Durante años, Luly Dietrich escuchó la misma frase repetirse una y otra vez entre las mujeres que llegaban a sus talleres: “Tengo miedo”. Lo que comenzó en 2009 como una comunidad para acompañar a mujeres a ganar autonomía al volante, terminó convirtiéndose en un movimiento mucho más profundo: una invitación a trabajar el miedo desde adentro.
Hoy, después de más de 17 años al frente de Mujeres al Volante, acaba de presentar en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires su primer libro, Manejá tu miedo con amor, donde comparte su historia, herramientas de mindfulness, programación neurolingüística y autoconocimiento, además de cientos de experiencias reales que marcaron su camino.
En charla con Para Ti, Luly habló sobre los prejuicios que todavía enfrentan muchas mujeres, la culpa, la vergüenza, la necesidad de control y por qué, muchas veces, el miedo a manejar no tiene que ver con el auto… sino con algo mucho más profundo.
Más que aprender a manejar: la misión de Luly Dietrich para ayudar a mujeres a recuperar la confianza
- Después de más de 15 años acompañando mujeres, ¿qué descubriste que realmente hay detrás del miedo a manejar?
- Lo primero que aprendí, incluso atravesando mi propio proceso, es que el miedo es una energía. Y algo que explico mucho es que, más allá del miedo a manejar, la raíz de muchos miedos suele ser la misma. Puede ser miedo a manejar, a las alturas, al compromiso o cualquier otro miedo, pero lo que realmente trabajamos es la energía del miedo y cómo empezar a disolverla.
Con los años descubrí que detrás del miedo a manejar hay varios factores que se repiten: necesidad de control, falta de confianza, mucho parloteo mental y muchas creencias limitantes.
Durante estos 17 años escuché frases como: “Las mujeres son un peligro al volante”, “El auto es un arma” o “Ya soy muy grande para aprender a manejar”. Son creencias que quedan instaladas y condicionan muchísimo.
También aparece mucho el miedo a no poder controlar una situación, a lastimar a alguien o a ponerse en peligro. Cuando todos esos pensamientos no se trabajan, empiezan a crecer cada vez más. Y ahí un miedo puede transformarse en pánico o incluso en una fobia que te impida hasta subirte al auto.
Por eso el trabajo emocional siempre tiene que ir acompañado de práctica y conocimiento. Cuando empezás a entender lo que hacés, ganás experiencia y te sentís más segura, aparece la confianza. Y es ahí cuando el miedo empieza a desaparecer.

- ¿Recordás a la primera mujer que llegó a vos paralizada por el miedo? ¿Qué te dejó esa historia?
- Siempre me vienen a la memoria dos historias que me marcaron muchísimo.
La primera me dejó una sensación enorme de alegría. Eran dos o tres amigas, hoy no recuerdo exactamente, que estaban llegando a los 70 años. Lograron sacar su licencia de conducir y, después de unos meses de práctica, pudieron animarse a viajar por autopista. Tiempo después me mandaron una foto desde Mar del Plata: se habían organizado, viajaron juntas y se fueron turnando al volante.
Recuerdo que una de ellas me dijo: “Por miedo, todo lo que me perdí”. Y yo les respondí: “Este era su momento”. Porque también aprendí que no hay que castigarse por cuándo decidimos enfrentar un miedo. Cada persona tiene su tiempo, y eso también hay que respetarlo.
Además, ellas me dijeron algo que me quedó grabado: “Esto es autonomía”. Se organizaron solas, hicieron su viaje y disfrutaron esa libertad. Fue muy emocionante.
La segunda historia fue muy distinta y me impactó profundamente. Era una mujer que tenía licencia, sabía manejar, pero estaba completamente paralizada por el miedo. Además, estaba atravesando una situación personal muy difícil y necesitaba salir de una relación.
Una madrugada, con ayuda legal y el apoyo necesario, pudo subir a sus hijos al auto, poner primera y salir de ese lugar. Después me dijo algo que nunca olvidé: “Manejar me salvó la vida, y también la de mis hijos”.
Esas dos historias fueron muy importantes para mí porque me hicieron entender que detrás del miedo hay algo mucho más profundo. No importa la edad, la historia personal, la situación económica o a qué te dediques: el miedo nos atraviesa a todos. Y cuando logramos trabajarlo, puede transformarse en libertad.

- Tu libro se llama Manejá tu miedo con amor. ¿Por qué creés que el miedo no se combate, sino que se transforma?
- El libro se llama Manejá tu miedo con amor porque durante mi propio proceso de soltar el miedo entendí algo muy profundo: que lo opuesto al miedo es el amor. No lo entendí desde la teoría, sino desde la experiencia, viviéndolo en primera persona.
Descubrí que cuando me conectaba con una energía más elevada, como la energía del amor, el miedo empezaba a disolverse. No era que desaparecía de un día para el otro, sino que dejaba de tener el control sobre mi vida.
Ahí es donde sucede la verdadera transformación: cambia la energía desde la que vivís y tomás decisiones.
Y algo importante es que el miedo puede seguir apareciendo, porque somos humanos. A mí todavía me pasa. Pero cuando aprendés a trabajarlo, lo podés reconocer, registrarlo, ponerlo a un costado y no dejar que maneje por vos.
Por eso digo que no se trata de combatir el miedo, sino de transformarlo. La que tiene que manejar sos vos, no el miedo.
- Muchas mujeres sienten culpa, vergüenza o frustración por no animarse a manejar. ¿Qué les dirías hoy?
- Siempre digo que la culpa, la vergüenza y la frustración son emociones que, al igual que el miedo, pueden paralizarnos. Y las mujeres, muchas veces, cargamos muchísimo con eso.
Pero también descubrí algo muy poderoso: cuando aparece una comunidad, esa vergüenza empieza a desaparecer. Cuando una se anima a decir “yo tengo miedo”, automáticamente otras también se animan a compartir lo que les pasa. Y ahí sucede algo muy transformador: dejás de sentir que sos la única.
Muchas mujeres me escriben en privado porque todavía les da vergüenza decir públicamente que tienen miedo a manejar. Y lo primero que les digo es que no hay nada de qué avergonzarse. Pedir ayuda también es una forma de valentía.

Lo que sí creo es que, si no soltamos la culpa, la vergüenza o la frustración, nos cuesta avanzar. Por eso siempre invito a hacerse una pregunta muy importante: “¿Qué lograría si manejara?”
Esa pregunta cambia mucho la perspectiva. Porque muchas mujeres me dicen: “Yo estoy bien sin manejar”. Y cuando profundizamos, aparecen respuestas muy distintas: no depender de otros, hacer un viaje sola, tener más autonomía, poder acompañar a alguien, o incluso acceder a nuevas oportunidades laborales.
Manejar no es solo aprender una habilidad. Para muchas mujeres es independencia, libertad y confianza.
Por eso siempre digo: cuando soltás la vergüenza y la culpa, dejás de enfocarte en lo que no podés y empezás a enfocarte en todo lo que sí podrías lograr si te animaras.
Y ahí aparece una energía completamente distinta: la del coraje. Porque cuando te animás, quizás el corazón late más fuerte, pero también sentís algo muy poderoso: “Lo estoy haciendo”.
- ¿Sentís que el miedo a manejar muchas veces refleja otros miedos más profundos en la vida?
- Sí, totalmente. Lo veo en mi propia historia y también en la de todas las mujeres con las que me crucé durante estos 17 años.
En mi caso personal, descubrí que mi miedo no tenía que ver solamente con manejar, sino con miedos mucho más profundos, relacionados con la existencia, con la vida, con la muerte y con lo que pasa cuando dejamos este plano. Es un tema que estudio mucho desde hace años, desde mi camino espiritual y desde mi búsqueda personal.

Todo ese trabajo interior me ayudó a entender que muchas veces el miedo visible —como puede ser el miedo a manejar— en realidad está mostrando algo más profundo que necesita ser visto o trabajado.
Siempre aclaro que no soy psicóloga, pero desde mi formación en programación neurolingüística y desde todo lo que fui aprendiendo acompañando personas, veo que muchas veces detrás del miedo aparecen historias de infancia, experiencias fuertes o situaciones que dejaron una marca emocional.
Por eso sí, creo profundamente que el miedo a manejar muchas veces refleja otros miedos más profundos.
Y algo muy poderoso que veo es que, cuando una mujer empieza a trabajar ese miedo y logra atravesarlo, no solo transforma su vínculo con el volante. También empieza a transformar otros aspectos de su vida.
Porque cuando empezás a disolver la energía del miedo en un área, después te encontrás enfrentando otras situaciones con más confianza, más coraje y menos parálisis. Ya no es el miedo el que toma las decisiones por vos.
- Vos creciste dentro de la industria automotriz, históricamente muy masculina. ¿Con qué prejuicios te encontraste como mujer?
- Sí, crecí dentro de la industria automotriz, un mundo históricamente muy masculino y que, además, amo profundamente. Pero algo muy importante en mi historia es que dentro de mi familia nunca sentí diferencias por ser mujer. Nosotros somos segunda generación del grupo familiar y mi padre siempre nos dio las mismas oportunidades a varones y mujeres. Nos invitó a formar parte de la empresa desde un lugar de responsabilidad, profesionalismo, pasión y dedicación, no desde el género.
Entonces, personalmente, dentro de la empresa yo no viví prejuicios directos. Lo que sí empecé a observar era una contradicción entre lo que yo había aprendido en mi casa y lo que pasaba afuera.
Cuando trabajaba como directora de comunicaciones del grupo familiar, veía que en los salones, en los talleres y en los espacios vinculados al mundo automotor, la mayoría de quienes participaban eran hombres. Muchas veces las mujeres aparecían solamente como acompañantes. Y ahí empecé a preguntarme qué estaba faltando.

Ese cuestionamiento fue uno de los disparadores para crear Mujeres al Volante. Empezamos con una comunidad muy pequeña, escuchando a las mujeres, preguntándoles qué necesitaban, qué les faltaba y cómo podíamos ayudarlas a ganar autonomía en el mundo de la movilidad.
En ese momento se hablaba mucho de que las mujeres “influían” en la compra de un auto. Y yo decía: no, las mujeres no solo influyen, las mujeres compran autos, llevan sus autos al taller, toman decisiones y buscan independencia económica y personal.
Después, cuando registré la marca Mujeres al Volante y empecé a ver cómo se hablaba de las mujeres conductoras, ahí sí me encontré con muchísimos prejuicios sociales. Frases como “mujer al volante, peligro constante” seguían muy presentes, tanto en internet como en la calle.
Ahí entendí que había mucho por transformar. Y siento que, de alguna manera, eso también se fue logrando. Hoy sigue habiendo prejuicios, claro, pero también hay muchas más mujeres ocupando espacios que antes parecían exclusivamente masculinos, desde manejar un auto hasta conducir camiones o trabajar profesionalmente en la industria.
Personalmente, no sentí tantos prejuicios directos, pero sí vi durante muchos años lo que muchas otras mujeres seguían atravesando. Y eso también fue parte de mi propósito.

- ¿Cómo nació Mujeres al Volante en 2009 y en qué momento entendiste que estabas creando algo mucho más grande que una comunidad de autos?
- Mujeres al Volante nació en 2009, y nació, sobre todo, a partir de muchas preguntas personales.
En ese momento yo estaba atravesando una etapa de mucho cuestionamiento interno. Me preguntaba si la carrera que estaba desarrollando era realmente la que yo quería o si simplemente estaba siguiendo un camino que venía dado por mi historia familiar. En ese entonces era directora de comunicaciones del grupo familiar, y aunque estoy profundamente agradecida por todo lo que aprendí dentro de esa empresa, sentía que había algo más que estaba buscando.
Al mismo tiempo, estaba atravesando un proceso personal muy movilizante. Llevaba tiempo buscando tener un segundo hijo y eso me estaba generando mucho desgaste emocional. En ese contexto, una psicóloga me dio un consejo que me cambió la vida: me dijo que dejara de mirar lo que me faltaba y me conectara con lo que ya tenía.
Ese consejo me hizo un click enorme. Empecé a valorar profundamente a mi hija, a mi familia, a mi vida, y también apareció nuestra perra, Gloria, que fue una fuente enorme de amor y compañía. Y, en paralelo, empecé a poner foco en algo que venía observando hacía tiempo: la relación de las mujeres con los autos, con el manejo y con su autonomía.
Así nació Mujeres al Volante. Primero dentro del grupo familiar, como un proyecto pequeño, y con el tiempo fue creciendo hasta tener identidad propia y autonomía.
Al principio creía que estaba creando una comunidad vinculada al mundo automotor. Pero con los años entendí que era mucho más que eso.
Hoy siento que Mujeres al Volante es una comunidad de autoconocimiento, de conciencia y de transformación personal. Porque aprender a manejar, o incluso animarse a sacar la licencia, no es solamente adquirir una herramienta de movilidad. Muchas veces es descubrir el poder que una tiene cuando decide enfrentar un miedo.
Y creo que realmente entendí la dimensión de todo esto en los últimos años, después de atravesar una nueva crisis personal y un proceso espiritual muy profundo.
Ahí empecé a cambiar mi propia energía, a vivir con más calma, con más conciencia y con mucho más amor. Y cuando yo cambié, también cambió la energía de Mujeres al Volante.
Ahí entendí que no estaba creando solamente una comunidad sobre autos. Estaba creando un espacio para que muchas personas pudieran reconectarse con su fuerza, su autonomía y su propósito.

- En estos años, ¿cuál fue la transformación más fuerte que viste en una mujer después de animarse a manejar?
- La transformación más fuerte que veo, una y otra vez, es que muchas mujeres no solo aprenden a manejar un auto: aprenden a manejar su mente, sus emociones y su propia vida.
Por eso en todos estos años empecé a incorporar herramientas como mindfulness, programación neurolingüística y autoconocimiento, porque son herramientas que primero me transformaron a mí.
En un momento muy difícil de mi vida decidí formarme en programación neurolingüística y después en mindfulness. Lo hice porque entendí algo fundamental: para aprender a manejar, primero hay que aprender a manejar la cabeza.
Muchas veces no es el auto lo que nos frena. Es la mente, los pensamientos, la ansiedad, el miedo, la autocrítica. La cabeza puede impulsarte o paralizarte.
Y cuando una mujer empieza a trabajar eso, la transformación es enorme. No solo cambia su relación con el volante: cambia su manera de vivir.
Empieza a confiar más en sí misma, a registrar sus emociones, a bajar la aceleración, a estar más presente. Y eso después impacta en todo: en su trabajo, en su familia, en sus relaciones, en sus decisiones.
Yo siempre digo una frase que resume mucho de lo que veo: “Como sos al volante, sos en la vida. Y como sos en la vida, sos al volante.”

Yo misma antes era una persona muy acelerada, muy exigente, y eso también aparecía cuando manejaba. Hoy, después de todo este camino de conciencia, manejo distinto porque también vivo distinto.
Y eso es lo más poderoso que veo en otras mujeres: cuando logran animarse a manejar, muchas veces no solo conquistan una habilidad. Empiezan a conquistar una nueva versión de sí mismas.
- Hoy hablás de mindfulness, PNL y autoconocimiento. ¿Cómo se conecta todo eso con estar detrás de un volante?
- Se conecta completamente, porque yo estoy convencida de que para aprender a manejar cualquier cosa en la vida, primero hay que aprender a manejar la cabeza.
Empecé a estudiar mindfulness, programación neurolingüística y autoconocimiento porque son herramientas que primero me ayudaron profundamente a mí, especialmente en momentos de mucha vulnerabilidad personal.
En plena crisis decidí formarme en PNL, y después en mindfulness. La meditación me ayudó muchísimo a ordenar mi mente, a bajar la velocidad interna y a empezar a observar mis pensamientos en lugar de dejar que ellos me controlaran.
Porque la cabeza muchas veces es la que nos tira abajo. Nos llena de pensamientos, de anticipación, de miedo, de escenarios negativos. Pero cuando empezás a trabajar tu mente, también empezás a elegir a qué pensamientos les das lugar y a cuáles no.
Y eso, al volante, cambia todo.
También profundicé mucho en autoconocimiento, con herramientas como el eneagrama, porque entender quién sos, cuáles son tus fortalezas, tus patrones y tus emociones, te permite manejar de otra manera… y vivir de otra manera también.

Yo antes era una persona muy acelerada, muy exigente, y eso también aparecía cuando manejaba. Me enojaba, me apuraba, quería controlar todo.
Hoy, gracias a todo este trabajo interno, manejo desde un lugar mucho más consciente. Si estoy acelerada, lo registro. Si estoy distraída, vuelvo al presente. Y eso no solo hace que el manejo sea más seguro, sino también mucho más amoroso.
Por eso siento que manejar puede ser una herramienta enorme de conciencia. No solo para moverte de un lugar a otro, sino para conocerte mejor.
- Si una mujer hoy siente que el miedo la está frenando —no solo para manejar, sino para vivir—, ¿cuál sería el primer paso para empezar a recuperar su confianza?
- El primer paso es reconocerlo. Darse cuenta de que eso que no estás haciendo, en realidad, no lo estás haciendo por miedo.
Muchas veces nos convencemos de que no hacemos algo por falta de tiempo, por comodidad o porque “no es el momento”. Pero cuando nos animamos a ser honestas con nosotras mismas, aparece la verdadera pregunta: ¿No lo estoy haciendo porque no quiero… o porque me da miedo?
Para mí, ese momento de conciencia ya es un gran comienzo.
Después viene el segundo paso, que es empezar a preguntarte: ¿Qué es exactamente lo que me da miedo? Porque muchas veces el miedo es tan grande que ni siquiera nos detenemos a ponerle nombre.
Yo siempre digo que hay que volver a hacerse preguntas, como cuando éramos chicas. Porque a través de las preguntas empezamos a encontrar respuestas.
Y algo que ayuda muchísimo es escribir. Anotar todo: qué te da miedo, qué pensamientos aparecen, qué escenarios imaginás, qué es lo peor que creés que puede pasar. Sacarlo de la cabeza y ponerlo en papel muchas veces te permite verlo con más claridad.
Cuando empezás a identificar el miedo, a nombrarlo y a observarlo, empezás también a recuperar tu poder.
Y ahí empieza a volver la confianza. Porque ya no estás huyendo de lo que te pasa: lo estás mirando de frente.

- Después de ayudar a miles de mujeres, ¿qué aprendiste vos sobre tu propio miedo?
- Aprendí muchísimas cosas, pero una de las primeras fue entender que nada fue casual.
Cuando creé Mujeres al Volante en 2009 con el objetivo de ayudar a más mujeres a ganar autonomía, empecé a escuchar una frase que se repetía una y otra vez: “Tengo miedo”.
Y ahí entendí que, en realidad, la vida me estaba poniendo frente a mi propio miedo. Porque yo también tenía mis miedos, como por ejemplo volar en avión o enfrentar situaciones que me sacaban de mi zona de confort.
Siento que, desde entonces, todos los días hago un máster sobre la energía del miedo.
Una de las cosas más importantes que aprendí es que el miedo, en comunidad, se disuelve mucho más rápido que en soledad. Porque cuando aparece el acompañamiento, la empatía y el amor, algo empieza a cambiar.
También entendí que, para manejar mi miedo, primero tenía que aprender a manejar mi cabeza. A observar mis pensamientos, a no creer todo lo que mi mente me dice y a elegir desde qué energía quiero vivir.
Otra gran enseñanza fue descubrir que lo opuesto al miedo es el amor. Y también que lo opuesto al control es la fe.
Muchas veces le creemos más a los pensamientos que nos llenan de miedo, de dudas o de oscuridad, que a esa parte nuestra que confía, que se entrega y que sabe que puede.

Yo elegí empezar a confiar más en esa energía, en esa fuerza espiritual que me da paz y me ayuda a dejar ir lo que me paraliza.
Y también aprendí algo muy poderoso: cuando una mujer atraviesa su miedo y logra superarlo, no transforma solo su propia vida. Muchas veces se convierte en agente de cambio para otras mujeres, para su familia y para las generaciones que vienen.
Eso es algo que veo todos los días, y para mí es una de las cosas más lindas de este camino.
Fotos: Gentileza Coni Dietrich.


