"Va a ser largo": la palabra del novio y la familia de Raquel, la mujer que sobrevivió al accidente de Adamuz, fue mamá, pero sigue en un limbo - Revista Para Ti
 

"Va a ser largo": la palabra del novio y la familia de Raquel, la mujer que sobrevivió al accidente de Adamuz, fue mamá, pero sigue en un limbo

Sobrevivió a un accidente que dejó 46 muertos, sigue hospitalizada tres meses después y acaba de ser madre. La historia de Raquel y su hijo Teo, un “rayito de esperanza” en medio de una batalla emocional, médica y legal.
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Teo nació sin saber que su historia ya es extraordinaria. Llegó al mundo en medio de una tragedia que cambió todo. Su mamá, Raquel García Aranda, sigue internada tres meses después del accidente ferroviario de Adamuz, en Córdoba, donde murieron 46 personas. Es la única víctima que continúa hospitalizada.

Y sin embargo, en ese escenario atravesado por la incertidumbre, su nacimiento fue algo más que una buena noticia. Fue —como repite su familia— un “rayito de esperanza”, que dio una entrevista al diario español ABC.

Una vida antes, otra después

Raquel tiene 32 años, es abogada y llevaba una vida activa en Madrid. Tenía proyectos, una casa recién comprada en Málaga y un plan claro: mudarse con su pareja, Iván, y empezar una nueva etapa junto a su hijo.

Ana García Aranda y su papá.
Ana García Aranda y su papá.

Todo el mundo habla de Raquel sin saber quién es Raquel. Esta abogada malagueña de 32 años tenía su propio despacho en Madrid. Luchadora, bondadosa, humilde y entregada son algunos de los calificativos que salen de la boca de quienes mejor conocen a esta mujer. Desde hace cuatro años mantiene una relación con Iván, un madrileño de 37 años con el que tiene planes de futuro.

Pero el 15 de enero, todo cambió. Viajaba embarazada de cuatro meses cuando ocurrió el accidente. Iba con su pareja, su hermana y su perro. El impacto fue devastador.

Desde entonces, su vida —y la de toda su familia— quedó suspendida en un tiempo distinto.

“Vivimos minuto a minuto”

Tres meses después, la rutina ya no existe. Ahora, el tiempo se mide en partes médicos, en pequeñas mejoras, en visitas al hospital. En resistir.

“Va mejorando, pero aún necesita evolucionar más”, cuenta Iván, su pareja y padre de Teo. Cada avance, por mínimo que parezca, se celebra como un logro enorme.

El padre, Iván (el novio) y Ana.
El padre, Iván (el novio) y Ana.

Porque en este contexto, nada es pequeño. A la angustia emocional se suma otro problema: el legal.

La familia de Raquel necesita obtener la curatela para poder tomar decisiones médicas, gestionar su tratamiento y acceder a ayudas económicas. Pero el proceso está demorado.

Sin esa autorización judicial, no pueden representarla formalmente. Y eso, en términos concretos, significa algo tan simple como desesperante: no pueden avanzar.

“No podemos hacernos cargo hasta que estemos autorizados”, explica su padre. Mientras tanto, los costos médicos crecen. Y la incertidumbre también.

Teo, la razón para seguir

En medio de todo, aparece él. Teo. Un bebé prematuro, fuerte, que pasó sus primeros días en incubadora. Un hijo que nació cuando su mamá todavía lucha por recuperarse.

“Es una extensión de Raquel”, dicen. Es, también, una forma de sentirla cerca. De sostenerse. De no caer. Su llegada reorganizó el dolor. No lo borra, pero le da sentido.

La familia lo sabe: el camino va a ser largo. Hablan de una “montaña rusa emocional”, de días de subidas y bajadas, de miedo y de esperanza conviviendo al mismo tiempo.

Iván entre la desesperación y la esperanza
Iván entre la desesperación y la esperanza

También saben que la recuperación no será inmediata. Ni fácil. Pero hay algo que se mantiene intacto: la convicción de seguir. De estar. De acompañar.

Porque si algo dejó esta historia —además del dolor— es una certeza: Que incluso en los escenarios más oscuros, la vida encuentra la forma de abrirse paso.

Y a veces, lo hace en forma de un bebé que todavía no sabe todo lo que ya sobrevivió. Iván está deseando que lleguen "todas las mañanas y todas las noches" para ver a Teo que, de momento, sigue en la incubadora. Un amor que también es compartido por el abuelo Alberto (62 años), que considera que su nacimiento es la mejor motivación y tratamiento posible para su hija. "Ese niño se enterará de que tiene una madre cuando él ya tenga, digamos, conciencia, ¿no? Y no al revés", concluye.

 
 

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