Entre todas las reflexiones en torno al fallecimiento de Carlos “Indio” Solari, retumbó en estos días fuertemente la palabra Parkinson. Merece la pena acercar algunas nociones que nos brinda la mirada de la psiconeuroinmunoendocrinología (PNIE) o psicoterapia integrativa sobre esta dolencia.
Un breve repaso por la historia de la enfermedad
Antes, es necesario hacer un breve repaso de la historia. La primera descripción médica más precisa (porque hay indicios de sus síntomas mucho antes) fue escrita en 1817 por el doctor James Parkinson. La diferenció de la esclerosis múltiple y otros trastornos caracterizados por temblor. Y la llamó “parálisis temblorosa”. Describió así el cuadro clínico:
“Movimiento tembloroso involuntario, con disminución de la fuerza muscular, en partes que no están en acción e incluso cuando están apoyadas; con propensión a inclinar el tronco hacia adelante”.
Jean-Martin Charcot, 50 años más tarde, amplió esta descripción inicial y le otorgó la denominación del colega que inició estas investigaciones. Los estudios de Charcot impulsaron rápidamente las hipótesis sobre el papel de la pérdida de dopamina en la patogénesis de la enfermedad de Parkinson. Efectivamente, el temblor característico se debe a la pérdida progresiva de neuronas productoras de dopamina.

Fue a finales de la década de 1950 cuando se descubrió la localización de la dopamina dentro del cerebro, específicamente en el cuerpo estriado y, por lo tanto, su relación con el control del movimiento. El neurólogo francés sumó un dato sustancial: la bradicinesia, es decir, la lentitud en la ejecución de los movimientos. A pesar del temblor, el paciente aún puede realizar la mayoría de las actividades, pero las ejecuta con más lentitud. Entre el pensamiento y la acción hay una “pausa”.
La contradicción como núcleo del conflicto
Apoyados en los avances de las neurociencias, sumemos ahora una mirada complementaria a los estudios pioneros, más integrativa y holística, que pueda reunir lo bioquímico cerebral con la personalidad. Por eso, a pesar de haberse perdido la inicial definición del doctor James Parkinson en 1817, la retomaré porque refiere el centro del conflicto: una contradicción.
Decir “parálisis temblorosa” es un oxímoron, un dilema de opciones, un contrasentido, una antítesis. Un gran sufrimiento emocional.
En ese péndulo se mueven las emociones de quien padece la dolencia: cuando no encontramos una solución afuera, el cerebro baja la solución a la biología como mecanismo de adaptación, de supervivencia frente al malestar.
Si consideramos, como indica la neurología, que la sustancia que se pierde es la dopamina —neurotransmisor fundamental en el sistema nervioso central o “mensajero químico” responsable del sistema de motivación, recompensa y placer del cerebro— podemos hipotetizar algunas preguntas.

Preguntas para comprender el proceso
¿Qué evento sufrido como un bioshock (inesperado, dramático, vivido en soledad y sin solución) no se ha podido descargar? Cuando un hecho de alta intensidad no puede ser expresado, se produce ansiedad por el logro, excitación aumentada y, en consecuencia, inquietud física.
¿Cuáles fueron las circunstancias atravesadas que inhabilitaron el entusiasmo, la continuidad en el compromiso o derivaron en postergación, culpa y depresión? Es importante ubicar el episodio vivido, identificar ese impacto y resignificarlo.
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¿Puede reconocerse una progresión en los cambios de intereses sin lograr sostener el foco? Es valioso que el paciente visualice cuándo y en qué escenarios su objetivo pierde focalización y sus intereses cambian, saltan de un punto a otro constantemente. Esto genera procrastinación y culpabilidad.
Entre el deseo y la exigencia
El sufrimiento se centra en la vivencia de la contradicción: “tengo que hacer esto, pero lo haré más tarde”. La tensión se crea en el futuro, pero el conflicto es en presente: “lo que quiero ahora” versus “lo que no puedo ahora”, y “lo que voy a querer o poder más tarde”.
Esa contradicción suele expresarse en una frase repetida: “ahora no puedo” o “ahora no quiero”, acompañada por otra exigencia típica: “tengo que poder”.

Suelen ser personalidades con actitudes rígidas, que privilegian la confirmación de sus ideas por encima de la apertura a otras posibilidades o alternativas frente a un mismo suceso. Presentan pensamientos inflexibles, poco moldeables ante situaciones nuevas. Suponen que todos piensan como ellos y no aceptan con facilidad otros puntos de vista.
Para complacer, muchas veces se han sentido obligados a aceptar situaciones que no elegirían. Buscan la confirmación de sus ideas o se apartan porque esperan que los demás también vean, crean o sientan como ellos.
Cuando la rigidez emocional se expresa en el cuerpo
La rigidez mental se expresará en el organismo: las extremidades superiores representan el hacer; las inferiores, el avanzar.
Saben que pueden realizar determinada tarea, se entusiasman, pero la ambivalencia los tironea de un extremo a otro en la búsqueda de nuevos estímulos. Cuando baja la dopamina, la motivación comienza a declinar, la atención se fragmenta, la ansiedad crece y el optimismo disminuye.
Este conjunto de situaciones profundiza la insatisfacción por no saber qué definir, qué hacer o qué elegir. Se debaten entre “me voy” o “me quedo”, y se instala el bloqueo junto con la sensación de falta de libertad.

La dolencia de la contradicción habla de enjaulamiento, aprisionamiento, de sentirse detenido y hacer fuerza para huir sin lograrlo. Y, al mismo tiempo, de una actitud de control sobre sí mismo, sobre los demás y sobre las circunstancias, junto con la frustración e impotencia por no conseguir que todo ocurra según cánones fijos e inalterables para interpretar la realidad.
Control e impotencia en los logros.
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El papel de la dopamina y la resignificación
La pérdida de dopamina constituye el ambioma ideal para que se desarrollen los síntomas del parkinsonismo. Pero la dopamina puede regularse y aumentar a partir de la resignificación de los eventos traumáticos sufridos que lastimaron progresivamente la capacidad para decidir libremente, sin presiones, dejando ir lo que ya no aplica, soltando mandatos arcaicos y recuperando el equilibrio.
Los tratamientos más actuales han progresado mucho para aliviar los síntomas y mejorar la función neuronal, pero la ciencia aún considera esta enfermedad incurable. Sin embargo, los enfoques más integrativos, que propician una toma de conciencia y promueven la psico-bio-educación del paciente, logran cambios saludables y sostenidos.

Dos claves que aporta la clínica
Dos pistas más que la clínica nos brinda: la falta de habilitación para expresar la ira —entonces el “volcán de furia” implosiona y tiembla o endurece el cuerpo— y la imposibilidad de marcar límites claros para asumir responsabilidades, gestionar el tiempo y escuchar las propias urgencias antes que las ajenas.
Estos son dos grandes focos para trabajar en terapia.
Las enfermedades no son nuestras enemigas: son una llamada de atención, verdaderas metáforas de oportunidad para aprender a escuchar las necesidades físicas y emocionales de nuestro cuerpo y de nuestra alma.
Lic. Diana Paris. Especialista en Psicogenealogía y Biodeco Integrativa. Autora de Secretos familiares, Mandatos familiares, Lecturas que curan, Mujeres sin hijos y Tu voz que florece, este último en coautoría con Ondi Paris.




