Algunos dolores no encuentran nombre hasta mucho tiempo después. Dolores que no dejan marcas visibles, pero arrasan la vida entera. Para Analía Sosa, la violencia vicaria llegó como un tsunami silencioso que destruyó todo lo que conocía: su rutina, sus vínculos, su estabilidad emocional y hasta la imagen que tenía de sí misma.
Durante más de cinco años convivió con la ausencia, el miedo, la incertidumbre y una batalla judicial agotadora. Pero también con algo todavía más difícil de explicar: la sensación de que nadie lograba comprender realmente lo que estaba viviendo.
Hoy, desde Salta Capital, esta mamá de 46 años decidió hablar. No solo para contar su historia, sino también para ponerle palabras a una violencia que —según sostiene— sigue siendo invisibilizada, confundida y minimizada. Su relato es crudo, doloroso y profundamente humano.
“Recién tres años después entendí que era violencia vicaria”
—¿Cuándo sentiste por primera vez que estabas atravesando violencia vicaria?
—Recién tres años después de iniciado el conflicto entendí que lo que estaba viviendo era violencia vicaria. Hasta entonces, como les sucede a muchas madres, sentía dolor y confusión, pero no tenía herramientas para nombrarlo. Esa falta de reconocimiento es una de las razones por las que esta violencia permanece tan invisibilizada.
—¿Cómo describirías tu historia a alguien que nunca escuchó hablar de este tema?
—La describiría como un tsunami que arrasó con todo lo que conocía de mi vida y con todo lo que había construido hasta ese momento. Me cambió para siempre. Después de esta experiencia, que puedo describir como la más traumática que viví y que sigo viviendo, soy una persona completamente diferente. No quedó nada de la persona que alguna vez fui.
El dolor y la injusticia te cambian la forma de ver la vida, a los demás y a una misma. También descubrís hasta dónde puede llegar la crueldad humana. Es atravesar algo tan oscuro que jamás imaginaste vivir.
La ausencia, el tiempo y el desgaste emocional
—¿Qué fue lo más difícil de todo este proceso?
Lo más difícil fue que me arrancaran a mi hijo/a y tener que soportar esa ausencia mientras se construía un relato para hacerme responsable de ella. También la incertidumbre constante, no saber qué puede ocurrir mañana.
Pero lo que vuelve todo aún más traumático es el tiempo. Esta violencia se prolonga durante años, sin fecha de finalización. El desgaste emocional, físico y económico es enorme y termina destruyendo cada aspecto de la vida.
—¿Cómo cambió tu vida desde que comenzó esta situación?
—Cambió todo. De mi vida, tal como la conocía, no quedó nada. Y de la persona que era, tampoco. La violencia vicaria marca un antes y un después en todos los aspectos: emocional, familiar, social, laboral y económico.
También te muestra la mejor y la peor cara de las personas. Descubrís quiénes están dispuestos a creer un relato sin cuestionarlo y quiénes son capaces de acompañarte en medio del dolor.
Qué es lo que todavía no se entiende sobre la violencia vicaria
—¿Qué sentís que la gente todavía no entiende sobre este tema?
—Creo que la sociedad todavía no entiende lo extrema que es la violencia vicaria. Ataca lo que más amás y genera consecuencias devastadoras no solo para la madre, sino para todo el grupo familiar.
Mientras se siga confundiendo con un conflicto familiar o se la reduzca únicamente a violencia de género, va a ser muy difícil comprender su verdadero impacto.
—¿Cómo era tu vínculo con tus hijos antes de que comenzara el conflicto?
—Antes ya éramos una familia unida, pero después de todo lo que vivimos, nuestros vínculos son mucho más fuertes. Con mis hijos mayores nos convertimos en un gran equipo y con mi hijo/a menor, quedó demostrada una verdad que nadie pudo destruir, al final ganó la verdad y el amor incondicional entre una madre y sus hijos. Ganó sobre las mentiras, sobre la distancia y sobre el dolor.
Hoy los cuatro sabemos que nuestro vínculo es indestructible y que el amor que nos une no depende de ninguna circunstancia. Ellos, como hermanos, también construyeron un lazo aún más fuerte e inquebrantable. Después de todo lo atravesado, somos una familia más unida, más consciente y más fuerte.
—¿Qué sentís que más te duele de esta situación?
—La traición. Es el sentimiento más intenso y constante desde que todo comenzó. Lo que más me duele es haber elegido a una persona para compartir lo más sagrado que se puede tener en la vida, un hijo y descubrir que esa confianza puede ser utilizada para dañar. Pero la traición va más allá de esa persona. También alcanza a quienes un día te reciben como parte de su familia y al siguiente te convierten en el objetivo de su rechazo o de su odio y acompañan la campaña de difamación.
Lo más difícil es lograr entender cómo personas que conocieron quién eras pueden creer relatos que te desconocen por completo. Esa pérdida de confianza, para mí, es uno de los dolores más profundos de toda esta experiencia
—¿Qué consecuencias emocionales ves en los niños cuando atraviesan estos procesos?
—Lo que observé como mamá es que la palabra que mejor resume lo que viven los niños es ‘confusión’. Confusión, angustia y miedo. Miedo a que todo pueda cambiar de un día para otro, porque ya lo vivieron. Eso también genera estados de alerta que, incluso cuando las cosas parecen estar mejor, permanecen latentes.
En mi caso, la recuperación del vínculo fue posible y relativamente rápida, pero sé que, en muchos otros casos, cuando la desvinculación se prolonga durante años, esa confusión deja de ser confusión para convertirse en la realidad psicológica del niño. En todos los casos, son situaciones que dejan huellas profundas y que requieren tiempo, contención y acompañamiento para sanar.
"Mi vida quedó completamente congelada"
—¿Cómo se sostiene emocionalmente una mamá en medio de tanto dolor?
—Quizás esta sea la pregunta más difícil de responder porque me lleva al momento más oscuro de mi vida. No diría que me sostuve; diría que sobreviví. Y si tengo que decir qué me permitió sobrevivir, fue mi fe en Dios y en la Virgen. Ahí encontré el bálsamo para permanecer cuando ya no podía más.
Mi vida quedó completamente congelada, no podía comprender lo que estaba viviendo ni encontrarle sentido. Dios puso en mi camino personas que me vieron en mi dolor, que entendieron la gravedad de lo que estaba atravesando y me ayudaron cuando más lo necesitaba.
Una pequeña red de contención formada por personas que me acompañaron incondicionalmente. Hoy miro hacia atrás y siento que Dios obró milagros en mi vida a través de mi abogada de familia y de la defensora oficial de violencia del Poder Judicial de Salta. Soy testimonio de que los milagros existen. Es muy difícil poner en palabras una experiencia así.
—¿Cómo fue tu experiencia con la Justicia?
—Más que hablar de mi experiencia con la Justicia, hablaría de mi experiencia con la judicialización. Fueron cinco años extremadamente desgastantes. En ese recorrido me encontré con profesionales comprometidos que hicieron una diferencia enorme en mi vida, pero también con situaciones que considero perjudiciales para mi defensa y para los derechos de mi hijo/a, particularmente con dos abogados que debían defenderme.
Realicé denuncias por falta de ética e inclusive penalmente sin respuesta hasta hoy. Lo que más me impactó fue la sensación de desprotección. Sentí que ejercer plenamente mi derecho a una defensa justa, a ser escuchada y a no tener que estar permanentemente demostrando que afirmaciones sin pruebas, ni testigos, no eran ciertas se convirtió en una lucha adicional dentro de un proceso que ya es doloroso.
—Muchas madres hablan de sentirse revictimizadas, ¿te pasó?
—Sí, me pasó. Si tengo que hablar de revictimización, hablaría principalmente de la revictimización social. Las personas que conocen una sola versión de la historia, construida desde la difamación y la toman como verdad sin saber cuál es la realidad completa, quizás sin comprender que se vuelven cómplice de la violencia. Se muestran intencionalmente fragmentos o escritos de expediente fuera de contexto y se omiten las miles de páginas que forman parte de esa misma historia y que muestran otra realidad. Eso refuerza el relato de la difamación condicionando la mirada social.
Para quienes atravesamos estas situaciones, eso resulta muy doloroso. No hay peor estigma social que ser señalada como una mala madre y cargar injustamente con ese peso es muy difícil. Lo más duro es sentir que una debe justificarse constantemente y convivir con miradas acusadoras de personas que desconocen toda la historia.
Pero también duele cuando quienes creías que te conocían, te apreciaban o formaban parte de tu vida eligen alejarse, juzgarte o darte la espalda. Vecinos, amigos, familia o personas con las que compartiste años pueden desaparecer de un día para otro. Creo que la revictimización ocurre cuando se juzga sin conocer, cuando se elige una versión sin escuchar la otra y cuando se pierde de vista el sufrimiento que existe detrás de la violencia.
"Joaquín representa a los 167 niños que murieron a manos de sus progenitores “para dar una lección a la madre”"
—¿Qué significó para vos poder hablar en el Congreso?
—Para mí significó una responsabilidad enorme hablar en el Congreso. Fue el resultado de meses de trabajo, estudio y compromiso de este equipo de Madres Víctimas de Violencia Vicaria Argentina. Daniela Orellana, Carolina Espinosa, Laura Blanco Luna, Carolina Rodríguez y yo. Estamos también formando una red de profesionales comprometidos para acompañar a las víctimas en todo el país, son parte de ese esfuerzo colectivo.
En lo personal, fui la que asumió la audacia o la misión kamikaze, como suelo decir, de escribir el anteproyecto porque no soy abogada. Y digo algo parecido a lo que expresó Sonia Vaccaro cuando explicó cómo surgió el término violencia vicaria, el nombre nació de observar los mismos patrones que se repetían en los casos. A mí me ocurrió algo similar.
Yo no escribí este anteproyecto; transcribí lo que cuentan cientos de madres. Nació de escuchar testimonios, identificar patrones, realizar estadísticas, leer, investigar y buscar material sobre la interpretación de la ley, intentar comprender cómo funciona el sistema y las estrategias legales que se repiten una y otra vez. Detectar dónde está el vacío del sistema, porque los niños permanecen separados durante años de sus madres y por qué fracasan los procesos de revinculación. Cuando empezamos con esto, no teníamos profesionales que nos ayuden, ahora si la sociedad va conociendo.
Hablar en el Congreso significó que esta realidad llegara a un ámbito donde pueden impulsarse cambios reales. Para Carolina Rodríguez y para mí fue honrar a todas las víctimas y la memoria de Joaquín nombre lleva nuestro proyecto. Elegimos hacerlo para honrar su vida y porque su historia representa una de las expresiones más extremas de esta violencia.
Joaquín también representa a los 167 niños que murieron a manos de sus progenitores “para dar una lección a la madre” desde 2008 hasta la actualidad. Creemos que ninguna historia deberían quedar reducidas al silencio.
Que hoy este proyecto esté siendo leído y analizado es importante, porque muestra una realidad que permaneció invisible finalmente tiene un lugar donde ser nombrada.
—¿Cómo viviste ese momento emocionalmente?
—Lo viví con muchos nervios y emoción. Estuvimos varias horas en una sala de espera virtual, lo que me permitió ver y escuchar a Sonia Vaccaro en vivo y en directo. Ella es un referente porque fue quien le puso nombre a una realidad que existía, pero que durante mucho tiempo no había sido reconocida. Saber que me estaba escuchando mientras hablaba me generó muchísimos nervios. Fue una mezcla de nervios y esperanza.
—¿Qué sentiste al escuchar las historias de otras madres?
—Las entrevistas y el acompañamiento a las madres los realizan Carolina Espinosa y Daniela Orellana, una tarea enorme de contención. También Laura Blanco trabaja acá y en somos muralla, responde a las madres que se ponen en contacto con ella, se encarga de organizar las reuniones con los diputados que tuvimos y las que vamos a tener que están previstas. Carola trabaja para dos redes, madres víctima y somos muralla, ahora estamos elaborando entre las dos las presentaciones formales que planificamos. Cada una con su perfil diferente yo más vinculada a sistematizar la información, estrategias y transformar todo eso en acción concretas. Formularios de firmas, propuestas de publicidad.
Cada historia llega, y aunque cada caso es único, con el tiempo descubrimos que también son iguales, existen mecanismos y estrategias judiciales que se repiten en todos. Lo que cambia suele ser el orden o la forma en que se ejecutan. Esa fue una de las razones por las que empecé a trabajar con estadísticas y a estudiar el fenómeno de manera sistemática.
Lo que siento cada vez que conozco una nueva historia, es dolor y responsabilidad. Cada víctima nos refuerza la necesidad de seguir trabajando para que esta realidad sea reconocida.
—¿Por qué considerás urgente una ley de violencia vicaria?
—Porque la violencia vicaria es una de las expresiones más extremas de la violencia de género. Las principales víctimas son los hijos, que no tienen voz, dentro de los procesos judiciales a los que sometidos y terminan expuestos a dinámicas de manipulación, conflictos de lealtades y graves daños emocionales.
Las secuelas son compatibles con el abuso psicopático, no terminan cuando finaliza el conflicto. Permanecen durante años y afectan tanto a los hijos como a las madres. Por eso estamos hablando de una problemática social con consecuencias profundas para las futuras generaciones. Necesitamos una ley porque los niños no pueden seguir siendo las víctimas invisibles de esta forma de violencia.
"Sigo atravesando situaciones que me ponen a prueba"
—¿Qué le dirías hoy a los legisladores?
—Les diría que necesitamos proteger a nuestros niños, niñas y adolescentes y a las madres. Que detrás de cada expediente hay una infancia atravesada por el dolor, la confusión y secuelas que pueden acompañar a una persona toda la vida. No son casos aislados, sino de una problemática que requiere cambios estructurales.
También les diría que no alcanza con reconocer el problema. Necesitamos herramientas eficaces para prevenirlo y abordarlo. Si pudieran escuchar las historias que escuchamos todos los días, comprenderían la urgencia. Resulta difícil entender cómo, existiendo normas nacionales y tratados internacionales de protección para mujeres, niños y adolescentes, todavía hay familias que atraviesan situaciones tan graves sin encontrar respuestas.
Les pediría que miren esta problemática con la dimensión humana que tiene. Porque como sociedad estamos formando futuros adultos rotos.
—¿Hubo momentos en los que sentiste que no podías más?
—Sí, hubo muchos momentos en estos cinco años y medio en los que sentí que no podía más. Soy una de las madres que logró recuperar el vínculo con su hijo/a, pero eso no significa que la violencia haya terminado. En mi caso, las formas cambiaron. Hoy se expresa principalmente a través del hostigamiento económico, psicológico y legal.
Incluso actualmente sigo atravesando situaciones que me ponen a prueba y me obligan a encontrar fuerzas donde creo que ya no quedan.
—¿Qué te dio fuerzas para seguir?
—Mi fe en Dios fue mi mayor sostén. También una pequeña red de personas. Muchas veces, incluso la familia cercana no logra dimensionar la gravedad de lo que se vive. Por eso aprendí a valorar a quienes permanecen, escuchan y acompañan honestamente.
Entre ellos está mi abogada de familia, una persona fundamental en mi camino. Cuando sentía que ya no tenía fuerzas, ella fue una de las personas que me ayudó a seguir creyendo que todavía era posible encontrar una salida.
—¿Qué secuelas deja la violencia vicaria en una mujer?
—La violencia vicaria deja secuelas psicológicas, emocionales y físicas asociadas al abuso psicopático, hipervigilancia constante, ansiedad, angustia y síntomas que afectan seriamente la salud física y la capacidad de desarrollar una vida normal. Te aísla, te desgasta y termina afectando cada aspecto de tu vida, salud, trabajo, vínculos, la economía y hasta la identidad. Después de años de atravesarla, la describo como una experiencia devastadora.
Una de las características es la asimetría de poder. Mientras una de las partes puede sostener años de litigio, la otra queda agotada emocional y económicamente. En mi caso, llegué a perder mi trabajo en el Banco Macro mientras intentaba afrontar procesos judiciales que describen hechos que jamás ocurrieron.
Durante mucho tiempo atravesé un estado de congelamiento, fobia social. No podía proyectar, organizar tareas complejas ni desarrollar con normalidad actividades que antes formaban parte de mi vida laboral. Creo que una de las cosas más difíciles de explicar es que estas secuelas no son visibles para quienes no las han vivido. La lista del daño que ocasiona es extensa.
—¿Qué aprendiste de vos misma en medio de esta lucha?
—No puedo describirlo como un aprendizaje. Me cuesta responder porque no puedo romantizar la violencia vicaria. Creo que nadie debería tener que aprender a través de una experiencia así para descubrir de qué somos capaces.
Solo me dedique a sobrevivir, para seguir adelante en medio del dolor, de la incertidumbre, de la injusticia y de una violencia sostenida durante años, día tras día, hasta hoy. Me aferré a Dios y una determinación que jamás imaginé que iba a necesitar. Pero si pudiera elegir, preferiría no haber vivido nada de esto.
—¿Qué significa para vos la palabra “justicia”?
—Hasta ahora, la justicia ha sido para mí una palabra abstracta, casi un ideal lejano. En la práctica, muchas veces parece depender de los recursos que tenés para poder defenderte. No es igual para todos, y no soy la única que lo percibe así, es algo que muchas madres expresan cuando atraviesan procesos similares.
“No quiero vivir esta violencia toda mi vida”
Actualmente, Analía asegura que continúa atravesando situaciones de hostigamiento económico, psicológico y judicial. Explica que el conflicto no terminó, sino que cambió de forma.
Esta semana tengo dos mediaciones, como parte en una dinámica de amedrentamiento. No hay un ánimo real de negociación ni de resolución del conflicto, sino dar inicios a nuevos procesos judiciales, y así sostener el conflicto de manera eterna. Es una de las características de la violencia vicaria, el hostigamiento sostenido en todas sus formas, que no se detiene jamás.
En estos casos aparentemente hay falta de límites del entorno del agresor, familia, amigos e incluso a veces sus propios abogados, que no marcan un límite ético, en el sentido de no interpelar estas conductas ni decir claramente ‘esto tiene que parar’, aun cuando las principales víctimas son los propios hijos. Esa ausencia de límite contribuye a que se profundice la violencia.
Situación que vengo atravesando hace más de cinco años, que empezó meses antes de la separación, que mantiene el objetivo firme, el de hacer daño deliberado. Las mediaciones de esta semana, son por reclamos infundados de todo orden económico. En un contexto de asimetría de poder económico, donde la otra persona cuenta con recursos muy superiores, se va de vacaciones cada 6 meses, múltiples bienes, vehículos de alta gama y empresas y después de haber presentado un recibo de sueldo falso para no pasar alimento. Mientras que hoy yo no puedo trabajar ni sostenerme económicamente debido al nivel de violencia permanente que continúo viviendo y afecta.
“Hoy me encuentro agotada psicológica y emocionalmente, evaluando estrategias judiciales para defenderme. Espero encontrar una respuesta en la Justicia que me proteja. No quiero seguir viviendo esta dinámica de violencia durante toda mi vida.
Esto es exactamente la violencia vicaria: una violencia que no tiene fecha de vencimiento.



