En medio del dolor, de los escombros y de la desesperación por encontrar sobrevivientes, hay personas que siguen trabajando cuando el cuerpo ya no da más. Personas que levantan piedras, remueven restos de paredes, escuchan gritos, reciben datos de familias desesperadas y se enfrentan a escenas imposibles de olvidar.
Uno de ellos es un rescatista voluntario que en redes sociales se identifica como @maikel_larosa09 y que, en las últimas horas, se convirtió en una de las voces más conmovedoras de la tragedia que atraviesa Venezuela tras el terremoto.
Desde sus redes, Maikel no solo muestra parte del trabajo que realiza entre los escombros: también usa su cuenta para recibir reportes de personas desaparecidas, compartir información y contar cómo se vive la emergencia desde adentro, en ese lugar donde la esperanza y el dolor conviven minuto a minuto.

Pero uno de los videos que publicó fue especialmente desgarrador.
“Me dan ganas de llorar”
En la grabación, Maikel aparece visiblemente quebrado. Habla desde el lugar donde se realizan tareas de rescate y trata de sostener la voz mientras cuenta lo que acaban de encontrar.
“En el edificio más grande que se cayó. Me da mucho dolor porque estamos trabajando y los cuerpos que estábamos sacando eran de una fiesta de niño, me da mucho dolor, me dan ganas de llorar, de verdad. No se imagina. No se imagina”, dice, con la voz tomada por la angustia.
Luego agrega una frase que resume la dimensión humana de la tragedia: “Era una fiesta de niño cuando se derrumbó el edificio”.

El rescatista intenta continuar hablando, pero el dolor lo desborda. “Esto es muy fuerte. Hay que ser duro, pero me da mucho dolor. Me da mucho dolor la noticia”, expresa entre lágrimas, antes de contar que las máquinas ya estaban trabajando en el lugar y que él iba a seguir informando.
La escena conmueve porque muestra algo que muchas veces queda fuera de las cifras: el impacto emocional de quienes buscan, rescatan, acompañan y ponen el cuerpo en medio de una catástrofe.
El dolor de quienes también están salvando
En las tragedias, la atención suele concentrarse en los números, en los daños materiales, en los edificios caídos, en los heridos y en los desaparecidos. Pero detrás de cada rescate también hay personas que cargan con imágenes difíciles de procesar.
Maikel habla desde ese lugar. Desde el cansancio físico, pero también desde una herida emocional abierta. Porque remover escombros no es solo mover piedras: es entrar en historias interrumpidas. Es encontrarse con cumpleaños, familias, abrazos, reuniones, vidas cotidianas que quedaron detenidas en segundos.
Su relato duele porque no intenta mostrarse invulnerable. Al contrario: muestra la humanidad de alguien que ayuda mientras también se quiebra. “Hay que ser duro”, dice. Pero enseguida reconoce que el dolor es demasiado.
Y quizás ahí está la potencia de su testimonio: en recordar que la fortaleza no siempre es no llorar. A veces, la fortaleza es seguir ayudando aun con lágrimas en los ojos.
Las redes como puente para encontrar desaparecidos
Además de mostrar parte de las tareas en la zona afectada, Maikel utiliza sus redes sociales como una herramienta de ayuda. A través de su cuenta, pide que las personas reporten desaparecidos, comparte información y se ofrece como puente entre quienes buscan a sus seres queridos y quienes están trabajando en el lugar.
En medio del caos, las redes se transforman así en una especie de mapa colectivo. Un espacio donde circulan nombres, fotos, datos, pedidos urgentes y mensajes de esperanza.
Cada publicación puede ser una pista. Cada comentario puede acercar una respuesta. Cada historia compartida puede ayudar a que una familia sepa dónde buscar.
En situaciones extremas, la solidaridad también se organiza así: desde un celular, desde una cuenta de Instagram, desde alguien que decide usar su propia voz para amplificar la búsqueda de otros.
Una tragedia contada desde adentro
El video de Maikel se volvió especialmente impactante porque no tiene distancia. No es el relato de alguien que mira la tragedia desde afuera, sino de alguien que está ahí, en el lugar donde todo ocurre.
Su voz quebrada permite dimensionar algo que ninguna cifra alcanza a explicar: el dolor de encontrar víctimas en una escena que, hasta minutos antes del derrumbe, había sido una celebración infantil.
Una fiesta de niño. Una reunión familiar. Un momento pensado para la alegría. Y de pronto, el derrumbe.
Por eso sus palabras impactan tanto. Porque detrás del desastre aparece una imagen íntima, doméstica, profundamente humana. Una imagen que vuelve imposible mirar la tragedia como algo lejano.
“Voy a seguir informando”
A pesar del llanto, Maikel cierra su video con una decisión: seguir. Seguir trabajando. Seguir informando. Seguir poniendo el cuerpo donde otros necesitan ayuda.
Ese gesto también conmueve.
Porque en medio de una emergencia, muchas veces los voluntarios se convierten en una red silenciosa de sostén. No siempre tienen descanso, no siempre tienen respuestas, no siempre tienen herramientas suficientes. Pero están.
Están cuando una familia busca un nombre. Están cuando alguien necesita saber qué pasó en un edificio. Están cuando todavía queda una mínima esperanza bajo los escombros. Están, incluso, cuando el dolor también los atraviesa.
El testimonio de Maikel La Rosa es una de esas escenas que quedan. No solo por lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta: con la voz rota, con los ojos llenos de lágrimas y con la humanidad de quien entiende que detrás de cada cuerpo hay una historia.
Y en medio de tanta devastación, su relato recuerda algo esencial: las tragedias no se miden solo en estructuras caídas. También se miden en las vidas que quedaron suspendidas, en las familias que buscan, en los voluntarios que no se van y en quienes, aun quebrados, siguen intentando ayudar.

