Hay una postal que se repite en los campeonatos vernáculos y se potencia fuertemente en los mundiales. Delanteros que con solo tocar la pelota anotan para su equipo o selección, y otros que a pesar de la experiencia y la capacidad no logran que la pelota vaya a parar a la red. Lo mismo pasa con los arqueros: por momentos invencibles, en otra época un “colador” por donde entran todos los goles.
En la tribuna y en los medios se suele hablar de "estar de racha" o tener "buena suerte", cuando sale bien. Y puede llegar a casos extremos: jugadores que erran goles en la línea, sin arquero, mientras otros -que vienen “de racha”- le pegan de 40 metros y la meten en el ángulo.
Sin embargo, la suerte no es un factor místico ni un azar del destino. Es, más bien, un estado interno. Y lo que pasa en los 90 minutos de la cancha, pasa exactamente igual en la oficina, en los negocios y en el día a día de cualquier persona.
En la vida, como en el fútbol, hay momentos en los que nos salen todas y otros donde parece que no nos sale ninguna. La clave no está en evitar las tormentas, sino en entender cómo funciona nuestra cabeza para desbloquear los momentos malos y afianzar los buenos.
Potenciar o boicotear
¿Cómo es posible que nuestra cabeza funcione tan bien en algunos momentos y tan mal en otros? Cuando entramos en un bucle negativo, aparece un diálogo interno cargado de instrucciones o, peor aún, de prohibiciones: "No la regales", "No te equivoques". La mente subconsciente no entiende el "no". Al decirnos "no la regales", la orden que recibe el cerebro es, justamente, "regalala".
Cuando la cabeza interfiere en el flow de lo que ya está ampliamente entrenado, hace las veces de un ruido en la línea. El jugador no perdió el talento de un día para el otro; lo que cambió es la interpretación de su propio rendimiento. Empezar a anticipar el error -justamente con múltiples instrucciones para evitarlo- tensiona el cuerpo, y en la alta competencia, medio segundo de duda lo es todo. Allí se construye la mala racha.
La buena noticia es que las rachas -positivas o negativas- se construyen, pero también se pueden romper. No alcanza con "pensar en positivo" desde la lógica; hay que intervenir en el sistema completo involucrando el foco, el cuerpo y el lenguaje a través de pasos muy concretos.
Una de las recomendaciones que podemos tener en cuenta es mover el cuerpo para cambiar la energía. Cuando estamos atrapados en el desánimo, una forma rápida de romper el patrón es alterar la fisiología de inmediato. Salir a correr, caminar o poner un par de canciones arriba —esa música "punchi" que activa— cambia la química corporal y nos saca del bucle mental de forma instantánea.
Segundo, activar las actividades de rescate. Es fundamental identificar y tener a mano aquellas acciones cotidianas que nunca fallan para devolvernos al eje y sacarnos una sonrisa. Puede ser desde mirar una comedia o andar en bici, hasta darse una ducha de agua fría o compartir una salida con amigos; lo importante es recurrir a ellas como un botón de reinicio.
Tercero, recuperar el disfrute del juego. Cuando la presión del resultado nos ahoga, el foco debe volver al placer genuino por lo que hacemos. Hay que intentar conectar con esa mentalidad infantil de jugar por el simple hecho de jugar, despojados por un momento del peso de la expectativa externa y de la obsesión por el marcador.
Cuarto, apelar a herramientas de reprogramación. En aquellos casos donde el bloqueo responda a un impacto emocional más profundo o a un viejo trauma que quedó anclado, se puede recurrir de forma muy puntual a técnicas como la hipnosis para desactivar esa carga subconsciente, abriendo paso a que el entrenamiento y el trabajo diario vuelvan a fluir.
No existe la buena suerte
Por otro lado, es importante entender que la "buena suerte" no es algo que nos ocurre porque un mago nos tocó con la varita mágica, sino algo que se entrena y se busca. Se dice que Michael Jordan tiraba mil aros por día en la cima de su carrera para mecanizar su confianza.
Incluso, estando ya instalados en esa racha de buena suerte es importante trabajarla y sostenerse sin "creérsela". Cuando todo sale bien, tendemos a relajarnos y a pensar que el viento a favor será eterno. Sin embargo, las rachas positivas requieren tanto o más trabajo mental que las malas. Si la confianza se apoya únicamente en el éxito reciente, se vuelve frágil: ante el primer tropiezo, el castillo se derrumba porque la mente asocia el valor personal solo al último resultado.
Para sostener un buen momento es fundamental utilizar la visualización y, sobre todo, integrar el éxito como parte de la identidad. El desafío no es "creérsela" desde una soberbia superficial, sino construir una certeza interna estable para que el buen rendimiento deje de ser una excepción y pase a ser nuestra expectativa normal.
Los grandes líderes y los deportistas de élite no son los que nunca fallan. Son aquellos que crean las condiciones internas para rendir independientemente del resultado anterior. Saben que un error no define quiénes son, sino que es solo un ajuste necesario en el camino. Su verdadero diferencial radica en la velocidad con la que pueden fallar y volver, lo antes posible, a su mejor versión.
Fuente: Paula Echeverria, experta en Terapia de Transformación Rápida

