Atravesada por un presente profesional consolidado y con el reconocimiento del público por su trabajo en “Envidiosa”, Lorena Vega abrió su corazón y recordó uno de los momentos más complejos de su vida. Lejos del éxito actual, sus primeros pasos en la actuación estuvieron marcados por la incertidumbre económica, el miedo y la necesidad de reinventarse.
Durante su paso por el programa El Show de los Humanos en Futurock, la actriz de 50 años rememoró cómo atravesó la crisis del 2001 en Argentina, un contexto social y económico que impactó de lleno en su vida cotidiana. La inflación, la imposibilidad de llegar a fin de mes y la falta de oportunidades ponían en jaque su vocación.
En ese contexto, Lorena relató una situación tan cruda como determinante: “En el 2001 yo vivía alquilando y no lo podía pagar. Me acuerdo que le dije a la dueña del departamento, totalmente vencida, ‘No te puedo pagar más’, y ella me dijo que me quede hasta que la cosa mejore”.
El miedo, la vocación y el refugio del teatro
Mientras intentaba sostenerse económicamente, la actriz ya daba clases de teatro, aunque el ingreso era mínimo y la incertidumbre crecía. “Yo pensaba, ‘Me voy a morir, me voy a morir de hambre’. Porque en ese país, que estaba así de explotado y de roto, ¿Quién iba a pagar una clase de teatro?”, recordó con crudeza.
Sin embargo, en medio de ese escenario adverso, apareció una oportunidad inesperada. En una fábrica recuperada por sus trabajadores, INPA, se abrió un espacio cultural que le permitió proponer un taller de teatro. Las primeras clases fueron gratuitas y luego estableció una cuota mínima de cinco pesos.
“Eso pasó y vino un montón de gente”, contó con emoción. Contra todo pronóstico, el espacio se llenó y se convirtió en un sostén no solo económico, sino también emocional. “Yo decía que no iba a ir nadie porque la gente está en otra, porque ¿quién va a ir a una clase de teatro ahora?, porque quién me conoce y quién se va a poner en manos de una piba que tiene 22 años dando clases de teatro”.
Lejos de quedar como una anécdota, ese momento marcó un antes y un después en su vida. “No sabés la cantidad de gente que vino y no sabés cómo me salvó la vida. En un momento en el que estaba todo muy mal, casi como ahora”, reflexionó, estableciendo un paralelismo con el presente.
Para Lorena, el teatro no es solo una profesión, sino un espacio de transformación. “Entonces, yo pienso que lo que hacemos es un refugio que subsistió a todas las crisis mundiales históricas que sigue estando y por eso lo tenemos que seguir sosteniendo, que son espacios donde se renueva la energía. Donde pensamos cosas, donde nos agrupamos y salimos diferentes”.
Con una mirada profunda sobre el valor del arte, cerró con una reflexión que resume su recorrido: “Si ves una obra y te gustó, te vas distinta. Entonces, para mí, tiene un sentido absoluto y lo tengo comprobado en carne propia desde esa época, imaginate”.
Hoy, con una carrera consolidada, Lorena no solo celebra su presente, sino que también pone en valor ese camino difícil que la formó y reafirmó su vocación.


