De la serie "Cautiva" a la vida: cuando el amor, los mandatos y los ideales se convierten en una prisión - Revista Para Ti
 

De la serie "Cautiva" a la vida: cuando el amor, los mandatos y los ideales se convierten en una prisión

Entre estar cautivadas y quedar cautivas existe una frontera invisible. Una pareja, los mandatos familiares, las heridas del pasado o las exigencias sociales pueden convertirse en cárceles silenciosas que nos alejan de nuestra propia identidad. Cómo reconocer esos barrotes invisibles y empezar a recuperar la libertad de elegir, pensar y desear por nosotras mismas.
Lorena Baena
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La serie “Cautiva” narra el calvario de Clara, una joven que ingresa con profunda vocación religiosa a un convento de clausura. Tras quince años sometida a torturas, castigos corporales y privación de la libertad por parte de la madre superiora, logra escapar e inicia junto a su familia, un proceso de reconstrucción y búsqueda de justicia.  

La palabra “cautiva” proviene del latín captivus que significa prisionero o tomado en guerra. “Cautivada” proviene de la misma raíz sin embargo el sentido que habitualmente le damos no es el mismo. Quedamos cautivadas por ciertas personas, fascinadas y enamoradas incluso de aspiraciones e ideas que nos embriagan y nos sumergen en un profundo estado de felicidad, como si estuviéramos flotando.  

Ahora bien, entre estar cautivadas y quedar cautivas existe una frontera poco visible y no tan fácil de identificar. Ese pasaje de la fascinación al encierro psíquico, del enamoramiento a la pérdida paulatina de la identidad; puede adoptar distintas formas en la vida de las mujeres. 

Los barrotes invisibles 

Aceptar la violencia, autocastigarse, dejar de pensar porque otro piensa por nosotras, alejarnos de los demás y del mundo exterior: escenas que pueden instalarse poco a poco en nuestra vida cotidiana y que casi sin advertirlo van haciendo nuestra identidad se vea desdibujada. Nos vamos volviendo presas.  

Estos barrotes invisibles pueden tomar distintas formas, a veces tienen el rostro de una pareja, otras veces de los muros de una institución, de las marcas del pasado, de los mandatos familiares que nos atraviesan o de los ideales que nos hostigan. Vamos a acercarnos a algunos de ellos: 

Una pareja: el amor puede adoptar la forma enmascarada de la idealización, la sumisión o la dependencia. A veces empieza con pequeños gestos: dejar de decir lo que pensamos para evitar una discusión, postergar algo que deseamos para no incomodar al otro o empezar a dudar de nuestra propia percepción porque él siempre parece tener razón.

Casi sin advertirlo el deseo propio va quedando relegado a segundo plano mientras vamos depositando en la pareja, nuestro pensamiento, juicio y decisiones; habilitando así a una desaparición paulatina de nosotras mismas. Una renuncia silenciosa a ser quienes somos. 

Una institución: también buscamos lugares de pertenencia, donde sentirnos alojadas, sostenidas. Pero, ¿qué sucede cuando esos lugares que prometían ofrecer seguridad se convierten en espacios de sometimiento? Cuando el poder se ejerce de manera abusiva la voz propia se silencia junto al pensamiento y la autonomía en la acción. Desaparecemos. 

El pasado: ciertas experiencias nos dejan suspendidas en aquello que sucedió -tantas veces bajo la forma de eventos traumáticos- como también en el pensamiento reiterado de aquello que nunca sucedió y no podemos dejar de repasar una y otra vez. Esta cárcel opera con una sentencia firme: quedarnos sin presente y sin posibilidades a futuro. 

Los mandatos familiares: también hay cautiverios heredados. Lo que se espera de nosotras adopta la forma más silenciosa de los barrotes mentales: cómo hay que ser, qué hacer, qué no hacer, qué desear. A través de las generaciones viajan mensajes que nos dictan al oído cómo hay que vivir, condicionando nuestras elecciones y evitando muchas veces que nos preguntemos por aquello que nos hace sufrir. 

Un ideal: cuando las expectativas de los demás sobre nosotras trasciende lo familiar y se convierten en exigencias sociales, esos barrotes incluso parecieran ser de oro: ser la madre perfecta, la mujer independiente y exitosa, la pareja ideal, tener el cuerpo siempre sano y activo, son algunas de las manifestaciones del quedar atrapadas, asfixiadas y borradas por aquello que se convierte en una zanahoria que nunca alcanzamos haciéndonos desaparecer.  

¿Qué nos mantiene cautivas? 

No siempre se trata de la fuerza y el poder que puede ejercer el otro sobre nosotras mismas, sino también de la sintonía inconsciente que puede predisponernos a este terreno: no existe una respuesta universal a esta pregunta porque cada historia es singular y responderá a nuestra biografía, a nuestra particular idea del amor, a la necesidad de protección y amparo, a la búsqueda de identificaciones, a la madurez de nuestro pensamiento, a nuestra autonomía o dependencia y a las experiencias que dejaron huellas en nuestra manera de pensar, de sentir y de vincularnos. Estas son solo algunas de las marcas singulares que dialogan con el quedar cautivas, presas de vínculos y de situaciones que nos resulta muy difícil salir.  

La salida 

La historia de Clara nos pone en evidencia un cautiverio en su forma más brutal y evidente, pero ¿qué sucede cuando los barrotes no se ven? ¿Cuándo quedamos presas de vínculos o situaciones de sometimiento que no logramos reconocer como tales? 

Identificarlo y poder trasmitírselo a alguien de confianza puede ser el primer paso para abrir la puerta hacia la libertad interior. No son procesos inmediatos ni fáciles de transitar, muchas veces necesitan ayuda profesional y compañía familiar o de amigos; porque recuperar la identidad implica comenzar a pensarse, volver a escuchar la propia voz y reanimar el deseo que quedó adormecido, aplastado y tantas veces silenciado.  

Las invito a reflexionar: ¿Cuánto estamos dispuestas a pagar por el reconocimiento del otro? ¿Aceptamos que aquello que nos enamora también puede dañarnos? ¿Qué nos retiene en esos lugares del sufrimiento? ¿La culpa, el miedo, la inseguridad, el vacío, el ideal inalcanzable? ¿Qué podemos a hacer para salir de ahí? 

La clave para derribar los barrotes quizás consista en desandar la historia que nos llevó a esa cárcel, no para quedar atrapadas en la culpa, sino para reconocer aquello que nos retiene y poder así encontrar una nueva manera de posicionarnos frente a nuestra propia historia. 

Fuente: Lorena Baena es Licenciada en Psicología M.P 1480 de la ciudad de Santa Fe Capital. Referente en el abordaje de problemáticas vinculares y experiencias traumáticas. Autora del libro: “Separadas. Ruptura amorosa, duelo y reconstrucción”, próximo a publicarse. @lic.lorenabaena 

 
   

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