"Nunca imaginé que ellos también iban a salvarme a mí": la carta de una mamá que adoptó a cuatro hijos neurodivergentes - Revista Para Ti
 

"Nunca imaginé que ellos también iban a salvarme a mí": la carta de una mamá que adoptó a cuatro hijos neurodivergentes

Cinco años después de adoptar a cuatro hermanos en plena pandemia, Lorena comparte una carta íntima sobre el miedo, la discapacidad, el apego, los prejuicios y la certeza de que el calor de un hogar puede cambiar para siempre el destino de un niño... y también el de quien decide abrirle la puerta de su corazón.
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Lorena se define como una "Mamá Leona de corazón atípico". En plena pandemia recibió el llamado que llevaba años esperando: cuatro hermanos la estaban esperando para convertirse en familia. Lo que vino después fue mucho más que una adopción. Fue un camino atravesado por diagnósticos inesperados, neurocirugías, miedos, aprendizajes y un amor que se construyó todos los días.

En esta carta abierta, comparte una certeza nacida de la experiencia: ningún niño debería crecer sin conocer el calor de un hogar. Porque cuando alguien se siente amado y sabe que no volverá a ser abandonado, empieza la verdadera transformación.

El calor de hogar transforma vidas: mi testimonio como Mamá Leona 

​Hola, soy Lorena. Me gusta autodefinirme como una "Mamá Leona de corazón atípico" por mi resiliencia, mi amor guerrero y porque hoy, más que nunca, hago rugir a mi manada. Vivimos en Buenos Aires, Argentina, y en plena pandemia recibí ese llamado que había aguardado durante tanto tiempo; ese que sabía que iba a transformar nuestras vidas para siempre. 

​Nuestra historia es como la del hilo rojo: en algún lugar del universo ya estábamos unidos, esperando el momento de encontrarnos. Dios nos guió siempre, paso a paso, en este camino. Pero cada historia de adopción es única y, aunque el amor es el motor, con eso solo no alcanza. Los talleres previos nos dieron un piso firme, pero la vida real nos sorprendió con un desafío diario.

Para construir esta familia necesité activar herramientas fundamentales: mi fe inquebrantable, una red de sostén de amigos y familia, profesionales, terapeutas y, sobre todo, mucha información. 

​Viajamos lejos para conocer a mis cuatro hijos varones. Debido a las restricciones de la pandemia, el proceso empezó entre videollamadas y visitas semanales. El primer encuentro fue un "caos hermoso": abrazos, miradas, gritos, palabras acumuladas y una ansiedad desbordante. Ellos querían contarnos todo a la vez y yo, con los ojos llenos de lágrimas, intentaba reconocer en sus caritas todo lo que me habían contado de ellos. 

​Al tiempo, nos permitieron traerlos a casa. Notábamos algunas particularidades, pero nos decían que eran esperables por lo vivido a su corta edad. Sin embargo, en el primer control médico, aparecieron los distintos diagnósticos.

Al principio, no habíamos considerado ampliar nuestra disponibilidad hacia la discapacidad o la neurodivergencia, en gran parte por ignorancia, ya que en los grupos de adopción casi no se hablaba de estas realidades. Pero nuestro deseo, decisión y compromiso iban mucho más allá de cualquier diagnóstico. 

​El miedo a lo desconocido nunca fue una opción. Decidimos mirar más allá de las etiquetas y ver, en primer lugar, al niño. 

​Cambiamos nuestra vida por completo. Evaluamos recursos y salimos a buscar nuevas herramientas. Lo inmediato fue una neurocirugía para uno de ellos que dejaría secuelas de por vida. Pero el desafío no era solo médico; lo urgente era transitar el desapego de años de institucionalización para construir un apego seguro en su nuevo hogar. Fue un encuentro de dos mundos: cambiar de escuelas, de compañeros y aprender a convivir con cada condición. 

​Ordenamos prioridades y nos dedicamos a reparar y sanar la confianza. El vínculo se construyó en las buenas y en las malas. Jamás olvidaré cuando me encontré sola en el hospital con mi hijo mayor en riesgo; apenas lo conocía, sentía el terror de perderlo, mientras en casa los otros tres pequeños esperaban aterrados, porque ellos siempre lo habían cuidado como si fueran sus papás. En esa cama de hospital lo abracé, sostuve su mano y le prometí: “De acá nos vamos juntos, nunca más vas a transitar nada solo”. Él volvió a confiar. 

​Casi cinco años después, puedo decir que el "calor de hogar" transforma vidas. A mí me sacó una versión que ni yo conocía: más empática, paciente y con una mirada completamente nueva hacia la discapacidad. Hoy valoro esos pequeños logros que otros no ven, porque conozco el esfuerzo descomunal que les lleva alcanzar cada meta.

Mis hijos avanzaron contra todo pronóstico médico. Se mostraron tal cual son cuando entendieron que nadie los va a soltar, sin importar lo que hagan o cómo sean. Mi objetivo es acompañarlos para que su condición no sea un límite, que disfruten de la vida y se conviertan en hombres buenos. Abrazamos y respetamos su historia e identidad; ellos son mi prioridad, mi todo. Los elijo en esta vida y en las próximas. 

Mis hijos no vinieron a encajar en este mundo; vinieron a enseñar que todos merecen una familia. Sean bebés, niños o adolescentes, tienen el mismo derecho sagrado de vivir en el calor de un hogar que sana. 

​Hoy, gracias a Dios, puedo decir que son mi mayor bendición y no me lo perdería por nada del mundo. Como familia de testimonio, te invito a que vos tampoco te pierdas la oportunidad de encontrar la tuya. Derribá los prejuicios, vencé tus propios miedos y animate a mirar la discapacidad con los ojos del amor. 

​Con amor, 

Mamá Leona. 

 
   

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