“Estoy vieja, no puedo ya ser madre y lo más difícil es que siento que no enterré a un padre sino a un esposo”. El testimonio que comparte Gloria Sierra Uribe no es excepcional: para la especialista colombiana en psicogenealogía, refleja una de las heridas más frecuentes dentro de los sistemas familiares. Personas que, sin darse cuenta, dejan de vivir su propia historia para ocupar el lugar emocional de otro.
Con una extensa trayectoria como psicóloga, docente e investigadora, Gloria lleva años estudiando cómo las dinámicas invisibles del árbol genealógico impactan en los vínculos, las decisiones y hasta en el cuerpo.
Ella es una de las ponentes de la IV Cumbre El poder de tu árbol. Su charla Mi lugar en el árbol genealógico: raíz de salud y libertad propone una mirada tan sensible como transformadora: entender que ocupar el lugar que nos corresponde puede cambiar el rumbo de toda una vida.
-En tu participación en la Cumbre “El poder de tu árbol genealógico”, vas a hablar sobre “Mi lugar en el árbol”. ¿Qué se va a llevar concretamente alguien que escuche tu ponencia y por qué puede ser un punto de inflexión en su vida?
—"No fui capaz de dejar a mi padre solo con ese dolor luego de la muerte de mamá. Por eso dejé todo, aplacé mi vida. Han pasado 20 años y ahora que papá murió, entiendo que no he empezado el camino. Estoy vieja, no puedo ya ser madre y lo más difícil es que siento que no enterré a un padre sino a un esposo. Necesito ayuda".
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Este es el testimonio de una consultante. Un testimonio que nos permite entender que cuando no estoy en mi lugar en mi árbol, no estoy haciendo mi vida, estoy reemplazando la vida de alguien más.
No estar en el lugar que me corresponde en el árbol significa que cada paso que doy, lo hago por otro, y ese lugar no me corresponde. Cuando ese otro, como en este caso, fallece, quedo en un lugar que tampoco me corresponde.
Por eso, compartir en la cumbre este trabajo —que he escuchado a través de testimonios de mis consultantes y estudiantes de nuestra escuela de psicogenealogía durante tantos años— nos permite entender que todos los seres humanos tenemos un lugar en el momento de llegar a nuestro árbol, y que el regalo más grande que puede hacer nuestra familia es permitir que habitemos ese lugar: el lugar de hija, el lugar de esposa, el lugar de madre, el lugar de tía.
Cuando esos lugares cambian, la vida se transforma en lo que también hemos denominado el síndrome del impostor: estoy en un lugar que no me corresponde y estoy reemplazando a esa persona. Eso significa que no le estoy permitiendo ocupar su lugar a esa persona, así sea por muerte.
Lo que significa también que si alguien muere —por ejemplo, mi padre—, él queda en el lugar de padre fallecido, y todos debemos respetar ese lugar.
-¿Qué puede cambiar en la vida de una persona cuando descubre que no está ocupando su verdadero lugar en su árbol genealógico?
-Cuando la persona descubre que no está ocupando su verdadero lugar en su árbol genealógico, hace un insight.
Y cuando hacemos ese insight y nos damos cuenta de que no estamos ocupando el lugar que nos corresponde —por ejemplo, el de hija, para ocupar en cambio el lugar de madre por el fallecimiento de la misma, o por muchas otras razones: por ejemplo, cuando es una madre alcohólica o abandónica— entonces, cuando hago ese insight, puedo tomar la gran decisión de mi vida: dejar a mi madre con sus decisiones; dejar a mi madre con su destino, y yo volver a ocupar el lugar de hija.
Todo cambia cuando ocupo mi lugar, porque me hago cargo de mi vida, de mis decisiones, de mi futuro y, especialmente, me hago cargo de la vida para poder cumplir con mis sueños. Cuando no estoy en mi lugar, siempre los tengo que aplazar.
-Si alguien siente que está “cargando de más”, ¿por dónde debería empezar hoy?
-Cuando estamos en un lugar que no nos corresponde en el árbol, experimentamos un síndrome de cansancio crónico, porque estamos ocupando no solo nuestro lugar —por ejemplo, el de hija— sino también el lugar de otra persona, como el de mi padre. Entonces tengo dos roles, dos funciones, dos cargas.
A veces es solamente algo emocional, pero la mayoría de las veces no es solo emocional, sino un reemplazo total en su función: como padre, proveedor, quien da normas, quien comparte la vida con la madre. Y así me convierto en el esposo sustituto de mi madre, sin importar si soy hombre o mujer.
Todo cambia: tengo el lugar ocupado y, al tenerlo ocupado, no estoy disponible, por ejemplo, para tener una pareja. Esos vínculos quedan en una dimensión de muy difícil manejo, porque inclusive cuando estoy reemplazando a alguien en el árbol, me cargo también con los años que tiene esa persona. La vejez prematura usualmente está relacionada con la parentalización.
-Hablás de “amor ciego” dentro del sistema familiar. ¿Qué significa y cómo puede terminar afectando nuestras decisiones y vínculos?
-El amor ciego en el árbol es una especie de exigencia de lealtad —visible e invisible— que nos pide el árbol por pertenecer a él.
Y con esa exigencia que se disfraza de amor, de solidaridad, nos están pidiendo un rol de sacrificio: dejar nuestro lugar para ocupar uno que no nos corresponde, con la sensación de que estamos haciendo lo mejor.
Eso no significa que no apoyemos, en un momento determinado, una situación o un conflicto —por ejemplo, una quiebra económica familiar— y que no podamos contribuir en lo económico. Lo que estoy diciendo es que ese rol de sacrificio hace que pierda mis proyectos y mis sueños para hacer lo que el árbol me está pidiendo.
Lo que es muy triste es que las consecuencias de ese amor ciego nos llevan a un lugar que no nos corresponde, a roles que no nos corresponden, a funciones que no nos corresponden.
Y cuando estoy en un lugar que no me corresponde, se ven afectadas todas mis decisiones y todos mis vínculos.
-¿Cómo puede alguien reconocer que no está en su lugar dentro del árbol genealógico? ¿Hay señales concretas que lo indiquen?
-Identificar que uno no está en el lugar que le corresponde es algo maravilloso de descubrir, y es muy fácil tener las pistas para reconocerlo. Por ejemplo, hay personas que tienen muchas condiciones para tener una pareja: son mujeres muy bonitas, exitosas, con formación académica, con una vida social activa, pero no reciben solicitudes de vínculo. Es decir, nadie les solicita salir ni les hace una propuesta de noviazgo o relación amorosa.
Y cuando uno ve eso y va al fondo de esa vivencia, encuentra que esta mujer está ocupando el rol del padre fallecido —por ejemplo—, o la función del padre que no está fallecido pero no cumple su función, o lo mismo con la madre.
Otro ejemplo: alguien puede estar ocupando el lugar de una hermana fallecida y el sistema está en duelo. Por ejemplo, son dos hermanas y se muere la mayor. La segunda hija, que ocupa también el lugar de la primera para los padres, es retenida por el sistema familiar, que no querrá que migre, que se case, porque la necesita para atravesar el duelo más fácilmente.
Son muchos los dolores emocionales vinculares que genera no ocupar mi lugar en el árbol genealógico.
Podría concluir que mi lugar en el árbol genealógico —tal como lo planteo en el libro que se llama Mi lugar en el árbol genealógico, tesoro de libertad— sugiere que cuando yo ocupo mi lugar en el árbol, tengo la vida para mí. Estoy disponible para vivir mi vida.
Estoy disponible para construir mis sueños y hacerlos realidad. Mi lugar en el árbol genealógico es un derecho. Es algo que me pertenece por nacer en ese árbol, pero desplazarme a un lugar que no me corresponde me quita toda la libertad.
Tengo la certeza personal de que este viaje maravilloso —reconocer cuándo me desplazo de lugar de forma transitoria o permanente, y sus consecuencias, pero especialmente conocer las estrategias para salir de la perturbación del sistema de vínculos hacia la parentalización— es el mejor autorregalo que me puedo hacer.
Si te interesa bucear, indagar en este tema, referentes en transgeneracional y psicogenealogía disertarán en la IV CUMBRE EL PODER DE TU ÁRBOL GENEALÓGICO, los dos últimos fines de semana del mes de mayo. Más info en redes: @elpoderdetuarbol


