Aunque ella no se anime a decirlo así, Lorna Evans es un verdadero ejemplo de esfuerzo, perseverancia, superación y entrega. Desde muy chica soñó con hacer algo relacionado con el espacio exterior, cuando se quedaba horas mirando las estrellas. Después de varios años de preparación logró hacer su sueño realidad: hoy trabaja en proyectos de investigación vinculados a la NASA, es aspirante a astronauta y se dedica a una disciplina tan fascinante como poco conocida: la medicina aeroespacial.
Leerla es un verdadero viaje a un futuro no muy lejano. Para ella, pensar en la vida humana en la Luna o en Marte no pertenece al terreno de la ciencia ficción sino al trabajo cotidiano: diseñar procesos, estudiar protocolos, investigar cómo sostener física y mentalmente a personas viviendo fuera de la Tierra.

Pero detrás de esa carrera de altísima exigencia también aparece una mujer profundamente atravesada por sus raíces, por los mates con amigos, por la distancia con su familia y por el recuerdo de su papá alentándola desde abajo de un juego de plaza convertido, en su imaginación, en un cohete rumbo a la Luna.
El momento en que el sueño empezó a parecer posible
-De esa nena que miraba el cielo en Argentina a esta candidata a astronauta, ¿en qué momento exacto sentiste que el espacio dejaba de ser un juego para convertirse en tu plan de vida?
-Es una excelente pregunta. Creo que todo se fue dando paulatinamente. Pero si tuviera que elegir un momento específico, diría que fue la primera vez que fui aceptada en un programa de la NASA. Ahí sentí por primera vez que ese sueño podía convertirse en una realidad concreta.

Después de tantos años de esfuerzo, estudio, trabajo e incertidumbre, entrar a la NASA me hizo pensar: “Es posible, lo logré”. Fue el momento en el que el espacio dejó de ser solamente un sueño lejano, un “tal vez algún día”, y pasó a convertirse en un objetivo real de vida, en algo más inmediato y cercano.
El desarraigo y el largo camino de formación
-¿Cómo fue el camino de formación y cuál considerás que fue el mayor sacrificio personal que tuviste que hacer para llegar a este nivel de exigencia?
-Mi camino de formación fue largo y poco convencional. La medicina aeroespacial sigue siendo una especialidad muy pequeña y en Argentina no existe como carrera, así que entendí bastante rápido que, si quería acercarme de verdad al mundo espacial y unir mis dos grandes pasiones -la medicina y el espacio-, tenía que irme del país y buscar oportunidades afuera.
Mirando hacia atrás, hubo muchos desafíos, pero honestamente nunca los viví como sacrificios, sino como parte del camino. Fueron decisiones conscientes que tomé sabiendo hacia dónde quería ir. Y no me arrepiento de ninguna.
Tal vez lo más difícil fue dejar a mi familia, a mis amigos, la cultura argentina, las costumbres, incluso cosas tan simples como la comida o la forma de vincularnos. Eso es lo que más extraño.
Cómo se investiga hoy la vida humana fuera de la Tierra
-¿Qué se siente, en el día a día, participar de proyectos orientados a la posible vida humana en el espacio?
-Actualmente colaboro de manera externa en proyectos de investigación vinculados a la NASA, especialmente en áreas relacionadas con medicina aeroespacial y nutrición basada en plantas para misiones espaciales de larga duración. Si bien no formo parte del programa Artemis, estas investigaciones podrían eventualmente contribuir a la salud, el rendimiento y la seguridad de astronautas durante futuras misiones espaciales.

Pensar que estoy trabajando en algo así es muy emocionante e inspirador, porque uno entiende que está aportando un pequeño granito de arena a algo muchísimo más grande que uno mismo: el futuro de la exploración humana.
Saber que el trabajo que hacemos hoy puede ayudar a futuras misiones a la Luna o Marte es realmente increíble y muy movilizante a nivel personal.
Y para alguien que soñaba con el espacio desde chica, poder participar en el avance de la medicina aeroespacial, aunque sea desde ese lugar, ya es profundamente significativo.
Los desafíos que hoy preocupan a la medicina aeroespacial
-¿Podés describirnos en qué consiste específicamente tu trabajo actual y qué desafíos técnicos te quitan el sueño hoy?
-Uno de los temas que más me interesa actualmente es cómo vamos a sostener la presencia humana en la Luna y, eventualmente, en Marte durante períodos prolongados.
Por ejemplo, cuestiones como la enfermedad por descompresión durante las caminatas lunares, los largos protocolos de prebreathe necesarios antes de cada actividad extravehicular, la exposición a ambientes extremos y los desafíos fisiológicos y psicológicos de vivir fuera de la Tierra todavía representan enormes áreas de investigación.
Creo que una de las grandes preguntas hoy ya no es solamente cómo llegar a la Luna, sino cómo trabajar, construir y permanecer allí de forma segura y sostenible a largo plazo.
Porque establecer una presencia humana permanente implica realizar actividades extravehiculares frecuentes, físicamente exigentes, y eso trae consigo desafíos médicos y operacionales muy complejos.
“No existen sueños demasiado grandes”
-Como mujer en una industria históricamente masculina, ¿qué barreras sentís que lograste derribar y qué consejo le darías a las chicas que sueñan con seguir tus pasos?
-No sé si podría decir que derribé una barrera en particular, pero sí me gustaría pensar que puedo llevarle esperanza a muchas “Lornas” de Argentina y Latinoamérica que hoy sueñan con algo que parece imposible o demasiado lejano.
Yo me crié en una típica familia argentina de clase media-baja y creo que lo que más me ayudó fue la perseverancia: seguir adelante a pesar de las dificultades.
Si hay algo que me gustaría decirles a las nuevas generaciones es que no existe la idea de que ciertos sueños sean “demasiado grandes” dependiendo de dónde venís, quién sos o los recursos con los que contás o no contás.
Mi consejo sería que no esperen sentirse completamente listas o tener todas las herramientas para empezar. Muchas veces el miedo, la inseguridad o el síndrome del impostor aparecen igual, incluso en personas muy capacitadas.
Lo importante es seguir avanzando a pesar de eso. Y también entender que no hay un único camino. Cada carrera es distinta, todos somos distintos y los tiempos de cada uno son diferentes. Lo importante es seguir adelante, ir con fe y seguir trabajando y estudiando para lograr eso que amamos.

La resiliencia argentina como fortaleza
¿De qué manera sentís que tu identidad y tu educación en Argentina influyeron en tu capacidad de resolución y resiliencia en un entorno tan competitivo?
-Muchísimo. Crecer en Argentina te da una capacidad enorme de adaptación y creatividad para resolver problemas. Estamos muy acostumbrados a reinventarnos, a encontrar soluciones incluso cuando los recursos son limitados o inexistentes.
Eso desarrolla una creatividad muy particular y una forma de pensar muy flexible. Creo que una de nuestras mayores fortalezas es el capital humano, el ingenio y la capacidad de salir adelante en contextos cambiantes e inciertos.
Esa resiliencia cultural me ayudó muchísimo a moverme en entornos altamente competitivos y exigentes.
También siento que la calidez humana y la forma en que nos relacionamos los argentinos es algo muy valioso. En ciencia y en medicina, el trabajo humano y en equipo es fundamental.
Cómo convive la exigencia extrema con el descanso
-¿Cómo es tu rutina diaria en los Estados Unidos y cómo lográs que la intensidad de tu carrera conviva con tus espacios de descanso?
-Mi rutina cambia bastante dependiendo de los proyectos en los que esté trabajando, pero generalmente implica investigación, reuniones, lectura científica y entrenamiento. Es una carrera que demanda muchísimo tiempo y energía mental.
Con el tiempo aprendí que descansar también es parte del rendimiento. Antes me pasaba que estaba tan enfocada en mi sueño que ignoraba todo el resto y podía pasar horas y horas trabajando, no solo por pasión sino porque realmente me gusta lo que hago.
Pero a largo plazo, tener un ritmo de trabajo tan fuerte trae consecuencias. Por eso hoy intento ser más consciente del equilibrio.
Incluyo en mi rutina espacios para entrenar, meditar y también cultivar mi lado espiritual. También valoro muchísimo compartir tiempo con amigos, tomar unos mates con ellos -tengo muchos amigos argentinos acá-, desconectarme un poco y mantener hobbies fuera del trabajo.
A veces no es fácil, pero el equilibrio entre tiempo de ocio y trabajo es fundamental en este tipo de carreras.
La distancia, los afectos y el sostén emocional
-¿Qué rol juegan tu familia y tus amigos en este proceso, y cómo hacés para mantener el vínculo con tus afectos a pesar de la distancia y las responsabilidades?
-Mi familia y mis amigos son absolutamente fundamentales. Nadie llega solo a ningún lado. Ellos estuvieron presentes incluso en los momentos más difíciles o inciertos y siempre fueron un sostén emocional enorme.
La distancia, obviamente, no es fácil, especialmente viviendo en otro país y con una rutina tan intensa, pero mantengo el contacto con ellos de manera constante a través de mensajes diarios, videollamadas y llamadas frecuentes.
Hoy la tecnología ayuda muchísimo a acortar esas distancias y, cada vez que puedo volver a Argentina o compartir tiempo con ellos, lo priorizo, porque son una de las partes más importantes de mi vida.
Aprovecho también para mandarle un saludo a mi mejor amiga, Rocío.
Qué se necesita psicológicamente para vivir en el espacio
-Más allá de lo profesional, ¿cómo se prepara alguien psicológicamente para la posibilidad real de dejar el planeta y vivir en el espacio?
-Creo que la preparación psicológica es tan importante como la física o la técnica. Vivir y trabajar en ambientes extremos requiere muchísima estabilidad emocional, tolerancia al aislamiento, manejo del estrés y capacidad de convivencia.
Creo que la flexibilidad mental es fundamental en estos contextos, porque te permite adaptarte mejor a escenarios cambiantes y seguir avanzando incluso cuando las condiciones no son ideales.
Pero también hay algo más profundo: aceptar que la exploración espacial implica cierto nivel de riesgo e incertidumbre. Empujar los límites de lo que conocemos y de lo que creemos posible siempre conlleva desafíos.
En ese sentido, el entrenamiento de astronautas no solo se enfoca en lo técnico, sino también en la personalidad: la resiliencia, la capacidad de trabajar en equipo en aislamiento prolongado y la toma de decisiones bajo presión son aspectos clave.
Muchas veces esto se evalúa y se entrena a través de simulaciones y misiones en entornos análogos.
La clave está en prepararse de la mejor manera posible, tanto a nivel técnico, físico como mental, y en tener muy claro el propósito que te mueve: entender que uno hace lo que hace porque lo ama, lo apasiona y forma parte de su identidad, de su propósito de vida, de su ikigai.
No es solo una elección profesional, sino una forma de vida que te sostiene en los momentos de mayor exigencia, incertidumbre o dificultad, y que te recuerda constantemente por qué empezaste en primer lugar.
El recuerdo de su papá y el mate que sueña llevar a la Luna
-Si lográs llegar a la Luna, ¿qué objeto personal o recuerdo de tu historia te gustaría llevar con vos en esa valija espacial?
-De recuerdos llevaría la imagen de mi papá mirándome desde abajo del cohete de la placita cerca de mi casa, que tenía tres niveles y al que yo siempre subía hasta la parte más alta, donde van los astronautas. Desde abajo, él me decía: “El cohete a la Luna”.
Como objetos personales llevaría una foto de mi familia, mis amigos y mis mascotas, una bandera argentina y un parche de Malvinas. Y, si puedo, también llevaría un mate.
Creo que hay una marca comercial que fabrica un sistema de termo y mate todo en uno y probablemente ese diseño funcionaría en entornos de microgravedad. Si la empresa que hace estos termos lee esto, háganme llegar uno así cuando vaya, lo pruebo.
La realidad es que uno puede irse de Argentina, pero nunca deja de ser argentino, esté donde esté. Y creo que no estaría representando muy bien a la Argentina si no encontrara la forma de tomarme un mate en el espacio, ¿o no?

