Tenía 6 años, se pisó los cordones cuando jugaba en el recreo y todo cambió en segundos: tragedia escolar en Rosario - Revista Para Ti
 

Tenía 6 años, se pisó los cordones cuando jugaba en el recreo y todo cambió en segundos: tragedia escolar en Rosario

Luna Jazmín Miqueo Cuello estaba jugando en el patio de su escuela cuando sufrió una caída que terminó en tragedia. Estuvo dos días internada. La comunidad educativa la despide con dolor.
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El viernes por la tarde, en Rosario, el recreo transcurría como cualquier otro. Risas, corridas, voces que se superponen. En ese paisaje cotidiano estaba Luna Jazmín Miqueo Cuello, de 6 años, jugando en el patio de la escuela Islas Malvinas N° 117.

En algún momento —imposible precisar cuál— se pisó los cordones de sus zapatillas. Perdió el equilibrio. Cayó. El golpe fue contra un banco de cemento.

A veces, la vida entera cabe en ese instante mínimo.

La urgencia, la espera, la esperanza

Después, todo fue apuro. Una docente que llama a la ambulancia. Minutos que se estiran. La llegada del auxilio. El traslado junto a su papá al Hospital de Niños Víctor J. Vilela. Los médicos lograron estabilizarla tras maniobras de reanimación. Pero el cuadro era grave. Muy grave..

Durante dos días, Luna permaneció internada bajo observación. Afuera, el tiempo parecía detenerse en esa forma incierta que tienen las esperas difíciles: una mezcla de fe, miedo y silencio.

El desenlace que nadie quería nombrar

El domingo llegó la noticia que nadie quería escuchar. Jazmín murió a causa de las lesiones en la cabeza. Tenía 6 años.

La escuela, de duelo.
La escuela, de duelo.

A esa edad, la vida suele medirse en cosas pequeñas: un recreo, una merienda, un dibujo a medio terminar. Por eso, cuando se interrumpe, todo alrededor pierde un poco de sentido.

Una escuela en silencio

La escuela Islas Malvinas N° 117 cerró sus puertas. No por calendario, sino por duelo. En la entrada, un comunicado intenta decir lo que casi no se puede decir: “Con profundo pesar y tristeza…”, empieza. Y alcanza para entender.

Docentes, familias, compañeros. Todos quedan de algún modo suspendidos en ese viernes que ya no es solo un día de la semana, sino una marca.

Queda el dolor. Queda la pregunta sin respuesta. Queda también esa incomodidad difícil de explicar: saber que todo ocurrió en un lugar cotidiano, en un momento que debería haber sido simple.

Un recreo. Unos cordones. Un segundo. Y después, nada volvió a ser igual.

 
 

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