"Si algo no te hace bien, tenés que cambiarlo": Sofijobs y su guía para reinventarte laboralmente - Revista Para Ti
 

"Si algo no te hace bien, tenés que cambiarlo": Sofijobs y su guía para reinventarte laboralmente

La especialista en orientación laboral lanza su nuevo libro con herramientas concretas para animarse a cambiar. Cuándo y dónde verla en la Feria del Libro de Buenos Aires.
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En un contexto donde cada vez más personas se preguntan si están en el camino correcto, Sofijobs (@sofijobs) propone algo simple pero potente: animarse a hacer un clic.

Licenciada en Relaciones Laborales y con una formación que combina psicología, coaching y docencia, construyó una comunidad acompañando a quienes atraviesan búsquedas laborales, crisis vocacionales o ganas de reinventarse. Ahora, lleva esa experiencia a su nuevo libro, "Cómo hacer el clic", donde baja herramientas concretas para pasar de la duda a la acción.

La presentación será el próximo 1 de mayo en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en la sala José Hernández (pabellón rojo) de 17.30 a 18.30, acompañada por Pato Jebsen y el equipo de Ediciones Urano. Luego, firmará ejemplares desde las 18.30 en el stand de Urano World (número 835, pabellón verde).

El libro de Sofijobs
El libro de Sofijobs

Con una mirada cercana y empática, Sofijobs parte de una premisa clara: no se trata solo de encontrar trabajo, sino de construir un camino que tenga sentido. Y, muchas veces, todo empieza con una decisión interna.

-¿Cómo te diste cuenta de que algo en tu vida ya no podía seguir igual? ¿Te acordás de ese momento exacto? 

-Yo creo que todos tenemos varios momentos en la vida donde nos observamos y nos decimos ¿“para qué estoy haciendo esto? ¿Para mí o para alguien más?” Cuando me recibí de mi primer título recuerdo sentir esa sensación de “tiene que haber algo más para mi” y no paré hasta encontrar lo que hoy es mi propósito. 

Empecé en el mundo corpo siendo muy chiquita, a mis 18 años y siempre trabajé en entornos muy desafiantes, con mucha agilidad y cambios. Algo de eso me lo llevé para mi propia marca y hoy considero que pasar por tantas experiencias laborales como las que viví me nutrió para ayudar a las personas desde un lugar más realista. 

-En el libro hablás del “clic” como algo previo a la acción. ¿Por qué creés que esa etapa es la más incómoda? 

-Yo creo que es la más dura porque implica hacerse cargo. Mirar de frente la situación, no mentirnos a nosotros mismos. Podernos hablar internamente con la sinceridad de que, si algo no nos está haciendo bien, tenemos que diseñar el camino para transformar lo que vivimos.

Ahí somos 100% responsables de eso. Y pesa, uno piensa en muchas cosas antes de cambiar. Requiere tener varias peleas internas hacer el clic, habitar el dolor. Darle espacio y ver qué es lo que tiene para mostrarnos. 

-¿Se puede vivir mucho tiempo ignorando ese clic? ¿Qué costo tiene? 

-Considero que todos los seres humanos tenemos una capacidad de aguantar el malestar que es impresionante. He escuchado personas que vienen a sesión conmigo y me cuentan que hace 18 años sostienen un empleo que no les gusta.

Si rápidamente sacás la cuenta de cuantas horas estás en ese trabajo y los años que hace que lo sostenés, la respuesta es profundamente incómoda. El costo emocional puede ser altísimo y siempre repercute en la salud física y mental.

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"Si rápidamente sacás la cuenta de cuantas horas estás en ese trabajo y los años que hace que lo sostenés, la respuesta es profundamente incómoda. El costo emocional puede ser altísimo y siempre repercute en la salud física y mental".

Estamos en un momento de transición donde las personas se animan más a patear el tablero, a dejar un trabajo o una carrera si no genera esa sensación de satisfacción y propósito. También existen las personas que ya saben que su trabajo no va a cambiar, pero han aprendido a diseñar mecanismos donde encuentran mucho disfrute en otro espacio, desconectando la emoción de la tarea. También es todo un desafío. 

-¿Cómo diferenciás un capricho de un clic real? 

-Para mí la diferencia está en la profundidad y en la persistencia. Un capricho suele ser impulsivo, aparece desde la incomodidad momentánea y busca alivio rápido. El clic, en cambio, es algo que vuelve una y otra vez. No se va. Aunque lo intentes tapar, aparece en distintos momentos, con distintas formas, pero con el mismo mensaje de fondo. 

También hay algo en el cuerpo: el capricho es ansiedad, urgencia. El clic es más incómodo, pero también más claro. Tiene una cuota de verdad difícil de esquivar. 

Y hay otro punto clave: el clic no siempre viene con ganas de actuar. A veces viene con miedo, con dudas, incluso con resistencia. Pero aun así sabés que hay algo que ya no podés seguir haciendo igual en tu vida. 

-Decís que no todo lo que pensamos es verdad. ¿Cómo aprendemos a cuestionar esa voz interna? 

-Primero entendiendo que pensar algo no lo convierte automáticamente en verdad. Muchas de las ideas que tenemos sobre nosotros mismos vienen de experiencias pasadas, de mandatos, de miedos… no de hechos objetivos. 

El primer paso es generar una pequeña distancia. Poder observar lo que pensamos en lugar de creérnoslo todo. Preguntarnos: ¿esto es un hecho (algo real, que sucedió) o es una interpretación? Esa sola pregunta ya cambia mucho. También ayuda identificar el tono de esa voz. Muchas veces es exigente, crítica o limitante, nos habla de mala manera. 

-¿Cuál es la frase más común que escuchás en consulta cuando alguien quiere cambiar y no se anima? 

-Tengo una lista inmensa, pero la que más escucho es lo económico. Frases como “no puedo porque necesito estabilidad, tengo hijos”, “no me puedo dar el lujo de probar pagando el alquiler” o “cuando junte más plata recién ahí veo” aparecen todo el tiempo. Y es real: el dinero es una variable concreta y no se puede ignorar.

Pero muchas veces también se mezcla con miedo, con creencias sobre el merecimiento o con una idea muy rígida de lo que significa “seguridad”. Siempre digo que la relación de dependencia es una nube pomposa a la que nos subimos como si fuera eterna, y la realidad es que eso puede cambiar de un momento a otro. 

Lo que trabajo mucho en consulta es salir de esa lógica de todo o nada. No siempre cambiar implica renunciar de un día para el otro a todo lo que uno construye. Hay formas intermedias, transiciones más cuidadas, movimientos estratégicos que permiten construir algo nuevo sin quedar en el vacío. “El portazo” de soltar todo sin estrategia es contraproducente en un proceso así. 

-¿Por qué creemos más en nuestros miedos que en nuestras capacidades? 

-Porque el miedo tiene una función muy concreta: protegernos. Nuestro cerebro está diseñado para anticipar riesgos, no para recordarnos todo lo que sí podemos hacer. Entonces, frente a lo desconocido, es más fácil escuchar esa voz que nos dice “cuidado” que la que nos dice “animate”. 

Además, solemos tener más registro de lo que salió mal que de lo que hicimos bien. No llevamos una cuenta consciente de nuestras capacidades, pero sí de nuestros errores, y eso desbalancea la percepción que tenemos de nosotros mismos. 

Por eso no es que confiamos más en el miedo porque sea más cierto, sino porque es más familiar. Vivimos privándonos de hacer y de probar muchas cosas. 

Aprender a confiar en nuestras capacidades implica empezar a registrar evidencia a favor: todo lo que ya hicimos, resolvimos, atravesamos. La confianza comienza con una construcción propia, y es importante recalcar que vivimos en una sociedad que nos invita a estar todo el tiempo desconfiados, con la guardia alta, pensando que tenemos que cambiar todo el tiempo. Nos hace compararnos y observarnos siempre con el proceso del otro. 

-¿Cómo se entrena la confianza cuando todavía no hiciste ningún cambio? 

-La confianza no aparece antes de la acción, se construye en el proceso. Esperar a “sentirse listo” es algo que nunca pasa. Se entrena en lo chico. En decisiones pequeñas, en movimientos que no ponen en riesgo todo, pero que te sacan un poco del lugar conocido. Cada acción, por mínima que sea, genera evidencia de que podés.

También es clave bajar la exigencia. No se trata de tener todo claro, ni de hacerlo perfecto, sino de empezar por algo. También se entrena con un diálogo interno más saludable, que es, te diría, lo más difícil. Pocas personas se “hablan lindo, con buenos modales” en su propia mente. Eso te saca mucha energía y te desinfla completamente la autoestima. 

Se construye confianza en chico cuando logramos poner en palabras lo que nos pasa, empezar a contárselo a alguien, ajustar el CV si es algo que me genera resistencia, empezar el proceso de buscar trabajo. Cuando mirás todo lo que hiciste, de golpe ese proceso es enorme. Lo que empezó siendo pequeño toma otra dimensión en el hacer día a día. 

-¿Por qué hay tanta gente que “tiene todo” y aún así no se siente bien con su trabajo? 

-Porque el ser humano es un ser deseante desde que nace hasta que muere. Siempre estamos en movimiento, buscando, cambiando. Lo que en un momento parecía suficiente, con el tiempo puede dejar de serlo. 

Durante mucho tiempo nos enseñaron a medir el éxito desde afuera: tener un buen sueldo, estabilidad, cierto reconocimiento. Y muchas personas lograron eso… pero nunca se preguntaron si eso es lo que realmente querían. 

“Tener todo” en términos externos no garantiza sentido. Podés cumplir con lo esperado y, aun así, sentirte desconectado de lo que hacés todos los días. 

Además, hoy hay algo que cambió: empezamos a darle más lugar a lo emocional. Antes el malestar se sostenía en silencio, hoy aparece con más claridad. Y eso incomoda, porque nos obliga a revisar decisiones que parecían correctas. Nunca supe si mis abuelos trabajando eran realmente felices haciendo lo que hacían; solo sé que iban y lo hacían, pensaban en la estabilidad eterna y en no perder lo que tenían. 

-¿Qué cambió en esta generación que hace que cuestionemos tanto el trabajo? 

-Cambió el lugar que le damos al trabajo en nuestras vidas, sin dudas. Pero también cambió el acceso a la información, la forma en la que nos vinculamos con el trabajo y, sobre todo, cambió el lugar que le damos a lo emocional. 

Hoy vemos más opciones, más caminos posibles, más historias distintas de personas que trabajan de montones de formas que hace 10 años no existían. Ya no hay un único modelo de éxito ni una sola forma de construir una carrera. Eso amplía, pero también hace que uno se cuestione sus propias elecciones. 

Además, esta generación creció viendo a otras sostener trabajos que no les hacían bien durante años. Y algo de eso empezó a incomodar. Hay una mayor conciencia sobre la salud mental, el bienestar y el sentido de lo que hacemos. También cambió el vínculo con la autoridad, con el liderazgo. Antes se aceptaban ciertas reglas sin cuestionarlas; hoy hay más necesidad de entender, de opinar, y de sentirse a gusto con quien lidera tu crecimiento. Sacrificio y disfrute, dos cosas que se escuchan mucho en el mundo laboral y que para muchas personas es una o la otra. 

-¿El problema es elegir mal… o no revisarnos nunca? 

-Yo creo que todos al momento de elegir siempre tenemos un punto ciego en lo que queremos hacer, algo que no vemos o que quizás no fue tan fácil de predecir. Además, elegimos con la información que teníamos en ese momento, desde lo que sabíamos, desde lo que necesitábamos, desde lo que creíamos posible o mejor para nosotros. Para mí, el problema aparece cuando no revisamos esas decisiones con el paso del tiempo. Cuando seguimos sosteniendo elecciones que ya no nos representan, solo porque alguna vez tuvieron sentido. 

Revisarnos incomoda, porque implica aceptar que cambiamos. Pero también es una forma de darnos permiso para actualizar nuestra vida. Hay personas que tienen más naturalizado hacerse preguntas incómodas, cuestionarse, darse incluso más permisos para equivocarse. 

-¿Qué peso tienen los mandatos familiares en lo que elegimos? 

-Todavía bastante, sobre todo desde los millenial hacia atrás, que se siguen rigiendo mucho por lo que debería ser. Los mandatos aparecen en forma de frases, expectativas, ideas sobre lo que “está bien” o lo que “tendrías que vivir”.

Los mandatos familiares vienen cargados de muchas expectativas como tener hijos a X edad, casarse, comprarse la casa, el auto. Y muchos de estos que nombro como ejemplos tampoco son tan viables sin un empleo. Todo ese mundo de expectativa se conecta con lo que proyectamos como individuos. Son estructuras que son dolorosas para muchas personas, porque generan una disociación de lo que soy versus lo que debería ser. 

-Identificás 4 tipos de clic. ¿Cuál es el más común hoy? 

Hoy veo mucho el clic al que llamo “sala de escape”. Personas que ya saben que algo no les está haciendo bien, que identifican que quieren salir de donde están, pero no terminan de ver cómo. Está declarada la intención del cambio de rumbo, de trabajo o de carrera, pero sin tener en claro el paso a paso. 

Y es un lugar muy incómodo, porque ya no podés hacer de cuenta que todo está bien, pero tampoco tenés un plan armado para cambiar. Creo que es el más común hoy porque cada vez más personas están cuestionando su trabajo, pero no necesariamente tienen herramientas o acompañamiento para transformar eso en un movimiento concreto. Entonces ahí es donde empezamos a diseñar todo el proceso por delante, incluso hablamos de tiempos y expectativas.  

-¿Cómo sé si estoy en “ruido blanco” y no solo cansada? 

-Me encanta esta pregunta. El cansancio suele tener una causa más concreta y, en general, es transitorio. Descansás, te desconectás un poco, y te recuperás. Si es físico, dormís. Si es mental, te alejás de las pantallas, hacés detox y te conectás con alguna actividad que te genere placer. 

El “ruido blanco” es más profundo. No es solo agotamiento, es desconexión. Cuesta registrar qué te gusta, qué querés, hacia dónde ir. Todo se siente medio plano, sin mucha dirección. Otra diferencia es que en el cansancio todavía hay deseo, aunque esté tapado por el ritmo o la exigencia.

En el ruido blanco, en cambio, el deseo está más apagado o confuso. Y algo clave es que el cansancio pide una pausa. El ruido blanco pide observación y empieza a abrir conversaciones con el entorno. No se resuelve solo descansando, sino empezando a hacerte preguntas más profundas sobre lo que te está pasando. 

-¿Qué diferencia hay entre querer cambiar… y realmente estar lista para hacerlo? 

-Querer cambiar aparece desde el deseo.  Estar lista para cambiar implica algo más incómodo: empezar a asumir el costo de ese cambio. Porque cambiar no es solo querer algo distinto, es tomar decisiones, sostener incomodidades y dejar atrás ciertas seguridades. Es poder pasar a la acción y salir solamente del anhelo, del pensamiento. Muchas personas quieren cambiar, pero no necesariamente están dispuestas —todavía— a atravesar lo que ese cambio implica. El cambio es movimiento.  

-¿Qué le dirías a alguien que siente que “ya es tarde”? 

-Que no se condene a una vida que no quiere. Para mi “tarde” es haber pasado a otro plano para no poder al menos probar lo que queremos que suceda. Darnos aunque sea el gusto de intentar y que salga mal me parece más realista y honesto que vivirlo desde la mente y nunca llegar a estar cerca de ese objetivo, de ese deseo. 

Ni siquiera digo “de ese sueño”, porque cuando lo traemos con esa palabra lo dejamos en un plano muy utópico, como si no fuera posible directamente y solo es una idea que se nos cruza o merodea en nuestra cabeza.  

-¿Por qué el miedo económico es el que más frena? 

-Cuando aparece el miedo económico, no solo estamos evaluando un cambio laboral: estamos sintiendo que podemos perder seguridad, autonomía o incluso calidad de vida. Y eso activa una alerta muy profunda que puede hasta venir de lo familiar. Además, crecimos con una idea muy rígida de lo que significa “estar seguros”: ingreso fijo, previsibilidad, continuidad.

Entonces cualquier movimiento que se salga de ese esquema se percibe automáticamente como un riesgo alto, incluso cuando está planificado. Y también hay algo cultural: hablar de plata sigue siendo tabú. No siempre tenemos herramientas para pensar estrategias, escenarios o transiciones cuidadas. Entonces el miedo queda más grande que las posibilidades. También hay personas que se “llevan puesto a su casa o su vida” el cargo jerárquico y el status social. Es romper un poco eso. 

-¿Se puede cambiar sin perder estabilidad? 

-Sí, pero no desde la impulsividad. Cambiar sin perder estabilidad implica pensar el proceso, no solo el resultado. Muchas veces el error es creer que la única forma de cambiar es romper todo, y no siempre tiene que ser así. Existen transiciones más cuidadas: empezar a explorar otras opciones, capacitarte, generar un ingreso paralelo o testear un nuevo camino antes de soltar el actual. 

-¿Qué es lo primero que hay que ordenar antes de dar un salto? 

-Lo primero que hay que ordenar es lo primero que te daría miedo que se desvanezca o que se mueva demasiado, ahí hay una pista muy clara de lo que necesitás encarar primero. 

Muchas veces ese miedo tiene que ver con lo económico, con la estabilidad o con la identidad que construiste alrededor de tu trabajo. Y si eso no está mínimamente sostenido, el cambio se vuelve mucho más difícil de atravesar. 

Cuando empecé a emprender me acuerdo que mi primer miedo no era la plata, sino que a mi misma me decía “qué va a pensar mi familia con todos los prejuicios que tienen sobre emprender?” ese fue mi primer punto a trabajar. Desde ahí, hay que seguir estableciendo sobre qué temas tenemos que enfocarnos para identificar cuanto de eso es nuestro y cuanto es impuesto,  ajeno o propio. 

-¿Qué pequeño paso concreto puede dar esta semana? 

-Puede ser actualizar tu CV, hablar con alguien que ya esté trabajando en eso que te interesa, investigar opciones concretas o incluso escribir en papel qué te gustaría cambiar de tu vida. No hace falta hacer todo perfecto (porque si no, también nos frenamos a avanzar). Algo pequeño que implique un impacto bajo pero que me vaya acercando a lo que quiero. 

-Si tuvieras que decirle una sola frase a alguien que está dudando de cambiar, ¿cuál sería? 

-Memento mori. Recordá que tu tiempo es limitado… y que postergar también es una decisión. Muchas veces vivimos como si fuésemos eternos, como si fuéramos a tener mil vidas. Y después nos damos cuenta que el tiempo pasa más rápido de lo que pensamos. Soy de las que no se quedan con las ganas de nada, y que tampoco se arrepienten porque todo es parte del proceso evolutivo y de transformación de nuestro ser. 

-¿Qué te gustaría que alguien sienta cuando termina tu libro? 

-Me gustaría que sienta el libro como un espacio seguro. Que cada persona entienda que no hay nada “mal” en lo que le está pasando, que estamos en un contexto donde los cambios son la constante y que tenemos que abrazar por nosotros mismos los procesos que atravesamos. También es una invitación a no posponerse, a no mentirse.

A hacernos cargo de lo que nos pasa y elegir hacer algo distinto con eso. Pero, sobre todo, a que en su sentir nadie está solo. El libro trae montones de casos reales, de testimonios de esos que uno cree que son imposibles o irreales. El potencial humano es increíble, más el argentino que ya sabe lo que es naufragar en la incertidumbre. Mucho de nuestro ADN es potencial puro para el cambio. Está bueno no olvidarse de eso. 

 
 

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