En el corazón de Flores, sobre la plaza Pueyrredón, se levanta la Basílica de San José de Flores. Su presencia forma parte del paisaje cotidiano del barrio, pero también de una historia que trasciende lo local.
En una nueva edición de Historias de Cemento, junto a Cementos Avellaneda, recorremos un edificio que combina arquitectura, comunidad y un hecho que marcaría la vida de Papa Francisco.

La Basílica de San José de Flores y su arquitectura
El origen de la Basílica de San José de Flores se remonta a comienzos del siglo XIX, cuando la zona empezaba a consolidarse como núcleo urbano. En ese contexto, la familia de Ramón Francisco Flores donó tres manzanas destinadas a la futura iglesia, la plaza y los mataderos públicos, sentando las bases del desarrollo del barrio.
En 1806 se erigió el curato San José de Flores y se construyó una primera capilla de adobe, madera y paja. Con el paso del tiempo y el crecimiento de la comunidad, ese espacio fue reemplazado por nuevas edificaciones hasta llegar al templo actual, inaugurado en 1883.
El edificio actual presenta una arquitectura de estilo ecléctico, con influencias neorrománicas y neogóticas. Estas se perciben en sus torres, en los arcos de medio punto y en la verticalidad de la fachada, que organiza el acceso principal y jerarquiza el conjunto.

En el interior, la nave central se desarrolla en un eje longitudinal que dirige la mirada hacia el altar. La altura, la proporción de los espacios y el uso de materiales resistentes responden a una lógica constructiva pensada para perdurar y acompañar el uso continuo del edificio. Todas estas características responden a una tipología clásica de iglesia urbana, pensada para acompañar la vida de la comunidad.
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La basílica fue construida con sistemas tradicionales de muros portantes, una técnica que utiliza paredes de gran espesor para sostener la estructura. Este tipo de construcción permite alcanzar mayor altura y estabilidad, lo que explica su permanencia en el tiempo. El 31 de mayo de 1806 la curia porteña crea el curato de San José, y en noviembre del mismo año se inicia la construcción de un templo en la esquina de las actuales Av. Rivadavia y Rivera Indarte: era una precaria construcción de ladrillos, paja, maderas y ramas.

El escenario de un llamado divino
En esta basílica, el joven Jorge Mario Bergoglio, vivió un momento decisivo. El 21 de septiembre de 1953, en coincidencia con el Día de la Primavera, Bergoglio entró a confesarse. Con solo 17 años, durante esa confesión, definió su vocación religiosa. Años después relató: "sentí como si alguien me agarrara de adentro y me llevara al confesionario".
Ese episodio convirtió a este edificio en un punto significativo no solo para el barrio, sino también dentro de la historia reciente de la Iglesia. Años más tarde, ese mismo joven se convertiría en el Papa Francisco.

Una presencia que atraviesa el tiempo
A través de los años, la Basílica de San José de Flores mantuvo su función original. Es un lugar de encuentro, celebración y referencia para los vecinos del barrio. Su ubicación, frente a la plaza Pueyrredón, refuerza ese vínculo con la vida cotidiana. El edificio se integra al entorno y forma parte de un sistema donde conviven espacio público, arquitectura y comunidad.
La basílica también fue reconocida por su valor dentro de la tradición religiosa. En 1956, la imagen de San José ubicada en el altar mayor recibió la coronación pontificia del Papa Pío XII, un hecho que consolidó su relevancia.
El vínculo con el Papa Francisco también se sostuvo en el tiempo. En 2023, al cumplirse diez años de su pontificado, envió a este templo una escultura de San José Dormido, reforzando esa conexión con sus orígenes.
