Hay un horno en el taller de Ayelén Maite Pellettieri que guarda una historia anterior a sus primeras piezas. Lo compraron juntas su mamá y su abuela cuando empezaron a explorar la cerámica. Hoy sigue acompañándola en su trabajo: en él se cuecen los objetos de Les Martées, la marca con la que encontró su propia manera de continuar esa historia familiar.
Antes de los cuencos y las jarras estuvieron las flores de seda para los ramos de novia, los bordados y las tortas de cumpleaños hechas en casa. Su abuela era modista de alta costura; su mamá estudiaba arte y hacía esculturas. Ayelén creció entre esas manos que transformaban materiales y, mientras las veía trabajar, recibía un pedacito de arcilla para jugar. Sin saberlo todavía, empezaba a encontrar un lugar al que volvería muchas veces.

Probó otros caminos, estudió, trabajó en moda y gastronomía. Pero la cerámica seguía apareciendo como un refugio. Hasta que pudo reconocer que quería hacer de ese amor su vida: crear objetos para acompañar lo cotidiano y enseñarles a otros a descubrir lo que pueden hacer con sus manos.
Su primera participación en Puro Diseño junto a su pareja, Agustín Nahuel Murúa, tuvo algo de celebración y de agradecimiento. Al registrar lo vivido, pensó en su mamá y en su abuela, en lo que le habían enseñado y en la sensibilidad que ahora se animaba a mostrar. En esta charla, Ayelén recorre ese camino: el de una mujer que tomó una herencia familiar y le dio una forma propia.
—Detrás de Les Martées hay una historia de tres generaciones de mujeres vinculadas con la cerámica y los oficios. ¿Cómo comenzó esa tradición familiar?
—La primera en enamorarse de la cerámica fue mi mamá. Mi abuela era modista de alta costura y hacía vestidos de novia, pero siempre le llamó la atención todo lo manual. Nació en Larroudé, un pueblo de La Pampa, y junto con mi bisabuela tejían medias, hacían ropa y arreglaban prendas.
Mi bisabuelo hacía trabajos escultóricos para bóvedas, como los ángeles que se colocaban arriba, y después empezó a dedicarse a construir casas. En esa familia, mi abuela aprendió el oficio de costurera y modista, y fue explorando otras técnicas.
Recuerdo que, cuando era chiquita, hacíamos flores para los ramos de novia. Se usaban matrices calientes para darles forma a las telas de seda. A mí me ponían a armar las florcitas o a separar los colores, como un juego.

Mi mamá estudió artes visuales en la Cárcova y en la Prilidiano Pueyrredón, y empezó a hacer escultura. Así se interesó por la cerámica y le propuso a mi abuela comprar un horno juntas. Ese es el horno que hoy tengo en mi taller y con el que empecé a trabajar.
Juntas comenzaron a descubrir el modelado, la escultura y la búsqueda artística a través de la cerámica.
—¿Qué hacía cada una y en qué se diferencia tu trabajo del de ellas?
—Mi abuela hacía muchos cursos: pintura en seda, pintura de platos de porcelana… También empezó a investigar cómo hacer muñecos de porcelana y fue al taller de una señora japonesa. Hacía las caritas y las manos; el resto del cuerpo era de tela. Después les confeccionaba unos vestidos muy trabajados, con todo su conocimiento de costura.

Era fanática de hacer flores. En casa tenemos unos marcos con rosas de cerámica que pintó con esmaltes nacarados y dorados. Le gustaban mucho el brillo, el glamour y ese universo un poco kitsch.
Mi mamá tuvo un recorrido más escultórico: trabajar desde un bloque, buscar la forma, explorar lo orgánico. También experimentaba con terminaciones que imitaban el mármol.
Las dos tenían una búsqueda más artística y decorativa. No buscaban hacer objetos utilitarios. Ahí es donde aparezco yo: desde chica quería hacer cuencos y cosas que pudieran usarse todos los días.
—¿Cómo recordás tu primer acercamiento a la arcilla?
—Crecí en una casa que era también un taller de arte, donde se hacía de todo: ropa, escenografías, trabajos para las clases de plástica de mi mamá y, cada tanto, modelado en arcilla.
A veces me daban un pedacito de arcilla para que jugara y no interrumpiera el trabajo de las demás. Yo quería hacer un cuenquito para usar en la cocinita. Mi búsqueda ya estaba puesta en recrear esos objetos que veía en la cocina.
Mi abuela falleció cuando yo tenía diez años, así que no estuvo en la etapa en la que empecé a estudiar. Más adelante, mi mamá me llevó a un taller de cerámica en un centro de formación no formal de Flores, al que íbamos una vez por semana.
Después empecé a estudiar en la Escuela Municipal de Cerámica de Avellaneda. Salía de la secundaria, me tomaba un colectivo hasta Constitución y otro hasta la escuela. Hice una formación como auxiliar de alfarería y también un curso de vitrofusión.

Incluso hicimos con mi mamá los souvenirs de mis quince: unas hadas con alas de vitrofusión. Ella también hace vitró y me ayudó a resolver la parte de la soldadura.
—¿Siempre supiste que querías dedicarte a la cerámica o exploraste otros caminos?
—Exploré un montón. Al terminar la secundaria quería estudiar Diseño de Indumentaria. Hice y terminé el CBC, y también me anoté en una tecnicatura de diseño y costura. Tenía muy presente un libro de mi abuela, con el que ella daba clases y preparaba a otras personas para rendir exámenes de costura.
Pero, mientras cursaba en la FADU, empecé a notar que muchas de las personas que conocía dibujaban, diseñaban y creaban prendas, pero no cosían. A mí me interesaba especialmente el oficio, el contacto directo con la materia, lo manual y lo táctil.
Sentía que estaba acercándome al diseño desde un lugar que me gustaba, pero que no terminaba de satisfacerme. Entonces volvía a la cerámica como a un refugio. Algo que había empezado como un entretenimiento, de pronto, empezó a convertirse en mi vida.
Al principio regalaba las piezas a familiares y amigas. Ellos me decían: “Esto que estás haciendo está buenísimo. ¿Por qué no te dedicás a esto?”. Ese apoyo fue muy importante.
En el medio tuve muchísimos trabajos. Fui vendedora de ropa en distintas marcas, trabajé en el Alto Palermo y tuve la suerte de trabajar con las hermanas Oreiro. Ahí pude ver cómo se gestaban ideas y cómo una sensación podía traducirse en una prenda. También había personas que me decían que mis piezas transmitían cosas, como yo veía que sucedía en las grandes marcas.
Trabajé bastante tiempo en gastronomía, pero siempre aparecía esa sensación de: “Es parecido a lo que busco, pero no es por acá”. Hasta que volví a la cerámica.
—¿Cómo siguió tu formación y qué lugar ocupa hoy la docencia?
—Estudié la tecnicatura en cerámica y después el profesorado de Artes Visuales con orientación en Cerámica. Hoy trabajo en el Fernando Arranz: tengo una cátedra de Arte y Gráfica Aplicada a la Cerámica y también trabajo en Modelado IV, una de las últimas materias de la carrera. Ahí los estudiantes intervienen el espacio público con piezas de grandes dimensiones o con múltiples objetos.
Mi mamá había estudiado artes visuales, pero su acercamiento a la cerámica fue más exploratorio. En mi generación apareció una formación académica específica y una búsqueda más técnica, vinculada con diseñar objetos para un uso.
Cuando terminé el profesorado, pude decir: “Es por acá. Me gusta enseñar, me gusta hacer cerámica y quiero transmitir todo ese amor por los oficios que recibí”.
—¿Qué aprendiste de las mujeres de tu familia y qué sigue vivo de ellas en tus piezas?
—Me transmitieron muchísimas herramientas. Vi a mi abuela hacer desde bordado japonés hasta tejido en cintas y ramos de novia. Mi mamá también hace un poco de todo. Todo eso me conforma y me dio una mirada sensible hacia los gestos que se pueden crear y transmitir a través de una pieza.
Siempre digo que tengo dos polos: el sensible, que viene de la herencia familiar, y el técnico, que viene de la formación. Cuando una se pone muy técnica, piensa, por ejemplo, que si una jarra no vierte bien el agua, deja de cumplir su función. Pero también está todo lo que esa jarra puede transmitir.
Además, con mi mamá y mi abuela cocinamos muchísimo. En los cumpleaños hacíamos todo: la torta, los canapés… Había una tradición muy fuerte del hacer y de compartir. Mi búsqueda de objetos utilitarios también nace de ahí.

—Una de las piezas que más llamó la atención en Puro Diseño fue la servilleta de cerámica. ¿Cómo surgió?
—Mi abuela era fanática de bordar y a mi mamá también le encanta. Entonces quise revalorizar esa costumbre y transformarla en un objeto cerámico que pudiera tener una función utilitaria o decorativa.
Para nosotras era resignificar algo muy sensible. Pero no imaginé que la respuesta de la gente iba a ser tan significativa, ni que esa pieza les iba a provocar una emoción parecida a la que siento cuando veo un pañuelito bordado de mi abuela o un bordado de mi mamá.
Poder transmitir algo tan femenino y tan sensible fue muy emocionante.
—¿Qué buscás generar con los objetos de Les Martées?
—Quiero generar un lugar acogedor en la casa de cualquier persona. Que alguien se siente a comer en un plato que le gusta y sienta gratitud, o que esté cocinando, ponga un huevo en un cuenco y piense: “Qué hermoso esto que estoy generando”.
Que esa belleza no sea solamente algo que ve en un video de una red social, sino que pueda hacerla real en su casa, desde las pequeñas cosas.
Para mí, mi casa siempre fue un refugio: un lugar seguro y lindo donde cocinar, comer, compartir y estar con otros. Les Martées nace también de ese deseo de acompañar la vida cotidiana, de hacer más linda una casa a través del color y de las formas.
—¿Cómo nació la marca y de dónde viene su nombre?
—Tuve un primer emprendimiento más informal que se llamaba Al Barro Vamos, por la idea de que “del barro venimos y al barro vamos”. Vendía en una plaza cercana a mi casa y, en ese momento, decidí dejar los trabajos en locales de ropa y dedicarme a vender mis piezas en ferias.
Eso me abrió muchas puertas y me permitió conocer gente, pero con el tiempo sentí que el nombre ya no representaba mi historia. Empecé a pensar de dónde venía mi vínculo con la arcilla y aparecieron estas tres generaciones de mujeres, como tres alquimistas, tres magas o tres brujas.
Investigando esas historias, me encontraba muchas veces con el nombre Marta. Además, tenía un chiste con una compañera de trabajo: en vez de llamarnos por nuestros nombres, nos decíamos Marta y Mabel. Yo era Marta. Entonces pensé en ponerle Las Martas, pero encontramos que ya había marcas con ese nombre en distintos rubros.
Una amiga que era directora de arte propuso jugar con “Les”, desde una idea más inclusiva, que no hablara solamente de nosotras tres, sino que pudiera abrirse a toda la familia y a otras personas.
En ese momento yo ya daba talleres con merienda, un sábado por mes. Entonces también apareció la idea de darle una impronta francesa, de vincular esa historia de las tres alquimistas con una especie de pâtisserie y cerámica. Así nació Les Martées y me sentí mucho más cómoda con el nombre.
Los colores de la marca estuvieron presentes desde el principio: el bordó, el mostaza, después algunos rojos, rosas y lilas. Fuimos jugando dentro de ese universo.
—¿Qué otros intereses propios fuiste sumando a esa herencia familiar?
—Siempre me llamó mucho la atención la estampa. Mi abuela y mi mamá pintaban en seda, y mi mamá trabajaba con esténciles y superposiciones de planos de color. También hizo durante mucho tiempo papel reciclado, con el que armaba cuadros con bloques de color y relieves.

A mí empezó a interesarme la serigrafía para imprimir sobre esos papeles. Después conocí el trabajo de Graciela Olio, una gran referente del arte gráfico aplicado a la cerámica, a través de Gloria Rodríguez, una profesora de mi formación.
Gloria daba la cátedra que hoy doy yo. Un año antes de cursar su materia ya iba a preguntarle cosas y ella me compartía información. Así empecé a investigar y hoy aplico parte de ese recorrido en algunas piezas.
También tengo muchas ganas de hacer obra y salir un poco del objeto utilitario. Siento que hay una historia detrás de esa sensibilidad que quiero seguir explorando. Hay una parte artística que muchas veces queda dentro del taller y que todavía me cuesta mostrar.
—Esta fue tu primera participación en Puro Diseño. ¿Cómo viviste la experiencia?
—Fue un sueño cumplido. Iba a Puro Diseño desde chica con mi familia y, después, con mis amigos de la FADU. Durante un tiempo dejé de ir porque me angustiaba: me preguntaba por qué no me creía capaz de estar ahí.
Me llevó tiempo crecer, madurar y encontrar constancia. A veces una cree que no tiene éxito, pero tampoco tiene claro qué quiere o no sostiene esa búsqueda. Para mí fue importante reconocer que quería trabajar de lo que me gusta y vivir de mi sensibilidad.
Una amiga que tiene una marca de ropa, Vaticana, siempre me decía: “Vos tenés que estar acá”. El año pasado fui a verla, recorrí la feria, miré qué pasaba con la cerámica y charlé con otros productores y diseñadores. Entonces dije: “Bueno, me animo”.
Presenté los productos a la evaluación y quedé seleccionada. Ahí pensé: “Listo, ya no te podés escapar”. Empecé a imaginar el stand con unos siete meses de anticipación: cómo iba a ser, dónde iba a poner las cosas… Tenía mucha inseguridad, pero lo viví como un sueño hecho realidad.
Durante los tres días no sentí el cansancio. Recién después pude registrar todo lo que había pasado y todas las personas con las que había hablado.
—¿Qué fue lo que más te emocionó?
—Agradecerles a mi abuela y a mi mamá por enseñarme a no bajar los brazos, a ser una mujer auténtica, a creer en mí y a confiar en que esa sensibilidad es algo bueno que tiene que salir al mundo.
También me emocionó encontrar a otras personas que están viviendo de su sensibilidad y de lo que las hace felices.
Me costó veinte años animarme a mostrar la marca en un lugar así. Había algo del cuidado de quedarse adentro, de lo casero, y también una pregunta que tiene que ver con la autoestima: “¿Qué pasa si me va bien? ¿Y si funciona? ¿Estoy lista para seguir creciendo?”.
Gracias a la terapia, al coaching y a las buenas personas que me rodean —mi familia y mis amigos— pude animarme y decir: “Quiero enseñar, quiero ser ceramista y quiero transformar toda esta tradición en mi propia versión”.
—¿Qué es lo que más te gusta de trabajar con las manos y transformar la arcilla en un objeto?
—Que la arcilla tiene sus propios tiempos y no se la puede apurar. Hay un proceso químico y, al mismo tiempo, posibilidades infinitas de experimentación.
Puedo estar haciendo una producción de vasos y, mientras tanto, pensar en modificar un color, cambiar una forma o trabajar un bloque de arcilla para hacer algo más artístico. Todo puede suceder en el mismo lugar, con el mismo material y las mismas herramientas.
Refugiarme en esa búsqueda inagotable me parece un tesoro. También hay una red enorme de otros ceramistas que están investigando y experimentando. Esa posibilidad de cambiar y transformar constantemente es lo que más me atrae.
Por supuesto, hay que tener un orden y tratar de focalizar, justamente porque las posibilidades son tantas.
—Además de crear piezas, ofrecés experiencias con vino o merienda. ¿Cómo surgió esa propuesta?
—Empezó con la idea de hacer una merienda diferente. A veces te juntás con una amiga y las dos están muy estresadas, o querés festejar un cumpleaños y buscás algo distinto. Entonces pensé: “¿Y si, además de reunirnos, compartimos una experiencia?”.
También fui probando en mis propios cumpleaños: les daba un pedazo de arcilla a los invitados para ver qué pasaba. De pronto cada persona tenía su momento de introspección o descubría un talento que no conocía.
Acercarle un material tan noble a alguien que en su vida cotidiana trabaja con otras cosas me abrió mucho la cabeza. No hace falta que después se dedique a la cerámica: puede simplemente disfrutar un momento y llevarse una pieza que lo recuerde.
Ahí también se unió todo lo que había aprendido en gastronomía y en eventos: pensar los tiempos, organizar una propuesta y generar un encuentro que después pudiera volverse más descontracturado.
Al principio cada persona modelaba desde cero. Yo daba la clase y, a veces, mi mamá me ayudaba con las meriendas o alguien me acompañaba a registrar la experiencia.
—¿Cómo acompañás a quienes llegan convencidos de que no tienen habilidad para lo manual?
—Muchísimas personas llegan diciendo: “No sé nada de cerámica, soy malísima con las manos”. Y después terminan haciendo algo que les gusta un montón.
También ofrecemos piezas premoldeadas, sobre las que pueden agregar o quitar material, o simplemente pintar. Hay gente que disfruta más de pintar que de modelar. Me interesa dar esas opciones para que nadie se vaya frustrado o triste porque su pieza no le gustó.
Algunas personas conectan enseguida con la actividad y otras necesitan más tiempo para soltar lo que traen del día. Hay quienes al final me dicen: “Me voy como si hubiera estado en una clase de yoga, pero me costó un montón desconectarme”.

—¿Qué descubriste sobre la capacidad de la cerámica para reunir personas y generar momentos compartidos?
—Que la charla suele aparecer naturalmente. Después de una hora y media, cuando ya incorporaron la información y están trabajando, empiezan a conversar de otros temas.
Además, cuando vienen a buscar las piezas suele generarse otro encuentro. A veces me cuentan: “Nos volvimos a juntar a tomar un vino e hicimos la picada en nuestros cuencos”. La pieza conserva algo de esa reunión y también da lugar a otras.
Después empezamos a sumar propuestas con amigos de la gastronomía. Un amigo que hace sushi quería probar cómo lanzar su proyecto y armamos una experiencia de sushi y cerámica. Con una amiga chocolatera hicimos una cata de chocolate en la que pintaron bandejas.
Si bien el taller nace de una herencia familiar, me interesa mucho esa fusión con otras personas y otros rubros que pueden acompañarse a través de la cerámica.
—En un mundo donde todo parece ir cada vez más rápido, ¿qué te enseñó este oficio sobre los tiempos y la paciencia?
—Que, aunque te da posibilidades infinitas de volar y experimentar, el material también te trae a la tierra.
Podés hacer un vaso un día en el que estás contenta y al día siguiente encontrarte con que no te sale. O puede salir mal una pieza y aparecer el enojo o la angustia.
Aprender a transitar esa frustración con más liviandad es parte del trabajo. A veces hay que reconocer que no es el momento, tomar distancia y dedicarse a otra tarea: limpiar, ordenar el taller o revisar el Excel.
La cerámica tiene sus propios tiempos y te obliga a respetarlos.
—¿Y qué te enseñó sobre la vida?
—Que no tenemos el control de todo y que, aun así, tenemos una capacidad enorme de crear. Siempre les digo a los alumnos del profesorado que somos grandes manifestadores de objetos: algo que pensamos termina convirtiéndose en una pieza o en una obra.
Me pregunto qué sucedería si pusiéramos al servicio de nuestros pensamientos toda esa energía con la que construimos.
También aprendí que una pieza puede transmitir lo que nos está pasando y que no tiene por qué ser siempre linda y prolija. A veces puede ser un bollo destruido que simbolice una opresión. Eso también tiene un lugar.
Y hay una parte técnica que no se puede dejar de lado. A veces se romantiza mucho el trabajo: “Hace piecitas”, dicen. Pero podés pasar quince días, un mes o cuatro meses trabajando en algo y que salga del horno en dos pedazos porque falló alguna parte de la construcción.
Ahí todo ese romanticismo se cae al piso. El aprendizaje es no enojarse con el quehacer y poder seguir desde el amor por lo que una hace.
—Si pudieras sentarte con las mujeres de tu familia y mostrarles lo que hoy es Les Martées, ¿qué te gustaría decirles?
—Les diría que el amor y la ternura también forman parte de la cerámica, que una persona puede demostrar su amorosidad en cada pieza.
Y les diría: “Lo logré. Vivo del arte y no tengo que tener otro trabajo que no esté relacionado con la cerámica”.
También les diría que no tengan miedo y que crean en sus convicciones. Ellas me enseñaron lo que significa ser una mujer poderosa y emprendedora. Eso me fortaleció muchísimo y lo vi en cada uno de sus pasos y de sus acciones.
Las invitaría al taller, les haría un café y un budín rico —mis alumnas siempre me dicen que me sale rico— y me sentaría con ellas a hacer cerámica.
—¿Qué deseás para las próximas generaciones?
—Que, si lo desean, sigan con el legado. Y, si no lo desean, que salgan a buscar su propio camino. La cerámica siempre va a tener la puerta abierta para ellas.
—Si tuvieras que elegir algo que heredaste de las mujeres de tu familia, más allá de la cerámica, ¿qué sería?
—La cocina y el don de dar amor a través del alimento y de cada receta. También la alegría de rodearme de buenas personas.
Pero, sobre todo, confiar en la intuición. Esa confianza en una misma, en saber por dónde sí y por dónde no.
A veces una no escucha esa voz interior y toma otros caminos. Yo les agradezco a mis ancestras que me hayan dado la posibilidad de escuchar esa voz que sale del corazón y que siempre me está diciendo cómo mejorar y cómo seguir.

