"En realidad, cada lector es, cuando lee, el propio lector de sí mismo". Marcel Proust
Una invitación a revisar los alcances de una disciplina fundamental en estos tiempos de vértigo, fugacidad, rapidez y superficialidad. La importancia de leer en profundidad, con dedicación, sin la ansiedad de acabar ya, y de correr detrás de la “falta de tiempo”. Hablamos de la pasión por leer y del placer “de dar de leer” como se da de comer a otro… Es una posible definición de biblioterapia.
Qué es la biblioterapia
La biblioterapia (readingtherapy) aprovecha la influencia de la literatura sobre el funcionamiento del sistema nervioso y la psique. Como técnica terapéutica, se basa en materiales de literatura para acompañar procesos de resolución de problemas.
El fundamento de esta práctica se encuadra en los avances y desarrollos de la terapia integrativa, se incluye en el campo de la arteterapia y ya se implementa en los protocolos de muchos hospitales del mundo. Yo llamé a esta técnica Literat©ura en mi libro del 2020: Lecturas que curan.
El objetivo salutogénico es —indudablemente— desalojar la “desesperanza aprendida” y generar nuevas vías de afrontamiento que superen la alexitimia y el desencanto. Cuando ponemos al servicio del paciente un repertorio adecuado de textos para el des-aprendizaje tóxico (humor descendido) y el reforzamiento del re-aprendizaje hacia nuevos modos de afrontamiento, la biblioterapia funciona como una herramienta de oro.
Y lo hace posible gracias al choque de identificación que se produce en el lector cuando se encuentra a sí mismo reflejado en la historia: sus miedos y rencores, sus esperanzas y anhelos…unos personajes, paisajes, escenarios, tramas, contextos, palabras…
Mi dinámica biblio-terapéutica consiste en “recetar” -recomendar, sugerir, prescribir- títulos y autores a partir del diagnóstico, sin perder de vista los gustos literarios, entrenamientos y necesidades del paciente.
La lectura acompaña el trabajo de introspección para lanzarse a descubrir nuevos enfoques de “lo real” que hoy le están pesando o bloqueando el avance: la finitud, los duelos congelados, la insatisfacción, las obsesiones, el miedo al compromiso, los mandatos ancestrales.
Se trata de acompañar —como quien lleva un farol en alto— para alcanzar el encuentro con aquello que se busca…
La lectura terapéutica es un proceso activo, de diálogo entre el lector y un texto de ficción (entre el terapeuta y el paciente) que propende a la transformación sanadora de las emociones. Por eso afirmo que la biblioterapia colabora en la toma de conciencia, disminuye a la mitad el alto estrés del conflicto sin resolver, alienta otros horizontes de comprensión del conflicto personal que, a la luz de la ficción, se muestra tan universal.
La experiencia de recuperación del sujeto a partir del reconocimiento de las adversidades planteada por Boris Cyrulnik, así como la afirmación del “impulso de vida” y los afrontamientos capaces de estimular las bases más favorables vivenciadas por un paciente (la resiliencia), los presupuestos de búsqueda del sentido de la vida —elaboradas por Viktor Frankl (Logoterapia)—, y la re-escritura del “guion de existencia” que formula Vincent de Gaulejac (el concepto de “neurosis de clase”) son los pilares epistemológicos que sostienen mi práctica como terapeuta en biblioterapia integrativa.
Pero, sin duda, quienes venimos de la formación psicoanalítica apreciamos el gesto revolucionario y pionero de Sigmund Freud, quien ya experimentaba la recomendación de libros para sus pacientes con trastornos diversos. No existe —y lo sabía Freud— una sola dirección en la cura, pero el acto de leer es considerado un apoyo, un paliativo, un complemento en el trayecto hacia la recuperación.
Leer es una manera de ser
Sostengo con el pedagogo francés Daniel Pennac que el tiempo (o la falta de tiempo) no es un obstáculo para leer, que la falta de tiempo es una ilusión, ya que en verdad nadie tiene tiempo para leer, a menos que se lo proponga: “el tiempo de leer es siempre tiempo robado al amor, a las obligaciones cotidianas, a la tiranía de vivir”.
Dejarse llevar por una narrativa y hacerla carne propia propicia escenas de lectura que preanuncian un giro sustancial en la vida del sujeto que lee.
Cuando leemos activamente, somos parte de la historia narrada, y lejos de estar evadiéndonos, estamos entrando en un espacio singular de yo-conmigo para re-pensar la realidad.
Nombres propios que marcan la historia
Decir que un acontecimiento es “kafkiano” implica un todo de sentidos que con su sola mención incluye las ideas de caótico, impensable, sin explicación, delirante, absurdo y terrible. Derivado del apellido del autor de “La metamorfosis” su marca literaria nos regaló un término que ya es de uso generalizado. Algo semejante sucede con el concepto de “bovarismo”, aunque con menos uso cotidiano que el referido a Franz Kafka.
Hace referencia a Emma Bovary, el nombre de la protagonista de la novela más famosa del escritor francés Gustave Flaubert, su célebre Madame Bovary, de 1856.
Emma es una lectora compulsiva, se deja cautivar por las historias románticas que consume vorazmente y se apropia de los sentimientos y deseos de los personajes que desfilan en las páginas que lee. Se cree la verdad de la ficción hasta llevarla al acto mismo. Por eso termina en problemas frente a la moralina de la época y los estatutos burgueses.
Hablamos de bovarismo cuando el límite entre ficción y realidad se torna difuso, las fronteras se borran y el sujeto que lee se siente absolutamente sumergido en el texto al punto de una identificación total con el personaje y sus peripecias de novela, impulsado a acciones incoherentes con su propia vida.
No es este el objetivo de la biblioterapia, es decir, tomar la lectura como espejo. Sí, en cambio, se enfoca en el efecto lector a partir de una actitud de autoindagación “¿Qué me dice a mí, con mis circunstancias, mi historia de vida, mis posibilidades esta narración?”
Otra vez las redes
Sin embargo, en la actualidad, el bovarismo es un concepto clínico que se estudia como un trastorno de la personalidad ligado a la insatisfacción existencial y a los efectos de la era digital. Describe un cuadro clínico caracterizado por una profunda grieta entre "Yo Real" (quién soy y qué tengo) y el "Yo Ideal" (quién creo que debería ser, qué necesito tener para poder ser como esas personas “exitosas” que se ven en las redes).
Sin valorar sus logros reales (porque siempre se compara con una expectativa de perfección inalcanzable), quienes se dejan secuestrar por las fantasías de los personajes mediáticos no están haciendo la transferencia saludable que sostiene la biblioterapia como técnica de re-escritura del propio guion de vida.
Espiar las vidas ajenas, calificar sus acontecimientos como ideales, perfectos y exitosos sólo genera constante ansiedad, frustración, estados depresivos por la vivencia de no ser suficiente. Querer alcanzar esos ideales con compras desmedidas de productos consagrados sólo para las estrellas no compensa el propio vacío. La voracidad digital intenta crear una realidad paralela que –a la larga- es insostenible, pues nada externo alivia la carencia de base.
La psicología actual estudia el "bovarismo digital" como un fenómeno masivo donde se opaca lo verdadero, lo genuino y se desmiente la realidad: las arrugas, el desgaste, los momentos de incertidumbre y la necesidad de silencio existen. Pero eso no es lo que exhiben las redes, en cambio nos enredan, aumentando el bucle, desfigurando lo real con Photoshop y perdiendo lo singular de cada sujeto. En psicoanálisis lo denominamos “fantasía inadaptada”.
En cambio, cuando leemos literatura, el efecto crea un puente valioso para revisar la propia subjetividad, no para camuflarla en los ropajes de otras personas. La mirada digital breve y fugaz invita a espiar por el ojo de un Gran Hermano generalizado, que aplana las diferencias, corta las amapolas altas, busca estandarizar criterios.
Leer literatura es todo lo contrario: propone construir un espacio significativo en nuestras vidas, despojarse de prejuicios y dejarse atravesar por las experiencias narradas para hallar el eco de la propia voz, para auto-transformarnos con lo que se encuentra en coherencia con quienes somos.
Aquellos que rodean a un lector de cuentos o novelas en tiempos “enredados”, los miran sin comprender su pasión por los libros de papel. Más bien creen que es un hábito peligroso o improductivo porque demanda tiempo y concentración.
Se quedan fuera de la comprensión de eso tan especial que nos conmueve a quienes vivimos entre libros. Tan afuera se quedan, como quien no escucha una música y se desconcierta viendo a alguien bailar…
Que cada quien imagine su música, no dejemos de bailar entre las páginas de relatos transformadores y verdaderamente inspiradores.
¿Cómo sería nuestra vida sin los libros que hemos leído? ¿Qué “educación sentimental” nos atravesó como sujetos para componer decisiones sobre el amor, la vocación, la amistad, la aventura, los sueños, la vejez? ¿Una recomendación? “Las gratitudes”, de Delphine de Vigan.
Fuente: Diana Paris es psicoanalista, psicogenealogista, biblioterapeuta. Autora de Secretos familiares, Mandatos familiares, Lecturas que curan, Mujeres sin hijos, Tu voz que florece (en co-autoría con Ondi Paris), todos de la editorial Del Nuevo Extremo.


