Con la llegada de la primavera cambian muchas cosas: guardamos los abrigos, buscamos prendas más livianas y empezamos a pasar más tiempo al aire libre. Y nuestro perfume también puede acompañar ese cambio.
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Pero antes de hablar de aromas primaverales, vale hacer una aclaración: en perfumería no existen reglas estrictas que indiquen qué podemos usar según la estación.
Si amás una fragancia intensa, dulce o amaderada en pleno día de primavera, no hay ninguna razón para dejar de usarla. El perfume es, ante todo, una elección personal.
Lo que sí sucede es que la temperatura modifica la manera en la que una fragancia se comporta y también puede cambiar nuestra percepción y nuestras ganas de usar determinados aromas.
Cuando sube la temperatura, buscamos frescura
Con los primeros días cálidos suelen aparecer las ganas de perfumes que se sientan más luminosos, aireados y frescos. Los perfiles cítricos, verdes, acuáticos, florales y frutales jugosos empiezan a ganar protagonismo.
Bergamota, mandarina, limón, pomelo y naranja aportan esa sensación chispeante tan asociada a los días de sol. Las notas verdes pueden sumar frescura y naturalidad, mientras que flores como peonía, fresia, flor de loto o algunos acordes de rosa y jazmín, trabajados de una manera más ligera y aireada, permiten mantener el carácter floral sin que la fragancia resulte pesada.
También es un gran momento para los almizcles limpios, esos aromas que muchas veces asociamos con piel recién bañada, ropa limpia o una sensación casi jabonosa. Son perfiles fáciles de llevar y especialmente agradables cuando empiezan a subir las temperaturas.
La paradoja de los perfumes frescos
Hay algo curioso que sucede con el calor: justamente cuando buscamos perfumes más frescos y cítricos, elegimos notas que suelen ser más volátiles.
Muchas de las moléculas aromáticas características de los cítricos se evaporan con facilidad y, cuando aumenta la temperatura, ese proceso puede acelerarse. Por eso, esa salida espectacular de limón, bergamota o mandarina que sentimos al aplicar un perfume puede desaparecer relativamente rápido.
Esto no significa que el perfume sea de mala calidad. Tampoco que todas las fragancias frescas duren poco.
La duración depende de la fórmula completa, de la concentración, de las materias primas utilizadas y de cómo esté construida la fragancia, entre otros factores.
Por eso también es importante ajustar las expectativas: no siempre podemos pedirle a un perfume extremadamente fresco y cítrico que tenga el mismo comportamiento que uno denso, ambarado, amaderado o gourmand.
¿Y los perfumes dulces?
No tienen por qué desaparecer del tocador hasta el próximo invierno. La primavera también puede ser gourmand.
La diferencia puede estar en buscar dulzuras más luminosas y aireadas: frutas combinadas con vainilla, acordes cremosos acompañados de flores, almizcles y fragancias dulces o gourmands que incorporen elementos cítricos o verdes.
Incluso un perfume intenso que usamos durante el invierno puede seguir funcionando si simplemente regulamos la cantidad que aplicamos.
Porque cambiar de estación no debería significar seguir un manual de perfumería. Puede ser, simplemente, una oportunidad para volver a nuestro tocador, probar lo que ya tenemos y descubrir qué aromas nos dan ganas de usar cuando vuelven los días de sol.
Sole Nardo, médica y creadora de contenido especializada en perfumería y comunicación olfativa
@solenardoscents

