Lector no se nace, se hace  - Revista Para Ti
 

Lector no se nace, se hace 

En el Día del Lector, una invitación a redescubrir el poder de los libros para construir mundos, comprender nuestras emociones y transformar la manera en que nos miramos. De Borges a los clásicos que siguen interpelándonos, Diana Paris reflexiona sobre la lectura como herencia, refugio, experiencia de autoconocimiento y también como herramienta terapéutica.
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Borges siempre dijo que él, desde niño, había sentido que su destino era ser escritor. Y para llevar a cabo ese destino dedicó su vida a la lectura. Estaba más orgulloso de lo que había leído que de lo que había escrito. Quienes tenemos la dicha de haber descubierto en la lectura una fiesta, decimos con él: "De los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro". 

En la Argentina,  cada 24 de agosto se celebra el Día del Lector en conmemoración del nacimiento del escritor Jorge Luis Borges, el 24 de agosto de 1899. El homenaje fue establecido mediante la Ley nacional 26.754, en el año 2012. También en otros países se celebra a los lectores y lectoras. Tomaron la misma fecha en Perú, en México. Y está presente en cada escuela, cada biblioteca, cada feria. Y en el trabajo de editores y promotores culturales: el Día del Lector es un llamado a las familias para cultivar este hábito en casa.  

También en la memoria recreamos libros: cuando en la infancia, al borde de la cama, mamá o papá nos leyeron cuentos antes de dormir, cuando leímos solas por primera vez, cuando elegimos un libro antes que un juguete para pedirle a los Reyes… ¿Cuál es tu primer libro significativo que te cambió el modo de mirar el mundo? ¿En cuál personaje te viste cuando pusiste en acción ese gesto inesperado, esa decisión sorpresiva? ¿Hay en tu repertorio de lecturas un fragmento que funciona como faro para tus días?  

Sin duda podrías responder cada una de estas preguntas si viajando en el tiempo te vieras leyendo, en calma, en un mágico instante de yo-conmigo. Haber recibido ese “nutriente” en la infancia y seguir conquistando anaqueles de librerías donde buscar más emociones y saberes, es una de las mejores herencias que podemos agradecer. 

Leer es construir mundos 

 Las transformaciones en el hábito de la lectura no son cuantitativas, sino cualitativas. La mera recepción de información y recopilación de datos promueve una "mente literal" y esto empobrece el uso del lenguaje. En cambio, el lector de ficciones (cuentos, leyendas, mitos, novelas) recrea la escritura que se despliega en el libro y, mientras lee, pone en acción una respuesta lectora que es una gran maquinaria para comprender la propia identidad, proyectar su per­sonalidad en la obra y transformar sus deseos y sus miedos por medio de la transacción que mantiene con el texto. Y eso es posible gracias a lo que Samuel Taylor Coleridge llama la “suspensión dispuesta de la incredulidad”. ¿Por qué suspendemos la incredulidad? Probablemente, por la misma razón por la que hacemos la mayoría de las cosas en este mundo: para ser felices. 

¿Qué hace la gente cuando lee literatura?, ¿de qué manera la lectura de una novela o un poema es una ocasión para revisar cierto tema, fantasía, o trauma? Al leer se sintetizan miedos, defensas y adaptaciones y la personalidad funciona como estí­mulo de la historia leída en el sujeto. 

La literatura propicia la transformación de las emociones: el libro es el artefacto textual por excelencia del reino del efecto sobre el afecto. La comunicación entre autor y lector se establece cuando quien lee reconoce sus propias fantasías en la ficción, y así logra una descarga afectiva, emocional y ten­sional. 

Los psicoanalistas leemos a nuestros pacientes en sus relatos, sus juegos de palabras, sus lapsus y asociaciones libres, funcionan como textos del inconsciente. Y, en el efecto de lectura que cada lector literario recoge y construye, se percibe la misma dia­léctica, el mismo intenso diálogo de palabra y silencio que existe entre el analista y el paciente: cruzando las grandes aguas de la memoria y el olvido, cada sujeto se ficcionaliza una narración propia, una ficción ideal: mientras se narra, elabora una y otra vez su “novela familiar”. Y, quienes vemos el profundo potencial de la biblioterapia, ofrecemos ese manjar curativo en las sesiones. Cuando leemos literatura aprendemos esa danza oscilante, un vai­vén entre saber y esperar, entre lo que se nos revela y lo que se nos oculta, entre la impaciencia y la demora.  

Como lectores somos recolectores de indicios, pistas, sorpresas, satisfacción y vértigo: la escena de la lectura actualiza el rumor de otra escena que reconocemos como propia, que ya atravesamos, que alguna vez eludimos por miedo: perder los límites de uno mismo, ser engullido (como la amenaza de los niños en “Hansel y Gretel”, o la escena de “Pinocho” tragado por la ballena), abrumado, ahogado o, como en las historias de Poe, estar enterrado vivo, o estar preso de una fusión que nos hace perder identidad o sobreprotegido por un abrazo mater­nal-mortífero que nos asfixia.  

Residuos de la experiencia que reaparecen en sueños, o en el bloqueo para avanzar, o la sensación de ser insuficiente. Entonces, si cada lector utiliza los materiales que le propor­cionan su estilo y su subjetividad, la lectura funciona como el trampolín para crear nuevos escenarios, reconocer los propios recursos y ampliar el horizonte de expectativa. 

Hay lecturas que nombran actitudes, comportamientos, dolencias: 

  • Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, ofrece un catálogo de distorsiones de la realidad: las personas que lo sufren ven alterada la forma, el tamaño e inclusión la ubicación espacial de los objetos y hasta su propia estatura. 
  • Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain, da nombre a un síndrome psicológico caracterizado por la incapacidad de tomar decisiones y la negativa a asumir cualquier responsabilidad. 
  • Madame Bovari, de Gustave Flaubert, permite mencionar un estado emocional conocido como “bovarismo” (un estado de insatisfacción crónica en el plano afectivo y social que se debe al contrastar las ilusiones que uno se crea con la realidad cotidiana). 
  • La Bella Durmiente, de Charles Perrault, da nombre a una alteración neurológica llamada hipersomnia. 
  • Edipo rey, de Sófocles, que ha dado nombre al complejo señalado por Sigmund Freud como un estado inconsciente caracterizado por una obsesión hacia la madre y el odio o rechazo por el padre. 
  • El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, extiende su nombre a las personas muy idealistas, de gestos y acciones desmesuradas, quijotescas, sin medir las posibilidades reales de determinadas decisiones. 
  • Peter Pan, de Matthew Barrie, nos ha regalado una metáfora universal para las personas gobernadas por la inmadurez y la imposibilidad de hacerse adultos responsables. 
  • Otelo, de William Shakespeare, ya es un nombre instalado para hablar de la celotipia, el control, obsesión patológica y la desconfianza hacia la pareja. 
  • Rapunzel, de los hermanos Grimm. Se conoce como síndrome Rapunzel a la tricofagia (personas se comen su propio cabello) o sufren tricotilomanía, es decir, un comportamiento compulsivo que lleva a la persona manipular el cabello estirándolo, retorciéndolo y arrancarlo. 
  • Roma, Nápoles y Florencia, de Henri Beyle, cuyo seudónimo es Stendhal, nos da el nombre de un conjunto de sensaciones conocidas como síndrome Stendhal: aparece cuando se producen una serie de mareos, vértigo y nerviosismo ante una fuerte emoción estética, y la desbordante belleza artística, mística o religiosa. 
  • El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, brinda un nombre a quienes sufren un trastorno caracterizado por el ocultamiento de los defectos físicos, el terror al paso del tiempo y las consecuencias del envejecimiento. 
  • Las sorprendentes aventuras del  barón Munchausen, de Rudolf Erich Raspe. Las personas que padecen este síndrome se autolesionan para convencer al resto que están enfermas y así conseguir su atención. 

Recomendar es convidar 

A veces en la bandeja no está el pastelito que esperamos, pero abrir el paladar es una gran aventura gustativa. Lo mismo sucede con los libros: leer es parte del camino para inaugurar y fortalecer la biblioteca interior. No hay una recomendación universal, pero hay algunos títulos que raramente podrían ser un fracaso. Invito a regresar a algunos clásicos y a sumergirse en algunas aguas menos seguras de antemano... vaya un puñado de ideas para darse una vuelta por la librería o la biblioteca más cercana: 

El Principito (A. de S. Exupery), La hija única (Guadalupe Netel), Cuentos de amor de locura y de muerte (H. Quiroga), Léxico familiar (Natalia Ginzburg), La metamorfosis (F. Kafka), Mazal (F. Miralles), Siete casas vacías (Samanta Schweblin), Mujeres que corren con los lobos (C. Pinkola Estes), Verde agua (Teresa Madieri), Las gratitudes (Delphine de Vigan), La amiga estupenda (E. Ferrante), El cuento de la criada (M. Atwood), El callejón de los milagros, (Naguib Mahfuz )Historia de Cronopios y de Famas (J. Cortázar), La cifra (Jorge L. Borges). Y muchos más… 

Para finalizar, digamos que para un bibliófilo hay una máxima clara: “Libro veo, libro quiero”. Son aquellos aficionados a las ediciones curiosas, originales, o más raras, y sostienen que leer es una forma de vivir. Y hay quienes viven para leer…Si bien ningún extremo es saludable, sin dudas el hábito lector promueve ventajas indiscutibles. Las neurociencias así lo aseveran (¡cosa que los lectores apasionados ya sabemos!). 

Fuente: Diana Paris. Es Doctora en Letras y Psicoanalista. Autora de Lecturas que curan (Editorial Del Nuevo Extremo). 

 
   

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