Hay historias que un pueblo nunca logra olvidar. En Epuyén, una localidad rodeada de montañas y naturaleza en la provincia de Chubut, todavía hay nombres, fechas y silencios que duelen. Porque detrás del peor brote de hantavirus registrado en Argentina hubo algo tan cotidiano como una fiesta de 15. Música, abrazos, familias reunidas. Y después, el miedo.
Entre fines de 2018 y comienzos de 2019, la tranquilidad del pueblo quedó atravesada por una cadena de contagios que avanzó rápido, sembró incertidumbre y terminó dejando 12 muertos. Fueron 34 los casos confirmados de hantavirus Andes, la única variante que puede transmitirse entre personas.
Hoy, casi ocho años después, el recuerdo vuelve a cobrar fuerza por los recientes casos detectados en el crucero MV Hondius, que activaron alertas sanitarias internacionales y despertaron inevitables comparaciones con aquella tragedia argentina.
El caso cero: un cuadro que parecía una simple gripe
Todo comenzó con síntomas que parecían comunes. Víctor Díaz, vecino de Epuyén, llegó a la guardia médica con fiebre, dolores musculares y malestar general. Al principio, creyeron que era un resfrío. Después hablaron de gastroenteritis. Incluso llegaron a sospechar de un cáncer de pulmón.
Pero el diagnóstico final fue otro: hantavirus. Y ese resultado cambiaría para siempre la vida del pueblo.
Con el correr de los días, comenzaron a aparecer nuevos casos. Familiares, amigos y personas que habían compartido tiempo con él empezaron a desarrollar síntomas similares. Entre ellos, su propia hija y su compadre, Aldo Valle, quien murió semanas después. También falleció la exesposa de Díaz.
La fiesta de 15 que quedó en el centro de la investigación
Aunque nunca pudo determinarse con absoluta certeza el origen exacto del contagio, muchos habitantes de Epuyén apuntaron a una fiesta de 15 realizada el 3 de noviembre de 2018 como uno de los momentos clave en la propagación del virus.
Víctor Díaz y su hija habían asistido a esa celebración. También otras personas que luego dieron positivo. En un pueblo chico, donde todos se conocen y los encuentros son parte de la vida cotidiana, el virus encontró el escenario perfecto para avanzar casi en silencio.
En aquel momento todavía había poca información sobre la transmisión interpersonal del hantavirus Andes. No se utilizaban barbijos ni existían protocolos claros para el aislamiento. El desconocimiento jugó un papel determinante. “Fue muy difícil todo acá”, recordó años después Díaz, al hablar de la falta de respuestas y de prevención durante esos días desesperantes.
Un pueblo paralizado por el miedo
Lo más devastador no fue solamente la velocidad de los contagios, sino la angustia colectiva. Cada fiebre generaba terror. Cada tos despertaba sospechas. Muchas familias quedaron aisladas y el pueblo entero vivió semanas de incertidumbre extrema.
Las autoridades sanitarias implementaron cuarentenas estrictas y controles permanentes para intentar frenar el brote. Mientras tanto, los hospitales trabajaban al límite y la comunidad seguía contando víctimas.
La tragedia de Epuyén también dejó una marca emocional profunda. Porque detrás de cada número hubo familias enteras atravesadas por pérdidas, culpas y preguntas sin respuesta.
Por qué el caso vuelve a generar preocupación hoy
La historia volvió a ocupar titulares por los casos detectados en pasajeros del crucero MV Hondius, que recorrió Ushuaia, Chile y Uruguay antes de activar las alertas sanitarias internacionales.
Según trascendió, las personas contagiadas habrían contraído la variante Andes, la misma involucrada en el brote de Epuyén. Debido al largo período de incubación —que puede extenderse entre seis y ocho semanas— las autoridades sanitarias internacionales continúan monitoreando posibles nuevos casos.
Y aunque hoy existe mucha más información sobre el hantavirus que en 2018, el recuerdo de Epuyén sigue funcionando como una advertencia dolorosa sobre lo rápido que puede cambiarlo todo.



