Durante años, Ezequiel Wagner acompañó a miles de familias desde el consultorio. Como pediatra, supo contener angustias, responder preguntas y tranquilizar a madres y padres frente a los desafíos de la crianza. Sin embargo, cuando nació Félix, su hijo, descubrió algo inesperado: todo lo que sabía no alcanzaba para prepararlo para lo que iba a sentir.
El miedo, la incertidumbre, las noches sin dormir, la emoción de escuchar un primer "papá" o de ver un primer paso transformaron para siempre su mirada sobre la infancia, la crianza y también sobre sí mismo.

En vísperas del Día del Padre, el médico comparte una reflexión profundamente humana sobre la experiencia de convertirse en padre primerizo, una aventura que, según reconoce, lo volvió más vulnerable, más empático y también más feliz.
- Durante años acompañaste a miles de familias como pediatra. ¿Qué fue lo primero que descubriste al convertirte en papá que nadie te había enseñado en la facultad?
-Que nadie nos enseña a ser papás. En la facultad y en el hospital me enseñaron sobre crianza. A asesorar. A prevenir y a curar. ¿Pero a vivir sabiendo que cada decisión tomada repercute de forma directa en una personita que apenas sabe respirar y alimentarse? Ni cerca.
La paternidad te cambia como persona, te pone miedos que no tenías a flor de piel, te hace dudar sobre las cosas en las que creías con firmeza, te hace replantearte todo lo que solía ser importante y te da vuelta como una media. Y eso no se enseña. Se vive.
- En tu carta sobre Félix contás que sentiste miedo porque no hacía pis. ¿Qué aprendiste de ese momento sobre la diferencia entre saber y sentir?
-Uno tiende a creer que los pediatras la tenemos un poco más fácil, pero es ese mismo conocimiento el que a veces nos complica porque nos invita a imaginarnos el peor escenario posible. Ese que tal vez vimos en el segundo año de la residencia, con un bebito parecido al tuyo, y que tal vez tuvo un cuadro complicado.
Y uno se arma la película y teme lo peor de forma injustificada, sin un solo ápice de razón, porque ahí uno deja de ser pediatra, para pasar a ser padre, y es fundamental poder buscar refugio en profesionales con la objetividad indemne para que la toma de decisiones sea la adecuada.

- ¿Hubo alguna situación de la crianza que te sorprendiera más de lo que esperabas, incluso teniendo formación médica?
-El desarrollo neuromadurativo solía ser un checklist en mi libreta para ver si derivar o no a un chico con algún especialista. Era ese límite de lo negativo, la barrera que delimitaba a un chico neurotípico de uno que tal vez necesite ciertas ayudas en la vida. Y con eso, dejaba de lado el mundo increíble de los chicos que logran sus metas. Porque Félix aprendió a girarse por su cuenta y estuve ahí, hinchando por él. Se sentó solo y lo abracé de la emoción.
Aprendió a decir "papá" y lo festejé más que el último mundial. Ahora está dando sus primeros pasos… Me parece increíble asombrarme todos los días por estas pequeñas cosas completamente normales y esperables, pero que así y todo son triunfos inconmensurables.
- ¿Cómo cambió tu mirada sobre las madres y los padres que llegaban preocupados al consultorio desde que nació tu hijo?
-Cien por ciento. En pediatría, igual, uno suele ser formado con algo más de paciencia y empatía. Entendemos que muchos son padres primerizos y que, como mencioné antes, nadie nos enseña a paternar. Pero ahora no solo entiendo sus miedos por razonamiento, sino por vivirlos en carne propia, y eso te cambia.
Te acordás de cuando dudaste por lo mismo. De que un llanto imprevisto en medio de la noche a veces es tan atípico que te gustaría el reaseguro de un profesional palmeándote el hombro y tranquilizándote, por más que no se requiera ni un estudio ni algún medicamento. Y a su vez, empezás a reducir las bajadas de línea imposibles de cumplir, o al menos las adecuás a las herramientas de los padres. Y eso antes no me pasaba.
- Decís que Félix te hizo mejor pediatra en apenas dos días. ¿De qué manera concreta cambió tu forma de ejercer la profesión?
-Esta creo que la contesté con la anterior. Pero tener un hijo te pone del otro lado del escritorio, y en la gran mayoría de las consultas, los padres vienen a buscar eso.
- ¿Cuál fue el consejo de crianza que más repetiste durante años y que recién entendiste de verdad cuando te tocó vivirlo en primera persona?
-Busquen ayuda. No están solos en la crianza. Siempre hay padres, tíos y amigos dispuestos a ayudar, y esa ayuda se necesita y se agradece. Embarcarse en el mundo de la paternidad es subirse a un navío diseñado para tropezar todos los días. Está bueno poder contar con personas que te ayuden a levantarte, que lleven el timón un rato para descansar, que te prevengan de algún iceberg en el camino. Solos, no es sano.
- En "Papá Pediatra" hablás de aprendizajes que tu hijo te dejó durante su primer año de vida. ¿Cuál fue la lección más transformadora?
-Que la vida se puede disfrutar más, o incluso más, cuando no es uno el protagonista. Sin desmerecer mis proyectos, mi carrera y mis estudios, poder dedicar gran parte de mis esfuerzos a que Félix sea un bebé sano y feliz, a mi me completa.
Tal vez estoy escribiendo menos que antes, tal vez dejé de ir un poco al cine que tanto me apasionaba, pero entender que haciendo cosas por él, me provoca felicidad, me cambió un poco la forma de ver la vida. Porque, contradictoriamente a lo que uno pensaría, no fue sino cuando corrí el foco de mí mismo que encontré estar en paz con todo.
- Muchas veces se habla de la maternidad, pero menos de lo que les pasa emocionalmente a los hombres cuando se convierten en padres. ¿Cómo viviste vos esa transformación?
-Yo creo que los hombres de mi edad somos la última generación que heredó este veto al hablar de nuestros sentimientos, más aún en temas tradicionalmente adjudicados a las mujeres como lo es la crianza. Pero eso no significa que no los tengamos.
Tal vez cueste en un grupo de amigos que salgan este tipo de charlas, pero poco a poco nos estamos abriendo, soltando la vieja imagen de macho al que no le entra una bala, para mostrar una más vulnerable, una más real. Muy en sintonía con la importancia que se le está dando a la salud mental, me parece sano para los chicos saber también qué pasa por la cabeza de sus papás, y creo que este libro busca un poco eso.

- Si pudieras escribirle hoy una carta a Ezequiel antes del nacimiento de Félix, ¿qué le dirías sobre la paternidad?
-Que nada es tan fácil como uno se imagina. Que todos los días aparecen desafíos nuevos. Que voy a tener sueño, hambre, agotamiento e incluso frustración. Que voy a tener inseguridades sobre mí mismo, sobre la pareja, y tal vez sobre si realmente estaba listo para ser papá.
Pero al mismo tiempo, y probablemente apenas unos minutos después de todas esas dudas, voy a ser un tipo al que la vida le va a haber cambiado por completo, y que, al menos hasta ahora, va a valer la pena cada miedo, cada duda, cada enojo y cada noche en vela. Porque ese bebé por nacer, me va a hacer la persona más feliz del mundo.
- En vísperas del Día del Padre, ¿qué te gustaría que se llevaran los lectores después de leer "Papá Pediatra"? ¿Qué mensaje quisieras dejarles a quienes están atravesando los primeros meses de crianza?
-Creo que me gustaría que encuentren un lugar en el que sentirse identificados. De que las cosas que les están pasando tal vez no tienen con quien hablarlas por este mandato heredado que mencioné previamente. Pero que así como les pasan a ellos, nos pasan a todos, y que está bien hablarlas, sacarse las dudas y los miedos, ventilar vulnerabilidades. Porque queremos un mundo mejor para nuestros hijos. Y para eso, hay que provocar ciertos cambios. Si uno de ellos requiere algo tan sencillo como hablar, bienvenido sea.
No están solos. Existe la familia, existen los amigos, y existimos los pediatras. Muchos tuvimos la suerte de estar pasando por lo mismo que ustedes. No sé si seremos expertos en la materia porque cada familia es un mundo, pero sí puedo asegurar que, con ayuda, es más fácil.


