapa al frente de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Para garantizar la calma de los suyos, la propiedad fue equipada con estrictos sistemas de vigilancia y perros de guardia.
El propio músico había relatado públicamente que prefería los ovejeros alemanes por su notable capacidad de protección y fidelidad para la compañía cotidiana. Las medidas de resguardo no se limitaban a la imponente infraestructura verde de la quinta; era habitual que el artista intentara pasar desapercibido cada vez que cruzaba los límites de su hogar utilizando gorras, anteojos oscuros y distintas prendas destinadas a evitar ser reconocido por las calles del barrio.

El dilema de la exposición y el deseo de anonimato
La vida de Solari en Parque Leloir estuvo signada por una reducción considerable de sus apariciones públicas, eligiendo una dinámica diaria mucho más pacífica y completamente alejada de los grandes eventos sociales. Su esposa, Virginia, también relató en distintas oportunidades las severas complicaciones que implicaba para el artista desplazarse por espacios públicos en Argentina debido al permanente reconocimiento de sus seguidores.

Aunque la residencia de Ituzaingó representaba su principal trinchera, el cantante expresó en varias entrevistas su particular afinidad por la ciudad de Nueva York. Según sus propias palabras, la gran manzana le otorgaba la posibilidad única de caminar con total libertad por la calle junto a su familia sin ser identificado constantemente. Esa placentera sensación de anonimato contrastaba de manera drástica con la pasión de su público seguidor, que transformó su música en ritual y, a partir de ahora, su figura en un prócer de la cultura popular.

