“Nos enfrentamos a la comida cuatro veces por día, todos los días”. La frase aparece apenas empieza la conversación y, de alguna manera, resume la mirada de Sofi Pittaluga sobre la nutrición. Porque para ella comer nunca fue solamente una cuestión de nutrientes o elecciones saludables: detrás de cada plato también hay historias, costumbres, emociones y vínculos.
Licenciada en Nutrición, tiene 25 años y una comunidad que creció al encontrar en sus redes una forma diferente de hablar sobre alimentación. Lejos de los mensajes rígidos, las prohibiciones y las respuestas rápidas, Sofi propone una mirada más flexible, donde el bienestar no pasa por alcanzar una supuesta perfección sino por construir hábitos que puedan sostenerse en el tiempo.
Hija de médicos, criada en San Isidro y hoy viviendo junto a su pareja, cuenta que cada paciente que llega al consultorio también transforma su propia manera de entender la alimentación. Esa escucha permanente atraviesa su trabajo y también la forma en que comunica en redes: buscando abrir preguntas más que imponer respuestas.
En esta charla con Para Ti, Sofi Pittaluga habla sobre el peso de los mandatos que todavía atraviesan a las mujeres, la responsabilidad de comunicar salud en plataformas donde muchas veces ganan los extremos y la importancia de reconciliarse con una parte tan cotidiana como esencial de la vida: la comida.

"Estoy en constante evolución"
— ¿Cómo te gusta presentarte cuando alguien te pregunta quién sos y qué hacés?
— Antes que nada, diría que soy una mujer que está aprendiendo todo el tiempo. Siento que estoy en una evolución constante, tanto a nivel personal como profesional.
Soy licenciada en Nutrición, que es lo que más amo en el mundo, y tuve la suerte de combinar esa profesión con la creación de contenido, algo que también me apasiona porque me permite conocer mujeres, escuchar historias y acompañarlas desde otro lugar.
La alimentación nos atraviesa cuatro veces por día, todos los días. No es solamente una cuestión energética: también habla de nuestros vínculos, del placer, de la cultura y de cómo nos relacionamos con nosotros mismos.
Por eso me gusta decir que trabajo con la conducta alimentaria. No soy una nutricionista que solamente dice qué comer. Me interesa entender qué lugar ocupa la comida en la vida de cada persona.
Del consultorio a las redes
— La creación de contenido llegó incluso antes que el título universitario. ¿Cómo fue ese camino?
— Sí, fue antes. Abrí mi cuenta en 2022 y me recibí al año siguiente.
Me acuerdo de que uno de mis primeros videos virales fue durante el Mundial de Qatar. Hoy, que estamos viviendo otro Mundial, pienso: "Qué increíble todo lo que pasó en tan poco tiempo".
En ese momento todavía estaba cursando el último año de la carrera, haciendo las prácticas en el Hospital Pirovano. Era un año muy intenso y empecé a mostrar ese proceso en Instagram.
Siempre tuve muy claro que, mientras no fuera licenciada, no correspondía dar consejos nutricionales. Compartía recetas, entrenamientos y mi día a día como estudiante, pero esperaba recibirme para empezar a comunicar desde un lugar profesional.
Cuando llegó ese momento, sentí que todo cobraba otro sentido.

"Cada paciente termina siendo una maestra"
— Decís que tus pacientes te enseñan mucho. ¿Qué aprendés de ellos?
— Todo el tiempo aprendo.
Muchas veces me veo reflejada en sus historias porque somos mujeres que, en algún momento, tuvimos algún conflicto con nuestra imagen o con la comida.
Obviamente, el consultorio no reemplaza una terapia psicológica, pero existe algo que se llama terapia nutricional y ese es el enfoque con el que más me identifico.
Cada historia es distinta, aunque muchas compartan un mismo trasfondo.
Hay personas que atraviesan situaciones muy complejas y otras que viven esos conflictos de manera más leve. Pero con todas puedo empatizar porque entiendo que la relación con la comida nunca es solamente la comida.
"La comida es mucho más que energía"
— En tu trabajo hablás mucho de la parte emocional de la alimentación. ¿Por qué elegís ese enfoque?
— Porque siento que cuando hablamos de comer sano no podemos quedarnos solamente en los hidratos, las proteínas o las grasas.
La comida representa muchísimo más.
Es mucho más saludable compartir un plato de fideos en la casa de tu abuela que quedarte sola en tu casa comiendo una ensalada con pollo si eso significa perderte un momento importante.
La alimentación también es cultura, familia, vínculos, placer y emociones.
No está mal que un día estés triste y digas: "¿Sabés qué? Me voy a comer un chocolate".
Otra cosa muy distinta es cuando la comida pasa a ser un castigo, una compensación o una forma de anestesiar lo que sentimos. Ahí ya estamos hablando de otra situación.
En el consultorio intento que cada paciente entienda que yo soy una guía, pero que quien toma las decisiones es esa persona. No existe una única manera correcta de comer.
Sí puedo acompañar, orientar y enseñar a armar un plato completo, pero siempre desde la flexibilidad.
Para mí hay una palabra que resume todo: satisfacción. Porque si no disfrutamos lo que comemos, en algún momento ese plan se rompe.
Nadie puede sostener una alimentación basada únicamente en la restricción.

El error que más se repite
— Si tuvieras que señalar el conflicto que aparece con más frecuencia en el consultorio, ¿cuál sería?
— La restricción. Es muy común escuchar: "Llega la tarde y no puedo parar de comer cosas dulces".
Muchas personas creen que tienen una adicción al azúcar, pero cuando empezamos a mirar cómo vienen comiendo durante el día encontramos otra explicación.
Hace poco una paciente estaba convencida de que era adicta al dulce. Sin embargo, hacía ayuno durante toda la mañana. Era lógico que, cuando llegara la tarde, tuviera la necesidad de comer de manera compulsiva.
Muchas veces el problema no es la persona. El problema es toda la restricción que viene sosteniendo. Por eso digo que la restricción y el descontrol son dos caras de la misma moneda.
"Comunicar también es una responsabilidad"
— En redes sociales conviven información muy valiosa con muchísima desinformación. ¿Cómo hacés para que tu mensaje no se pierda en ese ruido?
— Al principio me enojaba mucho cuando veía ciertos contenidos, sobre todo de personas que no son profesionales de la salud. Pero con el tiempo entendí que también hay nutricionistas que trabajan con públicos muy distintos y comunican desde lugares diferentes.
Lo que sí me preocupa es el intrusismo: cuando alguien habla de nutrición sin tener formación. Ahí sí siento que hay una responsabilidad muy grande.
Después, también creo que como usuarios tenemos que aprender a educar nuestro algoritmo y elegir bien a quién seguimos.
No todo contenido es para todo el mundo.
Hay mensajes que quizás a una persona le sirven y a otra pueden hacerle mucho daño.
Por eso intento ser muy cuidadosa con lo que comunico.
Yo también fui una persona muy autoexigente, incluso con la comida. Como sé lo que se siente vivir desde ese lugar, intento que mi mensaje nunca alimente más culpa.

"Yo también cambié mi manera de comunicar"
— ¿Sentís que tu forma de comunicar fue cambiando con el tiempo?
— Muchísimo.
A veces miro videos que hice hace dos o tres años y pienso: "Hoy esto lo diría distinto".
Y me gusta que pase, porque significa que sigo aprendiendo.
Cada paciente termina siendo una maestra para mí.
Hay situaciones que me hacen tomar conciencia de cosas que antes decía con total naturalidad.
Por ejemplo, el talle de la ropa.
A mí nunca me afectó demasiado cambiar de talle porque siempre entendí que depende de cada marca y que eso no dice nada sobre quién soy.
Pero descubrí que para muchas personas sí es un tema muy sensible.
Entonces hoy, si estoy mostrando un look o hablando de ropa, quizás elijo no decir qué talle uso.
Son pequeños detalles que para una persona pueden parecer insignificantes y para otra tener muchísimo peso.
Ese aprendizaje me lo dieron mis pacientes.

Más allá del consultorio
— Escuchándote hablar, da la sensación de que tu forma de comunicar va mucho más allá de las redes. ¿Te imaginás llevando la nutrición a otros espacios?
— Me encantaría.
Hace poco tuve la oportunidad de dar una charla en un hospital y disfruté muchísimo la experiencia.
Siento que la nutrición tiene muchísimo para aportar fuera del consultorio.
En empresas, colegios, oficinas...
Muchas veces con pequeños cambios o con una conversación ya podés ayudar a que las personas vivan la alimentación con menos culpa.
Imaginate una oficina donde alguien lleva facturas para compartir.
La idea no debería ser pensar "yo no puedo comer una medialuna", sino aprender a relacionarnos con la comida desde un lugar mucho más relajado.
Creo que todavía hay mucho trabajo por hacer en educación alimentaria y me entusiasma formar parte de ese cambio.

"Estoy aprendiendo a descansar en mi propio éxito"
— En tus redes mostrás mucho de tu trabajo, pero también compartís parte de tu vida cotidiana. ¿Cómo encontraste ese equilibrio?
— Creo que tiene mucho que ver con un trabajo personal que vengo haciendo hace años.
Siempre fui muy autoexigente.
Con la facultad.
Con el trabajo.
Con la comida.
Con todo.
La terapia me ayudó muchísimo a empezar a aflojar esa exigencia y a entender que también está bien disfrutar de las cosas simples.
Salir a caminar.
Ir a tomar un matcha.
Entrenar porque me hace bien y no porque tenga que cumplir un objetivo.
Compartir tiempo con mi pareja, con mi familia o con mis amigas.
Hoy valoro muchísimo esa tranquilidad.
Las redes sociales, a veces, hacen que todo parezca medirse por números.
Seguidores.
Likes.
Métricas.
Y cuando además trabajás con marcas, esas métricas también forman parte de tu trabajo.
Hubo momentos en los que un video que no funcionaba como esperaba me hacía sentir que había hecho algo mal.
Hoy intento mirar las cosas desde otro lugar.
Mi mayor satisfacción no pasa por un reel que tuvo más reproducciones.
Pasa por una paciente que vuelve y me dice que mejoró su relación con la comida.
Ahí entiendo que estoy haciendo lo que quiero hacer.
Estoy aprendiendo a descansar en mi propio éxito.
Y eso cambió muchísimo mi manera de vivir las redes.

"No quiero ser Lionel Messi de las redes"
— ¿Sentís que también cambió tu relación con la exposición?
— Sí.
A veces pienso: "Pará... yo tampoco quiero ser Lionel Messi de las redes".
No busco que todos mis videos tengan millones de reproducciones ni convertirme en una celebridad.
Me gusta construir una comunidad más chica, pero en la que realmente pueda generar un impacto.
Porque cuando algo se vuelve demasiado masivo también aparece el hate.
Y eso también me tocó vivirlo.
Recibir comentarios hirientes duele.
Pero con el tiempo aprendés a poner las cosas en perspectiva y a entender que muchas veces esos comentarios hablan más de quien los escribe que de vos.
También esa es una parte del trabajo que nadie te cuenta cuando empezás a crear contenido.

"Siempre va a haber una nueva meta"
— ¿Qué te gustaría que se llevaran las mujeres que te siguen o que lean esta entrevista?
— Me gustaría que entendieran que no hace falta tener todo resuelto.
Vivimos creyendo que cuando logremos determinada meta vamos a sentirnos completas.
Pero siempre aparece una nueva.
Y otra.
Y otra más.
Como mujeres sentimos que tenemos que cumplir con todo al mismo tiempo.
La carrera.
El trabajo.
La pareja.
La familia.
Ahora también las redes sociales.
Es muchísimo.
Por eso creo que también hay que aprender a confiar.
A entender que cada persona tiene sus tiempos.
Yo creo mucho en eso.
En que las cosas llegan cuando tienen que llegar.
Y que si algo no fue, probablemente era porque no tenía que ser.
Mientras tanto, intento recordarme todos los días que ya soy suficiente.
Y que el verdadero éxito no siempre es el que muestran las métricas.
A veces el éxito también es poder vivir con más calma.
Fotos: Sol Iurcovich
Arte digital: Roshi Solano